relato por
Alfonso Aldín

 

A

h, el anochecer… Sin duda alguna mi momento favorito del día. Se comienza a ver cómo las luces de la ciudad se proyectan como alargadas sombras sobre el mar. Verdes, rojas, amarillas, azules… Sopla una cálida brisa. Se escuchan risas inocentes en el parque. Todavía está el sol rojizo en el horizonte. Me gusta verlo esconderse, parece como un baile entre él y la luna; un baile que termina separándolos. Hay rostros desconocidos que se ocultan tras las manos. Aunque los siento distantes, como si fuesen fantasmas de otras ciudades. Me gusta pensar que son luces que la ciudad proyecta para mí, para amparo de mi soledad. Pero no funciona. Más de cuatrocientas mil personas pueblan esta ciudad, pero no conozco a nadie. Estoy encerrada en mi habitación mientras el resto del mundo está celebrando sabe Dios qué. Vuelvo en mí y observo a un hombre en una barca. Con la mano derecha sujeta una caña de pescar y con la otra bebe de su petaca. Parece triste, aunque a lo mejor no es más que mi propio reflejo.

¿Dónde estará ella? Aunque siga intentando ver más allá de las estrellas, nunca la encuentro. Parece que ella se ha mudado a un rincón de mi cerebro. Pienso que se siente tan a gusto que no le gusta salir de aquí. Se sienta en su sillón, se acomoda, acerca un libro y se queda en mi memoria. Nunca hablamos pero me sonríe.

Se oye la sirena de una ambulancia que se pierde prontamente en el horizonte. Las inocentes risas se han ido, ahora tan sólo se pueden apreciar los pensamientos fundiéndose con las olas del mar. Van y vienen. Quizás ella se escapa de mi mente para nadar en el mar, como una nereida.

Ahora el viento transporta una sinuosa melodía de jazz. Los rostros también son transportados por él. Me quedo sola. Puedo saborear sus labios, pero me resultan cortantes y fríos. En el cielo los fuegos artificiales estallan en mil colores y se proyectan sobre el mar durante un instante para luego desvanecerse prontamente. En ese instante veo sus ojos, pero resulta tan ínfimo…

Las calles de la ciudad se llenan de charcos; los piso y ese pequeño mundo se mueve con graves turbulencias hasta que poco a poco regresa a la calma. Una chica pelirroja con un pequeño lunar bajo el ojo derecho regenta un puesto de comida rápida. Todos y nadie pisan la calle a su alrededor: gente corriendo en círculos. Los altos edificios me observan amenazantes; me veo como una niña de tres años. La luna baila triste. Los árboles callan en mi presencia. Las luces exhiben mi sombra.

El viento transporta el lejano rumor de las olas. Se puede apreciar el jazz. La chica pelirroja ha dejado su puesto de comida rápida para unirse en calidad de contrabajista. Una afortunada hoja se desprende para rozar su mejilla. Gente sin voz camina sin verla, como si no tuviesen ojos. Televisores en un escaparate me muestran de nuevo los fuegos artificiales. Gente viéndolos en ellos, mientras sobre sus cabezas siguen estallando miles de colores. Un coche impregna las calles de bailes azules y rojos. La chica pelirroja va en el asiento trasero, ¿por qué os la lleváis? Necesito conocerla. Un gato maúlla en un callejón. Alguien pasa a mi lado; el humo de su cigarrillo me impregna los pulmones. La gente se comienza a mover tan rápido que apenas distingo sus sombras en constante movimiento hacia ningún sitio. Hay una luz filtrándose en la ventana de un edificio que no me resulta amenazante. Veo el recorte de la silueta de la chica pelirroja. Me está observando, con las manos apoyadas sobre el cristal; se dibuja su aliento sobre éste y se desvanece instantes después.

 

Camino, camino… Las luces se van perdiendo tras de mí. Tan sólo desierto y carretera. Una luz azul con tonos grises se clava en mis ojos. Me siento como en el cielo. Veo la luna apoyada sobre la carretera, observando las estrellas. Se encuentra a un centenar de pasos de mí. Avanzo hasta toparme con ella; siento su luz tan cerca que necesito tocarla. Siento su color cobrizo entre mis dedos. Por fin logro que sus ojos me observen; bajo el derecho, un pequeño lunar.

 

 

Alfonso Aldín. Escritor y fotógrafo.
Autor de la novela Cuatro Artistas, Cuatro Sonrisas.
Empezó a escribir en el año 2010 por pura necesidad emocional y desde entonces se ha convertido en su única ocupación.
También ha publicado un relato en la revista digital Resonancias.

🔗 Web del autor: https://alfonsoaldin.wordpress.com/

 

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por bulba1 / Pixabay [CCO dominio público]

 

El anochecer (relato)

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