relato por
Francisco Miguel Espinosa

 

El momento mágico para hacerlo era la noche.

Cuando todo el mundo dormía, él se dedicaba a frotar la polla contra las sábanas. A veces incluso hablaba a la almohada, susurraba indecorosas fantasías que su cerebro casi volvía reales. Era capaz de llorar de pasión, o de fingir un orgasmo. Aunque no sabía realmente lo que era un orgasmo, ni cómo se sentía. Era un teórico del placer. Un estudioso del amor. Empezaba tumbado sobre la almohada, pero ligeramente escorzado. El centro de la misma hacía las veces de cara, y él la hablaba y ligaba con ella. Y la almohada nunca se resistía a sus encantos, a sus chistes malos, a sus tácticas extraídas de revistas y películas porno. Siempre estaba locamente enamorada de él y siempre acababa realmente cachonda, dispuesta a entregarle su cuerpo. Y él comenzaba besando la almohada, incluso sacaba la lengua y dejaba la baba en forma de mancha vergonzosa que a la mañana ya estaría seca, después de pasar lo que quedaba de noche reposando la cabeza sobre ella. Los extremos del centro eran las orejas de la hipotética chica, que cada noche tenía una cara diferente.

Al principio fue una chica de clase, que nunca llegó a hacerle caso, y que probablemente era menos hermosa y menos inteligente de lo que él creía, pero la representación que la almohada hacía de ella era un ideal de feminidad y belleza. Y su voz era cálida y siempre reía sus chistes. Y al final, él imaginaba cómo se bajaba las bragas y le pedía que la poseyera. Y entonces él restregaba la polla contra las sábanas. La cama, en su perfecta distribución rectangular, era lo más parecido a un cuerpo femenino que podía poseer. A veces, la cosa iba a más. Esas eran las noches más apasionadas, en las que él se inventaba incluso una historia. La chica de su clase estaba triste porque había suspendido un examen, o había sido asaltada por los chicos malos de la clase (los mismos que se metían con él, y a los que hacía frente en su fantasía sexual de cama), los mismos por los que ella, en su inocente incomprensión del mundo de sus propios sentimientos, se sentía atraída. Pero él la salvaba y la abrazaba (en cuyo caso, pasar las manos bajo la almohada y abrazarla con fuerza era lo más efectivo) y le susurraba al oído que no pasaba nada. Que él estaba allí para salvarla de todo mal. Y ella siempre soltaba alguna lágrima, algo melodramático pero que inspiraba pureza de sentimientos, y él la besaba tiernamente. La abrazaba y la besaba. Y ella siempre acababa bajándose las bragas y pidiéndole que la poseyera. Y él restregaba la polla. El proceso duraba cerca de una hora, pero él nunca contaba el tiempo. También era muy importante estar a oscuras. Alguna vez lo había intentado con la luz encendida, pero no era nada parecido. Hay cosas que solo pueden hacerse en la oscuridad. Pensó en encender unas velas, pero habría llamado la atención. Y es que cuando empezó todo esto, era un chico pequeño. Más pequeño de lo que le gustaría reconocer. Y su madre casi entró en la habitación inesperadamente alguna noche y le pilló moviendo la cintura en círculos, restregando la polla contra las sábanas hasta que ya no podía más. Primero lentamente, como hacían en las películas, pero después con acometidas más fuertes. Había muchas cosas del sexo que desconocía, como que si empujaba con la fuerza que lo estaba haciendo a una chica virgen que aún iba al colegio, probablemente el dolor sería insoportable para ella. Pero dentro de la fantasía de cama no había dolor.

Con el tiempo, llegó el instituto.

Y la cosa no cambió.

Aprendió más cosas sobre el sexo, vio más películas. Ahora sabía que las chicas tenían que lubricar para que el sexo fuese posible, así que deslizaba la mano a la parte media del colchón y lo acariciaba como si fuese la vagina de la chica deseada. A veces incluso se mojaba los dedos y los frotaba contra las sábanas, que acababan con otra graciosa e inexplicable mancha que desaparecía por la mañana. Las manchas que no desaparecían tan fácilmente eran las del interior de sus pantalones. Se frotaba hasta que se corría y el chorro manchaba sus pantalones por dentro. Si su madre se dio cuenta de esto alguna vez al lavarlos, no dijo nada. Y él no podría estarle más agradecido por ello. Hablaba de sexo con sus compañeros, que eran expertos en masturbación, con práctica demostrable de varias veces al día. Y aunque podía ser divertido a veces, él prefería su cama. Su amante. Su confidente. Pasaron por su vida adolescente muchos colchones, pero nunca pensó en ello como amantes diferentes. La cama era más un concepto, y con el apoyo de ella podía hacerle el amor a todas las mujeres que conociera en su vida. La chica del colegio. Muchas chicas que vio por la calle, de las que se inventaba un nombre y una historia. Muchas chicas famosas, a las que conocía por casualidad y que se enamoraban perdidamente de él. Su prima, cuya línea consanguínea era cuestión de menor calibre que el amor. Y otras muchas otras.

Cuando se independizó y abandonó su ciudad natal para establecerse por su cuenta, con un trabajo de informático, compró su primera cama. Estuvo tiempo mirando diferentes opciones, y al final, cuando instalaron a la elegida en su nueva casa, la probó con la oscuridad de la noche como testigo. Frotó la polla y se corrió y no tuvo que preocuparse por si su madre entraba de repente, ni por las manchas en el pantalón. Era otro paso en la escala. Sus fantasías cambiaron y ahora imaginaba que se había ido a vivir con su chica, cada noche una chica diferente, y pasaban el día follando y queriéndose con locura el uno al otro. A veces, incluso dormía desnudo, y frotaba la polla como nunca, se corría en las sábanas y luego dormía con el culo aplastado contra su propio semen. Era una experiencia sexual casi completa, y no necesitaba mucho más para ser feliz. El trabajo era una mierda, pero al volver a casa estaba esperándole su cama. Y ella nunca le negaba nada.

Pero la cosa cambió cuando le asignaron una compañera en su departamento. Era la chica más guapa que había visto en su vida. Guapa a su manera. Llevaba gafas y tenía la boca muy grande, el pelo peinado de manera muy extraña y se reía de manera arbitraria de cosas que, por lo general, no tenían gracia. Probablemente estaba loca, pero a él le encantaba. Sabía que habían nacido el uno para el otro, y ese respeto y profundo amor que sentía hacia ella le impidió restregar la polla. Quería fantasear con ella y con nadie más, pero no quería mancillar su amor con su cama. Necesitaba tenerla a ella, a la real, y abandonar su amor de almohada. Necesitaba besos reales y abrazos cálidos y meter la polla en ella. En una mujer real. De pronto, todo había perdido su sentido. Así que la invitó a salir. Y fue bien. Y después volvió a invitarla a salir, y fue mejor.

Y finalmente, después de varias citas, acabaron en su casa. Hicieron el amor en la cama en que él tantas veces lo había hecho, y no había comparación. La calidad real de la vagina de una mujer, la humedad y el olor a sexo, la piel candente restregándose contra piel candente, las distintas posturas (él siempre había soñado cómo sería estar debajo y la enamorada encima, pero eso era imposible en la cama), los pechos rebotando contra su cara, ¡y los gemidos! Los gemidos reales y no fingidos por él mismo, las palabras sucias y las sonrisas y finalmente la explosión dentro de ella y el agotamiento. Dormir abrazado a alguien real. Se olvidó de la cama por completo y abrazó a su novia. Era maravilloso tener a alguien real.

Pero eso mismo pensó su cama.

Ella había sido abandonada por su amante, y peor todavía, había soportado la humillación de servir de apoyo para sus encontronazos sexuales. Hacían el amor sobre ella, gemían, derramaban sus fluidos sobre sus sábanas. Y cuando no estaban juntos, él se limitaba a usarla para dormir. Ya no había palabras de amor, ni abrazos y besos apasionados, ya no había fricción contra las sábanas. Ella había sido relegada a la condición de objeto, en el peor sentido. Y se sentía fatal por ello, abandonada de la peor manera, y todavía teniendo que soportar continuamente la humillación y la indiferencia del que fue su único amor y su mayor tesoro. Dejó de esperar con ansia la llegada de la noche, dejó de embriagarse con el olor de su piel y de esperar ansiosa el momento de sentir el peso del cuerpo de su amado. Y empezó a odiar, oh sí. Odió todo lo que una cama puede odiar. Y el odio todo lo puede. Mucho más que el amor. Así que la cama empezó a atesorar esos momentos de sexo desenfrenado sobre ella, como pequeñas gotas que llenaban un vaso. Atesoró los momentos en que él sólo dormía, y lo que es peor, corría en cuanto la otra zorra lo llamaba sin ni siquiera estirar las sábanas. No olvidaría ninguno de esos desplantes. Con el tiempo, se volvió fea. Siempre sin hacer, con las sábanas tiradas de cualquiera manera, el colchón hundido por su parte central, la que antes fuera fuente de tantos orgasmos.

Empezó a apestar a los efluvios de la otra zorra, que cada vez dormía en ella más de continuo. Y todo eso se convirtió en odio. Puro y simple odio. La cosa empeoró cuando la zorra se vino a vivir con él. Eso ya era demasiado, soportar todas las noches el peso de ambos era algo que ninguna enamorada debiera sufrir. Si las camas pudieran llorar, esta lo habría hecho. Habría llorado hasta vaciarse por completo. Su situación no podía ser más penosa. Él ya no le daba amor, la había traicionado. Durante años le había susurrado palabras bonitas, la había acariciado y besado, la había abrazado y mimado, y ahora la dejaba relegada a segundo plano por una cualquiera que respiraba y se reía y desprendía calor. ¡Sus sábanas eran mucho más calientes que aquella asquerosa piel rosada! Ella tenía mantas con las que rodear a su amado, mejores que aquellos raquíticos brazos, ella tenía un tacto mucho más suave, como de terciopelo. ¡Ella era tan grande como para confortar a su amado! Ella lo había dado todo por él, había reído sus chistes, había hecho todo lo que le había pedido. Siempre había sido fiel. Y ahora la cambiaban por cualquiera, por una zorra que no podía darle lo que él realmente necesitaba. ¡Y además la metía a vivir junto a ellos! ¡Tenía que soportar el peso de su cuerpo todas las noches! Ya era demasiado.

No hay ira más temible que la de una mujer despechada.

Una noche en que ellos habían terminado agotados después de hacer el amor, derramando de nuevo el flujo vaginal de ella sobre sus sábanas, soportando el apoyo de su cabeza mientras él la empujaba y frotaba su polla contra ella, mientras el único cariño que recibía era el de las rodillas de él, clavadas con fuerza en la parte central del colchón para poder clavar su polla dentro de la otra zorra, la cama dijo basta. Ellos dormían plácidamente, abrazados. Y la cama reunió todas sus fuerzas. Hizo que las mantas que los cobijaban se apretasen alrededor de ellos, oprimiendo sus pechos, hizo que el somier se resistiese con todas sus fuerzas a la voluntad de los amantes de escapar. Abrieron los ojos y se dieron cuenta de lo que estaba pasando. Bueno, seguramente ni siquiera se dieran cuenta de lo que estaba pasando. La cama quiso reír. La cama asesina. Los amantes no pudieron librarse, por muchos esfuerzos que hicieron, las mantas les ahogaban y la fuerza que ejercían contra sus pechos eran demasiado. No podían respirar. No podían librarse del lazo asesino. El odio de la cama era demasiado grande. Cuando los amantes empezaron a gritar, ella quiso gritar también: ¡Habértelo pensado antes de abandonarme! Si pudiera, hubiera gritado y se hubiera reído. La policía encontró a los amantes varios días después, cuando el olor que salía del apartamento era insoportable. Tuvieron que hacer verdaderos esfuerzos para liberar los cuerpos de las mantas. Nadie se lo explicaba, no se había visto nada igual. Ni la policía, ni la prensa, se dieron cuenta de que estaban ante un crimen pasional.

 

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Francisco Miguel EspinosaFrancisco Miguel Espinosa. Nació en Alicante en 1990. Ha publicado dos novelas: Encerrado (Ediciones Atlantis, 2009) y XXI (Ediciones B, 2011). Fue ganador del primer accésit del Certamen Arte Joven de la Comunidad de Madrid 2010, en la categoría de Relato Corto y premio finalista del XX Certamen de Relato Corto El Fungible (2011). Lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, y dentro de su editorial es de los autores más precoces;  también ha colaborado escribiendo guiones teatrales y de cine con diversas productoras y su última novela, XXI, publicada en Ediciones B, ha sido alabada por la crítica.


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 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez © 

 

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Revista Almiar – n.º 65 / septiembre-octubre 2012
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