relato por

 María Álvarez Villar

 

Estoy en una ciudad sin nombre. A mi alrededor no hay nada. No, miento, no digo la verdad. Me rodean miles, millones de personas a las que podría tocar ahora mismo con extender un poco mis brazos. Millones de personas, cosas, todas sin nombre, sin nada. Por eso considero que no hay nada rodeándome. Podría teñirlo todo, podría pintar al aire hasta que todo se volviese negro. Quedarme así sumida en una uniforme oscuridad y… ahí vivir.

Agacho la cabeza en la ciudad sin nombre y veo mis pies reposando sobre los mismos adoquines grises que he visto en tantos otros lugares. Y ahora sé que mis pies podrían encontrarse, por momentos, en mi imaginación, mi mente, en cualquier otro lugar. Y ser tan real ese lugar como el frío que se filtra aquí a través de la suela de mis mocasines.

En esta ciudad sin nombre me muevo sin rumbo, sin rumbo y a la vez libre de cualquier atadura. No conozco sus calles ni sus plazas. Puedo estar segura de que no me traicionará el inconsciente, de que no acabaré en el lugar donde una vez te conocí, o donde solía ir con aquella o aquel otro. Nada. Hay un vacío, lo hay, y está ahí, sin más, excavado cada vez más hondo en mi interior. Y a la vez no conozco mayor sensación de libertad que la que ahora me mueve. Un cosquilleo tenue en los brazos, fruto de mis pensamientos y la brisa fría que vaga por estas calles. Un ligero temblor, una mirada hacia atrás, para asegurarme por cuarta vez de que estoy sola y perdida.

 

La libertad no es sufrimiento, no del todo.

Soy consciente de que mi libertad no es completa. En todas las miradas, en todos estos rostros desconocidos reconozco el brillo de aquel que algún día estuvo en mi vida. Y, en ocasiones, de aquel que ahora mismo podría estar sujetando mi mano en medio de la muchedumbre. No atándome, no guiándome por esa ciudad que él si conocería; tan sólo ahí, un tacto casi ajeno ya, el calor humano al que tan rápido uno se acostumbra.

Que se vuelve intermitente, que sólo se siente cuando luego falta.

Y vuelvo a sentir la brisa gélida de antes multiplicándose por todos los poros de mi cuerpo. Casi me consideraba ya inmune, ajena al frío oceánico después de sufrir tantos otros. Y sin embargo el frío vuelve a penetrar, como si hace apenas unos segundos mis poros decidiesen volver a coger aire, al unísono, dejándome desnuda otra vez, a la intemperie, como cuando nací.

 

Sólo somos libres al nacer.

 

Me siento en una terraza de la ciudad sin nombre y pido al azar una de las bebidas de la carta. Ignoro, obviamente, la etiqueta con el nombre del camarero, no me interesa, y observo taciturna los pies de aquellos que aun continúan caminando por la calle.

Cierro los ojos e imagino que ahora son otros dedos y no los míos, los que se escurren por mi muslo derecho. Se me eriza la piel, y la soledad-libertad se vuelve tan repentinamente física que un escalofrío me recorre la espalda.

Desde el momento en que algo se cruzó en mi ángulo de visión perdí la libertad. Comencé a buscar a mi alrededor aquellos trazos que caracterizaban a lo conocido, y jamás me desasiré de esas cadenas, porque no puedo, porque no quiero. Mi naturaleza me guía hasta lo que quiero y necesito, dejarme guiar o no es mi única elección.

 

Echar de menos es una carga que todos queremos llevar.

El escalofrío es la señal definitiva de que el dolor es ya demasiado, que mis días en la ciudad sin nombre se han terminado. Pero aguanto un poco, llevo mi cuerpo al límite, tanteo con la punta de los dedos cuánto más aguantará el tejido antes de romperse definitivamente. Ese atractivo absurdo del borde del precipicio, si caerás o no, si querrás o no caerte.

El cuerpo es como un péndulo, va y viene. La necesidad de tener con la necesidad de perder. El blanco y el negro. Nació el color para complicar las cosas. Ahora debe terminar el negro antes de que la ciudad entera se funda en la oscuridad, y yo con ella. Y aguanto un poco más por aguantar.

Vuelven mis dedos a acariciarme el muslo, intento dibujar en mi mente el perfil de aquel que debería hacerlo. Me confundo, estoy confusa. Y mis labios se entreabren con la dulzura de los recuerdos.

Este dolor que desgarra, que ahonda la negra herida se vuelve dulce. Se anegan mis ojos con una repentina angustia, una mirada de horror; el terror momentáneo a no reconocer el mismo brillo, la misma tenue mueca en los labios. Que confunde, que me aprisiona, y todo grisáceo y yo idiota. Y entonces comprendo que tu cara, la tuya, que ahora aquí se refleja no tiene la más mínima importancia. El negro y el blanco se equilibran, se pelean, yo los enfado, yo los vuelvo a la normalidad. Y en mi corazón lentamente se armonizan, muy lentamente ausencia y necesidad. El sentido.

 

Seas hoy tú, seas quién seas, necesito echarte de menos.

¿Qué sería yo sin esta falta? ¿Dónde iría? ¿Cuándo vagaría por la ciudad sin nombre si tú no me hubieras traído hasta aquí? Hay miles de caras sonrientes galopando por mi mente ahora mismo, y cualquiera de ellos, de ellas, podría acariciar mi muslo, guiarme. Están en mi mente porque los quiero ahí, supe sus nombres porque no quise encontrarme rodeada de la nada, entre desconocidos.

¿Soy menos libre ahora? No. Como ya dije antes, la libertad pura se perdió nada más conocer algo, alguien, lo que sea. Mi no-libertad debe moverse. Necesita tanto el acercarse como la huida. Podría olvidarlo todo, conseguir algún tipo de terrible pastilla que me asegurase una prolongada amnesia. Podría olvidarme de este sufrimiento y teñirlo todo de un neutro grisáceo.

 

Nada me movería, y yo quiero moverme.

No soy, no somos —tú y yo—, no sois libres porque no queremos serlo.

Abandono la terraza del establecimiento sin nombre de la ciudad sin nombre y sin embargo recorro el camino ya conocido, el que ya caminé antes para llegar hasta aquí. Sé que la ciudad desaparece a mis espaldas, que se perderá entre mis recuerdos como tantas otras antes.

Queremos recorrer camino conocido.

De vez en cuando. Cuando ante mis ojos vuelven a perfilarse en el horizonte los edificios conocidos desde siempre  me  recorre  una  calidez  estúpidamente  dulce. Uno  de  esos  momentos  colmados  absolutamente  de miseria —edificios mugrientos, llenos de manchas de humedad,  sucios  y  grises  que  se  amontonan  al  lado  de  las vías del tren—. Que provocan en mi cuerpo un sentimiento totalmente opuesto. Y al final de la misma huida, la vuelta, que podría provocar en mí una gran decepción me alegra infinitamente. Hasta sonrío como una boba a mi reflejo en la ventanilla.

 

No escogemos la necesidad, escogemos la huida.

Yo, igual que tú, que ahora me miras otra vez con esos ojos brillantes a los que poca justicia les hizo mi imaginación, no has escogido mirarme así, ni yo sostener tus dedos calientes y acercarlos a mi muslo derecho. Mi elección es huir, salir hoy sin hacer ruido y adentrarme en lo desconocido hasta que la necesidad incansable me obligue sin esfuerzo a regresar. Mi elección es medir, saber cuándo el vaso de la necesidad está tan colmado que deba extrañarte.

 

Escapo, doy media vuelta cuando debo y me siento más viva, más humana.

Ya no recuerdo el aspecto de la ciudad sin nombre, ni recordaba lo bien que sentaba estar en casa.

 

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María Álvarez Villar

María Álvarez Villar. Tiene 18 años y es natural de Vigo. En breve se trasladará a Salamanca a estudiar Psicología. Le gusta el arte, en general. Hace unos siete años que escribe a menudo; los temas de sus relatos suelen girar en torno a los sentimientos y contradicciones humanos.

Publica sus obras en el blog: Limbus – 7th Floor
http://limbuseventhfloor.wordpress.com/

 

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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