relatos por

 Nadia Contreras

 

Siempre quise vivir en un departamento. Un departamento pequeño en un tercer o cuarto piso, que me permitiera la ciudad y el sol, deslizándose por entre los techos. Desde su ventana, miraría a las mujeres barrer el frente de sus casas o ponerse el día, de pie en medio de la banquetas o recargadas en la reja. Pensé en un departamento, allá, por el oriente de la ciudad o cerca del aeropuerto y sus máquinas escurridizas en cielos despejados. Pacientemente, me dedicaría a decorar las paredes, acomodar la estantería de los libros, escuchar música de Willie Nelson. El hombre llegaría después, su cuerpo, sus manos sobre mis piernas, los brazos, el árbol del vientre. Un departamento pequeño que el hombre pudiera reconocer en la distancia. Un departamento como un horizonte. 

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Me levanto muy temprano a limpiar y ordenar la casa. Los martes y los viernes inicio en el jardín y termino en la cocina, donde el polvo y la grasa se acumulan encarecidamente. Mi marido insiste que no me obsesione. Polvo, siempre hay, afirma, aún más en esta región del país. Tiene razón. Cuando menos se espera y uno de los dos olvida cerrar las ventanas, el remolino de tierra entra y cubre todo a su paso. Tal vez la obsesión tiene que ver con el hecho de que un día voy a partir. En el momento final quiero una casa limpia. Que nadie se preocupe por el polvo o por el lavavajillas repleto de cubertería sucia. Que nada se acumule. Pienso, por ejemplo, en la mujer que tomará mi lugar. ¿Qué dirá si encuentra la casa hecha un caos? La vida y la muerte, aseguran, son un constante fluir hacia el retorno, ¿cuál será mi expresión al abrir la puerta? Quizá se trate de un viaje corto. Una semana, un mes en alguna ciudad pequeña y elegante. Qué alegría volver y encontrar la casa como se deja. Limpiar y ordenar como quien acaricia el lomo de un gato. Entonces, tirarse sobre la cama y con los ojos abiertos o cerrados, recuperar lo visto y lo no visto.

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Desde hace algunos meses me he dedicado a explorar en la red la vida de autores, unos famosos y otros no tanto. Sus vidas y sus escritorios. Aprovecho la oportunidad de la tecnología para mirar los libros que tienen cerca, las pinturas, los discos. Veo sus escritorios con el entusiasmo de quien mira la fachada de una biblioteca, o el interior de una estación de tren, o la profundidad del océano. Parto del principio de que los escritorios tienen mucho que ver con las ideas que surgen. El escritorio como una especie de mapa, aunque éste, sea una mesa despejada o libros y hojas acumuladas por todas partes. En mi primera casa, el escritorio para la escritura, era apenas el rincón de la habitación y por ello, los libros no estaban a la mano. En el ir y venir, las ideas se secaban. En la segunda, coloqué una mesita bajo la escalera y sobre ella la antigua computadora. Sufría de claustrofobia, pero ésta, no me explico por qué, me permitía trazar ciertas líneas, realidades tras el espejo de los sueños. Tuve que partir y el mismo escritorio está colocado junto a la ventana, da al traspatio donde la primera imagen es la «uña de gato», se enreda como la misma idea antes de caer, a veces invisible, sobre la hoja electrónica. He agregado más cosas: una mesa amplia donde están los libros de cabecera y la impresora. En el otro extremo, el aparato de la música y un pizarrón donde se forma mi pensamiento como las avenidas de cualquier ciudad. Un escritorio amplio, una computadora, que llevaré a una terraza desde la cual podré ver el mar, sus olas tibias en la certeza. Sin embargo, los últimos años lo que a escritura se refiere, ha sido como pararme sobre campo estéril. A diferencia de los escritorios de autores famosos y otros no tanto, mi escritorio me hunde. A ciertas horas del día, a ciertas horas de la noche, como si no me perteneciera. He decidido pues, mudar la escritura a la cama, al jardín, o al desayunador donde mi marido y su hijo hablan de películas que nunca he visto. Mudar la escritura o mudar de actividad por completo. Repartir volantes en las esquinas o cuidar niños ajenos, tal vez.

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No vuelvo al pasado y si lo hago, le busco un disfraz, un vestido, unos zapatos, un color de cabello o de uñas, y así lo enfrento. El tiempo pasa muy rápido, digo, para detenerse y revivir el dolor y la pérdida. No vuelvo al pasado ni siquiera para hablar de los días bajo las olas de alguna playa o internados en algún lugar remoto de San Juan de la Montaña. El pasado es un libro. Se compra con ansias pero en algún momento, decidimos guardarlo y no volver a sus páginas jamás. Mi padre llegó de su ciudad a la mía, de su casa a la mía y el pasado está cada vez más cerca. Ya estoy dentro de él. El padecimiento de los mayores es pensar que vivimos veinte o treinta años atrás. Veo mis pies en las calles del pueblo, en su plaza o dentro de aquella máquina gigantesca del Ingenio azucarero. Vuelvo a los árboles radiantes de la huerta de la casa paterna, a los campos de la milpa y de la caña. Tengo seis, ocho, trece años y siento mis pies libres para saltar y mis manos, abiertas para el sol tibio o la lluvia. Escucho el estruendo del volcán, la voz de mi madre o las oraciones en el viaje último de mi abuelo Fidencio. Mi padre es culpable. Sentado en el sillón mientras yo preparo agua de naranja o algún guiso, el pasado nos recupera o lo recuperamos. El pasado no ha sido injusto. Ciertos dolores, ciertas angustias, uno o dos abandonos. Mi padre habla de éste y yo caigo en la conclusión que nada tengo en su contra. Solo el miedo a saber extintas las personas amadas y destruidos los caminos. Preferible tapar su agujero, cortar de tajo esa conexión, acallar el sonido de sus pájaros entre las ramas del limonar. Sin excepción, vivir el presente y el futuro como si se tratara de perseguir siempre cuesta arriba el hilo de las hormigas.

 

párrafo relato persistencia cosas íntimas
Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976). Poeta. Presencias (Mantis Editores, 2008)
es su último libro publicado. Radica en Torreón. Coahuila, México.

Página Web de la autora: Incendio de imágenes
(http://www.nadiacontreras.blogspot.com/)

margencero-img Ilustración relatos: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 69 | mayo-junio de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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