artículo por
Salomé Guadalupe Ingelmo

 

Cervantes creció en una familia excepcional que casi podríamos clasificar como un baluarte matriarcal en medio de una sociedad machista donde la mujer era considerada mero apéndice decorativo del hombre. Sin embargo, Miguel se había habituado a la ausencia cuanto menos temporal del tradicional cabeza de familia, y por tanto a él no le parecía tan inconcebible la existencia de núcleos familiares dirigidos por mujeres. Ni, por tanto, la existencia de mujeres que tomasen sus propias decisiones, dirigiesen sus vidas y velasen por el bienestar de sus hijos y otros parientes a cargo de ellas.

Había tenido el ejemplo de sus hermanas, su madre e incluso su abuela. Todas ellas mujeres que, de una forma u otra, habían aprendido a no vivir necesariamente, como era común, a la sombra de un hombre. De sus hermanas, una no estuvo sometida al matrimonio pues ingresó en un convento; las otras dos decidieron vivir de sus consecutivos amantes sin ligarse a ninguno mediante nupcias. En el fondo, también la hermana que había optado por la vida religiosa había decidido escapar, de un modo más radical si se quiere, de la castradora vida matrimonial.

Observamos que Cervantes no pareció reprobar la vida escogida por sus hermanas sino todo lo contrario. Y lo cierto es que resulta lógico que nutriese por ellas admiración y gratitud: por un lado habían decidido no anularse como personas sometiéndose a matrimonios que, en sus tiempos, en la práctica suponían la sumisión total al marido y, por otro, serían precisamente ellas, con sus fuentes de ingresos, quienes, junto a su madre, que se hizo pasar por viuda y así obtuvo un préstamo, lograrían reunir el rescate con el que se le liberó, junto a su hermano, de su cautiverio en Argel.

La elección de todas las hermanas de Cervantes en favor de la independencia y la libertad personal difícilmente se pude considerar casual. Lo cierto es que esas jóvenes habían tenido el ejemplo de mujeres fuertes y resueltas como su madre y su abuela. Y es que las mujeres de la familia Cervantes no parecían muy afortunadas en el amor. Su abuela paterna, Leonor de Torreblanca, de familia de reputados médicos, se casó con Juan de Cervantes, licenciado en derecho, que aprovechó sus continuos viajes para protagonizar un sinfín de aventuras extramatrimoniales y provocó con ello la ruptura familiar. Finalmente abandonaría a su mujer e hijos y volvería a su Córdoba natal, donde vivió holgadamente mientras los suyos pasaban estrecheces en Alcalá de Henares. Su hijo Rodrigo, el que sería padre de Cervantes, para sacar el núcleo familiar a flote, se hace cirujano y ejerce en la casa familiar de Alcalá. No obstante, después de contraer matrimonio con Leonor de Cortinas, hija de un hacendado de Arganda que sin embargo apenas dotó a la muchacha por desavenencias con su esposo, Rodrigo comienza a caer en desgracia. A causa de las deudas contraídas, el padre de Cervantes pasará por la cárcel. Mientras la familia se muda con él en varias de ocasiones, comienza a multiplicar sus viajes en solitario para ganarse la vida y finalmente se traslada a probar fortuna en Córdoba. Durante esos duros momentos su madre, la abuela de Cervantes, constituirá un pilar central para la familia; es ella quien salva de los acreedores la mayor parte de las escasas posesiones familiares al ponerlas a tiempo a su nombre, evitando así el embargo. El abuelo de Cervantes, tras su abandono, no volvió a preocuparse por su mujer ni sus hijos.

Así las cosas, no es de extrañar que muchos de los personajes femeninos de las obras cervantinas se puedan considerar atípicos, pues aspiran a un matrimonio por amor y no pactado por los padres atendiendo a intereses crematísticos, reclamando su derecho a tener tanta libertad de elección como los hombres o a ser tratadas con paridad respecto a estos. Es decir que Cervantes preconiza un modelo de mujer independiente, o lo que es lo mismo un modelo de mujer abrumadoramente moderno. Por idéntico motivo, es de suponer que el autor se viese atraído precisamente por ese modelo de mujer, que desde luego no podía ser usual en su época.

Tampoco es de extrañar que, con sus precedentes familiares, Cervantes aspirase a encontrar una mujer excepcional: una mujer que, en buena medida, respondiese más a los patrones masculinos que femeninos de la época.

Cervantes, muy justificadamente, había idealizado a la mujer a partir de su experiencia con las mujeres fuertes y decididas de su familia. Pero además no carecía totalmente de experiencia en el campo amoroso. Si bien su extrema discreción —que tanto contrasta con la actitud de su rival teatral Lope de Vega— hace que tengamos pocas certezas sobre sus conquistas, nos consta que durante su estancia en Italia —a donde se trasladó, quizá, huyendo de una acusación por haber herido en duelo a un individuo— mantuvo una relación con una dama napolitana de la que podría haber tenido un hijo [1]. En cualquier caso no cabe duda sobre su paternidad respecto a la que fue su única hija cierta, Isabel, nacida de su relación con Ana Franca, esposa de un tabernero de Madrid cuyo local era frecuentado por el autor durante su periodo de mayor actividad como dramaturgo.

Por ese motivo extraña que el experimentado autor y hombre de mundo fuese a casarse con Catalina de Salazar Palacios, una jovencita a la que le doblaba la edad, precisamente en un tranquilo pueblecito de Toledo y apenas dos meses después de haberla conocido. Probablemente ese matrimonio respondió a una decisión libre, pero sin duda precipitada y originada más por atracción que por amor en sentido estricto. Cabe imaginar que la muchacha sería muy bella y esto deslumbró al escritor. Al menos así es de suponer dado que Cervantes muestra reiteradamente su admiración por la belleza femenina en sus obras. No obstante hay quienes conjeturan que tanta urgencia respondió, en realidad, a la necesidad que Cervantes sentía de alejarse de Madrid en ese momento concreto. Quizá porque creciesen los rumores en la capital sobre la verdadera paternidad de la niña que nacía sólo tres meses antes de la boda de Cervantes, y que fue oficialmente hija del tabernero y esposo de Ana Franca, Alonso Rodríguez, que presumiblemente empezaría a sospechar. Sea como fuere, probablemente después de la boda descubrirían ambos, tanto Catalina como Miguel, que no tenían tantas cosas en común, pues procedían de mundos realmente muy distintos.

La cuestión es que a los dos años de casados, y quizá para evitar precisamente que el matrimonio se deteriorase más a causa de la convivencia, Cervantes se traslada a Sevilla, donde comienza por requisar trigo para la Armada Invencible y acaba solicitando un cargo para las Indias de América que le será denegado. Hay autores que han llamado la atención sobre el hecho de que, por aquel entonces, el viaje entre Sevilla y Toledo no era desproporcionadamente largo, y por tanto el escritor podría haberlo afrontado bastantes más veces para visitar a su esposa. Pero no lo hizo, lo que induce a pensar que, efectivamente, rehuía la convivencia. Lo mismo parece sugerir un documento [2] en el que Cervantes otorga plenos derechos sobre sus propiedades a Catalina, y que algunos consideran prueba de su voluntad de mantenerse separado de ella. Si bien no tenemos la certeza de si se llegó a hacer uso de dicho documento, ni de si Cervantes, que hacia el final de su vida volvió a vivir con su esposa, llegaría a revocarlo.

Cervantes fue, sin duda, especialmente liberal para su época. Como hemos visto, no reprocha a sus hermanas su proceder respecto a las relaciones amorosas. Su propia hija ilegítima, Isbel, parece tener una vida sexual bastante activa desde joven, fruto de la cual nació —en concreto en el marco de un adulterio— su hija. De hecho las obras cervantinas toman partido a favor de los amantes que deciden recurrir a cualquier método para poder unirse en matrimonio sencillamente por verdadero amor, incluso si rompen las normas socialmente establecidas, y también culpan del adulterio a los recortes de libertades a los que los hombres someten por celos e inseguridades a sus esposas, que de esta forma se ven en buena medida justificadas cuando buscan un amante. Como hemos constatado, Cervantes conoció de primera mano el argumento de las relaciones extraconyugales que luego propondría en algunos de sus textos, pues de una relación así nació su hija Isabel. Si bien parece que tras su matrimonio con Catalina no le fue infiel, al menos por cuanto nos consta.

En algunos de sus entremeses, redactados cuando el autor tenía ya cerca de sesenta y ocho años, Cervantes describe con ácida mordacidad, pero también con exquisita sutileza, los desencuentros que genera la convivencia, y más si ésta es larga, en la pareja. Da la sensación de que el hombre que tanto había escrito sobre el amor, el que había pintado parejas modélicas en las que los amantes se compenetraban totalmente y eran fuente de perfección el uno para el otro, el hombre que también introdujo el argumento del divorcio en el teatro español y defendió la necesidad de la disolución de ciertos matrimonios por el bien de los cónyuges, como el resto de su familia, no fue especialmente afortunado en amores. No obstante, a la luz de sus obras, cabe sospechar que nunca dejó de tener fe cuando menos en la teórica existencia del amor perfecto. Por mucho que él, en la práctica, no hubiese logrado alcanzarlo. Cervantes se diría un idealista que, sólo ante la evidencia, se ve obligado a reconocer cuán difícil se revela alcanzar la comunión de las almas buscada e incluso conseguida por algunos de sus personajes.

Ciertamente el matrimonio de Cervantes no parece del todo feliz. Pero qué matrimonio lo era realmente en aquellos tiempos, donde la institución se asentaba sobre pilares totalmente contrarios a las libertades que propugnaba el escritor. Es más, analizadas las circunstancias, da la sensación de que el matrimonio de Cervantes fue ejemplar cuanto menos en un aspecto: ambos cónyuges, quizá precisamente gracias a la decisión de vivir la mayor parte del tiempo separados, no se perdieron el respeto ni incurrieron en las bochornosas peleas conyugales que el autor describe a veces en sus obras cómicas. Cervantes respetó el vínculo del matrimonio y no optó, como su abuelo, por el abandono familiar [3]. Quizá precisamente en parte por sus antecedentes familiares, Cervantes decidió hacerse responsable de los suyos: siguió reconociendo los derechos de su mujer e incluso hizo que en su casa se criase Isabel, su hija ilegítima, que fue adoptada por una de sus hermanas [4]. En este sentido el autor, si bien durante un tiempo le ocultó a su esposa la existencia de una hija que había nacido poco antes de que él la desposase, se me antoja un individuo especialmente honesto. Aunque tampoco podemos pasar por alto que su hermana, para ser exactos, reclamó para su servicio a la joven Isabel. Es decir que, aunque parece que nunca ejerció como tal y su tía siempre la trató como a una sobrina, oficialmente la contrató como sirvienta a cambio de un salario. Ciertamente el autor nunca reconoció legalmente a su hija, y es probable que esto marcase e incluso enturbiase su relación. Por otro lado las actividades de Cervantes en Sevilla no le permitieron encargase en primera persona de la educación de Isabel, que quedó en manos de las mujeres de su familia, las mismas que siempre habían asegurado la estabilidad al núcleo familiar pasara lo que pasase, faltasen o no los apoyos masculinos; las mujeres fuertes y generosas a las que admiró hasta su muerte, aunque a veces decidiese hacerlo desde la distancia.

 

 

NOTAS:

[1] Habría nacido en Nápoles en 1575, y muy poco se sabe de él salvo que se llamaba Promontorio. Cervantes le menciona en el capítulo VIII de su Viaje del Parnaso, donde su madre es denominada Silena. Por datos sueltos se deduce que ese hijo, si de verdad existió, alcanzó la edad adulta y fue soldado.

[2] Daniel Eisenberg, El convenio de separación de Cervantes y su mujer Catalina, Anales Cervantinos 35 (1999), pp. 143-149.

[3] Cosa que en realidad en su tiempo resultaba bastante sencillo, pues entonces, si un individuo decidía cambiar de identidad y desaparecer, para la justicia era mucho más complejo que ahora dar con él.

[4] La forma que el autor encontró, tras la muerte de Ana Franca, cuando Isabel tiene ya casi catorce años, de reclamarla y darle su segundo apellido sin tener que reconocerla abiertamente.

 

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Salomé Guadalupe IngelmoGUADALUPE INGELMO, SALOMÉ (Madrid, España, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desde 2006 imparte cursos sobre lenguas y culturas mesopotámicas en dicha Universidad.
Ha recibido premios literarios nacionales e internacionales. Sus textos de narrativa y dramaturgia han aparecido en numerosas antologías. En la última década ha sido jurado permanente del Concurso Literario Internacional «Ángel Ganivet» (Asociación de Países Amigos, Helsinki, Finlandia) y jurado del VIII Concurso Literario Bonaventuriano (Universidad San Buenaventura de Cali, Colombia).
Publica asiduamente ensayos literarios, tanto académicos como de divulgación, en diversas revistas culturales y medios digitales nacionales e internacionales. De entre los últimos: Literatura testimonial: justificación personal o voluntad de utilidad histórica. Dos testimonios de Sonderkommando en Auschwitz, en Revista Destiempos (México) n.º 42, Estudios y Ensayos, Diciembre 2014-Enero 2015, p. 50-86; Casi once años sin Terenci Moix: la herida de la esfinge no cicatriza, en Luz Cultural (24 de enero de 2014); Dorian Gray ayer y hoy: Retrato del seductor sin edad, en Revista Almiar – Margen Cero III Época n.º 74 / mayo-junio 2014, 14/05/2014… Sus críticas de cine suelen aparecer en la revista digital Luz Cultural y en el diario Luz de Levante. Prologó El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde (Editorial Nemira, 2009).
Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital bimestral miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico, en la que han visto la luz sus microtextos de género fantástico, de ciencia ficción y terror. Ha sido incluida en Tiempos Oscuros: Una Visión del Fantástico Internacional n.º 3 (especial monográfico sobre el estado actual del género en España) y en varias antologías de la editorial Saco de Huesos. Un compendio de sus obras narrativas pertenecientes a los géneros de terror y ciencia ficción puede consultarse en la Biblioteca Tercera Fundación.
Más información sobre el resto de su producción literaria en:
https://sites.google.com/site/salomeguadalupeingelmo https://salomeguadalupeingelmo.blogspot.com/.

 

 Ilustración artículo: Retrato de Cervantes, obra de Alejandro Cabeza ©. La pieza forma parte de la colección permanente de la Casa Museo Cervantes de Esquivias (Toledo).

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Revista Almiar – n.º 83 | noviembre-diciembre de 2015
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