poemas por
Sergio Omar Otero

 

 

          Discúlpeme, me encuentro perdido.

          Desorienté el camino que deseaba

          en la profundidad de esos, sus ojos.

          Me ensordece el acuoso sonido

          que con su parpadear produce,

          y es casi una cuestión de piel

          el tener que confesarle, sin rubor,

          que anhelo conocer con cuál dulzura

          se desayuna su lengua anónima.

          Quisiera, despierto, probar la coartada

          que esgrime en su confesión

          para no reconocerse responsable

          de tener en su haber mi extravío.

          Atrapado en esta agonía de deseos,

          desorientado en el círculo de su silencio,

          aguardo impaciente me dé un indicio,

          para transitar, tan pronto como pueda,

          el destino que me quite de este desvarío

          y me permita arribar, solícito, a su corazón.



         Hurgador


    Hay momentos en que me siento

    hurgador de letras muertas,

    alquimista de consonantes,

    carpintero de vocales,

    constructor de palabras sueltas

    que solas se arman en papel.

    Y hay momentos en que sólo me veo

    equilibrista de mis pensamientos,

    sin poder volcar en la pluma

    frase alguna que refleje

    la tumultuosa volatilidad

    de mis alocados sentimientos.

    Y hay momentos en que me basta

    pronunciar por lo bajo tu nombre,

    para saberme vivo. Entero.



             Alfarera


                  Esperándote, alfarera,

                  me aderezo en barro.

                  Nada soy sin tus manos,

                  sólo agua y grava virgen,

                  quedando en el intento

                  de urdir fantasías inversas

                  sobre palomas de insomnio.

                  Tal vez, asfixia de sal,

                  en un añejo fango tibio.

                  Requiero tus destrezas

		  de mágicos instantes,

		  moldeando sonrisas al deseo,

		  y los frutos candentes

		  de pezones sin ataduras,

		  para dejar de ser inconcluso

   		  légamo muriendo en destino

		  de piel reseca de madera.



Esperanza


Vestida para la ocasión, en lo incierto de un camino,

entre dos aguas y un silencio de hielo, algunos dicen

que se puede observar la Esperanza dormida.

Cubren sus huellas en la senda, vuelos de luciérnagas.

Con su presencia, los árboles se agitan, no pueden dormir.

Cuentan que, amanecida la mañana, se levanta serena,

activa la piel y el corazón de sus recovecos,

compone sus sueños rotos en un silencio de fuego

y comienza a andar por las orillas de lo imposible y lo posible.

Nunca teme al dolor de las promesas incumplidas.



		Soñador


	Canturrea un tango con voz de angustias viejas

	mirando de soslayo al costado del escenario vacío.

	Esa cosa canción que brota de su garganta ronca

	marca cicatrices mal curadas de eternas ausencias.

	Su mirada transparente, desdichada y soñadora,

	se pierde hacia ningún lugar en la oscuridad de la sala.

	Un efímero desprecio se apoltrona en butacas vacías.

	Imagina aplausos, lejanos espejismos de otros tiempos.

	Con la última estrofa inclina la cabeza como despedida.

	Apaga las luces y continúa barriendo buscando la salida.



  Visitante nocturno


  Cierra sus ojos y piensa en su visitante nocturno.

  Pies húmedos, rostro tenue. Respira hondamente,

  y se agota. Se disuelve el pelo gris y luego llora.

  El alma perturbada vierte ríos de lágrimas solitarias,

  un arco silencioso extiende la cruel incertidumbre.

  La esperanza se enciende y se apaga por momentos,

  la oscuridad la cubre con un ala pesada. Se agota.

  El dolor la hunde en la niebla y se atrapa en la fatiga,

  sonríe pensando tenerlo presente sólo un momento

  y flotar en las olas que suelten sus manos y sus brazos

  cuando no haya ninguna frontera entre sus cuerpos.

  El agua de su río se libera y naturalmente fluye,

  vendrá su visitante nocturno. Seguro que vendrá.

  Esa puerta siempre entreabierta aún lo espera,

  y a sus pies y al lanzarse apasionado sobre ella.

  Las horas corren y enfrían la ilusión entre los dedos.

  A veces, el deseo, también se quema un poco las alas.

 

Poema Visitante nocturno

 

La más breve historia de amor

es la del beso que nunca se da.

 

separador poemas Sergio Omar Otero

 

Sergio Omar Otero, (Seroma) nació en Comodoro Rivadavia, provincia del Chubut, en la Patagonia Argentina, en 1951; allí cursó sus estudios primarios y secundarios, luego estudios Universitarios en Rosario donde se recibió de Politicólogo y en Buenos Aires donde obtuvo el título de Abogado, profesiones ambas que ejerce.
Su afición a la poesía y la narración nace con la adolescencia y la continúa. Aunque su obra permanece inédita en soporte papel, diversas publicaciones on line especializadas en literatura y en poesía, lo han publicado. El amor y el desamor, las cuestiones sociales, lo urbano y lo cotidiano le resultan fuente de inspiración. Actualmente vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Blog: www.cerroaislado.blogspot.com.ar

Contactar con el autor: cerroaislado [at] gmail.com

Ilustración poemas: Unsplash / Pixabay [dominio público]

 

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