relato por
Pilar Romano

 

T

e hamacas en el sillón, junto a la cama, en el cuarto en el que viviste tus momentos importantes. Todos con Julián. Pero, por alguna razón, el recuerdo que en estos tiempos regresa porfiadamente es el de la despedida a tus hijas, cuando se casaron. Dijeron que vendrían a visitarme todas las veces que pudieran… ¡qué poco pudieron! Y menos ahora.

Y sigues aquí, Edwina, en el cuarto del primer piso, esperando la hora del té junto a Julián; un momento irreemplazable, te dices, con una sonrisa fugitiva, mientras lo escuchas bajar por las escaleras, hacia la cocina. No parece estar muy apurado, piensas, y sigues esperando que él regrese con la bandeja, las tazas, la tetera y la tarta de manzanas, por suerte me deja comer de vez en cuando una porción de tarta de manzanas…

Y esa habitación es el lugar al que llega, a cualquier hora, el carro con la carga de otros recuerdos, que suele detenerse junto a la mesita con la fotografía de tu madre en marco de plata. A veces, sin mirarla, te parece que aún sigue masticando sus pastillas medicinales. La cuidé mientras pudey eso que el reuma la volvió incapaz de todo… te dices. Y no sigues, porque es el momento en el que llega el reproche para tus hijas: parece que ya no se estila cuidar de la madre.

Mientras esperas que se oigan los pasos de Julián, subiendo peldaño tras peldaño, te ves con casi treinta años, cuando llegaste a la Argentina con tu madre y con aquel joven técnico experto en fabricación de armas que te convenció de abandonar tu Alemania de la posguerra y vivir aquí, casamiento de por medio. El poder seductor del argentino llamado Julián, enviado a hacer un curso en Hamburgo y la pobreza, el miedo y las privaciones que se habían empeñado en cercarlas, hicieron que te decidieras. Y tu madre no se opuso.

Está demorando en la cocina, seguro que habla por teléfono.

Siempre supiste que esta decisión hizo que él se sintiera responsable de tu destino y el de tu madre; las rodeó de todas las comodidades a su alcance, les concedió todos los antojos. ¡Y había en esta tierra tanta cosa rica para comer!

Te parece oírlo decir otra vez, con prudencia, suavemente: «estás aumentando mucho de peso, Edwina». No sonríes, por algo no sonríes al recordar tu respuesta: Es por el duelo, ya empezaré a cuidarme.

Día tras día postergabas el cambio. Fuiste lenta, demasiado lenta. Y un día te ganó la insulina. Y después la ceguera, antes de los sesenta años. En esa oscuridad que se quedó contigo, hasta la idea de indicio se te dispersa, está casi sólo en los sonidos, sonidos que se te han vuelto pesados, como una llave en la mano, cuando no podemos llegar a ninguna puerta. A veces una superficie te dice algo, pero no vibra. Dejaste que escaparan de a poco la luz, la forma y el color y no puedes volver a capturarlos.

Todo está a pocos pasos, pero cuando te pones de pie, te sientes una flecha que alguien está a punto de disparar al azar.

Solamente él te cuida; no resisto escuchar en la habitación una voz extraña, dices. Te sientes rodeada de una calma brumosa y de la insensata tranquilidad de que nadie puede modificar tus sueños, los pocos que han quedado. La dura ceguera te ha entregado, a cambio del color y las formas, la sensación equívoca de que todo está a salvo, que ni la vejez ni el deterioro pueden atravesar las puertas ni las ventanas, como sientes que aún lo hacen la tibieza del sol, el viento, los aromas y la música. Y has terminado por creer que todo el mundo sigue igual, inviolable. Para ti las personas y las cosas siguen como las dejaste de ver. 

Pero tú y Julián envejecen, Edwina, cada día envejecen… y el mayor desgaste es para él, que debe seguir trabajando y moviéndose a toda hora para satisfacer tus gustos. Es cierto, nunca dejó de sentirse responsable de tu bienestar, y tal vez hasta sienta que es su culpa que tus ojos claros se hayan vuelto inútiles. No puedes verlo desmejorado y calvo. Solamente palpas, hueles y escuchas. Escuchas palabras, que vienen quién sabe de dónde, entre otras palabras… «no venimos porque no podemos verla así», oíste decir a una de tus hijas en el pasillo, en una de sus espaciadas visitas. Sonidos que se te acercan, te rasguñan y luego se desparraman entre los mosaicos. 

No sientes remordimiento por hacer que Julián baje y suba diez veces las escaleras para cumplir tus pedidos —hasta un ramo de violetas, por ejemplo, en alguna tarde—; porque tu Julián es ágil, fuerte, elástico, yendo, corriendo, volviendo, siempre volviendo. Y no tienes dudas de que aún siente placer al leerte por las noches ese libro de letras pequeñas que fuera de tu madre. A Julián no pueden cansársele los ojos. Ni las piernas, ni los brazos, sigue siendo un roble.

Enseguida lo escucharé subir…

Sin embargo, te das cuenta de que algunas cosas cambian. Las piedras de tus anillos se te van hacia las palmas de las manos; es inútil acomodarlos. Y el bastón parece más alto, o quizá no es el mismo de antes. El gato tampoco es el mismo, se llama siempre Barsa, por el hijo que se ha ido a vivir a Barcelona, pero sabes que no es el mismo, el pelo es más áspero, el maullido es distinto. Pero nada es para ti decididamente atroz, ni próximo ni remoto.

Hoy no tomarás el té, Edwina. Todo quedó trunco con un ruido, un ruido parecido al de un roble que cae sobre las escaleras que llevan a tu cuarto. Luego, la implacable confusión, el mismo azar.

 

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pilar romanoPilar Romano. Oriunda  de la Ciudad de Corrientes (Argentina), inició su actividad literaria en 1983, dedicándose a la narrativa. Ha  publicado una  novela, Inocencia plenaria (Ed. Moglia, 1999),  una serie de cuentos, Azahares y Fantasmas (seleccionados por la Editorial EUDENE de la Universidad Nacional del Nordeste-Argentina),  La plaza de los naranjos (Cuentos) (Ed. Moglia 2001) y Tiempo  de lavar (cuentos).
Sus trabajos en narrativa aparecen en diversas antologías, una de ellas, Prostibularias II, publicada en Asunción (Paraguay); ha colaborado en periódicos regionales y nacionales y en diversas páginas literarias de Internet. Ha obtenido, entre otras distinciones, los siguientes premios, todos en el género Cuento: Premio Bienal «Juan Torres de Vera y Aragón» para autores inéditos –Edición 1992– (Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Corrientes-Argentina); Segundo Premio en el Certamen «Corrientes y la Mujer» (Municipalidad de la  Ciudad de Corrientes, Argentina, 1992); Primer Premio Concurso Literario «75 Aniversario de la Sociedad Israelita Scholem  Aleijem» (1995); Segundo Premio Certamen Literario Nacional convocado por  la Municipalidad de Villa María (Córdoba, Argentina, 1999) y otros premios y menciones en certámenes nacionales y latinoamericanos.
En el terreno laboral, ha desarrollado tareas docentes a nivel medio y funciones administrativas universitarias.

@ Contactar con la autora: milaguna2000 [ at ] yahoo.es

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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  Revista Almiar – n.º 58 | mayo-junio de 2011MARGEN CERO™Aviso legal

 

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