relato por

Francisco Martínez Hoyos

 

Tres mil trescientos trece.

Al niño del Colegio de San Ildefonso, con un poco de atención, la misma que la gente no suele tener, se le detectaba cierta intranquilidad. Tal vez el miedo a que cierta chiquilla rubia de su barrio, Erika, la de las trenzas alemanas, de la que andaba enamoriscado, se riera de él por exhibirse en público con ropa de pingüino. Por suerte, en la batalla entre el sentido del ridículo y la profesionalidad, venció la última, así que pronunció el número ganador alargando las sílabas, con el tono característico de los de su cofradía, ese tono que evoca a pregoneros de tiempos insondables en los que se alzaban castillos y los caballeros libraban feroces batallas contra pérfidos brujos. Aunque, en esos momentos, nada del mundo mítico de los libros de Alfredo importaba, sólo pronunciar la cifra mágica desde la imparcialidad, la de quien sabe que no es él quien va a disfrutar de la lluvia de millones dispuesta a precipitarse sobre los favoritos de la fortuna. Porque se trataba del primer premio, el que todos los españoles aguardaban poseídos de una ansiedad controlada, en la desvaída privacidad de sus casas, en el tumulto previsible de los bares o mientras se dirigían a quién sabe qué destinos faltos de emoción. La que sí sentían cuando aquella voz infantil, tocando a las puertas de la adolescencia, anunciaba el fin de la esclavitud a unos cuantos asalariados. Yo pude ser uno de los elegidos, lo tuve fácil. Sólo que me negué en redondo, casi indignado por la invitación a traicionar mis principios con la adquisición del que sería el boleto agraciado. Cualquiera que me conozca sabe que de mi oposición a tirar el dinero por una posibilidad contra cien mil, a descender a la verborrea plebeya de un vendedor ambulante, un tipo del que desconfié enseguida por su evidente alergia a la cuchilla de afeitar. ¿Superstición? Vamos, como si los psicólogos no supieran que nuestra credibilidad viene marcada por la imagen que damos, en este caso la de un desarrapado semialcohólico. Mientras le daba vueltas a esta idea poco caritativa, sentí una punzada en el pecho que identifiqué, claro está, con una alteración cardíaca, quise pensar que leve. Tal vez Dios, o el destino, me enviaba aquel deshecho para ofrecerme un espejo de en qué podía llegar a convertirme. Quién me iba decir, en ese mercado colorista al que llaman el Rastro, la amplia gama de los escenarios de la tragicomedia del fracaso en la que yo, desde hace un tiempo, excesivo por definición, ejerzo el papel de incontestado divo. Hasta San Sebastián tuvo que hartarse de tanta flecha, aunque, visto lo visto, nada de eso interesaba a los transeúntes que me apretujaban, ajenos a las tribulaciones de mi pobre alma. Qué lastimica, Señor. Suerte que nunca he caído en el vicio autocompasivo.

—Déme mejor un cinco —respondí, mientras buscaba monedas en una cartera siempre abarrotada con la tarjeta del metro, la del tren, la de la biblioteca, la de la seguridad social, y tickets de compra que acumulaba por inercia. O porque, tal vez, si me intoxicaba con el bocadillo de atún comprado cerca de la Puerta del Sol, alguien podría localizar la prueba del delito y vengar mi muerte. Mientras contemplaba el desorden, sin extrañarse, porque ya hacía tiempo que me conocía, Andrea, siempre risueña y festiva, no se resistió al comentario jocoso que le puse casi en bandeja.  

—Tú y tus supersticiones. Como salga el trece….

Me asaltó un repentino temor.

—No me digas eso… —le pedí con el aire suplicante del que ansía verse a salvo, por pereza o por cobardía, del proceloso mar de la incertidumbre.

Pagué al vendedor su gratificación de tres euros, no sin mortificarme en cuanto me apercibí de un detalle desagradable que, inexplicablemente, tal vez por algún oscuro deterioro mental de mi recién estrenada cuarentena, me había pasado por alto. Porque el interfecto vestía, con impúdica ostentación, un jersey de color negro… Tal vez eso parezca una nimiedad o un síntoma de hipocondría, si no reparamos en que a los madrileños también se les conoce con el sobrenombre de gatos. El dato, para mí, representaba la definitiva confirmación de que alguna calamidad se avecinaba, anunciada por el tenebroso felino. Traté de no pensar en ello mientras cogíamos el metro en dirección a la librería iberoamericana, donde Andrea y yo nos proponíamos adquirir bibliografía para nuestras respectivas tesis doctorales. Ella, sobre la recepción de la antigüedad clásica en la América del XVI. Yo, sobre las relaciones entre el gobierno mexicano y la España de Alfonso XIII. Mi amiga no acertaba a explicarse cómo había escogido semejante enunciado, por el que cada cierto tiempo cogía el borreguero a Madrid —el AVE quedaba fuera de presupuesto—, a consultar el archivo del Ministerio de Exteriores.

—Con lo supersticioso que tú eres, me choca que investigues a un rey con ese ordinal. ¿Será por el numerito que acabó como acabó?

Una sonrisa sutilmente traviesa se asomó a sus labios.

—En el exilio, quieres decir.

Y me encogí de hombros, como queriendo decir que la vida a veces te viene dada. Tenía que ser ese tema, sí o sí, porque Fernando Osuna de la Parra, el conocido catedrático de la Complutense, me había prometido la publicación del trabajo en su editorial. Como a quién a buen árbol se arrima buena sombra le cobija, no me lo pensé dos veces, sin reparar en que las esperanzas cortesanas prisiones son. No imaginaba entonces que aquel iba ser el inicio de una etapa de mi vida particularmente turbulenta. Un poco lo mismo que en esas películas donde luce el sol, las flores exhiben su alegría y, de pronto, el cielo se llena de nubes negras, el cántico de los ruiseñores deja paso a los truenos y de las entrañas de la tierra parece salir una carcajada siniestra, enloquecida, como las de ciertos malos malísimos de la televisión, casi avisándote de la que te espera. Rompí con novia, rompí con mis mejores amigos, o con los que yo creía mis mejores amigos, y me echaron de la gestoría en la que hacía ver que trabajaba, todo por llegar con los pies enfangados de barro, un día de noviembre tan lluvioso como si el sol hubiese cogido una baja por larga enfermedad. ¡Y yo que creía que pisar mierda trae buena suerte!

Todo empezó a torcerse a raíz de mi viaje a Roma para asomarme en el Vaticano a la documentación del Archivo Secreto, un nombre más apropiado para los amantes del sensacionalismo que para la gente seria, en el número de la cual yo presumía de hallarme, ya que hasta el pontificado de Pío XI no hay ningún problema para la consulta. Incomprensiblemente, la canícula del ferragosto se dejaba notar por su ausencia, hasta el punto de que las estatuas, empezando por la ecuestre de Víctor Manuel II, bordeaban peligrosamente el resfriado, titilando bajo el aire seco, cortante, que se enseñoreaba de la vetusta ciudad. Y también, seguramente, de los fantasmas de su historia milenaria. Nada de mangas cortas por la calle, ni de atrevidos minishorts que escandalizaran a las beatas, mientras los heladeros maldecían en arameo la falta de clientes.

Casi exhausto llegué a la Fontana de Trevi, un elefante descomunal en una jaula sin más espacio que para su pétrea mole, con lo que el conjunto perdía buena parte de la gracia de las postales, en medio una rigidez semejante a la de esos pasajeros que viajan en un vagón atestado. Nunca se repetirá bastante —me dije— que los fotógrafos no enfocan la realidad, sino sólo aquello que les interesa. Mientras otros simplemente disfrutaban de aquellas imágenes barrocas, yo me esforzaba en desentrañar su sentido iconográfico por más que aquel estilo recargado me repeliera en lo más íntimo. La voz de mi ex, por desgracia, me perseguía hasta aquel templo de las musas:

—Eres un friqui, un maldito friqui. Te odio. 

Así me respondió cuando la dejé, al apercibirme de que el descomunal tamaño de sus pies, un cuarenta, no iba a traerme nada halagüeño. No obstante, la echaba muchísimo de menos, sobre todo porque nadie más aceptaba escuchar mis peroraciones sobre la iconografía de los hipopótamos en el arte italiano.

Ante la súbita aparición de los recuerdos compartidos, de las palabras acuñadas para nuestro uso particular y secreto, comprendí que iba a costar más de lo previsto liberarme de la nostalgia, liberarme de la ofensiva felicidad de los enamorados que pululaban por aquel rincón supuestamente romántico, de la vulgaridad de los turistas, siempre empeñados en adquirir el recuerdo obligatorio con el que sacar pecho ante amigos contagiados de su misma estulticia. Mi ex tenía razón, comme d’habitude. Son los friquis los que gobiernan el mundo con sus delirios incandescentes disfrazados bajo la túnica austera de una lucidez impostada. Friquis del mundo, ¡uníos!    

Antes de marcharme, cumplí con el rito, saqué cinco monedas de dos euros y las arrojé discretamente a la fuente. Era demasiado dinero, sí. Hubiera bastado con apenas veinte céntimos, como hacían los demás. Pero no quise dejar nada al azar del destino, con el mismo ímpetu planificador de un aparachitk del PCUS al dirigir su plan quinquenal. Supuse que una propina generosa atraería el favor de los dioses, del karma, de la providencia o de cualquier otra entidad metafísica, sobre un cuarentón adicto al trabajo, sin chica, sin perro y que aún vivía con sus padres, un auténtico tópico andante salido de una mala comedia romántica de Hollywood. Cerré los ojos y formulé un deseo, apretando los dientes. Testarudo incorregible, aún no he perdido la esperanza de que se cumpla, así que no voy a revelarlo.

Mientras regresaba al aparcamiento de la Via Montesacro, una lluvia arisca me empañaba las gafas y le daba a las ruinas, esas mensajeras de la angustia de fenecidas Atlántidas, la ligereza incorpórea de una acuarela. Al cruzar el Tíber, durante unos segundos creí ver a los mercenarios de Carlos V asaltando el castillo de Sant’Angelo, e imaginé en medio de cierta complacencia culpable la humillación del Papa, acorralado por aquellos tipos bajitos, barbudos y cejijuntos, siempre dispuestos a meterte una daga en el vientre por un punto de honra. Al reencontrarme con mi SEAT, me sentí confortado. Al menos mi coche me esperaba. Al menos alguien me esperaba. Pero entonces apareció un muchacho de diecipocos años, metro ochenta, melena salvaje donde el peine hacía tiempo que no entraba y donde se posaban los pájaros de una desbocada ambición. Aquel Mario o aquel Ciro, se veía a sí mismo tratado de Don, entre una orgía de alcohol, mujeres en lencería rosa y Ferraris igual de opulentos, por supuesto testarrosas. Del color de sus sueños o de sus delirios, aunque la frontera entre lo uno y lo otro, más que línea precisa trazada por un dibujante experto, semeja contorno difuso de un esfumato leonardesco.  

Esas eran sus aspiraciones. Su programa máximo, en terminología de partido decimonónico. Pero, entre tanto llegaba el poder, se conformaba con vestir una simple camisa azul a cuadros, abrochada despreocupadamente, mal planchada, sí es que lo había sido. El tejido aroalado dejaba entrever, a la altura del hombro, el tatuaje de una calavera. A las chicas, ya se sabe, les molan los tíos con un punto peligroso. Sobre sus jeans, ceñidísimos, exhibía ostentoso un cinturón de balas, quise creer que de imitación. Por la comisura de sus labios carnosos exudaba insolencia, fresca y rabiosa, la del que es guapo y además lo sabe. Con la seguridad del que ha hecho la misma cosa un día sí y otro también, se apresuró a plantearme descarnadamente sus exigencias monetarias.

—Diez euros, signore. Por la vigilancia.

Le miré con incredulidad, mientras buscaba aceleradamente cómo salir del apuro. Aquella imitación de Al Capone no debía tener ni la secundaria, pero impartía órdenes con el aplomo de un buen soldado.    

—Diez euros —insistió, ahora con un acento más duro, casi metálico. Lo suyo eran las ideas simples y directas, no las galas del vocabulario ni la sintaxis. Diez euros, ni más ni menos. Los acababa de arrojar a la Fontana y ahora me los exigía un matoncito chulesco. ¿Esta era la buena suerte que profetizaba la tradición? Porca miseria, mascullé de pensamiento.

Evalué de un golpe de vista todas las posibilidades. ¿Y si pedía ayuda al guardia jurado que hacía su ronda a cuarenta metros, con aire de arrastrar la porra más que de llevarla? Tenía toda la pinta de ser un cincuentón al que su mujer acabara de abandonar, recién mudado a un apartamento que compartiría con otros tres maduritos, pasados ya de tan maduros, que seguramente ni se conocerían entre ellos. Aparte de su vitalidad discutible —tanto bocadillo no perdona—, el sentido común apuntaba que los mafiosi le tendrían untado para que mirara hacia otra parte cuando se producía un robo o alguien terminaba fiambre, como me ocurría a mí si no espabilaba. Entre tanto, mi amigo el Demóstenes había empezado a reparar peligrosamente en mi portátil. Ahí me sublevé:  

—¿Quieres mi chaqueta? Es de cuero auténtico —le dije mientras me la quitaba, haciendo el gesto de ir a ofrecérsela, no sin cierta teatralidad—. Toda tuya, muchacho. ¿O prefieres mi reloj? Te daré lo que quieras. Todo, mio caro bambino. Pero el portátil no. Aquí llevo un mes de trabajo en el archivo vaticano. Y no sabes lo que cuesta desentrañar la letra de los curas. ¡Cómo lo vas a saber, si bastante tienes con chapurrear tu propio idioma!

Hice una pausa dramática, antes de proseguir con renovado efectismo —olvidando, por desgracia, que, pese a la semejanza fonética, no es lo mismo efectismo que efectivo—. Yo mismo me maravillaba de la elocuencia con la que salían de mi boca las palabras, convertido en nuevo Cicerón en pugna contra el Catilina de los bajos fondos que se atrevía con mi santa paciencia.  

—Aquí está mi futuro, chaval. Así que arráncame la piel a tiras, córtame los huevos… Bueno, los huevos no. Pero deja mi ordenador tranquilo. Per favore.

¡Tanto apuro por diez miserables euros! Con razón mi padre no se cansa de repetirme que siempre hay que llevar dinero en el bolsillo, lo mismo que el carnet de identidad, el que esa mañana había dejado olvidado en la mesita de la habitación del Hotel des Artistes, que había escogido por Internet, además de por el precio, por las resonancias bohemias de su nombre. Si las cosas se ponían feas, los carabinieri ni siquiera podrían identificar mi cadáver…

Por un momento pensé que mi discurso lo había amansado. Las letras, una vez más, se imponían a las armas. En este caso, a una navaja que no dejaba de apuntarme, ignorante de que el diccionario contenga la palabra disimulo. Demóstenes me dejó terminar mi perorata y, cuando ya me encontraba sin resuello, me dirigió un gesto de potentado renacentista, dando a entender su disposición a ejercitar conmigo, pobre piltrafilla, la magnanimidad que desde luego no merecía. Divertido ante aquel extranjero que sudaba hielo, más preocupado de los polvorientos informes de intragables nuncios que de su integridad física, se agachó sin dar ninguna explicación —el acero que empuñaba ya era bastante expresivo— y abrió una amplia bolsa deportiva, de color rojinegro, con una pegatina de la selección italiana y otra con la imagen siempre sensual de Mónica Belucci.

Sentí el vacío donde solía tener el corazón… Mi amigo sacó un bate de béisbol de dimensiones intimidatorias, un ejemplar digno de algún dios olímpico, que me produjo un involuntario ramalazo cinéfilo. ¿Acaso se creía Robert de Niro en Los Intocables? Aunque, sin duda, aún le faltaban muchas espinacas que comer, ya podía ver los titulares del Corriere Della Sera o de La Stampa, a la mañana siguiente: extranjero hecho picadillo por no tener diez euros. Hombre con los sesos revueltos por no tener diez euros. Idiota sin diez euros con el melón abierto. L’Observatore Romano, naturalmente, atribuiría mi trágico fin a la impiedad porque… ¿qué me costaba pronunciar diez aves marías? A esto es a lo que lleva la escuela laica y el relativismo moral. 

El espejo del retrovisor fue lo primero en saltar, arrancado de un golpe implacable y quirúrgico, ejecutado sin sombra de anestesia, lo mismo que acomete un gobierno neoliberal sus recortes. Después, mi colega el destructor hizo estallar el cristal delantero y los de las cuatros puertas, para emprenderla a continuación con el techo y no parar hasta dejar la carrocería, nuevecita flamante hasta ese momento, con más cráteres que la superficie de la luna.

Le comenté que se olvidaba de pinchar los neumáticos, con un velo de indignación ante tan poca profesionalidad.

—Grazie… —e hizo un gesto expresivo con las manos, regañándose a sí mismo por el descuido. Su navaja lo enmendó enseguida. 

Una lluvia de cristales más o menos angulosos de todos los tamaños, desde el iceberg a la nanopartícula, se había estrellado resignada contra el asfalto: símbolo perfecto de en qué vienen a parar los sueños, posmoderna versión de ciertas viejas alegorías, igualmente macabras en el fondo, sobre la vanidad de las cosas. Seguramente alertado por su detector de problemas, el policía de la porra arrastrada desapareció completamente de la escena, a la vez que una pareja, la que se manoseaba en un Panda, detenía su importante ceremonia para agacharse ipso facto, no fuera a entrar en el campo visual de aquel estupendo Atila. 

¿Qué podía hacer? ¿Devolverle los golpes? Yo, un intelectual sin más músculo que el del cerebro… Por un momento consideré la posibilidad de escupir en mis manos, a ver si así se incrementaba mi fuerza. En tiempos de los romanos, ya Plinio el Viejo aconsejaba tan original defensa contra los energúmenos.  Aunque… ¿pertenecía a esa desagradable especie mi amigo el macarroni? Conforme avanzaba su sinfonía de la hecatombe, yo le miraba con fascinación in crescendo, hasta alcanzar esa iluminación inefable comúnmente asociada a la epifanía. Porque intuí, detrás de aquel pequeño bárbaro, el aliento del espíritu de la libertad. Por muy ridículo que parezca el reconocerlo, lo cierto es que confusamente se abrió paso en mi mente, aún embotada por la golpiza, una idea de apariencia descabellada pero perturbadora lucidez: no perdía mi automóvil, sino una de las cadenas que me ataba al materialismo de la sociedad. Tantas horas de trabajo, tanto dinero invertido, sólo para comprar cosas que al final te poseían a ti, no tú a ellas. No eres más que un esclavo, bramó mi conciencia. Un siervo desesperado por bailar al son que marcan otros, mendigando a cada paso la aprobación ajena. En cambio, al salvaje de la belleza insolente y los jeans ajustados se le veía inmensamente feliz en su orgía de mandobles, orgulloso de haber desafiado los convencionalismos.  Ashley Wilkes, clamó una voz de perfiles familiares, ¿desde cuando tu corazón no late de esa manera? En el destrozo había vida desordenada, febril, estridente, vida pugnando por salir a borbotones, por no decir a patadas, pero vida a fin de cuentas… ¿La había, ni que fuera un poquito, en la ictericia de los viejos legajos?

Mientras el mafiosi se alejaba, sentí un destello de gratitud.

Como era de prever, mis ansias por emular a Espartaco no resistieron el regreso a España, ni el empuje succionador de la rutina. Todo cambiaría con doscientos mil euros, me repetía una y otra vez. No necesito más para imprimir a mi vida un giro copernicano y ser yo el que la gobierne, no los elementos. Esa era la canción que sonaba un día sí, otro también, en el dial de mi cabeza, hasta que me ofrecieron el décimo de la suerte. El que rechacé porque acababa en la cifra innombrable. El tres mil trescientos trece. Debí pensar que las supersticiones me traerían, una vez más, la desgracia, pero las amo demasiado. Sí, amar no es un verbo impropio. Lo mismo que aman los hombres todo lo que les hace daño, las curvas de una vampiresa, la embriaguez de la borrachera o el estruendo de los tambores bélicos… ¡qué más da! A fin de cuentas… ¿no prescribe la sabiduría popular que hay que dejar al maestro aunque sea un burro?

curvas separadoras Contra viento y marea

Francisco Martínez Hoyos


Francisco Martínez Hoyos
, es un historiador y escritor catalán.

Contactar con el autor:
fmhoyos[at]yahoo.es

 

Lee un artículo, en Almiar, de este autor: Los demonios del invencionero:
Juancho Armas Marcelo y América Latina

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 69 | mayo-junio de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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