poemas por
Luis Recio Morán
Muro de indiferencia
Rodeamos nuestra casa de altos muros. Al otro lado, el invariable desaliento de cuanto allí resiste. No quisiera cruzar. (como si se eligiera). Somos de donde nacemos, o de donde vivimos, o de donde huimos. Diáspora de disyuntivas. La pertenencia es libre, y te convierte en esclavo. ¿Ser de nadie o ser de todo? Al final del día no buscas sino comida entre los dientes, restos de confirmación. Y mientras tanto, seguir en este lado, sin asomar tus ojos por los negros recovecos del muro de la indiferencia. Quizá no puedas confrontar tu realidad con el mar de harapos, de cuerpos, de más hueso que pellejo, con la materia justa para recubrir un alma. Sed Como una gota de lluvia en el cristal, se escurre nuestra historia. Como un rayo de luz blanca, que en tus aristas de hielo (prisma de apatía), toma incierta trayectoria, y (des)compone su esencia en tonos tecnicolor. Vivo en la inercia del peregrinaje a tu boca, como quien se santigua, hincar rodilla y bajar cabeza. Tu mirada corta el aire. Con aspereza dice NO. Solos, mis labios, ya de vuelta, vírgenes en su orfandad, con tu sed por penitencia, tras tu olvido sin matices, te recuerdan. Lloran tu ausencia y, errantes, desdibujando tus formas, sueñan con pecar. Ser un final Un final que no he de ser, a tu terco propósito. Seré el viaje (si quieres), a donde acabe esta noche. No seré el medio tampoco, ni un soporte necesario, A veces, peldaños rotos, o sorbo de agua de mar donde naufrague tu hastío. Algo que encontrar, (in)cómodamente, donde no se le espera. No hallarás en mí salidas, solo erráticas maniobras y estereotipias en bucle, y al final cajas negras que no devuelven nada, o lo devuelven ro to. Seré tu huida hacia delante, dejándome atrás, mientras sales de puntillas de mi cama sin decirnos ni los nombres.
Rutina de colores apagadosEl amarillo me invade.
Ya es otro día,
y hay promesas de otros aires
(menos viciados)
que consumir.
Esta sonrisa no es mía;
esta impostura, tampoco.
Un cínico traje cada mañana.
Nos
queda
grande.
Rumores a lo lejos,
bullicio, y,
nadando en el sonido,
peces
de
silencio.
Vagones.
Todo el mundo grita
dentro de sí.
Liberan la presión
en su mandíbula
prieta.
Puedo escuchar sus miradas,
piden ayuda
pero no quieren darla.
En medio del día, ocho horas
que gastan el oxígeno
de este asfixiado mundo,
moviendo sus insensatos pies
más cerca del abismo.
El rojo me aborda.
La tarde corre tanto
que
ya
se
aleja.
Tres cervezas más tarde
me visto de gris,
mi cena es gris,
mi almohada es gris,
y la indómita rutina
ha
desteñido
mis
sueños.
Las capas del adiós
Los clavos de este ataúd
como dientes aferrados a su presa,
no podré desenclavar.
La madera,
será lecho, será barca,
naufragio en un mar de tierra,
a cuyo rescate no iré.
El acolchado interior
(como si te hiciera falta,
como si algo de esto te hiciera falta),
amortiguará tu cuerpo,
ya pétreo.
El hueco vacío
y la tierra apilada,
que a su lugar quieren regresar,
no querrán que volvamos a importunarlos
una vez restaurado el statu quo.
Las flores…
…no las verás.
Su suave fragancia
no permeará la tierra,
no atravesará los clavos
ni la estéril madera,
ni el maldito acolchado,
para llegar a aliviar el
enrarecido espacio
en
el
que
yaces.
Las flores se van dejando ir,
como tú hiciste,
su tallo va cediendo a la gravedad,
así tu espalda,
encorvada en tu final,
y solo me queda el alivio de pensar
que en su marchitar
te encontrarán,
entregándote su olor y su color
al otro lado. La urbe gritaHoy escuché a la ciudad quejarse
en un desvarío de escamas de hierro y cristal,
gri ta ba.
Astillas de metal jaspeaban su fraguada piel,
y la gente que transitaba
las afiladas calles
vaciaba el alma en un río
con menos agua que barro.
De pronto el lamento cesó.
La madrugada paralizó
su pulso.
La ciudad en coma me asustaba.
No vibraba el aire,
las hojas afinaron su quietud,
y empezó
a llover.
La ciudad cambió su traje,
enlució sus verdes.
Petricor bajo los pliegues de mi hemisferio derecho.
El agua traslucía en mi sombrero,
y las gotas jugaban
a ver quién llega antes
de mi frente a mi mentón.
De pronto entendí el lamento
de la urbe ante mis ojos.
Cuánto debe de doler
nuestra negrura,
cayendo
por las venas del subsuelo.
Cuerpos en los callejones,
y legajos arropando
viejas almas, sin cobijo ni perdón,
que esperan su
último aliento.
Le pedí perdón.
A lo lejos, una banda callejera
empezó a tocar.
Y la ciudad cantó a coro
Half Moon Street.
Luis Recio Morán (Valladolid, 1985). Es un autor novel de poesía. Escribe sobre lo cotidiano, la intimidad, las luces y sombras del comportamiento humano, intercalando crítica social y simbolismo.
Contactar con el autor: recluising{at}gmail.com
Ilustración: Fotografía por Pedro Martínez ©.
📌 LEE OTROS POEMAS (traídos desde nuestra biblioteca)
Poemas de nomadismo y extranjería, por Carmen Herrera Castro En «Mar de poesías» (marzo/abril de 2010)
Poema sin título, por Gabriel Impaglione. En «Mar de poesías» (julio/agosto de 2004)
La ingenua (y otro poema), por Luis Benítez. En «Mar de poesías» (junio-julio de 2006)
N. del E: Se ha procurado que la edición de los poemas aquí publicado guarde la anchura de las líneas tal y como las escribió su autor. Para leerlo en un dispositivo móvil aconsejamos que el aparato se sitúe en posición horizontal.
Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 143 • noviembre-diciembre de 2025













Comentarios recientes