relato por
Ignacio Irigoyen

 

L

a primera vez que lo pensé no le di mucha importancia, aunque la reacción insinuó todo lo contrario.

—¿Celos? ¿Celos, por qué? ¡Imposible! —justo eso pensé, y luego la bofetada; debió dolerle mucho. A mí también me dolía, no sé muy bien qué, pero estoy seguro del dolor intenso. Hubiera querido reaccionar de otro modo y que no se fuera llorando y odiándome. Lo cierto es que no hubo vuelta de hoja, y a pesar de que me propuse remediarlo, empeoró.

Un par de días más tarde la volví a ver; nos encontramos por casualidad. Saludamos con las típicas palabras que nadie pregunta ni contesta de veras: Cómo estás. La gente iba y venía a nuestro alrededor, como es normal en las calles al medio día. Yo no sabía qué decir ni ella tampoco, pero sí podría jurar que pensábamos en lo mismo, en la bofetada que terminó nuestro último encuentro. Sentí que le debía una disculpa por la forma mas no por el fondo. Estuve a punto de abrir la boca cuando ella se me adelantó:

—Me voy con él, a su casa —lo dijo agachando un poco la cabeza.

Para no cometer el error anterior, la tomé del brazo y la llevé hasta una esquina menos transitada.

—¿Cómo dices? ¿Te volviste loca o qué? —grité.

—Sólo porque no pienso como tú no quiere decir que esté loca.

—Pero sí piensas como él, ¿verdad? —proferí, e inmediatamente levanté la mano lo más que pude y le clavé un bofetón que la tiró al suelo. No hubo lágrimas pero me lanzó una mirada con la que bien hubiera podido atravesarme las entrañas. Me le acerqué y la forcé a incorporarse.

—Quítame las manos de encima —dijo mientras se sacudía.

—Claro. Entiendo. Pero si fuere el imbécil ese, hasta la vergüenza te hubieras dejado echar mano.

—Ése no es tu asunto. Además, óyelo bien, yo no soy como las retozonas con las que siempre te has cruzado.

—Cuál es la diferencia, si ya te revolcaste, y ahora te mudas para que te dé hasta que se aburra. No pudiste esperar al lecho nupcial, respetándote; ¿tantas son las ganas de tener algo adentro?

—Como si tú hubieras esperado… —dijo ella, esbozando una pequeña sonrisa.

—Desde luego que no esperé, porque sólo me encontré con mujeres como tú —le contesté casi rozando su boca, y acto seguido le di las espaldas. Aguardé cinco segundos (que conté mentalmente) y luego partí. No volteé ni por accidente. Tal vez ella me siguió una o dos cuadras o tal vez ni se movió.

Yo caminé y caminé. Con cada paso y cada mujer que veía, recordaba mis (no muchas, ni tampoco escasas, pero sí las suficientes) experiencias con el género femenino, y no hallaba una sola que me hubiera satisfecho. En ninguna observé el deseo de poseer y pertenecer como yo lo tenía. Estaban muy felices con el hecho de ir dejando una parte de ellas en cada hombre que se les atravesaba, so pretexto del amor, un amor que nunca les llegaba porque lo confundían con un par de palabras ingeniosas y manoseos entre sábanas desechables. Por eso yo, que ofrecía palabras razonables y una noche eterna, no tenía oportunidad. Yo que ostentaba siempre un libro en la mano e ilusiones en los bolsillos, no podía retenerlas; ellas hubieran preferido que tuviera las manos de oro y los bolsillos rebosantes de condones.

Pero ya nada de eso importaba. Estaba solo y Martina se iba. Mi Martina.

Es verdad, nuestra relación no era la misma desde hace mucho pero yo la adoraba y sé que ella a mí también. Entonces ¿por qué ese anclaje? Porque celos, celos no eran. Por qué reprochar su vida si ya no era mía, nunca lo fue… ¿Qué era lo que me estaba pasando?

Sin Martina ya nada valía la pena. De modo que el mes siguiente frecuenté casi a diario los burdeles de la Av. La Prensa, cerca al nuevo parque. La intención no era mala ni tampoco buena, simplemente estaba irritado por Martina y quería desahogar mi odio. Lo más curioso de ese odio es que no era hacia Martina ni hacia mí ni siquiera hacia el desgraciado que se la llevó, no. Había algo más, más grande, algo que se escapaba de mí, pero celos, celos no eran, eso no tenía sentido.

Me gasté cada centavo en aquellos lugares, sólo no quería pensar. Dejé que me curaran las mariposas de la noche, que me purificaran con su saliva bendita, que me resucitaran entre suspiros prestados y cuerpos de paso. Naturalmente, nada de eso sucedió: no salía curado, purificado o resucitado; en realidad, emergía más maldito, más condenado, vuelto nada, porque ahí la cara de uno se convierte en un número junto a un signo de dólares, incluso las prendas que uno trae encima se tornan en papel moneda. Allá, uno se prefigura salir con más pero sale con menos, igual que con Martina: se la ve y se espera más, y a la final se recibe menos. Pero no puedo culparla, yo también soy así, la vida nos hizo así, nos empujó a un lado, nos arrebató lo importante y nos multiplicó el resto. Si tan sólo mamá y papá no hubieran… Nada que hacer, ya fue. Ahora somos solamente dos hermanos, no, falso, no somos ni eso. Hará cinco años de que no la veo; ni una llamada, ni una insignificante señal, nada. Queda llanamente el recuerdo de los días en que nos tomábamos de la mano para caminar, las largas charlas de las noches, los cines, las risas, los abrazos y sus ojos ingenuos, puros, de princesa, esas princesas que uno (no tan caballero) rescata porque merecen ser rescatadas, porque no son como las del montón, son inmaculadas, son capullos que no se han abierto al sol, están repletas de sí mismas esperando estallar para uno (el que las salva). Aunque si lo medito un poco, Martina resultó no ser así. Si la memoria no me traiciona, me parece haberle propinado una bofetada cuando me dijo que se acababa de deshonrar con el vecino, y otra cuando me informó que se mudaba con el supuesto novio, que desde luego no era el vecino. Apegándome a la realidad, diría que fue una desvergonzada como todas. Sí. Eso es. Lo entiendo ahora. Celos, claro que no eran celos; fue decepción. Yo posé mi fe en mi hermana. Creí que si existía ella, entonces en alguna parte del mundo existiría otra para mí. Pero no. Lo sé hoy. No existió ella ni otra. Lo que yo busco, es decir, lo que yo buscaba no existe. Lo único que realmente existe es mi odio, este rencor absoluto hacia ellas, a todas, porque no hay una; ¡las detesto!

arabesco separador relato Celos

 

Ignacio Irigoyen. Es un autor ecuatoriano.

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Ilustración relato: Fotografía por geralt / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 85 / marzo-abril de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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