relato

C

omo el último aliento de vida, el orgasmo sale del cuerpo y apenas deja constancia de su paso, un testimonio vacío envuelto en una sorpresa, no se puede tocar, no se puede oler o lamer. Sólo sabes que existe. Como si fuese dios, el orgasmo se deja sentir, durante un glorioso segundo, para morir en el más estricto anonimato. Después de eso no hay nada. Después de todo, sólo queda recoger la ropa, y largarse.

El cliente paga, yo no digo nada, tan sólo me limito a representar mi papel. No quieren saber mi nombre, ni mis gustos, ni nada que haga referencia a que soy una persona real. Sólo quieren saber que existo, que soy un ente que respira, se mueve, mira, analiza e interpreta. Poco más que un robot, o que una mascota de la que nunca llegan a encariñarse. Un último orgasmo que no caiga en el olvido, que no sea un esfuerzo inútil. La gente paga para que yo les vea hacer el amor. La gente paga para que mire, guarde silencio y sea testigo de su último momento de placer, de su momento más vulnerable y delicado, un instante que comparten con un completo desconocido, sentado en un sillón frente a ellos. Un testigo. Un delicado momento recogido en la retina de una persona anónima. Y después no queda nada, ni para ellos, ni para mí, ni rastro de sentimientos o complicidad. Sólo el dinero, que une ambas partes y sella el trato, la cara de satisfacción, el preservativo usado y otra noche de dinero fácil. Otra noche que soy testigo.

Silencioso, impasible, pero existente. En cierta manera, la gente me paga para que exista. Para que exista en su momento más vulnerable y satisfactorio. A veces todo ocurre en una casa, con ambiente casero y recogido, con velas y tapices, con fotos familiares, en la habitación de matrimonio, o en la cama de alguno de sus hijos. A veces me piden que me siente en una silla y observe, otras veces no quieren verme, y prefieren que sea una figura opaca escondida tras las cortinas. A veces todo ocurre en un gran salón-recepción, en la casa de alguna estrella de cine, o de algún ricachón aburrido. A veces, es la mujer la que más interés tiene en contratar mis servicios, otras, es el hombre el que quiere dejar testimonio de su hazaña. La sensualidad, por encima de la mera pornografía, hace que mis ojos desconocidos y amenazadores sean el estímulo necesario para un momento de sexo salvaje y placentero. Para un momento de lujuria, de desenfreno, sin cabida a la reflexión o a la culpabilidad. Sin duda, lo que vendo es mi memoria. Tengo guardados cientos de orgasmos, diferentes respiraciones y suspiros, diferentes escenas, algunas con luz, otras a oscuras, algunas sentado, otras de pie. Mujeres jóvenes y viejas, hombres ricos y menos ricos, matrimonios al borde de la crisis sexual, seductores pasados de moda que quieren un amigo invisible y desconocido en la habitación. Todo tipo de posturas, tocamientos, todo tipo de sexo habido y por haber lo guardo dentro de mí, como un compendio de secretos organizados y retenidos, que deberé llevarme conmigo a la tumba. La gente me vende sus secretos. O yo me vendo para ellos. El observador anónimo. De todos modos, la gente me compra, por las noches, por el día, a todas horas. Me compran, me sientan en el sillón, me esconden en el armario, se desnudan y empieza la función. Todo lo que hago es mirar, poner mis cinco sentidos en la escena que representan para mí. En realidad, soy casi como un actor. Represento el morbo, la lujuria, y todo lo prohibido. Represento la confianza, confiar en un agente externo, que soluciona con su lasciva mirada toda su vida sexual. Y el sexo, a fin de cuentas, es el motor de las relaciones humanas. Soy el deus ex machina, soy el último eslabón de la cadena, como una representación terrenal de Cupido, testigo inmutable del sexo entre dos personas que buscan lo morboso, lo desconocido y lo prohibido como vía de escape a la cotidianeidad de lo superfluo, de lo carente de sentido, de algo que han repetido tantas veces que ya ni recuerdan qué tenía de divertido. En cierta manera, vendo soluciones. Incluso tiene sentido, o al menos es cómicamente trágico, que yo que he vivido cien orgasmos, he visto tantos cuerpos desnudos, que he perdido la inocencia de lo desconocido, y que soy el eje clave en la vida sexual de tantos desconocidos, aún no haya hecho el amor. Tiene tanto sentido, como el orgasmo invisible en el tiempo. Tanto sentido como vender mi existencia.

 

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Francisco Miguel EspinosaFrancisco Miguel Espinosa. Nació en Alicante en 1990. Ha publicado dos novelas: Encerrado (Ediciones Atlantis, 2009) y XXI (Ediciones B, 2011) y fue ganador del primer accésit del Certamen Arte Joven de la Comunidad de Madrid 2010, en la categoría de Relato Corto. Lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, y dentro de su editorial es de los autores más precoces; también ha colaborado escribiendo guiones teatrales y de cine con diversas productoras y su última novela, XXI, publicada en Ediciones B, ha sido alabada por la crítica.

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez  ©

 

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Revista Almiarn.º 59 / julio-agosto de 2011MARGEN CERO™Aviso legal

 

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