relato por
Carmen Herranz Berzosa

 

C

ontempló el altillo, cuya luz se desvanecía, las acuarelas intactas, sus manos impolutas, el lienzo vacío… Y volvió a pensar por enésima vez la ignominia que representaba el vivir del arte. Qué romántico se asemejaba en las películas, en la literatura. Escritor bohemio, con un ático, enfrascado en su mundo interior para representarlo en una obra, que no le daría dinero ni para pagar una cuarta parte del alquiler, por lo que tendría que apresurarse y pintar un ordinario bodegón para poder comer.

Arte, arte… Qué hermosa utopía, pero qué cruel estilo de vida. No podía desprenderse de él, pero tampoco hacerlo suyo. Su falta de eficacia para otros oficios, le impedía ganarse la vida con otros recursos. Era incapaz de tener un pensamiento que se aproximase a la racionalidad, en su vida había usado una computadora para algo más que escribir o mandar un correo electrónico, desconocía lo que ocurría a su alrededor… El arte puede ser una condena para aquellos que han nacido con la capacidad de crearlo. Porque ser un artista, es cuestión de suerte, de que ha sido asignado por azar. Pero lograr mantener ese don, se convierte en otro arte: el arte de ser capaz de prolongar lo caduco.

Nuestro artista llevaba tres días sin apenas probar bocado. Una incipiente barba, le otorgaba ese aire de pintor atormentado, casi al borde de la locura. Sus ojos, ojerosos ya de por sí, eran dos pozos repletos de surcos de angustia. Las manos le temblaban cuando se acercaban al pincel. La cabeza le estallaba, de pensar en tantas ideas, pero, en definitiva, todas ellas inocuas, sin vida. Había tomado modelos, tanto femeninos como masculinos, y los había despedido cuando apenas llevaban tres días, por su incapacidad de reflejarlos, y su poco dinero para seguir pagándoles. Y ahora, ahí estaba él, sólo, sin musa, y con su imaginación como único referente.

Se sirvió un café muy cargado y se dio un masaje en las sienes. De repente, se le vino a la cabeza la imagen de Clara, su amor del instituto. Clara, con sus dieciséis años y su tez color oliva. Clara con su melena caoba, ondulada y enmarañada. Clara con sus ojos castaños, enormes y curiosos. Clara estirándose. Clara obsequiándole con un torpe beso de adolescente. Clara mascando chicle. El recuerdo de Clara fue tornando cada vez más forma en la cabeza de Adrián, el ejecutante. Un atisbo de color se tornó en sus mejillas y, esta vez, con paso resoluto se dirigió al temido lienzo. Tomó el pincel, y, con una idea muy precisa, comenzó a crear.

Fue un fin de semana en el que cuerpo y alma vivieron independientemente el uno del otro. Apenas se acordó de sus necesidades terrenales y, cuando las llevaba a cabo, sólo pensaba en su cuadro. No comió y casi ni bebió. Se encontraba inmerso en ese orgasmo creativo que es la meta de todo artista y cuesta tanto alcanzar. Cuando al fin terminó, no quiso retocarlo o aplicarle más detalles. Ahí estaba.

No era Clara. Ni por asomo. Tenía la melena caoba, los ojos castaños y su cuerpo desgarbado, pero no era Clara. Aquella pintura reflejaba todo lo que él había soñado y anhelado, pero no era el recuerdo de su amor de adolescencia. En primer lugar, el pensaba en el retrato de una púber, y el resultado era el de una joven que acababa de ser arrojada al mundo adulto (o sea, de unos veintitrés a veintiocho años). Su expresión no era la descarada y despreocupada de Clara, si no de alguien que, pese a su aún temprana edad, ha vivido y experimentado en demasía, y lo único que desea es no ser importunada. Inconscientemente, había plasmado unas diminutas arrugas alrededor de sus labios. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué le llevó a tal, cuándo él quería dibujar el recuerdo de un amor quinceañero?

El producto, a nivel técnico, siendo Adrián una persona objetiva que no solía dejarse llevar por el ego del artista, creía que tenía suficiente calidad como para proporcionarle un mes de alquiler y, con suerte, de alimentos. Pero no era eso lo que le preocupaba. Su único pensamiento rondaba en torno a quién era esa mujer que él había dibujado, pensando en un amorío tan lejano. Tenía que existir porque las pinturas son como los sueños: nunca soñamos con nadie a quien no conocemos. Nunca pintamos a una persona inexistente. Su esencia, mínimamente, se encuentra entre nosotros. A lo mejor ha podido morir, pero existir, existió. Y Adrián necesitaba, le urgía saber quién era su propia mujer desconocida. Él sabía que no era el anhelo de la evolución de la propia Clara. Las personas nos enamoramos de los recuerdos. No de su continuidad. Él no sentía la urgente curiosidad por la Clara del futuro. Se sirvió otra taza de café. Y fue cuando recordó que no se duchaba desde hace el tiempo suficiente como para hacerlo en esos momentos. Y que tampoco sería mala idea comer, salir, airearse. Y tal vez podría ver a la mujer de su cuadro. Tenía que conocerla.

Una vez cubiertos los procederes más nimios, pensó en ir hasta la galería, con el cuadro. Se hallaba a una media hora andando por lo que tendría tiempo de despejarse, caminar, observar. Con el lienzo oliendo aún a pintura fresca, fue en marcha del lugar del «tráfico del arte». Siempre iba al mismo, básicamente porque era el único que aceptaba sus obras. Regentado por Cecilia y Rubén, un matrimonio de edad media, acomodados y con tendencias burguesas, gustaban de obras clásicas, realistas y sencillas. Sus bodegones y paisajes, eran bien recibidos. Y como no sabían el significado de esta pintura, Adrián creía que la aceptarían, al tener la aptitud técnica que ellos requerían.

En su paseo posó su mirada en toda fémina veinteañera, con reflejos caoba en sus cabellos. Ninguna correspondía a la mujer de su cuadro. Todas tenían facciones diferentes pero la misma expresión de juventud fresca, inquietudes, energía, no el hastío de la falsa Clara.

Ya en la galería saludó a Antonia, la secretaria. Ésta le dijo que Cecilia se encontraba en su despacho (Rubén se acababa de marchar). Adrián, agarrando el lienzo como su pieza de caza más valiosa, fue al encuentro de la dueña. Llamó a la puerta, y, como de costumbre, escuchó la ronca voz de Cecilia. Entró. Ésta estaba sentada, en un sofá de piel, ojeando unos folletos.

Cecilia, mujer aburguesada, como hemos dicho antes, se caracterizaba por la fuerza de su presencia física. Sin ser ya joven ni hermosa, poseía la cualidad de hacer que todas las personas con las que se cruzase, girasen la cabeza, o, en su defecto, si estaban frente a ella, deseasen que la tierra los tragase, experimentando una sensación de pequeñez frente a la que consideraban como una inmensidad. Su semblante, amable, educado pero frío, su rígido cuerpo, el arqueamiento de sus cejas, provocaban un devastador efecto cuyas consecuencias derivaban al inconsciente endiosamiento de Cecilia. Adrián había sucumbido a su hechizo, pero había descubierto la manipulación consciente y esquematizada que desempeñaba esta mujer para impresionar a los demás, y, al ser consciente de que no era natural, Cecilia ahora se tornaba ante sus ojos como alguien normal, incluso endeble (las personas de carácter no se esfuerzan en crearse una imagen).

—¡Hola Adrián! —le saludó con voz cansada—. Hacía mucho que no te veíamos por aquí. Siéntate donde veas, por favor.

Adrián tomó asiento en un mullido sillón.

—Lo sé. He estado pintando. Y ya sabe, la inspiración no siempre es fiel.

—Entiendo —respondió Cecilia. Acto seguido sonrió, de forma forzada. Parecía realmente muy disgustada—. ¿Tienes algo para nosotros?

Adrián le mostró el lienzo. Cecilia lo tomó. Se levantó con desgana del sofá tapizado de quinientos noventa y cinco euros, y se encaminó al escritorio, donde abrió un estuche de Channel y se colocó unas gafas. Permaneció de espaldas a Adrián durante varios minutos.

—No está mal. Una sencilla acuarela. ¿Qué pretendías representar?

Adrián se encogió de hombros. Realmente, lo último que le apetecía era explicarle a Cecilia lo que sintió antes y después de pintar ese cuadro. Pero era consciente de que como directora, debía hacerse una idea, aunque fuese para plasmarla en desalmado y mecánico dossier informativo.

—¿El punto álgido de la juventud? ¿Cuándo apenas le queda tiempo de comenzar a expirar?

—En parte sí. También el amor a los recuerdos, el comienzo a la madurez —balbuceó nuestro artista, mencionando la primera frase que se le vino a la cabeza.

—¿La madurez? ¿Por las casi imperceptibles arrugas en las comisuras de los labios? —Adrián se fijó en que Cecilia se contempló fugazmente en el reflejo de la ventana.

—Puede ser.

—¿Ambigüedad entre la frescura y el inicio de la decadencia corporal?

—Sí.

—Me interesa. Mucho. No puedes imaginarte cuánto (Adrián sí podía. Intuía lo que rondaba por la cabeza de esa mujer). ¿Podría quedármelo? No para exponerlo. Yo te lo compro. Te pagaré bien.

Adrián sabía lo que quería comprarle Cecilia. El inicio al viaje de la decadencia corpórea como ella lo mentó. El recuerdo de una juventud lozana, el placer de contemplar lo que podía ser para ella su antiguo reflejo. Cecilia se escudaba en la majestuosidad para esconder el verdadero pavor que le inspiraba el transcurso de los años, y el reflejo de ellos. Y, sabiendo que nadie podría apreciarlo como ella, no podía, por menos, negarle su venta personal. No necesitaba el cuadro para perseguir a la desconocida. La imagen persistiría igual de nítida en su cabeza, aunque pasasen cien años. Tras confirmarle a Cecilia su proposición, procedieron a los trámites burocráticos y, quedando ambos satisfechos, se marchó de aquel lugar.

Sentado en un banco y fumando un cigarro, por más que lo intentase, era incapaz de dejar de pensar en su joven. ¿Por qué la había pintado? ¿Qué pretendía? ¿Por qué ella? Fue sorprendido por un reflejo caoba, que se sentó a su lado. Miró largamente a la dueña de éste carácter. Y supo que era ella. La continuación de Clara, su renuncia, la experimentada, la sufridora, la hermética. Todo lo que reverberaba en su obra, se encontraba en esa mujer. Y ella lo sabía. Le sonrió, imperceptiblemente.

—Hola.

—¡Por fin! —bramó nuestro protagonista.

—¿Te extrañas? Tenía que aparecer. Una continuación como yo, jamás permanece oculta.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Adrián ansiosamente.

—Tú me dibujaste. Tú deberías saberlo.

—No puedo ponerte un nombre. Pensaba en Clara, y te creé a ti. Teórica y objetivamente, serías ella de adulta. Pero no. La Clara que yo conozco, se mantiene inmortal en mi recuerdo como adolescente.

—¿No querrías, tal vez, prolongarla? —preguntó dulcemente la OBRA.

—¡No! ¡No! ¡La quería a ella, a ella, cándida! Pero si solamente me acuerdo de esa Clara, no puedo haberte creado a ti.

—¿Y sí soy la Clara que tú deseas ahora?

—Entonces no serías ella. Ya te lo he dicho, yo enterré, la memoria de mi Clara. En ningún momento se me pasó por la cabeza su evolución. La quería así. La quiero así.

La OBRA suspiró. Volvió a sonreír, esta vez más abiertamente.

—Se me hace tarde. He de irme —pronunció, apenas sin mirarlo, como para sí. Ha sido un placer conocerte.

Adrián empezaba a aclarar sus ideas. Le sonrió él también.

—No volveré a verte ¿Verdad? —le acarició la espalda. Le sorprendió un tacto real, cálido, humano, lleno de vida.

—En tu cuadro. O, mejor dicho, en la propietaria de la galería —susurró la OBRA, tiernamente.

—¿Cecilia?

—Ella me tiene. Tú no. Cuando la veas a ella, allí estaré yo. ¡Adiós!

La OBRA se levantó, y, lentamente, se perdió entre la multitud. Adrián se encendió otro cigarro. El arte. Ese arma poderosa, ese embaucador, ese espejo en el que nos miramos. Reflexionó sobre lo ocurrido, apenas un par de caladas. Y en la tercera, vio pasar a dos amigos, aproximadamente de su edad. Uno de ellos hablaba, y le contaba algo aparentemente gracioso. El otro, esbozó una sonrisa torcida, recóndita, una sonrisa abismal. El artista se incorporó, arrojó la colilla, y marchó hacia su estudio, con el icono de esa sonrisa trascrito en su pensamiento.

 

greca ondulada relato Clara y la obra

 

Carmen Herranz Berzosa. Es Licenciada en Periodismo y cuenta con experiencia en medios como redactora en la sección cultural. Aficionada al cine y a la literatura ha escrito en torno a las mismas así como numerosos relatos. Vive en Granada (España).

Contactar con la autora: karmen_herber [at] hotmail.com

 Ilustración relato: Montaje fotográfico por Pedro M. Martínez

 

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Revista Almiarn.º 67 / enero-febrero de 2013MARGEN CERO™ – Aviso legal

 

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