relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

I

talo Calvino en sus historias de «ciudad y memoria», nos cuenta del eterno retorno del hombre a sus recuerdos. Yo vuelvo también a mis recuerdos, y vuelvo en particular a mis recuerdos en el pueblo. Salto de agua es un constante paseo en mi memoria. Es un constante mirar al pasado. El valle verde profundo, a la vera del Tulijá. El canturreo del río deslizándose con pausa y ritmo.

¡Playas y arenales!

¡Memoria y pueblo!

Esfera de conciencia del hipotálamo, reminiscencia de un viejo caserío.

El hombre parece libre y sin embargo se mantiene atado a la memoria. Es ésta la que lo mantiene de pie, volviendo siempre la vista al ayer.

Nostalgia del amor.

Melancolía de un olvido.

Italo Calvino y su ciudad.

Yo y mi pueblo.

Salir a caminar el mundo, girar y girar, ánimo del espíritu.

Yo y mi pueblo.

Los amigos en torno a una copa de vino, las risas que engalanan mis tardes. El rostro claro y nítido de amigas prendidas a mis sueños.

Yo y mi pueblo.

A las cuatro y dieciséis minutos de la madrugada, el silbato del tren partiendo.

Salto de agua, de nuevo, se queda dormido.

 

II

En mi mente la historia de un niño muerto, recién parido. Una avioneta surcando el aire, al fondo el cielo más azul del que tenga memoria. Desde la avioneta lanzan flores, cientos de ellas tapizan las calles. La iglesia comienza repiques de sordas campanas. El rumor del Tulijá acalla mis pasiones.

¡Despierta ilusiones!

El calor de más de cuarenta.

Llanto en mis ojos. Pupilas dilatadas.

El sudor perlando mis sienes.

Agitada mi alma, el corazón pendiendo de un hilo. Mujer que me hiciste varón en tardes de lluvia. Tardes acaloradas. El silencio escondido en tu mirada, en mi mirada, en las miradas.

La fresca blancura de tus senos.

La algarabía de tener tu cuerpo.

¡Salto de agua! En la memoria.

Salto de agua en los sueños.

Y de nuevo el silbato del tren de madrugada.

Salto de agua despierta en un sobresalto.

Habrá que volver a soñar de nuevo.

 

III

Descendí los treinta y tres escalones y bajé del cielo, a la boca del infierno.

Salto de agua se hundía en el olvido.

Uno a uno los recuerdos empolvados, se hicieron, telarañas de mi vida.

Cerró la vieja estación de trenes y murió, también, el deseo de volver a caminar las calles de mi juventud.

Un tren, con sus oxidados carros y su amarillento cabuz, traspasó mi corazón en un aliento, y se desbarató bajo la lluvia.

El taconeo de mis pasos empezó a desvanecerse hasta quedar en silencio, perdiéndose en el ruidoso caminar de otros senderos.

Salto de agua también se desvaneció, cobijándose en el rincón más recóndito de mi memoria, en la quieta caricia del olvido.

 

¡Destellos tránsfugas de sueños perdidos!

 

Contrito el corazón, dolida el alma, en el parpadeo de una vida, la lejanía y la angustia de saberse y sentirse paria.

Luces de neón, ciudades prostitutas, abonadas al falso pastor y al ruiseñor que nunca callan.

Luces de neón, amantes silenciosas. El vano despertar en la frontera.

Salto de agua en la memoria, el tren arribando desde Mérida, el abrazo de mis padres, el saludo cordial de amigos a la espera.

 

¡Luces de neón, manos que te atrapan!

 

La sonrisa más hermosa que, surcó mi vida, se arremolina en la estación y en su bullicio.

En aquella algarabía, entorna los ojos, esquiva la mirada.

¡Te quise, te quiero! Como sólo se quiere una vez, a tu paso por la tierra.

 

¡Qué humedad!

 

¡Qué calor!

 

Salto de agua despierta, bosteza, suspira y duerme de nuevo.

Tú, de nuevo asomas tu carita fresca, corres a mi lado, me das un beso.

 

¡Despierto!

 

Tijuana me recuerda que la mañana es fresca y que el tren que sale ahora mismo, va a San Diego.

El silbato del tren anuncia, en prolongado grito, su partida. Allende y al sur, Salto de agua sigue dormido.

Apenas tu risa y el rumor del Tulijá en una despedida.

 

IV

¡Jazz!

¡Calor!

¡Vino tinto!

 

Ha sido largo el camino recorrido

Ha sido también un sendero de lastimoso grito.

 

¡Lamento de vagabundo!

 

Tijuana y el bullicio

La historia de parias y errabundos

Huestes de horizontes perdidos

Agreste y semi desértica planicie

 

¡Vides y olivos!

 

Y vuelves a mi en esta fresca noche

Salto de agua de las horas de niño

Salto de agua de adolescentes desvelos

Salto de agua de calles solitarias

Salto de agua de los viejos amigos

 

¡Jazz!

¡Calor!

¡Vino tinto!

 

Los ojos que se durmieron sin haberme visto

Los labios que se secaron a la espera de un beso

Las palabras que volaron sin rumbo

Los pasos que se apagaron en el silencio del pueblo

 

¡Jazz!

¡Calor!

¡Vino tinto!

 

Salto de agua se quedó, pendiendo de un suspiro

 

En la calle revolución la fiesta y el reventón que da inicio

Cagüila y la Tijuana de locura

Cagüila, Calle de las güilas

 

¡Salto de agua la niña!

 

Tijuana, tía Juana

El humo de un cigarrillo

El guiño del ojo

Tijuana hembra de la calle

Salto de agua en la memoria de un niño.

 

 

V

 

De ti me queda siempre la nostalgia

El sinsentido de andar sin rumbo fijo

El claro despertar de las mañanas

 

De ti me queda el dolor de haber partido

Cualquier día de verano y en el verano mismo de mi sino.

 

Un par de versos que se encadenaron a mi alma, y que a la vez se hicieron uno, con mi espíritu. Hay que ver la tristeza del aire frío surcando las calles de la ciudad de México.

Hay que ver también la soledad con la que camino al caer la tarde.

Esa melancolía al llegar a casa, en la portales, y en la que, desde hace más de treinta años, pago renta.

Decisiones que vamos tejiendo en torno nuestro.

Casarse y alejarse del pueblo.

 

¡El fracaso enredado en los talones!

 

Salto de agua se quedó a la vera del sendero

Dolía el alma al principio al saberme lejos del pueblo, del río Tulijá, de los amigos, el tiempo fue poco a poco marcando la distancia, hasta llegar al olvido.

 

¡Qué noches de silencio y soledad!

¡Qué tardes entre el humo de un cigarrillo!

 

Tiempo y lejanía dejaron al final telarañas en mi memoria.

 

 

VI

Danzón dedicado a…

 

Y la dama entrada en los cincuentas aceptó mi mano, extendida en una súplica para no dejarme de pie, añorando el baile.

Sonrió mientras la sostenía del talle y caminábamos a la pista.

Acerina y su danzonera, o lo que fuera que quedara de ella, anunciaba desde el estrado.

Danzón dedicado a…

 

—Rigoletito por supuesto, dije a mi compañera de baile. Al mismo tiempo que, sin malicia, le guiñaba un ojo.

 

Era sábado por la tarde y mi vieja costumbre de dar la vuelta por el salón Los ángeles, en la colonia guerrero. Era sábado y la ciudad de México recorrida en un suspiro. La soledad y la melancolía.

Era sábado y la incertidumbre de invitar al danzón. La mirada inquieta. El vaso de Tehuacán en la mano.

Acerina y el sonido de antaño. Pachucos de largos trajes, zapatos de charol, pantalones de pinzas y anchos sombreros. Las damas elegantes con vestidos rojos y negros.

Ella delgada y esbelta, y con la sonrisa más hermosa que jamás había visto en mi vida. Ojos negros. Tez blanca. Labios de discreto rubí.

Rigoletito y el ritmo. El corazón en un vuelco cada vez que presentía la llegada de un giro, un compás y una sincronía en los pasos.

Carmina y yo, parecíamos la pareja de toda una vida de danzones y sueños.

Y no desaprovechamos una sola pieza de aquella memorable tarde.

—Salto de agua. Había yo dicho respondiendo a su pregunta.

—¡Salto de agua! Exclamó incrédula.

—¿Y eso existe?

 

De vuelta a casa, y de nuevo la soledad en esta inmensidad de metrópolis. De vuelta a casa, y la ilusión en la cabeza de la más espléndida tarde de danzones, en mi vida. De vuelta a casa, y Carmina y sus grandes ojos negros, y su blanca tez, y su figura esbelta. Carmina y su duda.

¿Existe Salto de agua?

Y cierro los ojos y me remonto a mi infancia y a mi juventud. A mis pasos al caer la tarde. Las vueltas eternas en el parque. La fuente de sodas. Las tortitas de yuca. El cine Robles anunciando el comienzo de la función. En el aire el sonido y el tema «sólo para enamorados» con los Babys. Los amigos y sus eternas bromas. Las amigas y sus miradas y sus risas.

¿Existe Salto de agua?

Y mis recuerdos en las mesas de billar. Las olvidadas serenatas. Salto de agua y la carrera alocada, la falsa salida.

Salto de agua y el abandono de una vida.

 

¿Existe Salto de agua?

Y al sábado siguiente puntuales a la cita.

Danzón dedicado a…

 

Lo demás es historia.

Una búsqueda de mí mismo en esta inmensa ciudad que devoró mis ilusiones, hasta envenenar mi alma. Un camino que yo mismo procuré de soledad y hastío.

¡Vagar sin rumbo!

Cuarenta años después de haber partido del pueblo y mi triunfal retorno.

Carmina camina junto a mí y yo mantengo galanura y ritmo.

Aquí la estación de trenes, ya sin trenes. Aquí el campo de aviación ya sin aviones. Aquí el beneficio de Calcáneo, inexistente. Aquí el puente de hamaca, sin moverse. Aquí la plaza de mi pueblo ya sin cine. Aquí el parque ya sin poder dar vueltas y vueltas.

Caminamos las calles antaño andadas. La soporosa tarde nos arropó sin prisas. El viejo puente y su andador nos dio la bienvenida. El rumor del Tulijá enjugó con ternura mis lágrimas de viejo. Y dormimos abrazados hasta bien entrada la noche.

Carmina y su sonrisa fresca, y sus mejillas encendidas por el calor. Carmina y el abrazo y el grito de emoción. Y el suspiro. Y el guiño de ojos negros.

Carmina y mi entrecejo fruncido. La caricia en sus entrecanos cabellos.

—Salto de agua. Dice y al hacerlo se estremece mi alma. Igual suspiro.

Sentados con los pies dentro del río nos alcanzó la vida de nuevo.

«Sólo para enamorados», le repito el tema de los Babys.

—¿Cómo era? La pregunta que venía venir.

Y vestido como estoy, me tiro a las aguas del Tulijá.

Carmina desde la orilla ríe a corazón abierto y se funde al Tulijá, a mis sueños, al puente que se asoma a lo lejos, a los viejos amigos, a la lejana ciudad de México. Carmina y su risa en labios de discreto rubí y sus grandes ojos negros y su figura esbelta y su silueta bailando danzón, bebiéndose mi alma, mi espíritu.

A las cuatro con dieciséis minutos de la madrugada, en la habitación del hotel, ya no Elenita sino Mary, despertamos sorprendidos. El silbato del tren atravesando el pueblo.

Carmina y yo, nos abrazamos sonriendo.

Salto de agua comienza el ajetreo de un nuevo día.

Carmina y la ilusión de seguir caminando lado a lado.

Subimos las escaleras al terraplén. Salto de agua se extendía al horizonte. Las calles aún dormidas.

Aquí Salto de agua, sin mi gente.

 

VII

 

—¿Té de yerbabuena?

—Sí, por favor. Y que esté muy caliente.

—¡Hirviendo! Para que te queme la boca.

—Le pondré una copita de brandi para matizarlo un poco.

—¡Humm! Tú y tus menjurjes.

 

Carmina se anima también y bebe té de yerbabuena con brandi. Se recuesta sobre mi pecho mientras los dos vemos desde la ventana el valle de México.

La colonia portales de toda mi vida y sobre todo, de todas mis soledades y angustias, pasó a ser parte ahora de mis nuevos recuerdos. En una extraña mezcla se enredan entre sí, Salto de agua, la colonia portales, la colonia guerrero. ¡La ciudad de México!

El viaje a Salto de agua acomodó cada recuerdo en su sitio. El hipocampo, ese minúsculo organelo cobijado en el hipotálamo, vecino cercano al cerebelo y a la vez protegidos y resguardados en el centro del cerebro, se ha encargado de la sistemática codificación y clasificación de los recuerdos, de modo tal que mi memoria es ahora un portento de orden y mesura.

Recuerdos de la infancia. De la adolescencia. De la juventud. De Salto de agua. De la colonia portales. Del salón Los ángeles. De Carmina.

Los recuerdos de soledades, y angustias, lo mismo que aquellos de tristezas y melancolías, se archivaron aparte.

 

¡Té de yerbabuena y brandi! Dice Carmina.

—¿Sabes? Esa madrugada en Salto y el silbato del tren partiendo al alba. Caló hondo en mi alma.

—Sí, el tren cruzando el pueblo. Cuatro dieciséis de la mañana.

—¡Qué puntual! En tu memoria.

Cuatro dieciséis de la mañana, la hora exacta en que los recuerdos rompen el alba y en la que los espíritus vuelven al cuerpo, después de haber vagado por su cuenta entre nostalgias.

 

imagen párrafo Salto de agua Chiapas

 

Oscar-Antonio-Martinez-MolinaÓscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958). Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica (poeta Víctor Sosa) de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM; en el de Cuento (Leo Mendoza) de la Escuela de escritores Sogem y Literatura y violencia en el cuento contemporáneo (Maestra Alejandra López Guevara), de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Primer lugar en la categoría de cuentos del Concurso de Creatividad literaria Pemex 2007, con el cuento La aguja de arria. Su cuento Le juro que fue la luna forma parte de la antología Más cuentos irónicos (Selector). Publica sus cuentos desde 2003 en La página de los cuentos. Y participa en los blogs: Médicos Mexicanos por la cultura y el arte y Creatividad Internacional (red de literatura y cine).

Contactar con el autor: marmolina_58 [at] hotmail.com

 Ilustración relato: Salto de agua, Chiapas. Abril 2015. Fotografía por Óscar Martínez Molina ©

 

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