por
Camilo Andrés Rodríguez

 

LECTO-ESCRITURA

 

Un hombre no puede terminar un libro. Vuelve sobre ciertos pasajes sin comprender muy bien el sentido de aquellos extraños grafismos. Observando con detenimiento, el hombre encuentra unos minúsculos dibujos pincelados de tinta negra. En seguida, sus ojos tejen arabescos floridos en la página impresa, luego trepan como lianas salvajes atravesando el bosque de aire que los separa y, finalmente, desembocan en el estanque de sus pupilas. Entonces viene la eclosión. El estallido de nubes invade sus largas pestañas y termina desinflándose en los vagos rincones de la memoria. Primero viene una letra. Esa letra se pega a la siguiente y luego a la otra, sin ningún tipo de piedad. Entonces, el abismo que divide cada corpúsculo de tinta va formando, poco a poco, un gran muro de líneas de fuga – – – líneas de fuga que recuerdan las hermosas cicatrices de las yuntas sobre la tierra, o los arcanos tatuajes sobre un inmenso mar blanco.

 

PAZ

 

Un violento vendaval estremece el sosiego de la noche. Su despiadado bombardeo masacra las azoteas y los tejados, retumbando por entre las tuberías y se escurre incluso hasta el refugio de los gatos vagabundos.

Cientos de gotas en bandada producen un conjuro que embruja los ojos cansados de la ciudad. Cada impacto sobre el pavimento enciende una chispa que suena como un chasquear de dedos. De esa chispa brota una especie de fantasmita vaporoso que se eleva flotando hacia la luna y desaparece de un solo golpe.

En el último piso de un antiguo edificio, una pareja mira llover. Ella está de pie, la palma de su mano toca el cristal de la ventana. Él está acostado sobre una piel de oso blanco. Ambos están desnudos. Fuman sus cigarrillos sin prestar atención a dónde cae la ceniza. Después de un sexo indolente, el efímero placer de la nicotina los consuela con su bálsamo adormecedor.

Los dos tardaron en llegar al orgasmo pero eso ahora no importa, pues el efecto hipnótico de la tormenta basta para introducirlos en su singular trance. En unos minutos, quizá, ella cerrará las cortinas, escondiendo así la velada en la intimidad de la habitación y su sueño profundo.

Esta experiencia pasará como un domingo más en los recónditos archivos de la memoria, y su recuerdo no se evocará jamás.

 

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Camilo Andrés Rodríguez Mora es un escritor colombiano de 26 años residente en Toulouse (Francia), donde realiza sus estudios de Master en literatura francesa y comparada en la Universidad de Toulouse II, Le Mirail. Se graduó de bachiller del Gimnasio Militar de la Fuerza Aérea Colombiana, en donde tuvo la suerte de enamorarse de la Nouvelle Vague y el simbolismo francés. Como escritor, ha realizado diversos artículos, poemas y relatos cortos recogidos en la Revista Abisinia de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, donde se diplomó como literato y obtuvo la beca Centro de Estudios en Francia para máster. Actualmente, trabaja como animador en una Escuela primaria y está a cargo de «Guayabo Colectivo», un colectivo artístico de estudiantes latinoamericanos en Toulouse, en el cual trabaja sobre un cortometraje animado que verá la luz en octubre de 2014, si todo sigue por buen rumbo. Aficionado al cine, el fútbol, la poesía latinoamericana actual y la crítica literaria, Camilo planea continuar su especialización en el dominio editorial para dirigir su propia revista.

Web del autor: La máquina de coser pájaros
(http://camilorblog.wordpress.com/)

 

Ilustración relato: 1970 – Joseph Accused (first state) – detail Joseph & Potiphar, By Richard Rappaport (Own work) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/3.0) or GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 76 / septiembre-octubre de 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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