relato por
Mauricio Muñiz Soria

 

 

U

n pequeño destello de luz, proveniente de la iluminación exterior, se cuela a través de la delgada rendija que se forma entre la cortina azul y la pared de mi habitación. Apenas hace un par de horas que me encuentro solo, la mujer con quien compartía mi lecho ha desaparecido entre las sombras de la madrugada tal y como llegó. Como de costumbre me cuesta trabajo dormir y, cuando al fin lo consigo, mis demonios internos inician su labor acostumbrada. A cada momento me revuelvo en el pequeño colchón individual en el que paso mis pocas horas de sueño. Giro continuamente  mi cuerpo de un lado a otro, como si con ello pudiese escapar de los sueños que me mantienen atrapado. Pesadillas que no recordaré a la mañana siguiente, aunque me atormentan noche tras noche y al llegar a su punto máximo son tan desesperantes que me devuelven violentamente a la oscura realidad en que me encuentro.

Despierto sudoroso y con el corazón acelerado a causa de estas terribles alucinaciones en las que se convierten mis sueños. Ahora estoy boca arriba, con los ojos abiertos mirando hacía la nada. No sé si exista el infierno del que tanto me hablaba mi madre, pero si éste se acerca al menos un poco al infierno que recrea mi mente todas la noches, debe ser terrible.

Completamente despabilado no consigo dormir nuevamente, mucho menos descansar, en este momento el edificio, y en general la ciudad, se encuentra en un completo silencio sólo interrumpido en breves lapsos por los ladridos de los perros que vagan por la ciudad y me hacen parecer perpetua esta agonía. Las ideas en mi cerebro dan vueltas como en aquellos juegos mecánicos de mi infancia que tanto me aterraban y a los cuales mi hermano mayor me obligaba a trepar con él para obtener el permiso de nuestros padres. Las imágenes que crea mi mente siempre son las mismas: los errores de mi juventud, los problemas de mi pasado, las personas que siempre me juzgan, en fin, las cosas de las que durante tanto tiempo me he arrepentido, pero que parezco obligado a repetir una y otra vez durante mi deambular por la vida.

Cómo quisiera escuchar algún sonido que distraiga mis pensamientos: tal vez los gritos de los niños del departamento de arriba, jugando, peleando y corriendo de un lado a otro como siempre, hasta que su madre los tranquiliza con amenazas y gritos agudos que resuenan en los muros del edificio; o a los vecinos recién casados y su arsenal de sonidos diversos mientras tienen alguna noche de pasión; los golpes sistemáticos de su cama en mi pared, los murmullos y declaraciones amorosas, los gritos de placer y, a veces, de dolor, que reflejan los sentimientos desbordados en ese momento e, invariablemente, culminan con lágrimas, reclamos y golpes; o tal vez los adolescentes borrachos en el estacionamiento, con el sonido del auto estéreo a todo lo que da, sus risas y sus cantos desafinados, los gritos de los vecinos clamando termine pronto el escándalo, los pleitos, las risas, las lágrimas, los abrazos las felicitaciones.

Desgraciadamente esta vez no es así, nada logra interrumpir estas imágenes que reanudan su danza por el laberinto de mi cerebro de manera oscura y sombría.

El silencio me vuelve loco, es tal que puedo escuchar el sonido de mis propios parpados abriendo y cerrándose nerviosamente sobre mis ojos. Percibo claramente las gotas de sudor recorriendo mi frente, las sabanas me raspan la piel formando parte del  calvario que vivo día a día o, mejor dicho, noche tras noche. Busco de reojo el despertador sobre la alfombra del piso a mi costado derecho, la verdad es que en la oscuridad no distingo los números ni las pequeñas manecillas blancas pero, a su lado, puedo mirar el pequeño rayo de luz que entra por mi ventana y a través de su imperceptible recorrido busco una señal que me indique cuánto falta para el amanecer.

Mi cerebro aún guarda la imagen de la silueta femenina que me acompañaba hace un momento en mi cama. La observo difusamente al ponerse en pie y dirigirse al cuarto de baño. Mientras tanto, en la rendija de la puerta uno de mis tantos demonios ríe sin dejar de mirarme. Volteo la mirada para encontrar a otro de ellos en el espejo, sólo es un contorno borroso y oscuro, pero sé que también se burla de mí. Entre las repisas del armario, uno más, se encuentra sentado recargándose en la tabla de madera con ambas manos y balanceando sus pies en el aire. Mientras me señala, en su rostro se dibuja la misma sonrisa burlona de sus compañeros. A mi alrededor los más pequeños danzan tomados de las manos con la misma alegría que lo harían un grupo de niños jugando y cantando.

Repentinamente se esfuman de mi vista, cuando ella regresa a despedirse, estira la mano derecha para exigir su pago, yo señalo la ubicación de mi cartera sin importarme la cantidad que extrae de ella. Una vez que han desaparecido, tanto ella como los demonios que me atormentan, duermo un rato tratando de no pensar en lo ocurrido, sé que el único que sigue ahí es el del espejo, es más, aún ahora después de varias horas se encuentra conmigo. Siempre está presente, lo recuerdo desde mi niñez, primero aparecía de vez en cuando en la ventana de la habitación que daba al pasillo en aquella vieja casa donde crecí. Mi madre me amenazaba con su presencia cuando cometía alguna travesura; creo que en realidad ella nunca lo vio, pero desde entonces él me acompaña.  Parece ser quien dirige la vorágine de imágenes que se arremolinan en mi mente, de diseñar el grupo de representaciones de mi pasado, creo que es el encargado de recordarme todas las noches los continuos errores de mi vida. Ya no entiendo cuáles de ellos son reales o cuántos son creados por mi imaginación, ambos se funden en la corteza de mi cerebro formando una masa confusa que me mantiene al borde de la locura.

Trato de cerrar mis ojos y pensar que se ha ido pero sé que su imagen sigue ahí, reflejada en ese pequeño espejo cuadrado con marco de madera sin barniz, colgado en la pared de mi habitación. Me recuesto hacía mi lado izquierdo dando la espalda a su reflejo, intento descansar pero su mirada penetra las telas que me cubren, la siento recorrer mi cuerpo desnudo, el frío y la desesperación se apoderan de mí. Giro mi cuerpo y, ahora estoy frente a él, trato de enfrentarlo, lo miro directa y francamente, quiero ser más fuerte, deshacerme por fin de su presencia, pero todo es inútil. No logro mi objetivo, él es más poderoso que yo y eso es inevitable, durante más de veinte años ha estado presente en mi vida y al parecer, no tiene la intención de separarse de mí. Todas las noches nos encontramos frente a frente y siempre resulta vencedor.

Me siento tentado a levantarme pero el miedo me lo impide, cubro mi cuerpo completamente con las cobijas de mi cama como si con ellas me pudiera proteger de una fuerza invisible que intenta hacerme daño, es como si cualquier parte de mi cuerpo que quedase al descubierto fuera presa fácil de este demonio gris a quien no conozco a pesar de todas las noches que hemos pasado juntos. Haciendo un gran esfuerzo y venciendo mis miedos logro librar una de mis manos de esta prisión de tela creada por mi imaginación.

A tientas busco el apagador sobre la cabecera de mi cama mientras lo escucho por primera vez gritar mi nombre y reír estrepitosamente ante mis torpes movimientos. No quiero mirarlo y los segundos que tardo en encender la luz parecen una eternidad. Al encontrar la pequeña caja de plástico, finalmente una luz amarillenta inunda la habitación y con ella se desvanece lentamente la imagen del espejo, salgo por fin de entre mis cobijas protectoras y recorro la habitación con la mirada sólo para encontrar mi propio reflejo ojeroso tras las manchas descoloridas del espejo que tanto me atormenta. Escondo mi rostro entre las manos mientras discierno qué sucederá en lo que resta de este viaje nocturno al mundo de mis miedos y frustraciones, sé que necesito descansar y aletargar mi cuerpo cansado pero el temor a su presencia me intimida. Intento serenarme mientras reflexiono mis siguientes pasos, camino lentamente hacía el baño sólo por costumbre pues mi cuerpo no me lo exige, al correr la puerta de madera de mi habitación, la luz de la bombilla recién encendida recorre lentamente las paredes de  la sala y, al mismo tiempo, una infinidad de sombras desaparecen misteriosamente perseguidas por el resplandor, mi corazón late nuevamente con desenfreno. Ahora la iluminación me protege y me da la valentía necesaria para, con mayor confianza, penetrar el umbral del pequeño cuarto de baño, me acerco al retrete y después de varios segundos ahí desisto del intento de orinar, ni una sola gota emana de mi miembro encogido y arrugado, no sé si por el miedo o por el frío.

Antes de regresar contemplo nuevamente mi imagen, esta vez en el espejo ubicado sobre el lavabo, puedo ver claramente el cansancio reflejado en mi rostro, mis ojos completamente rojos y las enormes ojeras que los rodean. Lavo con tranquilidad mis manos y humedezco con ellas mi rostro y mis cabellos mientras escucho el silbato de un tren que recorre la ciudad a unos cuantos kilómetros de distancia, es un sonido breve que rápidamente culmina y me deja inmerso en un silencio aún más notorio y desesperante. Regreso a la cama y cubro mi cuerpo con las mismas sabanas y cobijas que me protegían hace un momento, mantengo la luz encendida por un buen rato intentando evitar el regreso de las sombras. Sé que no puedo estar así toda la noche y, con la valentía que me queda, estiro el brazo y oprimo el apagador para interrumpir el funcionamiento de la bombilla que alimenta de luz mi habitación. 

Estoy sumamente cansado pero ahora es el tic tac del reloj lo que me mantiene despierto, el sonido de las manecillas en su recorrido parece aumentarse de manera exponencial, como si alguien hubiese aumentado el volumen a través de un control remoto invisible, llevo la cuenta de los sonidos que emergen del pequeño aparato gris, aunque pierdo el registro de ellos con facilidad mientras regreso a los giros involuntarios de mi cuerpo, los demonios ahora no se encuentran a mi lado, pero el remolino de imágenes que iniciaron en mi cerebro es como una maquinaría que no se detendrá tan fácilmente en lo que resta de la noche.

Ya conozco el desenlace de esta historia y sin embargo no encuentro alguna opción para evitarlo, poco a poco logro tranquilizarme e intento pensar en los momentos agradables de mi vida o, al menos, imagino escenarios futuros llenos de éxito y grandes logros, en ocasiones imagino una vida diferente. Si tan sólo me hubiese atrevido a hablarle a aquella mujer, o si tuviera aquel empleo que tanto deseaba, a veces pienso que no debí abandonar tan precipitadamente la casa paterna o que tenía que dejar a un lado mi orgullo cuando, al morir mi padre, me ofrecieron regresar al negocio familiar. Tal vez lo primero que tenía que evitar era el alcohol que ahora forma parte de mi vida, o la adicción al sexo pasajero y, muchas veces, al sexo comprado. Siempre he pensado que tuve todo en la vida para triunfar pero, al parecer, mis decisiones siempre fueron las equivocadas. Tal vez lo más lamentable es que siempre me doy cuenta de las oportunidades cuando ya las he perdido, miro al pasado y sólo veo los momentos que no he podido consolidar en mi vida, por esa razón intentaba pensar en las cosas buenas pero, como de costumbre, termino soñando despierto con lo que nunca realicé o temí emprender. Y lo peor de todo es que me asusta al futuro, cuando analizo lo que me depara la vida prefiero nuevamente pensar  en el pasado, añorando aquello que pudo cambiar mi destino pero que nunca sucedió.

Así transcurren lentamente el par de horas que hacen falta para que el sol aparezca iluminando la ciudad. No se cuanto tiempo logré dormir, no se cuanto tiempo estuve soñando despierto, no sé en qué momento reapareció nuevamente la silueta en el espejo pero puedo verla desaparecer lentamente en cuanto la luz del sol aparece en la habitación.

Nuevamente me encuentro boca arriba mirando a la nada, la pesadilla ha terminado sólo para dar paso a una nueva, la de la realidad. Voy del terror que me inspiran las criaturas nocturnas al temor que siento por las criaturas reales con quienes comparto el trabajo y mi vida, de los problemas imaginarios y del pasado a los problemas reales de la actualidad que, paradójicamente, en un futuro cercano formarán parte de mis pesadillas. Por ahora no sé que prefiero; si la compañía de ese demonio gris sin rostro o volver a la vida sin sentido que llevo hasta ahora, este es el final del que hablaba ¿o el principio?… no lo sé pero se repite todas las mañanas.

linea separadora demonios nocturnos

Mauricio Muñiz Soria (Zitácuaro, Michoacán, México. 1973).
Prof. de Asignatura Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) desde el año 2000.

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 61 / noviembre-diciembre 2011

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