relato por
Federico German Bruno

 

S

erá que septiembre es el mes en que se descubren los hombres, las hojas, los perros, el cielo, la vereda, el piano semi enterrado que halló mi hermano, cuando hizo un pozo en el fondo de casa con el fin de plantar un cerezo, que a mi madre tanto gustaba. El cerezo, al final, quedó relegado al olvido. El piano, en cambio, ocupó un lugar privilegiado.

Fue un viernes por la tarde.

Más hacia la noche, llegaron mis tíos, mis primos, todos trayendo consigo una herramienta de trabajo, palas, picos, baldes. Las huellas embarradas afloraron en las baldosas de la casa. Fue acaso la única vez que nadie se quejó por ello. El estupor de mamá, traducido en pasitos nerviosos, estaba orientado hacia otras tareas: preparaba jugo con hielo, acercando la bandeja a la cuadrilla infame, que sacaba grandes bocanadas de tierra de un lado y la depositaba en otro, sobre los malvones, sobre las alegrías del hogar, sobre los potus. Se convino que los hombres trabajaran toda la noche, en silencio, para no molestar a los vecinos. Mi mamá y mi tía se encargarían de la preparación del alimento y de mantener a la cuadrilla en condiciones plenas de hidratación.

Pronto fue descubierta la tapa superior del piano. Las últimas briznas de tierra fueron corridas a mano. En la tapa se veían los surcos, que las palas, en su descuidado afán, habían calado en la madera, hasta que por fin la abrieron. El piano por dentro estaba limpio. Mi tío pulsó un re. El piano sonó con suma fidelidad. El alboroto fue incontenible.

Después, cada uno volvió a su labor. Mi madre iba y venía de la cocina. Mi tía fumaba en el patio y le ayudaba con las bandejas. Después, la que descansaba era mamá, tomándose una copita de licor en la hamaca.

En plena algarabía, los hombres, llenos de máculas terrosas en el pecho y en los rostros, hablaron de levantar al piano entre muchos, y de sacarlo a la superficie. Alguien lo restauraría. Venderlo no sería nada difícil. Papá a veces se rascaba el cabello, preguntándose cómo había ido a parar aquel instrumento allí. Se convino entonces, en abrir aún más las excavaciones hacia los costados, con el fin de que varios hombres entraran cómodamente para levantarlo desde abajo. Las paladas continuaron degradando el césped tan cuidado por papá, ensanchando los bordes de la boca del pozo.

Mis recuerdos de pequeño, al fin y al cabo, se reconstruyen como pueden, de a vahídos, de a pestañeos, de a sorbos, de a pasitos, de a gritos, de a luces encendidas y apagadas. Soy consciente de las pausas, que arrecian irremediablemente, de la memoria borrada, de momentos que se ligan vagamente a los retazos que cuelgan de mi psiquis, como la cola de un barrilete a la deriva.

Alguien dijo algo sobre los vientos. Recuerdo a mi tío repitiendo un golpeteo con la pala en la tierra, y que abajo sonara a algo metálico. Vientos, acá hay vientos, decía, y todos se agolpaban a cavar con las manos. Hasta mucho después, no entendí porqué a un oboe, a las trompas, a los clarinetes, se los llamaba vientos.

Así las cosas, al intentar descubrir aún más el piano, hallaron más instrumentos. Mamá y la tía se sumaron a la tarea de quitar tierra a la par de los hombres. Los vasos vacíos pronto quedaron tapados por tierra negra que era despedida de los pozos, perdiéndose para siempre. Tengo la viva imagen del cuadrado de luz de la cocina, recortándose en la negrura del patio, hasta altas horas de la madrugada, como único indicio de humanidad entre tanto torrente mineral.

La puerta abierta. El calor de la noche. El bienestar deambulando de pozo en pozo. El juego de las trincheras, que se extendieron en semi círculos concéntricos, emulando la disposición de una orquesta sinfónica.

Las excavaciones duraron toda una semana. Mamá y la tía armaron las camas para el tío y los primos, que vivieron con nosotros durante aquellos días tan felices. Hubo ausencias en los trabajos y en la escuela, que fueron zanjadas con éxito gracias a la complicidad del doctor Salerno y sus prescripciones. Se trató de mantener la cautela con los vecinos. Aquello era un reguero de pólvora. Según palabras de Papá, el menor comentario significaba tener que empezar a recibir gente a raudales, mostrarles la casa, el patio, invitar con masitas.

Con el correr de los días, se fueron hallando más instrumentos y Mamá nos trajo un esquema que halló en su enciclopedia con la disposición que tenían éstos en una orquesta sinfónica. Gracias a aquella suerte de mapa, las paladas fueron hechas cada vez con más puntería; ahora se operaba la tierra con la precisión de un cirujano. Entre los hombres, se aventuraba a predecir qué instrumento estaba enterrado en qué lugar, y se apostaba dinero.

¡Aquí una tuba! ¡Aquí una viola!…

Recuerdo los rostros, inyectados en sangre, y la sangre, en las venas hinchadas de los cuellos húmedos, cuellos que sostenían frentes enrojecidas al sol, frentes que se limpiaban con las manos, enguantadas éstas en la eterna mugre.

Durante las comidas, de lo único que se hablaba no era ya del piano, sino de la orquesta entera que se había desenterrado. Mi padre demostraba la alegría, emanando un cierto tipo de tranquilidad solemne. El más soñador de todos era mi tío, anudando y desanudando ideas de un posible circo, de una gran comparsa, de una orquesta de alquiler para los carnavales, de cuyos ingresos podríamos vivir todos sin trabajar por el resto del año, abstracciones que a mis primos y a mí nos parecían algo similar a tocar el cielo con las manos, aunque no entendiésemos del todo los pormenores del asunto. Luego, se daba lugar a un pequeño descanso y nuevamente, los trabajos se reanudaban. Sin embargo, veía que por momentos se generaba un silencio y la conversación entre los grandes cambiaba de tono. A ellos los invadía un repentino terror, una inquietud, como si una víbora transparente les rozara los tobillos. Cuando uno es niño, algunas cosas pasan desapercibidas. Los polvos más finos se van por la zaranda. Quedan en el entramado, las piedras más grotescas.

Esta historia se cuenta por varias bocas. Mamá fue una de las que puso su voz, y la que al mismo tiempo intentaba no hablar del tema, así que por esto es que tengo vagas nociones sobre una pelea que protagonizaron mi padre y mi tío. El uno quería extraer definitivamente los instrumentos y venderlos. El otro los quería conservar, pero no tenía donde archivarlos. Lo que comenzó como un maravilloso descubrimiento, engalanado por el romanticismo de los instrumentos y las trincheras, de pronto fue mutando, lentamente y sin pausa, en un puñado de miserables surcos de tierra, que no hicieron más que minar el fondo, y que no tardaron en sembrar la discordia entre los miembros de mi familia.

Una tarde, después del almuerzo, los hombres estaban durmiendo la siesta. Las mujeres habían salido. El único que estaba despierto en la casa era yo. Salí al patio a recorrer las trincheras, de las que emergían los instrumentos, semejantes a tubérculos. Mamá, gran aficionada, había dispuesto al lado de las excavaciones, un parapeto en el que había dejado el tomo de la enciclopedia abierto, a modo de guía permanente. Yo podía pasar horas y horas mirando los instrumentos, ordenados a la perfección según la enciclopedia; admiraba la hondura de «los valles», las palas apoyadas en los muros proyectando una sombra nerviosa; los restos de vegetación que trataban de sobrevivir bajo el peso de la tierra removida.

Pero lo que a mí más me deslumbraba era el centro de la orquesta, cercado por las cuerdas, por los violoncelos, por la primera fila de violines. La enciclopedia indicaba inequívocamente que allí estaba el taburete del director, y los directores siempre blandían una varita mágica entre sus manos. El centro del círculo de trincheras, estaba dolorosamente intacto. Ninguno se había atrevido a tocarlo. Yo era un niño inocente, ávido por los juegos, por las aventuras, replicando las actividades, las formas, los modos de los grandes. Así que tomé una de las palas que estaban apoyadas en el muro. Comencé a cavar como pude, de a pequeños hoyos que hirieron la tierra en forma desprolija. No es errado decir que aquella herramienta era de mi misma altura. En el círculo en el que presuntamente estaría enterrado el director de la orquesta, la tierra se encontraba sorpresivamente blanda.

 

separador párrafo cuento Federico German Bruno

Federico German BrunoFederico German Bruno (Buenos Aires, Argentina, 1981). Premios y publicaciones:
*Publicación de cuento El Rey de las ratas
, Revista Almiar, Madrid, España. Año 2015.
*Publicación de libro de cuentos propio El Libro de Lacoonte, Editorial RyC, Buenos Aires. Año 2014.
*Publicación en Antología V Banfield Teatro Ensamble, coordinado por Cecilia Vetti. Buenos Aires. Año 2013.
*Publicación en Revista URL del cuento El Domo U. Buenos Aires. Año 1999.
*Publicación en antología Caja de Fuego con el taller literario Creación, Integración y Arte, coordinado por Laura Coronel. Buenos Aires. Año 1998.
*Primer Premio del certamen de poesía: Juegos Florales S.A.D.E. Zona Sur. Buenos Aires. Año 1998.
*Segundo Premio del certamen de poesía: Juegos Florales S.A.D.E. Zona Sur. Buenos Aires. Año 1997.

Contactar con el autor: brunofedericogerman [at] gmail.com


Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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