artículo por

Claudio Rizo

 

Puede que estemos ante uno de los grandes efectos de la devastadora irrupción en nuestras vidas de las nuevas tecnologías, algo conocido como «soledad compartida». Ese ser sin estar, presencia muda, ausente, distante. Rodeados de personas, pero como si en realidad lo estuviéramos de sillas, encimeras o plantas. Compartimos espacio, tiempo, pero no conversación. La oratoria se circunscribe ahora a una pequeña pantalla que emite haces y que conduce a través de pasadizos elegidos a la carta por un usuario que los transita individualmente. En los hogares, no extraña nada que el móvil o la tableta hayan robado gruesa parte al protagonismo que el diálogo siempre tuvo. Estamos juntos, pero solos. Y el asunto no es baladí, junto a otras variantes, pues está tras no pocos casos de depresión, suicidio y divorcio que se dan, cada día más, en España. O al menos así lo afirman descollantes conocedores de la materia.

Leí hace no mucho una entrevista concedida por José Ramón Pagés, coordinador de la Fundación de Asistencia Nacional para la Ayuda al Enfermo de Depresión (ANAED), en la que arrojaba datos estremecedores: en 2013 hubo 3.539 suicidios, 353 casos más que el año precedente; y, paradójicamente, el mayor número se dio en lugares de sol y playa, destacando Málaga y Barcelona muy por encima, casi triplicando el número de suicidios, que Madrid, por citar sede paradigmática de estrés, velocidad y enjambre de nervios. Los motivos que acompañaban tales conductas depresivas eran variados, decía el técnico, dándose el reciente del paro como espita más notable. A más, el «síndrome del nido vacío», la desmotivación por objetivos, la presión social, la pérdida de interés por las cosas cotidianas o la «soledad compartida», entre otras especiales y marginales, también se esconden tras lo que los expertos no vacilan ya en denominar como la gran «epidemia del siglo XXI», o al menos de las próximas décadas: la depresión.

Alguien definió la depresión como «una enfermedad del alma», y no la veo desatinada. Ya comentaba Assumpta Roura en su muy recomendable Hasta luego, Tristeza, que una lesión de rodilla, se ve; un constipado, se nota; una depresión, en cambio, se prueba. Y qué razón. Porque de entrada, nadie te cree. Son cosas «menores», esas del alma. El suyo fue un libro autobiográfico, que señalaba con la crudeza propia de lo vivido, pero sin artificios, cómo esa enfermedad no hace distingos entre clases sociales, demoliendo vidas, propias y ajenas, y que a todos nos puede tocar si en algún momento bajamos la guardia. Ella, periodista de renombre, en la cúspide de su carrera, estando en permanente codeo con lo más granado del país, viviendo días a los que le faltaban horas, minutos… de pronto se cansó. Se vació. Explotó. Dejó de sentir atracción por todo aquello que consideraba sin ápice de sombra como su «vocación», desde niña. Cinco años estuvo fuera de circulación, alejada de focos, fotos y citas. Dejó de escribir, de acudir a seminarios, a entrevistas, a presentaciones de libros… dejó de ser ella. Y en un principio muy pocos la comprendieron. Empezaron a dejarla de lado, o ella a alejarlos a ellos, no está claro. No cojeaba. Ni tenía fiebres, ni acaso un bulto notable en el estómago que alertara a terceros de que algo le pasaba: era «mal de alma», ni más ni menos, aquello que padecía y contra lo que ella misma descreyó, de inicio, quizá por aturdimiento, por vergüenza o puede que por subestimar lo que sentía: una enfermedad invisible de la que en aquellos tiempos había no pocos insensatos que despreciaban, o de la que se reían, y que por poco destruye su vida. «¿Alguien como tú, tan preparada, padeciendo depresión? Anda, no te quejes, con todo lo que tienes, lo conocida que eres, la gente con la que te mueves…». Era de lo más suave que a través del teléfono algún amigo voluntarioso le decía tratando de animarla para que se levantara, aunque fuera unas horas, de la cama.

Afortunadamente los tiempos han mudado determinadas visiones de los problemas mentales y emocionales que nos acucian, y es cierto que, cada vez más, los «problemas del alma» son atendidos por familiares y amigos con una mayor calma, comprensión y realismo. Aun así queda mucho por recorrer. Por ejemplo, ver al psicólogo como al ginecólogo, al pediatra o al podólogo. Sin más. Bajarlo de su legendario pedestal de vergüenzas asociadas, visitas clandestinas y miedos no compartidos. El alma (o la cabeza) hay que tratarla, como el pie, la rodilla o la espalda, si flaquean. Sin complejos. No pasa nada. Y no le tengamos miedo, sobre todo, pero tampoco le demos la espalda. Con seguridad nos ganaría la partida.

 

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Claudio Rizo AldeguerClaudio Rizo Aldeguer es un autor alicantino.

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  Ilustración del artículo:
Fotografía (detalle) por Anna Caballero © (de su muestra en Almiar)

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