relato por
Cristina Pérez Escribano

 

S

é que estoy acabando un cuaderno sin escribir nada realmente. Miro adelante y atrás y veo que otros escriben por mí, otros piensan por mí. Me da miedo todo esto, la verdad, no estoy acostumbrada a meditarlo de esta forma y no es que tema que puedan escribir algo en mi nombre que vaya contra la ley, o que mis palabras y mis ideas no tengan nada que ver unas con las otras, o que me crea, maravillada, que tengo un pensamiento extraordinario y me suba de amor propio a un paraíso ideal de sabios, o que, al contrario, mi pensamiento sea tan estúpido y necio que atraiga la ironía malsana de otros. No es nada de esto, o al menos no es esto solamente. Me da miedo porque con sus palabras pueden matarme. Como lo oís, temo por mi propia vida. En realidad puedo incluso no nacer nunca si ellos insisten en hablar por mí.

Me da pena sobre todo por el amor que hubiera sido capaz de reflejar en mis escritos, yo me habría dejado la piel en ello y hubiera perseguido la felicidad también en la literatura como si fuera un mantra, una meta fija. Pero ellos —cuando digo ellos me refiero a muchos— insisten…, se empeñan en seguir diciendo y diciendo en gerundio maldito por mí, y lo más curioso es que entre todos no hablan con un orden, ni se piden la palabra, todo lo emiten con un desorden brutal, a espasmos, de carrerilla, alguno balbucea pero hablan todos a la vez, comparten las frases, las encienden, las borran, vociferan casi auto- máticamente, sin pensárselo mucho, yo creo.

Me matan incluso antes de nacer, esto es así, y yo, claro, me revuelvo en mi tumba-cuna que es esta mísera cuneta o laguna o prado con sol abrasador y aire caliente y molesto desde donde trato de expresarme. El paisaje es revelador y grandioso de cielo azul, monte al fondo y olivos y viñas.

Al principio creí no reconocer a ninguno de los asesinos porque se me mezclaban sus rostros en el recuerdo pero ahora los veo claro, están aquí, delante de mis narices, bueno, veo claro a los que están más cerca, los que se dejan ver, los de atrás se esconden o disimulan; pero todos son asesinos y médicos que ejecutan mi aborto, soy al fin un feto muerto, una mujer que se desangra en la acera.

Los conozco, puedo delatarlos, por lo menos a los que están en primera fila, a los más osados. Los señalo con el dedo en la rueda de reconocimiento y donde haga falta, no me tiembla el pulso: ¡los conozco!, sé que son ellos, no albergo ninguna duda, os puedo dar los datos con nombres y apellidos, y así vais viendo el tipo de calaña a la que me refiero, tomad nota: Georges Perec, Roberto Bolaño, Marcel Proust, Nabokov, Bioy Casares, Ana María Matute, Enrique Lihn, Vicente Aleixandre, Alejandro Zambra, Séneca, Ana Blandiana, Kafka, Dos Passos, DeLillo, Herta Müller, Machado, Pirandello, Miguel el manco…

 

 

imagen relato Muerto el perro

 

Cristina Pérez Escribano. Autora natural de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Fue distinguida con el IX Premio Dulce Chacón de Novela corta, Ayto. de Brunete (2013), por la novela Aurora, Miradora de lunas.

Contactar con la autora: crist.escribano [at] gmail.com

 Ilustración relato: Fotografía por miradeshazer / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 87 / julio-agosto de 2016MARGEN CERO™

 

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