relato por
Juan Sebastián Gamboa

 

Martín corrió la manta remendada y sucia, abrió los ojos, el sol le molestaba; sentía que todo daba vueltas como en la madrugada, «¿cuántas botellas habré bebido?» —dijo para él mismo. Recordó que el dinero que tenía se había resumido en algunas monedas. Se puso en pie, envolvió la estera, la delgada colcha y la sabana en un solo rollo que arrinconó en la habitación.

Fue a la cocina, prendió el fuego en la vieja estufa a gasolina, y puso el café en una olla pequeña, quemada y deformada por el fuego en la parte inferior; la oreja de agarre estaba sin pintura. Buscó un pedazo de pan duro y recalentó los huevos del día anterior, aún le quedaba otra ración de huevos fritos, lo hacía de esa manera para no gastar tanto combustible.

Lavó en una vasija con agua, el vaso, el plato y la cuchara —eran los únicos con los que contaba—. Se sentó en la silla de madera, enfrente del caballete, donde se encontraba el cuadro que más le había costado pintar, un año trabajando y aún no estaba seguro de llevárselo a George; tal vez eran los fracasos, uno tras otro, había 7 cuadros arrinconados en una pared y nadie los compraba. La chica que salía con él lo abandonó cuando dejo de trabajar para dedicarse de lleno a la pintura, esa fue su perdición —según ella—.

Mientras se ponía el pantalón y un abrigo desgastado fantaseaba qué hacer con el dinero del cuadro que tal vez no le comprasen, odiaba su dependencia a las prostitutas, culpaba a sus amigos que lo llevaron apenas cumplió los 15 años, trabajaban en un sembrado de piñas. Compraría algunos utensilios de cocina y comida, «mucha comida» —pensó—, y luego podría irse tranquilo al burdel y escoger una de las mejores, la más hermosa. Quería comprarle algo a su hija pero sabía que tenía que vender muchos cuadros antes de que su ex esposa le dejara ver a la pequeña.

Volvió a sentarse en la banca frente al caballete y encendió un cigarrillo que estaba por la mitad más un cuarto; miraba el cuadro centímetro por centímetro, detalle por detalle, quería algo perfecto. Este cuadro era diferente, no habían jarrones de vinos con calaveras y rosas negras; era la escena de una mujer perfecta, duró meses solo buscando las proporciones, citándose con la prostituta que le sirvió de modelo —le quería y le cobraba muy poco por el doble servicio—. Miraba los cabellos negros y los labios carnosos, cuando cayó en la cuenta, sentía por fin, que no le faltaba ni una sola pincelada más; se puso en pie, lo cubrió con un plástico roto, salió de la casa de madera y tejas de zinc en la que habitaba.

Después de una larga caminata, llegó a la galería donde tanto añoraba que le compraran al menos uno de sus cuadros —sin duda, lo buscarían para más trabajos—. Le habían rechazado muchos cuadros pero tenía la esperanza… Ya lo han dicho, lo «último que se pierde», pensó mientras entraba.

—Hola George, traigo un cuadro, tal vez te guste… ¿lo quieres ver?

—Qué hay Martín, claro, solo espera unos minutos y ya te atiendo.

George terminó lo que hacía.

—Ahora sí, déjame ver el cuadro —dijo a Martín, que absorto miraba un cuadro expuesto en la pared.

Martín puso a un lado el plástico y acerco el cuadro hacía George que lo miró sorprendido.

—Oh, Martín, esto sí que es una maldita obra, ya te había dicho Martín, ten paciencia y harás cosas buenas….

—Gracias George, necesito vender cuadros, quiero que me dejen ver a mi hija, ¿sabes que tengo una hija?

—Apenas  me  entero  Martín,  te  compraré  el  cuadro,  no  te preocupes —dijo George con compasión por Martín, sus zapatos raídos y embarrados, el pantalón parecía usado por dos vidas seguidas con noches y días de trabajo incluidos.

—George, tendré que dejar de ver prostitutas, ¿no hay nadie más aquí, verdad?

—No Martín, no hay nadie más, ten cuidado Martín, podrías pillarte una enfermedad.

—George tengo una maldita resaca, tres semanas repartiendo hielo y ya no me queda una mierda de dinero.

Martín se empezaba a inquietar, sabía que George era cordial porque le tenía lastima, era un pobre hombre; aunque le emocionó mucho saber que comprarían su cuadro, era la galería más importante que conocía, se le hacía extraño no ver el sitio lleno de hombres y mujeres con abrigos de miles de dólares y puros que costaban cinco ojos de la cara.

—Bien, voy a pensar la suma, espera un poco. Tengo que mirarlo con más detalle antes de hacer el cheque —dijo George a Martín que pensaba enajenado: «¿Por qué no puedo poner yo el precio?».

Martín dudaba si le alcanzaría el dinero para todas las cosas que se había propuesto comprar, ya era un hecho: ese día, habría dinero suficiente, para no preocuparse por lo menos un par de días. Luego de examinar el cuadro por varios minutos, George le acercó un papel a Martín donde había puesto la suma de dinero que le ofrecía, al verla palideció y lo miró con incredulidad.

—¡Mierda, George! ¿Es en serio?

—Tranquilo Martín, es un buen cuadro, a leguas se nota que no fue pintado en un santiamén.

—Un maldito año George, a veces no podía pintar, no había nada de comida, tenía que buscar un trabajo, ya sabes…

—Así es, deberías pagarle al señor Rodríguez, por algo no te volvió a dar nada al fiado, no te había preguntado, ¿te parece bien la suma?

—Ni lo preguntes George, es más de lo que hubiera pedido; mil y mil gracias George, ¿quieres ir a tomar unas cervezas?

—Tengo mucho trabajo Martín, ni siquiera luego de cerrar la galería, ya sabes cómo son las cosas acá.

George fue a poner el cuadro adentro y a sacar el efectivo —Martín no sabía qué mierdas era un cheque—; mientras tanto entraron dos hombres suntuosos, cada uno con un lienzo enrollado bajo el brazo, sin duda ganaban muy bien, podrían ser incluso pintores famosos pero Martín no lo sabía, su mundo estaba en los bares y burdeles de marginados, donde nunca se verían personajes como esos.

Cuando salió de la bodega, George saludó a los hombres que ni siquiera voltearon para ver a Martín y darle los buenos días; los hizo seguir y les pidió que se sentasen en su oficina mientras terminaba de atender a Martín. Le dio el dinero en una bolsa de papel café y le pidió que antes de irse a beber, pagará las deudas que tenía y siguiera pintando cosas tan buenas como lo que había llevado.

—Quedo muy agradecido George, sin duda primero pagaré mis deudas. Adiós George —dijo Martín, saliendo apresurado.

Sabía para dónde iba, quería una maldita cerveza, quería encontrar una mujer. «¿Ya habrán abierto?», pensó; metió las manos en los bolsillos del abrigo, y se fue al burdel más cercano a comprobar si así era.

 

separador texto cuento El fracasado

Juan Sebastián Gamboa. Nació en Bogotá, capital de Colombia, y vive en Bucaramanga, al noroeste del país. Tiene 18 años. En la actualidad estudia 5.° semestre de diseño gráfico.

 

Contactar con el autor: vocalesawe[at]hotmail.com

Ilustración relato: Iolim Vi Arema, By Myself (Own work) [Public domain], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 76 / septiembre-octubre de 2014
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