artículo por
María Alejandra Jiménez

 

Un cantante debe morir por la mentira en su voz.
Leonard Cohen

And I’m lost, behind
The words I’ll never find
And I’m left behind
As seasons roll on by.
Chris Cornell (Seasons)

¿Qué pasó, Chris? Te veías tan bien. Se despierta uno un día como hoy y ve en el newsfeed de Facebook que estás muerto. Que te encontraron en el baño de un hotel con una cinta roja de hacer ejercicio en el cuello. Anoche cantaste una versión especial de Slaves and Bulldozers… una canción sobre… ¿La industria de la música? ¿La trampa de la droga? ¿Alienación personal? No sé, Chris, si lo miras, las letras de las canciones pueden tener el significado que a uno le dé la gana. Letras definitivas, retrospectivas: «Todo lo que he dicho es en serio». «Todo lo que he sostenido lo he liberado». «Todo lo que he mostrado es lo que he sentido». ¿Qué era eso, Chris? ¿Qué tenía que ver eso con los estribillos de In my time of Dying, de Led Zeppelin, que insertaste al final? ¿Cómo no nos dimos cuenta?, te estabas despidiendo. Ahora los olvidos de tus letras y al arrastre de tu lengua al cantar que tus fans daban por sentado como una secuela de cualquier cantante ex adicto a las drogas, tú sabes, cosas que pasan en cualquier concierto de rock veterano, serán leídas como un grito de ayuda. ¿Sí será que tus gritos eran metafóricos? ¿No son gritos primales casi todas tus canciones? Ah, sí, ahora entendemos —o creemos entender—. ¿Cómo no lo vimos antes? Black Hole Sun, The Day I Tried to Live, Fell On Black Days… Hasta hiciste una banda tributo a Andrew Wood, tu amigo de Mother Love Bone, muerto de sobredosis como Shannon Hoon, como Kristen Pfaff, como casi todos los demás. Sobredosis, alcohol, suicidio: gajes del oficio en los noventa. A lo largo de los años, los dioses del grunge seguían despojándose de sus investiduras terrenales: Kurt, Layne, Scott. Pero Eddie sigue aquí, tú seguías aquí. Hasta dijiste en una entrevista que no considerabas el suicidio de Cobain una maniobra profesional. Que era morboso escudriñar las letras de un músico cuando muere. ¿Qué quieres que hagamos Chris, cuando sacas una canción tan diciente como Say Hello to Heaven que muchos utilizaremos para homenajearte un día como hoy? Esas son las bellas ironías del arte. El artista nunca es autorreferencial en las entrevistas, porque reconocerlo en público es signo de vulnerabilidad. Sin embargo, cuando mueren, ¿qué más da? Lo tuyo no lo esperábamos. Te habíamos visto lanzar canciones como Carry On y hacer versiones de Redemption Song, así que supusimos que tu mente había abandonado la depresiva oscuridad noventera. Te habías casado dos veces, tenías tres hijos, todo iba bien. ¿Quién iba a pensar que detrás de una sonrisa como la tuya se escondía el deseo de acabar con todo? ¿Ahorcándote en el baño de un hotel, Chris? Te concedo que morir carece en absoluto de decoro y si acaso dignidad… pero… ¿A estas alturas del partido?, Chris, tenías cincuenta y dos años, tus veintisiete pasaron hace rato. ¿No se te hace un poco tardío tu ingreso al club suicida del rock? ¿Tenías razones, Chris? ¿O se trata de una conspiración illuminati, un asesinato encubierto, hecho pasar por muerte glamorosa del rock? ¿Se trata acaso tu muerte de un colofón predecible, el típico desenlace escudriñado hasta el cansancio por tus fans, buscando en las letras sombrías de tus canciones rastros de la carta suicida que dejas detrás? ¿Una versión modernizada del mito del «sujeto demasiado hermoso para este mundo, abrumado y finalmente asesinado por sus demonios personales»? ¿Una manera de cerrar con broche de oro una carrera legendaria con un final digno de la oscuridad de una estrella de Rock? ¿Un aviso de advertencia contra la industria farmacéutica de los ansiolíticos y antidepresivos? ¿O era que le debías dinero a un dealer y se aprovecharon del cliché de una profesión como la tuya? Ahora sabemos que luchabas contra la depresión y el alcohol, lo mencionabas cándidamente y de paso en las entrevistas porque todo-cantante-que-se-respete-ha-tenido-su-mini-crisis-existencial. No le dimos importancia. Que fuiste adicto a las drogas duras desde los catorce hasta los dieciséis y luego tu agorafobia te obligó a encerrarte por dos años, porque no querías hablar con nadie ni que te tentaran a consumir más. Luego apareció el grunge y canalizaste toda la ansiedad y la rabia en tu prodigiosa voz de cuatro octavas.

Tu esposa dijo que no, no había signos de depresión en ti. Que estabas emocionado con tu última —literalmente— gira. Hoy sale a decir que tenías una prescripción de Ativan. ¿Si todo iba tan bien, qué carajo hacías tomando benzodiazepinas? No me extraña: en una entrevista vieja dejaste ver cómo en los noventa eras el único miembro responsable de la banda, el tipo que se aseguraba de hacer las cosas bien. Siempre puntual, siempre responsable, pero con una resaca encima. Bebías y mucho. Un día cualquiera llamas desde la clínica de rehabilitación para cancelar una gira y te vuelves abstemio, ya ni cigarrillos. Quince años limpio. Yo entiendo, Chris. Nunca se sale del todo del círculo vicioso de las adicciones: somos perros de Pavlov buscando el siguiente estímulo, la muleta que llevará a nuestro endeble sistema emocional al día siguiente. Te encuentras a ti mismo bebiendo media botella de vodka diaria, vas a rehabilitación y la cambias por pastillita y media de Diazepam. No puedes dormir y te zampas una caja de Xanax a la semana. Si eres un junkie de Heroína pasas a Metadona. Otros encuentran sucedáneos menos literales, más suaves. Algunos, afortunados, logran agarrarse de la falda de Dios. El perro negro siempre está ahí, sin embargo, acechando, esperando el momento justo para salir al encuentro de nuevo. Sonríes, te ves California pero te sientes Minnesota, como decías en tu canción Outshined. Aprendes a mostrar los dientes y reservar la tristeza sólo para afilar esos desgarradores alaridos de tus canciones. Un día te ves incrementando la dosis prescrita porque el efecto ya no es el mismo o no sientes nada y es una nada diferente al alivio catatónico buscado en la medicación. Una nada hueca, envolvente, asfixiante. Vas subiéndole a la vaina y se te ocurren soluciones pragmáticas a la situación. ¿Qué es más pragmático que el suicidio?

No lo hubieras hecho, Chris. La vida es linda, la muerte no tanto. No te hubieras convertido en otro caído más, una suerte de Richard Cory del Rock, una manera de morir que creíamos obsoleta porque necesitábamos convencernos de que esas batallas se pueden ganar, que la adicción —una depresión enmascarada— se puede vencer. Que ya no es necesario pagar el precio de los excesos y la muerte para poder validar la poesía de un mensaje. Lo sé: no es necesario buscar mensajes ni justificaciones y quizá no las querías. Anoche enfatizaste, al cantar tu canción My Wave, la importancia de hacer con tu vida lo que te dé la gana. Pero también dijiste en su momento, cuando murió tu amigo Andrew, que pasaste años sin escuchar las letras de sus canciones porque a través de ellas podía leerse una historia. Según tú, en el repertorio de un artista había «este elemento de encontrar un personaje en sus canciones, un desafío que volvía a ese artista más cercano a ti, una suerte de naturaleza desesperada en esa persona». Una historia, imaginamos, dolorosa.

La misma que tus fans leemos hoy.

 

separador artículo Chris Cornell

María Alejandra Jiménez es una autora residente en Colombia.

Contactar con la autora: malejajim10111 [at] hotmail.com

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Acerca del suicidio y otras moralejas torcidas de la literatura

 Ilustración artículo: Chris Cornell, By gdcgraphics [CC BY-SA 2.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)],
via Wikimedia Commons.

 

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