relato por
Sergio Martínez

 

Era un día laborable de mediados de junio y la suerte no estaba de mi lado. Me recuperaba de una extemporánea gripe a finales de primavera; había suspendido  el  examen  final  de  gramática  de  la  Escuela  Oficial  de Idiomas —tendría que volver a presentarme en septiembre—; casi no me quedaba un duro y, por si fuera poco, mi novia me había dejado.

Conocía algunas empresas de trabajo temporal de la zona, aunque sabía que los trabajos que ofrecían no eran especialmente prometedores. Eran trabajos de salir del paso y poco más; aburridos, monótonos y mal remunerados. Te exprimían, sacaban el jugo de tus mejores años y luego te desechaban como a la cáscara de un limón.

A pesar de todo decidí probar fortuna. Aquella tarde salí a la calle con la sensación de que había tocado fondo. El día era claro, algunas nubes algodonosas se desplazaban por encima de los bloques de viviendas. Me dirigí a una ETT en la parte alta de la ciudad mientras pensaba que no me vendría mal un corte de pelo y un afeitado. Al llegar eché un vistazo a las ofertas que mostraban en un ventanal antes de decidirme a entrar.

Sentada tras una mesa de color gris, estaba una señorita de pelo castaño y grandes ojos verdosos —unos ojos bonitos, pensé; almendrados, enormes—. Me acerqué. Le hablé de mi experiencia laboral. Ella me escuchaba con gran atención.

—La cosa está muy floja —dijo al cabo—, pero tenemos en estos momentos trabajo en una planta procesadora de carne de pollo.

—¿Una planta procesadora de carne de pollo? —dije algo sorprendido.

Asintió con la cabeza mientras no paraba de sonreír.

—Está en un pueblecito, cerca de la sierra, a unos treinta y cinco o cuarenta kilómetros —dijo—. ¿Te interesaría?

La muchacha batía los párpados a un ritmo frenético. Hecho remarcable, pues debían recorrer un largo trayecto hasta llegar a encontrarse en aquellas órbitas.

—Lo cierto es que necesito trabajo —dije—, cualquier cosa. De todos modos no tengo coche.

—No importa —dijo ella—. Alguien podría llevarte. Podéis compartir los gastos de gasolina.

En un momento me explicó en qué consistía el trabajo y, lo que más me interesaba, cómo se pagaba. Parece que podría empezar el lunes próximo si estaba de acuerdo con las condiciones. El salario, como de costumbre, era muy justito; por no decir una auténtica miseria. Tendría que pasar cada viernes por la agencia y firmar un nuevo contrato semanal. No me quedaba otra que aceptar. Firmé el primer contrato y salí a la calle.

Afuera la temperatura era agradable; la cálida brisa vespertina transportaba un olor a frituras y hamburguesas baratas. Al otro lado de la calle, bajo la marquesina de una parada de autobuses, se formaban tres o cuatro hileras de personas dispuestas a zarpar a sus destinos. Caminé sin rumbo fijo, sopesando las circunstancias.

Me daba cuenta de que, desde aquel año en que decidiera abandonar mis estudios de bachillerato —aún con el curso en marcha, allá por el año 2010—, mi vida había sido una vorágine de trabajos temporales poco satisfactorios y mal remunerados. Al principio me alegraba de tener dinero disponible para salir y malgastar, pero con el tiempo le vas viendo asomar las orejas al lobo y, entonces, cuando quieres parar a pensarlo, ya es demasiado tarde: estás sumido en una ridícula y grotesca carrera hacia ninguna parte.

Entre los puestos que he desempeñado se encuentran los de camarero, cerrajero, operario en una fábrica de plásticos, jardinero y, durante un verano, hice de peón forestal. Eso sin contar otros «trabajillos»… digamos, más puntuales, alguna chapuza para alguna ETT que en ocasiones no duraba más de una o dos semanas. Recuerdo uno en particular. Un trabajo en una finca privada a las afueras de la ciudad. Nuestra labor consistía en deshilachar unas fibras de algodón al tiempo que las arrojábamos y extendíamos alrededor de una vasta pradera. Éramos ocho o diez, y caminábamos por allí desprendiéndonos del algodón como si estuviésemos repartiendo cartas para una partida de tute. El objetivo era preparar el terreno para que una célebre familia pudiera ejercitarse con plenas garantías en el noble deporte de la hípica. En una semana dejamos el terreno suave y mullido como la piel del culo de un bebé, nos dieron cuatro duros, una palmadita en la espalda, y si te he visto no me acuerdo.

Recuerdo que Sonia rompió conmigo por esas fechas. Llevábamos casi tres años juntos y en cierto modo lo veía venir, pues las semanas previas me evitaba con cualquier pretexto. Regresó de un viaje a Italia con ideas nuevas. No tenía nada que reprocharle. Si acaso la comprendía; no es fácil seguir la senda del perdedor. «Quiero que seamos amigos», dijo con ojos melancólicos, perfilando una expresión que parecía sacada de un programa de televisión. Aquellas fueron sus últimas palabras aquella noche a finales de primavera, sentados los dos en un viejo banco de madera en el parque contiguo al edificio de viviendas donde ella vivía. Bajo la escasa luz que proyectaban unas farolas adyacentes, me pareció distinguir el brillo de unas minúsculas lágrimas recorriendo sus mejillas. Los murciélagos revoloteaban en lo alto en busca de insectos y de cuando en cuando el ruido del motor de un coche rompía el silencio. Nos quedamos un rato ahí sentados, en el frescor de la noche, sin decir nada, al cabo me levanté y me marché.

A las dos o tres semanas, tomando una tarde un café con mi vecino Berto, conocido en sus círculos más cercanos como «el Cabinas», me enteré de que Sonia había empezado a salir con un individuo que al parecer jugaba al fútbol en la segunda división española. Tras algunas pesquisas pude comprobar que se trataba de un extremo izquierdo incapaz de hacerle un gol al arcoíris.

Está claro que no las tenía todas conmigo. Y entonces me vino. Creo que caminaba hacia la librería o el estanco, y tuve la sensación de que esta racha que atravesaba escondía otro significado y me situaba —por así decirlo— ante un cruce de caminos. Pronto tendría que tomar una decisión. Y como no hay mejor defensa que un buen ataque, decidí dar un paso al frente. La idea era marcharme de allí —al menos por un tiempo—, mandarlo todo al carajo. Este pensamiento ya me había asaltado en otras ocasiones, pero nunca con tanta gracia y nitidez. Necesitaba, sin embargo, hacer un último esfuerzo: necesitaba reunir algo de dinero.

El lunes madrugué, cerré la puerta de casa tras de mí, cogí el ascensor y salí a la calle. Era el primer día de trabajo. Sentí el aire fresco en mi cara y cómo se erizaban los pelos en mis antebrazos desnudos. Alcé la vista, el cielo estaba cubierto y se veía que iba a llover. Eran casi las seis y cuarto. Aún tenía tiempo de subir a por una sudadera si me apresuraba; el piso de mi madre se encuentra en la novena planta de un bloque de viviendas con una fachada de ladrillo visto algo deteriorada por el paso del tiempo. Mi madre, en albornoz y con el pelo revuelto, preparaba una infusión: hacía hervir el agua en una hervidora eléctrica que le había traído como regalo de un viaje a Escocia hacía un par de años.

—¿No es aún muy temprano para ti? —pregunté.

—Sí, no podía dormir —dijo quedamente—. Te he sentido salir… y me he levantado.

—Bueno,  cojo  una  sudadera  y  me  marcho  a  toda prisa —dije—. Ya te contaré.

—Muy bien. Suerte.

Bajé de nuevo, me situé frente a la peluquería al otro lado de la calle y me quedé esperando a que pasaran a recogerme, desperezándome, viendo los coches pasar.

No había podido pegar ojo en casi toda la noche; últimamente me había acostumbrado a ver películas hasta altas horas de la madrugada mientras mordisqueaba pipas, degustaba algún té exótico o bebía vino barato.

A las seis y cuarto llegó puntual Julio, el tipo que me acercaría a partir de ahora cada mañana al tajo. Bajó la ventanilla al detener el coche a mi lado.

—¿Samuel? —preguntó.

—Sí, buenos días —dije—. Julio, ¿verdad?

Subí al coche, un Ford Fiesta blanco. En el interior percibí un aroma a café y crepe de queso. Julio parecía un tipo afable —algo que ya había notado al hablar con él por teléfono para establecer el lugar y la hora de encuentro—: era corpulento, de pelo hirsuto, y al hablar solía mirarte a los ojos, a veces incluso mientras conducía. En el camino trató de explicarme lo que me esperaba al llegar a la fábrica. Entre las tareas que posiblemente me tocaría desempeñar se encontraban las siguientes: despellejar o deshuesar pechugas de pollo; preparar bandejas con alas, muslos, cuartos delanteros o traseros; transportar cajas llenas de pedazos de pollo de aquí para allá, e incluso empaquetar pollos enteros plegándolos previamente de tal forma que acababan con las patas introducidas en su propio trasero. Me explicó que allí había un ajetreo constante, que aquel sitio era enorme y que había diferentes posiciones o cargos, pero los nuevos solían empezar por aquellas tareas más básicas. Al parecer los cortadores ganaban algo más, pero había que recibir una formación previa para ello. Él era cortador.

Cuando llegamos el día despuntaba, y al contemplar por primera vez el relieve de aquellos enormes edificios de hormigón —en las estribaciones de la sierra— se me puso la piel de gallina. El paisaje era ciertamente bucólico, a excepción de aquellas tres moles de hormigón. Varios cientos de personas trabajaban allí en distintos turnos, día y noche, sin parar. Trabajaba allí gente de lo más variopinta: aparte de los españoles había polacos, rumanos, portugueses, chinos, algún que otro francés, venezolanos, peruanos, brasileños,  chilenos,  portorriqueños  y  varios  africanos  de  distinta procedencia. A  la  hora  de  entrada —que para otros era la hora de salida— los veías pulular como hormigas, cada cual dirigiéndose a su puesto a cumplir con su tarea designada. Al fondo, dos inmensas chimeneas escupían serpientes de humo sin cesar. Un humo que —como pude comprobar con el paso de los días— parecía cambiar de color y textura a medida que avanzaba la jornada: gris y ligero a primera hora, renegrido y apático durante la hora del almuerzo y, cuando regresábamos tras una larga y pesada jornada y miraba por la ventanilla del Ford Fiesta desde la distancia, el humo parecía ya cansado y palidecía.

Aquel primer día Julio me acompañó hasta la oficina que se encuentra junto al aparcamiento y allí me dejó deseándome suerte.

Un hombre achaparrado, con gafas de pasta, que analizaba unos documentos sentado a una mesa, me dijo que tomara asiento en una de las sillas junto a las demás personas que allí esperaban, al parecer, al capataz que habría de darnos una charla introductoria. Eché un vistazo alrededor, había siete u ocho personas aparte de mí, y, exceptuando a dos muchachos, el resto eran mujeres. Al cabo de unos minutos llegó el capataz, un hombre de mediana estatura con un bigote de los que a menudo se ven en las películas del Oeste.

—¡Todos  los  nuevos  que  empiecen  hoy  que  me  sigan! —dijo con una voz profunda y rasposa.

Nos condujo a un aula contigua. Había allí unos pupitres que hacían recordar tiempos escolares. Tomamos asiento los futuros empleados y el tipo del bigote se colocó junto a una pizarra, sacó un rotulador de una cajita que descansaba sobre la mesa más alta ―la del profe―, se presentó y comenzó la charla. Nos habló de la seguridad en el trabajo. Nos dijo que nuestras tareas no eran complicadas de realizar, aunque sí repetitivas y monótonas. Nuestro trabajo consistiría en preparar el producto para su salida inmediata al mercado. Ellos nos facilitarían algunas prendas: guantes de látex, botas de goma, un delantal, e incluso, sobre una red para el cabello, llevaríamos un casco de los que usan en las obras y que en mi caso sería de color blanco, para distinguirme como trabajador de la empresa de trabajo temporal. Había seis o siete colores de casco diferentes: blancos, naranjas, rojos, amarillos, verdes y azules. Indicaban el puesto, grado de responsabilidad o experiencia de la persona que lo portaba; cuando un casco azul hacía presencia, nos aplicábamos en nuestras tareas con disciplina militar.

La fábrica se dividía en tres grandes zonas —cada cual era un enorme edificio de hormigón— interconectadas por escalerillas, rejas y tubos metálicos que conformaban lo que muy bien podría ser su esqueleto. La temperatura se mantenía constante a cuatro grados centígrados en gran parte de las instalaciones, de modo que también corríamos el riesgo de coger un resfriado.

La charla se hizo interminable, pero al menos era tiempo remunerado. En un momento dado intercambié una mirada imprecisa con una futura empleada,  y  esta  me  dedicó  un  bostezo.  Era  evidente  que  algunos  de  los  allí  presentes  tenían  dificultad  para  seguir  la  charla  en  nuestro  idioma,  y  el capataz —consciente de ello— se esforzaba por hacerse entender: vocalizaba y gesticulaba con energía y entusiasmo y entonces el bigote cobraba vida en su rostro. No pude evitar pensar en aquellos actores del cine mudo que debían utilizar un expresionismo exagerado para paliar la falta de palabras. ¿Cuándo había decidido este hombre trabajar en aquel lugar? ¿Era ese el sueño de su vida? Y el bigote, ¿era cosa suya o tal vez idea de su mujer?

Me costó acostumbrarme al ajetreo de aquel lugar, a esa atmósfera de matadero. El trabajo era aún más pesado de lo que había podido imaginar. Entablé pronto amistad con un pernambucano llamado Tiago al que le gustaba tocar la guitarra española en sus ratos libres. Yo le ayudaba a mejorar su expresión en nuestro idioma y él me enseñaba palabras y frases divertidas en el suyo. Solíamos comer juntos en la cantina durante los veinte minutos de que disponíamos para el almuerzo. La comida que allí servían no era gran cosa, pero se agradecía echarse algo caliente al estómago. Julio y Gary, un simpático irlandés, se unían a nosotros cuando su rutina les permitía, pues su horario no siempre coincidía con el nuestro.

Si bien con el tiempo realizaríamos tareas más diversas, Tiago y yo nos pasamos la primera semana empaquetando pollos enteros. Para ello teníamos que introducirlos previamente las patas en sus respectivos traseros: el truco consistía en agarrarlos por ambas patas y doblarlas ejerciendo una presión vertical sirviéndote del peso de tu propio cuerpo, para terminar con un hábil giro de las muñecas y dejar el ave en su pose definitiva, inamovible. Pronto nos convertiríamos en unos especialistas en la materia, pero dime: ¿quién ha soñado alguna vez con acabar metiéndole a un pollo las patas en el culo?

Los días se sucedieron lentos, cansinos, perezosos; como si a algún canalla le hubiese dado por pulsar —sin previo aviso y cuando menos te lo esperas— el botón slow motion del mando a distancia que rige tu vida. Tras seis meses en aquel lugar, y con las horas extras que había comenzado a hacer a partir del tercer mes, conseguí ahorrar una cantidad que consideraba suficiente. O quizá me convencí de que lo era porque no aguantaba ni un solo día más en aquel lugar.

Organizamos una cena a la que asistimos Julio, Tiago, Gary y yo. Nos despedimos entre risas, humo y alcohol.

Unos días después me encontraba en el interior de un Boeing 737. En el asiento inmediatamente a mi derecha había un hombre de avanzada edad con ganas de conversación y en ese momento yo no las tenía. Me coloqué los auriculares. Noté que la máquina echaba a rodar. Me ajusté el cinturón una vez más y observé a través de la ventanilla —me encontraba exactamente sobre el ala izquierda del avión—. Los edificios del aeropuerto se hacían cada vez más pequeños bajo la luz variable del crepúsculo, que viraba hacia el rojo intenso y el azul cobalto. El piloto maniobró y ya enfilábamos la recta de despegue. Entorné los ojos y recliné la cabeza. Me sentía bien. El avión tomó carrerilla, ganó velocidad y se elevó al fin como una flecha lanzada en el aire. La rueda de la fortuna había empezado a girar.

 

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Sergio Martínez
Sergio Martínez. Ha sido traductor autónomo los últimos años y actualmente cursa un máster en traducción audiovisual. Aficionado al relato breve, desde hace un tiempo escribe los suyos propios; uno de ellos ha sido publicado en la revista literaria La Bolsa de Pipas.

Contactar con el autor: sergi.smy [at] gmail.com

 Ilustración relato: Layer House, By Creigpat (Own work) [CC BY-SA 4.0
(http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiar – n.º 79 | marzo-abril de 2015MARGEN CERO™ Aviso legal

 

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