relato por
Elizabet Jorge

 

L

o enterré con mis manos y una pala, prolijamente, hasta cubrir su cuerpo iluminado por la luna. Poco a poco lo fui tapando con barro hasta desaparecerlo por completo. Sobre el barro dibujé una cruz y debajo un epitafio. Nada formal: «aquí yace el ausente». Luego le puse unas piedras encima, grandes, irregulares y blancas. Y me dormí tendida sobre las piedras, abrazando la tierra que se lo tragó.

Debe haber amanecido nublado, porque cuando el sol me tocó los ojos estaba ya bastante alto (como si fueran las diez), los pájaros no habían cantado y Aquiles no ladró. Me levanté, fui despacio hasta la casa, desaté a Aquiles y le saqué el bozal. El olfateó mis pantalones embarrados, después mis manos y comenzó a ladrar.

—¡Callado, Aquiles¡ ¡Si ladrás, te mato! —le grité y corrió a acostarse sobre la pila de piedras.

 

Esas piedras grandes, irregulares y blancas, las había traído el ausente; ya no importa que se llamara Mariano, ya no. Él las había traído para hacer un camino que atravesara el jardín hasta la casa, porque odiaba ensuciarse con barro; y también había traído los plantines de eucaliptos, (que en el futuro serían muy altos, dijo) para sembrar el perímetro de nuestro terreno, y trajo la pala y las bolsas de tierra negra.

Aquí escondidos te voy a hacer el amor hasta la muerte. Muerte dijo, no supe por qué. Pero lo sé ahora. Y escondido, eso sí. Siempre lo decía.

Más que escondido oculto, pensé, y todavía más: ausente

Pero matarlo no, no lo había pensado.

De eso me doy cuenta ahora, viendo cómo en la bañera se diluyen la sangre y el barro de mi ropa. Ahora que estoy bañándome vestida y empiezo a desvestirme bajo el agua, como en una ceremonia.

Una ceremonia igual que cuando me bañaba esperando a Mariano: baño de espuma perfumada, baño de burbujas haciendo el recorrido que después harían sus manos, después secarme, elegir un corpiño de encaje —¿el rojo o el negro?—. No importaba, porque en mitad de la ceremonia sonaba el teléfono, y Mariano decía:

—No, nena, hoy no puedo ir.

Mariano ausente, toda la noche, muchas noches, malas, como la de anoche. Y como las noches que la precedieron. Y como la noche que trajo a Aquiles cachorro, para que te acompañe cuando no estoy, me dijo.

 

Las caras de Mariano ausente, se pintan en la espuma. Cara de mentir. Cara de fugitivo como cuando veníamos al campo, y él paraba en las estaciones de servicio, se demoraba en las cabinas telefónicas diez, quince minutos y yo, esperando en el auto. Mariano distraído tardes enteras. Mariano llegando de viaje, escondiendo en la valija un paquete de regalo que no era para mí.

 

Las burbujas se extinguen en el desagüe, las soplo, cierro los ojos y las caras de Mariano se van. Me deslizo en la bañera y la vuelvo a llenar con agua limpia, para borrar este olor a sangre que no se va de mí. Permanece. Como el perfume de mujer (que tanto tiempo me llevaba lavar de sus camisas).

Otra vez ese perfume, ¿otra vez?: la última vez. Lo juré ayer, cuando hicimos el amor, y yo, mintiendo unos gemidos, le tapé la cara con mis manos, para no verlo, como no quise ver aquellos cigarrillos de otra marca en la guantera del auto, y ese lápiz labial ajeno que se asomaba en cada frenada por debajo de mi asiento y Mariano ausente, con los ojos en la ruta. Ojalá nos estrellemos —pensé— justo cuando Mariano, solo, acabó.

 

Matarlo, no. Eso no lo había pensado.

 

Pero él estaba ahí arrodillado en la tierra, cavando con la pala una fosa larga para la fila de eucaliptos. Y yo de pie.

—Tráeme la pala grande, Andrea —dijo el ausente sus últimas palabras— en el baúl del auto está.

Fui hasta el auto, busqué la pala y se la llevé arrastrándola sobre mis huellas que se marcaban en el barro, como borrándolas al azar.

Mariano de espaldas, arrodillado delante de mí. Pala filosa, pesada, con las dos manos la levanté, y la deje caer de canto en medio de su cabeza. 

—Callate Aquiles. No ladres, que te mato Aquiles. ¡Vení para acá!

¡Perro estúpido!

Después, volví sobre Mariano y cavé. Hasta que el cielo se puso rojo y después negro, como la sangre que se coagulaba en la herida de su cabeza.

Después lo enterré, como lo tenía pensado.

 

arabesco relato El ausente

Elizabet JorgeElizabet Jorge. Nació en Lobos, Pcia. de Buenos Aires. Reside en la ciudad de Buenos Aires. Es Kinesióloga Fisiatra Uba. Trabaja en Hospital San Martín Uba. Escribió su primer cuento a los 12 años y resultó ganadora del Certamen Literario de la Provincia de Buenos Aires para Escuelas Primarias.
Concurrió a Talleres literarios, en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires.
2005 – Su cuento El Ausente fue representado en el circuito de Teatro Independiente de la Ciudad de Buenos Aires.
2007 – Seleccionada por Facultad de Filosofía y Letras, para la Antología Yo te cuento Buenos Aires, publicación del cuento Fuera de Cálculo por la Legistatura Porteña.
2008 – Segundo Premio Género Cuento, en el Tercer Concurso Internacional de Relatos de la Fundación Tres Pinos, con el cuento Ajedrez (aquí publicado), y que lo fue, asimismo, en Revista Crepúsculo.
2008 – Quinto Concurso de Cuentos Fundación Victoria Ocampo, cuento El Heredero, Primer Premio, publicado en Antología Fundación Victoria Ocampo.
2011 – Primer Premio cuento Palabras Cruzadas. Certamen Palabras escritas / Palabras Dichas. Ediciones El Escriba.
2014 – Publica columna literaria en la Revista de la Biblioteca Popular Historiador Munzón de Bella Vista, Pcia. de Buenos Aires.
2014 – XIII Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar del Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas, la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina y la Fundación ALIA. Cuba, con el cuento Ignacio siempre.
2014 – Libro Antología Martes 7.
2014 – Libro de cuentos La Edad de la Presbicia.

Es columnista literaria de la Revista de la Biblioteca Historiador Munzón, que se edita en Bella Vista, Pcia Bs As.


Contactar con la autora: elijoa [at] hotmail.com

Lee otro relato de esta autora (en Almiar): Ajedrez

Ilustración relato: Fotografia por Free-Photos / Pixabay [public domain]

 

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 Revista Almiar · n.º 95 · noviembre-diciembre de 2017 · MARGEN CERO™ · Aviso legal

 

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