relato por
Elena Llácer Velert

 

H

abíamos vivido toda la vida allí, así que no teníamos más remedio que irnos, si queríamos vivir algo antes de hacernos viejos. Yo cogí todo mi dinero y los libros que tú me pediste que cogiera, y nos marchamos para siempre, de aquel lugar eterno, en el que la muerte les cogía y rompía, antes de que llegaran al cielo. Yo te dije que condujeras, y tú hubieras conducido siempre; te dije que condujeras y nos llevases, que fuéramos simplemente por ir, y marcamos la carretera y respiramos el asfalto y olió a gloria. Yo dejé a mi novia esperando a la puerta de su portal, y lo hubiera sentido, pero las horas corrían como caballos para hacernos perdurar siempre, y no tenía tiempo para pensar las palabras que salían irracionales, sangrando y cayendo, antes de que el mundo pudiese tildarlas de eternas, y yo no lo sentí, no le pedí perdón y no la volví a ver, y yo sé que ella se quedó y se perdió, mientras nosotros podíamos decirlo todo porque solo quedaba carne y cielo, y todo lo que decíamos nos lo bendecían ángeles que no tenían en cuenta el tiempo y hombres cansados y demasiado borrachos como para ser hombres.

Porque sé que te acuerdas y yo me acuerdo de cuando llegábamos a pueblos donde la gente estaba hecha para vivir unas cuantas noches, y pasar el resto esperando a que esas pocas llegaran. Tenían ojos como agujeros, por la mañana trabajaban y esperaban a poder dormirse, era gente sencilla aquella gente, tenían esa vida suya colgándoles a la espalda, y no les molestaba en absoluto el tener que estar vivos por pereza a estar muertos. Nos gustaban, a nosotros, a mí me gustaban, porque no me recordaban a mi madre ni a mi escuela ni tampoco me recordaban a aquellos ganadores natos que salían en la televisión y que esperaban que yo les quisiera.

Nosotros teníamos fiebre, ganas de chillar inmortales, de gritarnos desde la eternidad con palabras que escribíamos en los márgenes de los periódicos, y que creíamos que iban a durar siempre. Nosotros no sabíamos, nosotros no entendíamos, nosotros no razonábamos, nosotros no queríamos quedarnos, aunque se enamoraran de nosotros, aunque nos dieran de comer, nosotros queríamos quemarnos en vida, para que no doliera tanto si nos la tenían que quitar. Y tú sabías que podíamos romper y aplastar el cielo, destrozarlo para siempre, porque no ibas a encontrarte a nada, porque sabías que solo te verías reflejado, porque te sabías dios y vivo, y por eso eras mi escritor preferido, y por eso me perdí contigo, para tener el honor y la suerte de habernos perdido. Los poetas, tú tenías suerte, tenías los mismos ojos que yo pero tú podías ver, mientras yo conducía y seguía y ametrallaba la carretera, mientras yo intentaba vivir, tú nos vivías, nos veías y creías por los dos.

Porque tenía la esperanza que tú, que fuiste dios sobre la tierra solo por aceptar ser barro, tú, que no tenías causas por las que morir y nos salvaste de querer buscarlas, tú, eterno solo por ser mortal, no te marcharas nunca. Porque ahora y siempre me acuerdo de ti, incluso cuando te olvide te recordaré, te llevo en trozos que no son míos y en los dedos y muñecas, como los ríos de las metáforas viejas.

Porque tenía la esperanza de que tu vida y tu muerte no fueran como las del resto. Porque quería que pudieses chillarle y gritarle una vez más a la inmortalidad, que tú te morías solamente para poderla haber vivido. Porque nunca habrán más carnes que sangren más, más frases que duren menos, nunca más cuerpos volando, cerrados en la noche, trozos de búhos enganchados a humanos, brillantes y lúcidos sin saber cómo, rudos hombres como tú, gritándole al apocalipsis,

Dejadnos vivir un poco más.

 

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📸 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 81 / julio-agosto de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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