relato por

Débora Lucas

 

 

H

e de confesar, querida amiga, que lo quiero tanto como en aquel momento en que lo vi abrazado a esa mujer. Todavía no nos conocíamos, pero supe y me juré a mí misma que ese hombre sería mío a pesar de las adversidades que nos planteara el destino.

Aún recuerdo esa picarona sonrisa que me dedicó aquella tarde en el Bronx, donde tú y yo pasábamos las tardes bebiendo cerveza, fumando cigarrillos finos y hablando de nuestras vidas, de cómo transcurrían y de lo cansadas que estábamos de la rutina. Recuerdo que ese día me dijiste que estabas harta de las ataduras que tenías, que ya no querías seguir al lado de un hombre que te trataba como una puta en casa y como una señora en la calle. «Puta o dama, las dos cosas no pueden ser», decías entre sonoras carcajadas y el orgullo partido en dos reflejado en tus enormes ojos negros. Sacaste otro cigarrillo de la cajetilla y me ofreciste uno. Lo encendimos a la par y, todavía con la bocanada de humo entre los labios, me preguntaste:

—Y tú, ¿qué? ¿Qué piensas hacer con el inútil de tu marido?

—No lo sé. He de reconocer que no estoy segura de si quiero seguir con él o mandarlo todo al carajo e irme al Caribe con un par de negros. Déme su sabio consejo, ¡oh, gran oráculo!

—Sacerdotisa de los necios, yo te digo que te vayas con el moreno ése que no hace más que mirarte —contestaste en un tono de confesión—. Sí, ése, el que está al lado de la ventana con la mujer con pinta de putón verbenero.

Reconozco que las mujeres podemos llegar a ser verdaderas arpías cuando se trata de criticar a otras mujeres.

—Ya sabes que no puedo. El día que me casé prometí serle fiel y todas esas mierdas que se dicen en una boda. Además, no quiero romper mis principios.

—¡Qué principios ni qué ocho cuartos! ¡A la mierda con todo! —reías.

Seguimos hablando largo y tendido sobre aquel hombre que estaba apoyado en la ventana tomando café junto al putón verbenero. Los labios de la mujer eran gruesos y carnosos, demasiado para mi gusto, y en la frente llevaba dibujada la palabra botox.

—Hay   que   ver.  Qué   mal   gusto   tienen  algunos hombres —decías—. Venga, ¿a qué estás esperando? En cuanto desaparezca esa mujer no tardes en ir a por él. Se nota a leguas que quiere algo, si no dime por qué te mira de esa forma.

Él y la mujer se levantaron de la mesa, pagaron lo que habían consumido y desaparecieron del bar cogidos del brazo.

Pasaron los días y nosotras seguíamos yendo al Bronx a las tres en punto de la tarde; él no apareció. Seguíamos con nuestras charlas, con nuestra rutina, con nuestras jarras de cerveza y los cigarrillos finos. Seguíamos quejándonos de nuestros maridos, de las arpías que teníamos por suegras que no hacían más que decirnos que ya iba siendo hora de que nos fuésemos quitando esos michelines que nos sobraban y de que ya que teníamos cuartos nos operáramos los pechos, que por la edad ya los teníamos caídos.

«¡Si sólo tenemos treinta y ocho años!». «¡Habló la vieja, que tiene las tetas por las rodillas!», te quejabas. Y así cada tarde.

Pero un día, uno de estos en los que piensas que no va a sucederte nada interesante, me llamaste para decirme que no podíamos quedar porque tenías que ir al médico. Tu voz sonaba asustada y nerviosa. Pero no quisiste decirme qué ocurría. «Nada, un constipado, no te preocupes».

Decidí ir al Bronx a tirar la tarde emborrachándome sola, ¡qué triste!, sin más compañía que las jarras de cerveza, mi cajetilla de tabaco y mi soledad. A media tarde, por la puerta del Bronx entró aquel hombre, ese por el que todavía suspiro, y me dedicó una sonrisa tan luminosa que mi cuerpo se estremeció. Se acercó a la barra y pidió una copa. Se sentó frente a mí y me miró, examinándome de arriba abajo. Se cruzó de piernas y dio un sorbo a la copa, se lamió los labios y me tendió su mano. La cogí; las piernas me temblaban y las manos me sudaban a horrores.

—¿Puede esta dulce princesa decirme su nombre?

—Laura —balbucí.

—Hoy estoy libre. ¿Te apetece pasar la tarde conmigo?

El corazón me latía en las sienes con furia y los nervios se me pusieron a flor de piel. Me limité a asentir como una niña a la que acaban de ponerle en las manos su juguete favorito y se queda atontada. Se levantó de la silla con aire elegante y pagó las cuatro cervezas que me había bebido más su copa a medio beber. Salimos del bar y anduvimos por las calles como dos desconocidos: uno detrás del otro, pero sin quitarnos el ojo de encima.

Llegamos a un viejo portal e introdujo la llave en la cerradura. El edificio parecía de los años 50, más o menos, con amplias escaleras y grandes cristaleras que alumbraban la estancia. Llegamos al quinto piso, abrió la única puerta que había en el rellano y, con un gesto cortés, me invitó a entrar a su casa.

Ni siquiera me dio tiempo a pensar. Me envolvió en sus brazos y recorrió todo mi cuerpo con sus besos.

Parecía que estaba viviendo un sueño cuando me desperté y lo vi durmiendo a mi lado, tapado solamente con una sábana beige. Me llevé las manos a la cabeza. ¿Qué había hecho? Había engañado a mi marido y, sobre todo, me había traicionado a mí misma, a mis principios. 

Me vestí tan rápido como pude, y con la blusa aún sin abotonar salí despavorida del piso. Me apoyé en la pared y me dejé caer al suelo, confusa y enojada conmigo misma. Saqué el móvil del bolso y miré la hora. «Dios mío, son las doce de la noche, ¿qué va a pensar mi marido?».

Cuando llegué a casa me estaba esperando y me sentí tan culpable por haberle engañado que me entregué a sus besos y a su deseo.

 

Y ahora estamos aquí, habiendo pasado ya más de dos años desde aquel día en que me sentí una mujer. Te veo postrada en esa cama, viendo cómo te vas poco a poco, y siento una impotencia y rabia indescriptibles.

El cabrón de tu marido ni siquiera se ha dignado a pasar por aquí, a verte por última vez. Quizá sea mejor así; no me gustaría ver que te vas con una sonrisa rota dibujada en los labios.

Ya quedan pocas horas para que te marches. Ya quedan pocas horas para quedarme completamente sola. Prométeme, Elisa, que cuando te marches me esperarás ahí arriba, si es que existe; un sitio donde tú y sólo tú podrías esperarme.

 

separador relato confesiones con cerveza

Débora Lucas. Es el seudónimo de una joven escritora de 21 años. Lleva escribiendo desde pequeña.
Lo dejó durante unos años hasta que, a los 18, empezó de nuevo seriamente.
Le gusta mucho leer y escribir, dos aficiones de las que no puede prescindir.

Ilustración del artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

margencero-img

Más relatos en Margen Cero

Revista Almiar – n.º 61 / noviembre-diciembre de 2011
MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 91 ♦ Reciente: 1)