relato por
Iñaki Sainz de Murieta

 

Se había enamorado. Lo había hecho, para su desgracia, a la temprana edad de los veintidós años.

Todo ocurrió en el recién inaugurado Museo San Telmo de su ciudad. Había entrado acompañado de unos pocos amigos, entre los que se distinguían un par de preciosas chicas, siempre risueñas y de sagaz inteligencia, con quienes disfrutaba de largas charlas y arropadores silencios. Siempre se había sentido más cómodo con ellas que con ellos. Fue así desde su más tierna infancia y seguía siéndolo, excepto cuando la feminidad de sus compañeras lo desbordaba y se sentía un turista perdido en un país extranjero del que nada sabía. Pero eso era algo que sólo le pasaba la mitad de las ocasiones, aproximadamente.

Parecía mentira que nunca antes hubiesen entrado en aquel lugar antes de la reforma. Recorrieron embelesados los distintos niveles del antiguo convento, admirando los frisos que relataban la historia de su ciudad y de su provincia. Cruzaron después los amplios y luminosos pasillos del claustro, deteniéndose frente a las estelas funerarias para intentar desentrañar el simbolismo oculto en sus formas. Junto a ellas, una colección de argizaiolas recordaba a los difuntos, con sus finas velas enroscadas sobre tableros de madera más o menos sofisticados. Fue algo más tarde, cuando en el último piso del museo se desencadenó lo inevitable. Nunca el mundo ni él mismo volverían a ser iguales después de aquello.

Allí estaba ella, preciosa, bajo la luz tenue de los focos que alumbraban las obras de arte. Su delicado rostro, sus curvas y torneados muslos parecían llamarlo a estar con ella. No se dio cuenta de que se había quedado solo en aquel rincón, mirándola a los ojos como nunca antes había hecho con ninguna otra. Se acercó hasta ella y le pasó la mano bajo los ojos con extrema delicadeza, se acercó un poco más y la besó en la boca a la vez que palpaba sus caderas. Sus labios estaban tibios y secos. De repente se dio cuenta de lo que acababa de hacer y salió de allí a trompicones, sin despedirse de nadie.

Pasaron los días. Lo hicieron entre una sensación de felicidad, abatimiento y congoja. Su corazón había brincado de ilusión ante el recuerdo de aquel fugaz encuentro y de su beso, el primero de un amor verdadero. No obstante, tan pronto como su alegre espíritu abandonó el suelo volvió a caer en él, estrellándose contra la realidad. No podía seguir así. Necesitaba volver a verla, sentirla, dar salida a esa obsesión que a cada pálpito se hacía más enfermiza, pero tenía miedo de que aquel escarceo fuese a más. Tras mucho divagar, decidió que iría a verla el martes; tenía sus motivos para ello. Estaba decidido y no se echaría atrás; no podía.

Entró al museo y caminó directamente al tercer piso. Allí estaba ella, aguardándolo, en el mismo cálido rincón, con esa misma tímida sonrisa y esa coqueta postura que la hacía tan carnal. Se acercó y fijó sus ojos en los de ella. Le sonrió y la besó en el cuello, justo bajo su oreja. Entonces lo llamaron al orden.

—Haga el favor de no tocar las obras de arte, por favor —le espetó con cortante autoridad el de seguridad—. Está prohibido hacerlo.

—Disculpe,  agente  —contestó  mientras  sus  ojos  se  llenaban  de lágrimas—. Ya me voy.

Se dio la vuelta evitando la severa mirada del hombre y abandonó el museo. Allí quedó su amada, que permanecía en la misma postura que siempre, con su entallado cuerpo y distante mirada que pertenecía al mundo de los sueños.

Su vida cambió radicalmente a partir de entonces. Era plenamente consciente de su situación y ello lo sumió en una honda tristeza que parecía volverse más opaca cada día. Sus amigos creían que todo se reducía al fin de un amor que había mantenido oculto y trataban de consolarlo, aunque bien sabía él que ni sus sentimientos habían muerto ni existía esa persona. Había caído en desgracia por la mano de un artista que había logrado imbuir de alma propia a su obra. Pero su autor no tenía culpa de nada, al revés, puesto que se lo debía todo. Gracias a él había vivenciado lo que hasta entonces se le había negado. Estaba enamorado de una imagen idealizada y lo sabía, pero no podía tampoco negar el amor que profesaba, puesto que si aquellos sentimientos no eran reales entonces la vida misma no podía serlo. Su mente se encontraba en un punto de inflexión entre la realidad compartida y el íntimo mundo onírico. Fue entonces, en sus sueños, cuando ambos planos se plegaron sobre sí mismos y la estatua cobró vida. Por primera vez, fue ella la que se acercó a él, acarició con sus manos su rostro y lo besó, con la diferencia de que los besos nunca más fueron secos. Nunca antes fue tan feliz como en ese mismo instante y se dio cuenta que ambos se pertenecían.

Empezó a visitarla con regular asiduidad, imponiéndose a sí mismo el no hacerlo todos los días. Lamentablemente, la memoria del agente seguía fresca y reconoció al indeseable que había estado a punto de dañar de forma irreparable una de las obras a su cargo, por lo que nada más verlo se pegó a él y fiscalizó cada uno de sus movimientos, impidiendo que actuase libremente. Tardó un tiempo en percatarse de lo que ocurría en realidad, pero cuando finalmente lo hizo se convirtió en su confesor y su fiel escudero. «A veces parecen demasiado reales», solía decirle cuando se aseguraba de que no hubiese nadie cerca y lo dejaba solo para que tuviese intimidad. Quizás a él le había pasado algo semejante, pero nunca se atrevió a preguntárselo. En parte temía que lo hubiese hecho de su enamorada.

Con el paso del tiempo comenzó a recuperar su vida normal, instigado por sus amigos y animado por sus amigas, que comenzaron a mirarlo con otros ojos, especialmente una de ellas, que fue la que se adelantó y logró iniciar una relación con él. Ya no iba tanto al museo; no tenía tiempo. Tampoco lo necesitaba, puesto que soñaba con ella todas y cada una de las noches, aunque compartiese el lecho con otra a quien profesaba un inmenso cariño. Era entonces, durante sus ensoñaciones, cuando vivía un amor que nunca perecería y que a pesar de su muerte siempre perviviría en el recuerdo. Se había ocupado de ello y sabía que no lo traicionarían. El amor que se profesaban, o que él creía que era compartido, no moriría jamás; estaba convencido de ello. Se lo habían jurado el uno al otro cuando nadie más los escuchaba.

Era ya el último cuarto de hora y pronto volvería a casa. Una última ronda de rutina y terminaría el día. Antes de irse se paró frente a la estatua y reconoció la alianza que aquel chico había entregado en su presencia a la que declaró ser la mujer de su vida. El oro rojo brillaba tímidamente sobre la madera. Había encajado con fuerza el anillo en el anular de su mano derecha para que nunca se desprendiese. Sonrió y miró la sala por última vez aquel día. Sin pensarlo, unas tímidas palabras brotaron de sus labios: «Buenas noches a todos».

 

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Iñaki Sainz de MurietaIñaki Sainz de Murieta es miembro de la Asociación de Escritores de Euskadi, siendo su última publicación la novela Los hijos de Ik – Lazos de sangre, en cuya continuación está actualmente trabajando; asimismo acaba de publicar Fuegos fatuos, una antología compuesta de trece relatos. Más información sobre el autor se puede encontrar en su web www.sainzdemurieta.com.

 

Ilustración relato: Parc de Versailles, bosquet du Dauphin, By Coyau / Wikimedia Commons / CC-BY-SA-3.0, via Wikimedia Commons. [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/3.0) or GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html)], via Wikimedia Commons.

 

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