Un collage histórico
por

Ignacio P. García

 

Larra murió infartado de un soplo de pólvora decembrina, entre los vahos fríos y violetas que llegaban del Guadarrama y esa remisión lenta y desgarradora del invierno que fue la despedida de Dolores Armijo. Pero aquel suicidio venía ya de lejos, como una pesadilla abrumadora y violenta. Larra, que buscó desmembrar el concepto de la patria, quiso mostrar al lector que él ya sabía que pasaba de hambrunas sapienciales, las carencias y dejadeces que circundaban a España. Pero los conceptos de la patria, que suelen ser circunspectos y de una altisonancia embriagadora para un escritor de estética romántica, un dandi gramatical que afiló su costumbrismo contra esa parte alígera y somnolienta, hipócrita y acanallada que era buena parte de la sociedad madrileña, le hacen terminar en un revés de oscuras redenciones, que acaban por difuminar a uno en el ocaso del espejo, en un exilio interior que dispara contra la nada.

España que es un logaritmo invertebrado de luchas cainitas y hambrunas, de sarampiones palaciegos y mílites disconformes, ha contado siempre con el beneplácito de Dios. Un Dios, que como concepto no pasa de ser una grandilocuencia aséptica y municipal. Pero como ente plural y áulico, omnipresente, dador de azares, granos y elucubraciones, no deja de ser una formalidad puramente estética.  Y en ese revés, el español a lo largo de la historia ha matado por Dios o directamente le ha postrado sobre una pira funeraria, en un regusto por acabar con su funcionariado en la tierra. España, un sempiterno concepto barroco,  una mezcolanza de aromas entre aquellos pueblos del norte, que llegaron a la península con su estrafalaria vestimenta de fríos y falta de higiene, y las estéticas mediterráneas, un aullido entre pasota y reverencial, anárquico y sometido.

Cuando Isabel la Católica, canonizaba el estraperlo de la ganancia que dejaron los judíos y en sus soliloquios aliviaba el esfínter por el páramo castellano, ya pensaba en el concepto patrio, en una España hecha de barros entumecidos a base de azadas, donde cabían la hambruna y una estética de Vírgenes y relicarios, con todas las resignaciones que esconde un mendrugo de pan. Y como era una señora con miras alucinatorias y místicas, para soliviantar la cornamenta, por terceros y bajo su protección, descubre América, una riqueza que levantará un imperio y que los Austrias amortizarán a base de guerras y encoñamientos varios. Por eso Fray Iñigo de Mendoza, confesor, poeta y desarraigado, en su libro Vita Christi, describe una corruptela que viene de lejos, una estética que pretende salir del Medievo, burocratizando desde el madero hasta las mancebías del putero Fajardo, en un revés de mujeres públicas y mujeres encubiertas, belle de jour que filmara Buñuel.

Valle-Inclán es un escritor de estética gramatical hechizante, llena de ocasos y rebeldías, un revés cóncavo de la quinta del sordo con ese algo cojitranco y miope de jácara que ya utilizó Quevedo. En su ruedo ibérico, concepto de redondez, porque el círculo como estética no deja de ser una redundancia asfixiante y cuartelera, muestra esa discordancia que siempre ha sido España, entre el beneplácito al pudiente, el miedo y asco al desarraigado y esa ninfomanía de estética santurrona que tanto ha gustado ejercer en este país.

Franco, que era un hombre de límpidas costumbres, militar y nada putero, solía mear un pis levítico y amarillento, un líquido que golpeaba de forma presurosa y meliflua los bardales africanistas, expulsando ya el concepto guerra civilista sobre las arenas morunas del Rif. Vencedor y caudillo, siempre con el beneplácito de Dios y bajo palio, orinaba ya un pis vitalicio, un pis de todas las Españas y todos los sagrarios. Y comenzaron en Madrid, las filas de racionamiento, las depuraciones y las paperas con granos democráticos.

España aún hoy se sigue preguntando por lo abstracto de su propio concepto, entre bienaventurados y cainitas, extrarradios y pijoterías, perspectivas de una estética moderna y otras que emparentan con el color negro de las pinturas de Solana, un eco de corruptelas e higiénica pasamanería, y siempre con ese revés que huele a la tinta china del exilio interior, en un desvelo de infancias y días azules, que dijo Machado.

Aun aquí lloramos con tristes gemidos, sin llegar las quejas a vuestros oídos, dos versos del Memorial que escribió Quevedo, y le llevaron a la cárcel convento de San Marcos, en León, anticipándose siglos al concepto marca España, que es una estética partidista, monetaria e intencionada, y de un revés difícil de digerir.

 

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 Ilustración artículo: Larra.jpg [dominio público, via Wikimedia Commons].

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