Crónica del Padre Efraín, el restaurador de fe
por

Fredy Pajuelo Mendoza

 

N

i cronista, ni padre, ni hijo, ni vecino osarían datar con hilo y aguja el momento exacto en que se perdió la fe en Trujillo. Aunque todos concuerdan que para mitades de 1879 definitivamente ya no estaba. Para algunos era fruto de los horrores de la guerra que nuestros valientes soldados iban perdiendo en el sur; para otros era debido al vergonzoso y execrable escándalo de los billetes trucados por el Banco de Trujillo que hicieron eco por todo el territorio y que mermaron la buena voluntad de los hombres. Sea cual fuese el motivo, la ciudad se había tornado invivible. Los malhechores relojeaban las esquinas y los callejones como pericotes de embarcación, de calaña tan oscura que hasta a San Martincito se le quitaría el hambre. La poligamia se hizo usanza, al punto de que tanto maridos como mujeres iban picando de flor en flor como pan de cada día, y flores tan suculentas y variadas habían en ese año en la ciudad, estimado lector, que un tal Ponteferreros escribió con cierta verdad que Trujillo se había convertido en la indiscutible «Ciudad de la eterna primavera».

El descaro llegó a rayar a tal punto que se hicieron populares las coplas de:

¡Mujer, mujer!

Pasearás por otra huerta;

antes de poner pie en esta puerta.

¡Marido, marido!

Conmigo no te hagas el noble;

que hueles a leña de otro roble.

Todo esto traía envuelto en un mar de zozobra al Padre Efraín, de la Orden de los Recoletos de San Agustín y sacerdote de la Catedral en tiempos del Presidente Mariano Ignacio Prado, que veía poco a poco cómo les iba creciendo más madera a las bancas y la santa zaina se ponía más tímida. Incluso llegó a llamar al Cardenal de la tres veces coronada ciudad de los reyes para que le diera las bendiciones y lo asesorara en tiempos de penumbra.

—Es cuando las ovejas se dispersan que se debe poner ojos al camino —le había dicho el cardenal—. La fe mueve montañas, Padre Efraín, pero a veces es necesario de hombres como nosotros que muevan la fe.

Y dicho y hecho el Padre Efraín, que era corto de vista para leer entre líneas, se puso hacendoso a mover la fe, que se había puesto mazacotuda, y siempre con los ojos bien puestos en el camino decidió tomar el rábano por las hojas. Primero, para volver a llenar las misas de domingos empezó a dar doble ración de la Sangre de Cristo en la eucaristía. Esto pareció dar fruto por un tiempo, los creyentes llenaron a borbotones la catedral, hasta que una mañana el proveedor del tinto le dijo que gota a gota el vino se agota, y terminó saliéndole el tiro por la culata.

Y como solía decir el ilustrísimo Don Cornelio de la Taberna y la buena vida a pozo seco no lo visita ni moro ciego. Y tan secos estábamos de fe que al pobre Padre Efraín, de la Orden de los recoletos de San Agustín, se le escapó hasta los monaguillos, excepto Miguelito, un mozalbete barbiponiente que se quedó por pura pena y por pura sed.

—¡Ay Monaguillo, monaguillo! ¿Qué puedo hacer para restaurar la fe en nuestra olvidada iglesia?— languidecía el Padre Efraín.

—No sé, Padre. ¡Vaya y pregúntele a San Valentín! —respondía el monaguillo, despatarrado en una de las bancas.

 

No es por empañar el trote de la historia, estimado lector, pero es necesario disolver las dudas con unas santas gotas de historia sobre el Santo Patrón de la ciudad. Para 1875 Trujillo había recibido como regalo de buena fe desde Europa un busto de mármol, blanco como las nubes, de San Valentín el protector, esculpido maravillosamente por el mismísimo Antonio Garibaldi, con tal sutileza y belleza que hacía llorar a los mismísimos ángeles. Aquella dádiva, en homenaje al Santo Patrón que nos salvara de las fuerzas de un terremoto allá por los 1600.

Desde ese momento se hizo tradición, y era consabido por todo el pueblo que el Padre Efraín tenía fuertes afecciones por elucubrar delante del busto blanco como la espuma, cuando las dudas le nublaban el pensamiento.

—¿Qué puedo hacer para volver creyente a esta ciudad de pecadores?

Un milagro le susurró una vocecilla. El Padre Efraín se quedó mirando al rostro impávido del Santo, tan majestuoso como la luna misma. Y entre el eco de sus pensamientos y la tibia sensación de otoño, el Padre Efraín supo que a falta de milagro tenía que salir a milagrear él mismo.

Se hizo una cena frugal, despidió al monaguillo a su cuarto, cerró la catedral y se acostó, aunque no pudo pegar ojo, sólo permaneció vientre arriba hasta que estuvo seguro que la ciudad dormía. Se levantó, se encapuchó hasta la coronilla y bajó hasta la recámara donde su cómplice lo esperaba en silencio. Se inclinó ante su santidad y con el permiso necesario tomó en brazos a San Valentín y se lo puso al lomo y lo cubrió cuidadosamente con su sotana.

¡Cómo está pesado, Su Santidad! Iba diciendo el Padre Efraín entre tramo y tramo, como para que le termine de cuajar el valor. Salió por la puerta lateral hacia la Calle de las Ollas. La luz de la luna llena se derramaba sobre la vereda. El Padre Efraín aupó al Santo sobre su espalda para poder caminar mejor y empezó a dar paso a paso delicadamente. De pronto escuchó unas pisadas doblando la esquina. El Padre se quedó helado y lentamente se escondió tras la sombra de una casona. Un hombre pequeño y menudo asomó con un farolito en mano.

—¡Las doce de la noche, y todo sereno! —gritó Don Tito el sereno y siguió con su caminata.

¡Sereno, sereno! Susurró el Padre y cuando la luciérnaga hubo saltado hasta la otra esquina, siguió su recorrido hasta la Plaza de las Armas, destapó la sotana, dispuso delicadamente al busto de San Valentín en el centro y se las echó a correr de vuelta a la Catedral, no sin antes taparle el pecho con una lana. Para que Su Santidad no pase frío.

A la mañana siguiente la Catedral despertó a punta de aporreos. ¡Padre, venga! —gritaba el monaguillo, con leñas en los ojos. El Padre Efraín quiso levantarse de un salto, pero la espalda le dolía sobremanera, por lo que tuvo que bajar lentamente hasta la puerta, donde una multitud se había amontonado.

—¡¿Pero qué está pasando aquí, buenos hombres?! —dijo el Padre con la sorpresa resbalándole por la boca.

—¡Padre Efraín! ¡Padre Efraín! —Don Tito tenía la cara pálida y las palabras le entrecortaban los labios —El Santo… vive…

—…y reina por los siglos de los siglos, Amén.

—¡No, Padre! —dijo Doña Amelia, su mujer—, el Santo está vivo. San Valentín amaneció en la plaza, y mi marido al verlo pasó gritándolo por toda la avenida derechito hasta usted.

Y fue ahí donde el mago frotó la lámpara, apreciado lector, y el Padre Efraín, de la Orden de los Recoletos de San Agustín, desempolvó las viejas lecciones adquiridas en la escuela de drama de la Antigua Castilla, cuando todavía florecían sus primeros abriles. Y con la chispa en mano, salió cojeando al encuentro de Su Santidad, que yacía bien envuelto en la lana.

—¡Es un milagro! —coreaban algunos.

—¡Es un aviso divino! —gritaban otros.

Y entre tanta sorpresa el Padre no tuvo que decir ni pío. Los días siguientes, por milagro o por aviso divino, la Catedral lucía a reventar. Aunque el padre tuvo que caminar encorvado por varios días, debido a que el Santo estaba pesado, bien valió la pena. Gracias al Santo Padre del Santo, que no lo hizo tan narizón, de lo contrario tendría perforada una costilla.

Pero tan bien y por tanto tiempo se cocinó la mentira que después de unos días empezó a quemarse. Los vecinos de otras calles, que bien sabían que gallo chueco canta hasta de noche, y Don Tito el sereno criaba fama de empinacodos de la buena escuela, y creían que todo ese rollo era la imaginación de un borrachín aburrido coludido con un cura desesperado. Debido a este contratiempo, el Padre Efraín se vio obligado, muy pero que muy a su pesar, a milagrear otra vez, para terminar de convencer a la otra mitad y al fin ver restaurada la fe en la ciudad.

Al Padre Efraín le disgustaba tener que salir a hurtadillas con el santo a cuestas, y esa noche se agasajó con un ominoso banquete, para aplacar el miedo de ser atrapado, haciéndose pasar por milagro. El Padre esperaba en su habitación cuando empezó a darle vueltas la cabeza, quizás el miedo estaba cosechando. Se levantó y fue a lavarse la cara cuando al verse reflejado en un espejo dio un salto. Se tocó los labios hinchados y deformes y la cara roja como la bandera. Tanto había sido el miedo que se había olvidado por completo de sus alergias, y entre tanto bocado ciego algo que no debió pasar pasó.

Tendida la noche, El Padre Efraín, que ya se creía eximio en llevar santos al hombro, hizo de nuevo su ritual, pero esta vez tenía que llevarlo más lejos, para que los vecinos de las otras calles se convencieran de que San Valentín estaba dejando señales. El Padre se deslizó por la calle de los orines, con el Santo al lomo, hacia la plazuela del Recreo. La brisa otoñal le revoloteaba la túnica. A cada paso, el pobre Padre iba dando gemidos de dolor, que se esparcían por la avenida. Cuando estuvo a punto de doblar la esquina, el Padre Efraín se vio cara a cara con Don Tito el sereno. Ninguno de los dos dijo palabra alguna. El farolito que el sereno llevaba en la mano empezó a temblar y la piel del sereno se le puso como de gallina. El Padre Efraín, con santo y todo, le dio un manotazo al farolito y patitas pa’ qué las quiero de vuelta a la Catedral.

A la mañana siguiente, el monaguillo se presentó en la habitación del Padre para contarle el rumor de las calles:

—Dice Don Tito que caminaba por la calle cuando se le presentó el mismísimo Carrampempe en hueso y carne. Dice que era feo de verdad, con los labios hinchados como dos costras, la cara amorfa y una horrible joroba que se le salía de la sotana. Dice que le empezó a hablar en lenguas demoníacas, y dice que se le enfrentó valientemente y el cornudo salió a matacaballo calle abajo.

La que se desató en la ciudad, querido lector. Los ciudadanos tenían miedo hasta de su sombra. Las calles se llenaron de cazadores furtivos y gitanos de poca monta, que iban en busca de la cabeza del diablo. Brujos y Chamanes vinieron de todos los rincones del país con hierbas exuberantes y frascos de colores. Y bien podría pensar que con el miedo la gente se volvió devota como una vela. Pero no, a raíz del testimonio del sereno, que de sereno no tiene ni la manzana, la gente ahora sabía que si el diablo usa sotana también podría escabullirse por la Catedral.

El Padre Efraín, cansado de tanta habladuría torcida, decidió ponerle fin a todo, saliendo a milagrear una vez más. Si podía demostrarle a la población que la fe estaba de su lado quizás se olvidarían de las tonterías del jorobado. Lo primero que hizo fue asegurarse de que Don Tito no esté de guardia esa noche, y salió nuevamente con el Santo al hombro, rumbo a la plazuela del Recreo. Iban por la avenida el Caballero de la fe y el Santo blanco cuando una multitud, con antorchas, palos y porras, sorprendió a los restauradores de la fe. Y por poco estuvieron de colgar al jorobado, hasta que se dieron cuenta que no era otro que el bendito Padre Efraín, de la Orden de los Recoletos de San Agustín.

La noticia se esparció peor que gangrena. Muchos pedían la cabeza del Padre torcido, otros se contentaban con el destierro, después de un juicio público. Los días dentro del calabozo se hacían eternos, y las noches más oscuras. Se rumoreaba que el mismísimo Papa vendría desde el Vaticano para excomulgarlo. Y cuando el Padre había abandonado toda esperanza el verdadero milagro tomó lugar. El griterío empezó muy de mañana y pronto todo el pueblo se reunió en torno a la Plaza de las Armas. Dos guardias irrumpieron en la celda del Padre Efraín y lo llevaron a rastras hasta el centro de la ciudad.

—¡¿Qué significa esto, Padre Efraín?! —espetó el alcalde apuntando al busto de San Valentín, que se erguía valientemente en el centro.

—Yo… yo…

—¡No pudo ser el Padre Efraín! —gritó Don Tito—, él estaba en la cárcel. Todo el pueblo lo vio encerrado. ¡Esto es un verdadero milagro! ¡El Santo se nos ha aparecido!

Y así como así lo ciudadanos de Trujillo vieron restaurada la fe. Los ladrones desaparecieron de las calles y marido y mujer dejaron en el pasado sus caminatas nocturnas. Al Padre Efraín se le puso en libertad y se le nombró Restaurador de la fe Católica, y la fe hacia San Valentín sería inquebrantable en mil años más.

Aquella noche el Padre celebró con el monaguillo en sus aposentos con una cena bien servida y una jarra de vino. Al terminar, el monaguillo se excusó de sentirse exhausto y se dirigió hacia su habitación todo encorvado y sobándose la espalda.

—Tú también viste el busto de San Valentín en la Plaza, dime ¿Qué has estado haciendo ayer por la noche, monaguillo desdichado?

El menudo y adolorido mozalbete dio media vuelta y con una sonrisa en los labios dijo:

—Se dice el milagro, Padre, pero no el santo.

 

 

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Fredy Pajuelo Mendoza es un autor peruano.
Contactar con el autor: pajuelomendoza [at] gmail.com
Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 83 / noviembre-diciembre de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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