relato por
Carlos Casas

 

A

hí estaba él, otro día más, prisionero del pánico y de un captor desconocido. Si hubiera tenido tiempo de sentir algo más que miedo, seguramente se preguntaría qué había hecho para merecer tanto sufrimiento.

En su corta vida no conocía más lugar que esa cárcel, fue arrebatado de su madre y llevado a una celda donde vivía con numerosos congéneres, todos completamente inmovilizados, cubiertos por un manto de impenetrable oscuridad. Esa oscuridad que amplifica cada ruido, que dibuja criaturas fantasmales en cada sombra, ese vacío que te hace temer no por lo que ves, si no por lo que no puedes ver.

Era esto lo que más lo angustiaba, el saberse cautivo de alguien o algo que jamás había visto, pero que cada día tomaba a uno o dos de aquella celda y les daba muerte, en una miríada de sonidos angustiantes, víctimas de una tortura que él ni siquiera podía imaginar.

¿Qué era aquella bestia que aniquilaba a sus hermanos? ¿Cómo lograba causarles tanto dolor? ¿De dónde venía ese «crac…frshhhh» cada vez que uno de ellos era secuestrado y llevado a su fin? En la oscuridad no lograba responderse estas preguntas, sin embargo hoy iba a ser distinto, hoy era su turno, hoy conocería a la última cara que vería antes de morir. Una cara llena de arrugas y con mirada amenazadora, que lo tomó con su mano callosa y áspera antes de que él pudiera siquiera reaccionar.

Todos sus miedos se convertían rápidamente en realidad, todo lo que alguna vez imaginó no era ni la mitad de horrible que lo que ahora sufría. La oscuridad ahora parecía una fuerza protectora que nunca más volvería a ver. La mano de aquel hombre misterioso seguía guiándolo con aire de indiferencia, rumbo a aquella sala de horrores donde él no era el primero ni el último.

Se iban acercando a una especie de tabla, de extraordinaria dureza, salpicada con los restos de los que fueron sus compañeros. Al fondo podía escuchar un fuego crepitando, y una plancha de metal que ardía como mil soles, emitiendo un bajísimo sonido que parecía llamarlo. Comprendió de dónde venía aquel sonido tan horrible al que nunca se acostumbraba. La mano lanzó su cuerpo contra aquella superficie violentamente, sin consideraciones… CRAC. El dolor lo paralizó completamente. No podía gritar, no podía oponer resistencia, no le quedaba otra opción que permanecer sumido en ese acuciante sufrimiento. Su cuerpo se partió en dos, y lo último que alcanzó a ver antes de su muerte fueron sus traslúcidas y amarillentas entrañas deslizándose lentamente hacia la plancha de metal, dejándolo vacío, sin alma. Entrañas que ahora se convertían en un nutritivo plato de huevo frito.

 

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Contactar con el autor: carloscasas5 [at] gmail.com

 Ilustración relato: Montaje fotográfico por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 81 | julio-agosto de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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