relato por
Carlos Aymí

 

 

El problema no es que vivamos en la dictadura de la imagen,
el problema es la calidad de esa imagen… y que casi siempre
tenga que explicar qué quiero decir con ello.

Eugenio Toré

 

Eran las dos de la mañana, cuando supongo que algún transeúnte rezagado o borracho o qué sé yo pero cívico, al verme con una barra de hierro y, frente al escaparate repleto de televisores de ultimísima generación, proyectando en sus pantallas todo aquello que en el último mes me había enajenado/maravillado/desquiciado, decidió llamar a la policía al prever lo que en breve sucedería

Lo que terminó por volarme la paciencia fue la casualidad. Uno de los nacionales resultó ser vecino mío y me reconoció al instante. Me dijo con toda la calma deseable que soltara la barra, que sabía que yo era una buena persona y que no tenía sentido que la emprendiera a golpes contra el escaparate ni contra nada. No me moví y él, junto a su compañero, se acercó despacio. Yo echaba espumarajos por la boca y miraba hipnotizado hacia las múltiples pantallas protegidas por el escaparate. Mi vecino policía repitió eso de que yo era una buena persona, y se me terminaron de fundir los cables

La tercera vez que oí la frasecilla fue cuando recibía los palos de su porra y la de su compañero. Justo antes, me había lanzado hierro en mano contra el escaparate. Hice el mayor de los ridículos: no logré ni mellar el cristal. Ellos en cambio me abrieron la cabeza de un modo justificadísimo para ponerme acto seguido las esposas por el bien de todos, como reconocí en mi declaración, ya en comisaría

Cuando me serené, los implicados y algún nuevo policía (mi vecino no dejó de sacar a relucir mi currículo de ciudadano pacífico pero también de ameno narrador), me preguntaron tras quitarme las esposas, las razones de mi conducta. Confesé entonces de un modo deslavazado algo parecido a lo que sigue

 

que hacía cosa de un mes mi médico me había dejado claro que debía buscar una alternativa a mi modo de vida, si quería tener alguna posibilidad de librarme de las agudas migrañas que con ceñuda persistencia me atacaban cada vez más

que debía abandonar mis draconianos hábitos de lectura y de escritura

y que, para la mayor de sus sorpresas (la de mi médico), mi último libro había vuelto a cosechar unas ventas admirables (a pesar de mí y de mis paranoias, no dejó de apuntar), lo que hacía que fuera el momento de permitirme un descanso, el momento para dejar de pensar, el momento de desconectar mi cabeza para que esta no reventara

y eso es lo que me decidí a hacer, aunque para ello tuviera que solventar más de un problema

Mi casa, no tardé en darme cuenta, era el mayor foco y cultivo de mi enfermedad, y allí me resultaría imposible lograr el apagón intelectual que mi médico reclamaba para mi salud, rodeado como estaba de

  libros

                                     apuntes

                                                                   revistas sesudas

y pósits cargados de ideas y pegados a las paredes por doquier

Así que tuve que marcharme de mi apartamento y, tras fracasar con mi exmujer,

«Carlos, te quise, aún te aprecio, y hasta deberías haber sido el padre de mis hijos… pero ni sueñes en quedarte conmigo»

Acabé en una habitación de hotel, neutra, aséptica, limpia y ordenada o, al menos, ordenada para el canon,

y pasé así a vivir de un lugar donde tenía que mirar dos veces al suelo por cada paso que daba para no tropezarme con ningún libro, y donde mi orden a base de tiempo y lógica propia imperaba, y donde no había lugar para la radio ni para internet ni por supuesto para la caja tonta, a una habitación sobria, impoluta y con un televisor de plasma planchado a la pared

 

Cuando los policías, sobre las 3:30 de la madrugada, conectaron mi relato descosido a los hechos que esa noche me habían conducido hasta la comisaría, se relajaron un tanto (el número de oyentes, por cierto, había aumentado) al percibir que aquella lamentable declaración finalmente iba hacia algún lado productivo para sus informes, donde supongo que harían un debido resumen de lo que sigue

 

que el detenido, por nombre Carlos y por apellido M. y con 42 primaveras encima, declaraba que, libre de libros y buscando acabar con sus migrañas por consejo de su médico, había vuelto a encender un televisor tras años de un apagón tecnológico voluntario

que declaraba que los primeros días no obtuvo ninguna satisfacción, ni en cuanto a lo visto, ni en cuanto a efectos positivos para sus dolores; sino más bien un claro aumento de su dolor de huevos y de estómago y hasta de alma, si se le permitía la exageración, por contemplar un constante y aberrante espectáculo

          de carne

                                   de morbo

                                                       de miseria de vidas ajenas

de periodistas que pululaban en multitud de cadenas pontificando su sapiencia harto torticera

                                de culto al fútbol

     de festejar la estupidez más supina en las más inverosímiles formas

y de cotilleos sobre cotillas que cotillean mientras claman que no les gusta cotillear…

 

en fin, que el acusado, yo, Carlos M., declaraba que, durante los primeros días de su intento de curación, parecía haberse caído como de un guindo redescubriendo por otro lado todo aquello que en su momento, unos cinco años atrás, le había llevado a tomar la decisión de sacar el televisor de casa, prohibiendo la entrada no solo a este, sino también a la radio, a internet y a cuanto nuevo cachivache 2.0 aparecía en el mercado

 

Me pregunto qué le pasaría por la cabeza a mi vecino policía según me escuchaba, yo, que no había dado nunca ningún quebradero de cabeza al vecindario, y sí el motivo de orgullo de ser un escritor que, paradójicamente, salía entrevistado de vez en cuando en algún medio de esos que declaraba aborrecer

me pregunto qué clase de pensamientos/insultos cruzarían las cabezas de mis oyentes policías cuando, petulante hasta decir basta, hacía mi declaración con frases tipo: «tras cinco años, nihil novum sub sole… pero el sol en mi nueva habitación y ante ese moderno televisor me parecía quemar más aún que en el pasado»

y me pregunto en definitiva cómo tuvieron la santa paciencia de escuchar mi relato hasta el final, pues de haber estado yo en su piel y de haber tenido una porra en la mano, tal vez no habría actuado tan pacífico, aunque, en tal caso, me habría perdido lo que ellos sí obtuvieron, el pertinente giro narrativo

 

y es que resulta que mi mes de cura migrañal tomó un camino inesperado, y tuve que reconocerles que al finalizar la segunda semana de mi experimento en aquella habitación de hotel junto al televisor de plasma, pasé de mi exacerbada misantropía y fobia tecnológica, a un sometimiento total del televisor

creo recordar, aunque no pondría la mano en el fuego más tibio, que a los policías les ahorré mi discurso sobre Éttiene de la Boétie y su Servidumbre voluntaria, así como sobre Guy Debord y La sociedad del espectáculo, lo que supongo les haría más amena mi transformación, de pardillo radical anti tele, a pardillo radical pro basura

                             y es que sí y lo repito y lo confieso:

a partir de mi tercera semana junto a la caja tonta, dejó de haber ser más tonto que yo, aunque, toda la verdad sea dicha, fui el mayor de los tontos ¡Pero sin migrañas!

 

y así es como por unos diez días amé la telebasura como nunca había amado a ninguna mujer

y así es como por unos diez días me tragué deleitado a chonis y a contertutulios y a futboltertulios y a ninis elevados al cubo y a teletiendas vende milagros de todo tipo y a personajillos incalificables

y así es como por unos diez días me complací en degustar mis instintos más bajos, y rechacé caer en programas, o series, o lo que fuese, con la más mínima pinta de serios y razonables y de calidad, porque puestos a rebozarme en la tele, sentí más que pensé durante esos diez días, lo iba a hacer por todo lo alto: imantado hacia lo que siempre había considerado lo peor y, repudiando lo que siempre había considerado aceptable

en definitiva, fueron diez días sin migrañas y con un cambio de valores donde enterré lo que siempre había puesto arriba y, donde elevé a las nubes lo que durante buena parte de mi vida había considerado puro fango

como droga en calidad de depresivo/narcótico/estimulante/alucinógeno (y en este orden) debo decir que ha sido inigualable

como resaca… solo hay que recordarme con la barra de hierro frente al escaparate plagado de pantallas de televisor

como final, no queda mucho por añadir, desde mi día veinticinco de cura y empacho televisivo, hasta la hora de mi detención, anduve con conciencia de la gravedad de mi enajenación entendida como estar fuera de mí mismo/como estar dominado por otro, y luché contra esa sensación tratando de desenajenarme

 

pero fracasé una y otra vez regresando siempre ansioso a los productos televisivos de la más baja estofa

que me punzaban la conciencia

que me anegaban de remordimientos

que me llevaban a maldecirme por encima de otras maldiciones

(ni siquiera fui capaz de destrozar la habitación del hotel como tramé en multitud de ocasiones, ni llegué a golpear el maldito televisor y, por no hacer, no pude ni arrojar el mando contra el suelo)

y que finalmente me plantaron, ya desquiciado de tanta derrota, frente a la tienda de televisores, con el mismo resultado revolucionario inoperante de mis días precedentes, o aún peor, pues ni siquiera pude dañar el escaparate, lo que me llevó a preguntar a los policías, en el final de mi declaración, si conocían algún caso intencionadamente criminal, más lamentable que el mío

 

Todos ellos se miraron entre sí (conté ocho alrededor de mi figura), se debieron de decir muchas cosas a base de silencios/carraspeos, y en lugar de contestar a mi pregunta, me comunicaron que, sin antecedentes, sin haber roto nada a pesar de mis intenciones, y sin ser acusado de resistencia a la autoridad, puesto que ni mi vecino ni su compañero lo consideraban oportuno, me podía marchar a casa, a la habitación del hotel o a donde prefiriera, pero que hiciese lo que hiciese, desearon/pidieron/ordenaron, no hiciese el estúpido

 

¡Como si no hacer el estúpido fuese algo que me resultase fácil de hacer, como si supiese qué significa realmente no hacer el estúpido!

Ahora estoy en mi habitación del hotel frente al televisor, de momento apagado, de momento entero, con el mando a distancia a un lado y con un martillo al otro. La cabeza ha empezado a dolerme y me pregunto si este detalle decantará la balanza hacia alguna parte.

 

arabesco texto Confesiones

 

Carlos Aymí

Carlos Aymí. Licenciado en Filosofía por la UCM 2001-2005. Máster de Comunicación escrita y creativa (IVCH), con el trabajo de máster Antropología literaria en la obra Arthur Miller. Formó parte del club madrileño de escritura El Club de la Serpiente (julio 2011/enero 2012). Ha publicado relatos en las revistas literarias Narrativas (números 24, 25, 26 y 27), Almiar (números 63, 66 y 67) y en Entropía (número 7). Recientemente ha publicado su primera novela Hermanos y Reyes (Bohodón Ediciones, 2013) y participado en el libro colectivo de relatos Inventarĭum (Margen Cero, 2014). La mayor parte de sus escritos y reflexiones se pueden seguir en su blog Pandemonium.

 

* Lee otros relatos de este autor (en Almiar):
La moneda de Dios | El mar de los otros | Una historia increíble

 

Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

N. de R.: Las sangrías de párrafos, los espaciados, la alineación, etc.,
son originales del autor. y se ha procurado respetarlos al máximo en el diseño de esta página.

 
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Revista Almiarn.º 75 / julio-agosto de 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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