relato por
Carmen Tomás Rodríguez

 

-E

ra un personaje, le gustaba organizar fiestas a las que acudía gente excéntrica, ovejas negras procedentes de las mejores familias de Barcelona. Esparcía velitas sobre nuestras ramas por el jardín, llamitas que iluminaban la vegetación resaltando con sus aureolas esbozos de plantas y del muro de piedra, detalles únicos donde inevitablemente se posaban las miradas. Las burbujas móviles armonizaban a la perfección con las copas de cristal tallado, inyectadas del dulce néctar que fluía por la garganta de los invitados hasta el momento de la huida, el amanecer, cuando el sol evaporaba sus restos de semen, derretía el maquillaje, les quemaba la fantasía. Pero eso ya lo sabían, cada noche estaba por estrenar y creedme, podía pasar cualquier cosa.

—¿Qué fue de él?

—Sus cenizas reposan entre las raíces del ciprés, el que se eleva hasta las nubes, el que parece querer juntarse con el sol o con las estrellas. Si miráis fijamente veréis cómo al final se dobla hacía el azul siguiendo una intención de curva, levemente balanceado por un viento extraño que remueve el aire en las alturas. Permanece aquí, en el monasterio de las plantas, del placer, donde hacía sus apariciones enguantado hasta los codos y tras una larga pitillera, cuando todos esperaban aturdidos por el denso olor a jazmín, en noches henchidas de verano. El viejo gramófono anunciaba su entrada teatral, Édith Piaf, Marlene Dietrich o cualquier otra mujer fatal, arrastraban la ola de silencio que orillaba en las bocas, obligándoles a sellar los labios mientras dirigía sus pasos hacía el centro, el centro de qué, el centro del jardín, de las miradas, el centro. Era infalible en el sutil arte de la seducción.

—¿Cómo murió?

—Se ahorcó. El ventilador giró, dio vueltas larguísimas y monótonas. Aquella tarde las aspas rodantes ahuyentaron mucho más que el calor. Zum, zum, zum, el jardín estancado, zum, zum, zum, la sombra del colgado tatuada en los ojos de vidrio de los gatos.

—¿Por qué no era feliz?

—Felicidad, me consta que intentó retener el sabor efímero de su jugo en el paladar. Quizás se sintió incapaz de hacerle el amor a la vida todos los días, de probar una vez más la fruta prohibida. Hubo quien aseguró que la adicción a la intensidad acabó incendiándolo, hubo quien incluso se sintió culpable, como la anciana que viene a visitarnos. Pobre, resulta tan poco convincente de verdugo.

—¿Por qué la dejamos entrar? La casa ya no le pertenece, ahora es nuestra, está teñida de verde.

—Sí, resultaría fácil taponar la entrada, apenas consigue reunir las fuerzas necesarias para desplazarse y abrir la verja, no costaría nada impedírselo. Pero… ¿quién nos recitaría entonces poemas o leería fragmentos de algún libro como hace ella, sentada en el banco de madera, convencida de que es su queridísimo hermano quien la escucha? De niños jugaban juntos durante horas, a los dos les encantaba disfrazarse de princesas, los dos soñaban con el mismo apuesto príncipe hasta que aparecía el ogro, y, como una apisonadora, les reventaba la ilusión. Se trataba de un ogro verdaderamente cruel del que huyeron en cuanto tuvieron ocasión. Con la desaparición del ogro regresaron a la casa del jardín, retomaron sus juegos acompañados de las amistades que indefectiblemente perseguían al hermano allá donde fuera.

—Padre Magnolio, la viejecita se ha dormido. Las gafas se le han caído sobre el libro abierto.

—No, Hortensia, la anciana no está dormida. Ha llegado la hora de que las buganvillas, los rosales y la hiedra, tejan un muro impenetrable en la verja. Démosle la bienvenida, que fluya por la savia y nos alimente para siempre con sus historias. Por fin has vuelto querida hermana, explícale a tu nueva familia botánica las magníficas fiestas que organizábamos juntos en el santuario de las plantas.

 

Separador pie relato El jardín estancado

Carmen Tomás Rodríguez

 

Carmen Tomás Rodríguez (Barcelona, 1966): «El microrrelato es la construcción literaria que más cultivo, seguramente debido a mi gusto por la síntesis, a expresar con el mínimo número de palabras pequeños universos de ideas y emociones, a los que procuro dar una forma bella con ayuda de las letras».

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Revista Almiarn.º 87 / julio-agosto de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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