relato por

Carmen Herranz Berzosa

 

Un sofocante día de julio, en el interior de un pueblo al sur de España, Antonia Rodríguez expulsó una única lágrima, perfecta, límpida, que resbaló por su mejilla y rebotó en el suelo de mármol blanco.

Esta jovencita era muy propicia al llanto. Lloraba de emoción, de pena, de impotencia, de dolor, melancolía, lloraba de frustración al no lograr entender el final de una novela policíaca. Pero cuando Antonia hipaba, las lágrimas florecían de ella como los panes y los peces, siendo incapaz de contenerlas durante horas.

Por eso, esta vez fue distinto. Solamente expulsó una lágrima, una lágrima nada deseada, por la que luchó por retener, para que nunca existiese. Quizás fue esto lo que desencadenó que ésta se materializase y, muy ofendida, se dispusiese a pedirle explicaciones a Antonia.

—¿Por qué no me querías? —fue la primera frase pronunciada por la Lágrima.

—¿Tú  quién  eres  para  venir  a pedirme explicaciones? —le espetó a su vez Antonia.

—¿Qué quién soy yo para pedirte explicaciones? ¿Y quién eres tú para tratar de obstruirme? ¿Y a quién o a qué pertenezco? —siguió interrogando la Lágrima, muy enfadada.

—¿Cómo que a quién perteneces?

—¡Qué cuál es la causa por la que me has llorado!

—No te importa —replicó Antonia, en sus trece.

—Quiero saber quién es mi creador. No pienso marcharme hasta saber mi Verdad.

Antonia suspiró. Allí estaba, discutiendo con una Lágrima de metro setenta, digna y erguida, que no aparentaba tener ningún signo de dejarse amedrentar.

—Está bien —comenzó, rindiéndose—. Estás aquí por un chico. Hará ya un par de años comenzamos una especie de relación. Y a la cuarta o quinta cita, perdió el interés porque le aburría. Y, desde entonces, no he parado de preguntarme qué es lo que hice para no resultarle de su agrado.

—¿Cómo se llama?

—José. José Fernández.

—¡Quiero conocerle! ¡Necesito conocerle! —exclamó la Lágrima, exaltadísima.

—¡Calla! No vas a conocer a nadie. Ahora ya lo sabes, así que déjame.

—No  pienso  dejarte  hasta  que  no  me  lleves  hacia él —insistió la Lágrima.

—Que te calles te digo —Antonia ya empezaba a sentir verdadero hastío por la situación—. Además, te informo de que si tus razones son románticas, místicas, porque crees que vienes del Amor, estás totalmente equivocada. Tu procedencia es por el motivo más vergonzoso y egoísta del mundo. Me hirieron en mi ego. Así que…

Se oyó un pequeño estruendo. Observando la expresión de la Lágrima, Antonia se giró. A sus espaldas se encontraba una sombra negra, con su misma forma y silueta, pero muchísimo más alta.

—Hola —saludó la Sombra—. Soy tu Ego. Tu enorme y fiel Ego —se acercó y le dio dos besos. Luego hizo lo mismo con la Lágrima.

—He escuchado que me han herido —prosiguió—, y yo no permito que nadie me ataque y quede impune. Quiero localizar a ese individuo y sostener con él una conversación en la que le daré pie a disculparse.

—¡Y yo tengo que conocerle! —repitió la Lágrima—. Me da igual que sea un pobre diablo. ¡Sigue siendo mi padre!

—¿Qué estáis diciendo? —bufó Antonia, sintiendo que una migraña amenazaba con instalársele—, aquí nadie va a conocer a nadie. Largaos, idos por donde habéis venido.

—A mí no me hables así ni me des órdenes, que yo no soy cualquiera —respondió muy tranquilo el Ego— y no te lo voy a permitir. Yo he dicho que voy a conocer a ese tipo, y así va a ser, contigo o sin ti.

—¡Sí, sí! —le apoyó la Lágrima dando pequeños saltitos.

—Si quieres vienes, si no, no te necesitamos —sostuvo el Ego, mirando fijamente a Antonia.

Ésta, incapaz de sostenerle la mirada a esos ojos inocuos pero de dueño tan autoritario, se dio por vencida por segunda vez en el día.

—Está bien. Sé que vive a una hora de aquí. Por la costa —dijo quedamente.

—Fantástico. Vamos a coger el coche. ¿Quién conduce? —organizó el Ego.

—Yo, si no es necesario, prefiero no hacerlo. Estoy un poco alterada, y me dan miedo los controles —musitó la Lágrima.

—Lo haré yo—decidió Antonia—. Vamos ya y acabemos con esto.

Cogió las llaves y el bolso y se dirigieron hacia el coche. Inexplicablemente, los sesenta minutos que duró el viaje, transcurrieron en absoluta paz y armonía. Antonia puso música clásica para no perturbar más a la Lágrima y los tres permanecieron en un agradable microclima, inmersos en sus pensamientos.

Cuando llegaron a la playa, el Ego propuso darse un chapuzón, aceptado por Antonia y la Lágrima, aunque la única que se adentró más allá de la orilla fue la joven. El Ego y la Lágrima permanecieron observándola desde lejos.

El Ego disfrutaba horrores contemplando a las personas que había en la playa. Esa chica tenía las piernas muy largas. La otra era mona pero le asomaba una incipiente barriguita. Su Antonia era de las mejores. Apenas experimentó ésta sensación tan gratificante, sintió como respuesta que se hinchaba considerablemente de felicidad. Por otro lado, la Lágrima también amenazó con sufrir un ataque de ansiedad, al verse rodeada de tanta gente, tan inoportuna en esos momentos.

Cuando Antonia salió del mar, se encontró con el Ego totalmente henchido, y la Lágrima gimiendo burdamente.

—Pero, ¿qué pasa? Nos largamos, venga —ordenó, agobiada, al sentir fijos sobre sus movimientos varios pares de agujas candentes—. Venga, os invito a comer.

Ya las aguas en su cauce, en un chiringuito, la Lágrima quiso hacer un brindis.

—Por mí —dictó el Ego.

Antonia y la Lágrima se miraron de refilón y, encogiéndose de hombros, chocaron sus copas, repitiendo «Por ti, Ego, por ti».

A la hora del café, la Lágrima enarcó una ceja e hizo ademán de levantarse de la silla.

—Ahora vengo, voy a saludar —les dijo.

Desde su asiento, Antonia y el Ego vieron cómo se acercaba a una mesa a unos diez metros de la suya, y saludaba a otra lágrima, algo más corpulenta que ella. Al cabo de diez minutos regresó pensativa.

—¿De qué la conocías? —preguntó Antonia.

—¿Cómo la voy a conocer si tengo menos de cuatro horas de vida? —refunfuñó la Lágrima, moviendo con su cucharilla furiosamente el café—. ¡Tienes unas cosas!

—Perdona…

—Solamente quería saber qué hace aquí. Y me ha dicho que ella tampoco es deseada. Que quien la lloró trató con todas sus fuerzas de evitar que surgiera. Y no lo consiguió. Ahora trata que su amo la quiera, que no se avergüence de ella. Y no lo consigue. Es ese hombre gordo de azul —señaló hacia la mesa— y, mirad, se ha puesto en la otra punta, la ha dejado al lado de sus hijos pequeños, mientras él habla con su mujer, como si ella no existiese. ¿Por qué tratáis siempre de ocultarnos?

La Lágrima estalló en gemidos lastimeros, expulsando a su vez otras pequeñas lágrimas.

Presagiando un nuevo espectáculo bochornoso, Antonia trató de calmarla.

—Tranquilízate. No nos avergonzamos. Simplemente, nos gusta reservaros para nuestra intimidad. Pero os necesitamos —miró nerviosamente a su alrededor. Esperaba no encontrarse con ningún conocido.

—¡Sí, ya! Cuando os queréis reír lo hacéis escandalosamente delante de todos, pero cuando necesitáis llorar, o lo ocultáis o nos usáis para vuestros hipócritas fines. Por ejemplo,«quiero que vean que me da pena ese señor el cual en realidad es totalmente indiferente. Pero si lloro pensarán que soy mejor persona». Sé que has llorado a hermanas mías, en momentos totalmente innecesarios. Hermanas que han nacido solo por razones sociales y de vuestra cobardía. Tú y todos —acusó la Lágrima, con rencor acumulado.

—Sí,   es   cierto.   Así   somos.   No   podemos  evitarlo —sentenció Antonia.

—Ya he terminado el café. Me aburro. ¿Podemos irnos? —interrumpió el Ego.

—Tienes razón —Antonia consultó la hora—. Se nos va a hacer tarde, así que vamos a finiquitar esto ya.

Los tres se levantaron, Antonia pagó la cuenta, y fueron hasta el coche.

—¿Sabes dónde encontrarle? —quiso saber el Ego.

—Creo que trabaja en una tienda de ultramarinos. Vamos —Antonia arrancó y se pusieron en marcha.

Los diez minutos que duró este segundo traslado fueron realmente incómodos, sollozando la Lágrima, que se había quemado las mejillas por el sol, y el Ego a su vez retorciéndose las manos, que le temblaban de excitación. Cuando llegaron, justo antes de salir del coche, Antonia les rogó encarecidamente que fuesen discretos.

Nada más entrar en la tienda, le vieron, tras el mostrador, ajeno totalmente a la situación. Al divisar a Antonia, esbozó una sonrisa y fue a saludarla, aparentemente muy contento de verla.

—¡Antonia! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué haces aquí? —incluso le abrazó el infame José Rodríguez, encontrándose con un cuerpo rígido.

—Pues ya ves —contestó ella nerviosamente—, José, ante todo quiero que sepas que yo no he tenido nada que ver con esto. Pero me han insistido mucho. Te presento a mi Ego y a mi Lágrima.

La Lágrima se abalanzó sobre él, hambrienta de amor filial.

—¡Padre! ¡Padre! ¡Por fin te conozco! —chillaba, sumida en un verdadero éxtasis.

—¿Cómo que padre? ¿Antonia? —indagó José, histérico con el simple hecho de la pronunciación de la palabra «padre».

—Tranquilo, que no es tu responsabilidad. Hoy me he acordado de ti y he soltado una lágrima, que ya la estás viendo. Y estaba deseando conocerte.

—Y yo también —aclaró el Ego, con voz muy ronca.

—Este, José, es mi Ego. Él no te tiene tanto aprecio.

—Usted me hirió —dijo el Ego secamente.

—¿Qué yo te herí? No… No era mi intención —balbuceó José, que no sabía dónde meterse.

—Pues usted lo hizo —y vengo aquí con la intención de retarle a un duelo. Por favor, salga de la tienda.

—¿Un duelo? ¡No me dijiste nada de eso! —le recriminó Antonia al Ego.

—Mi honor está dañado. Es uno a uno —sentenció éste.

—Escuche, yo… —se excusó José, pálido, con unas manchas violáceas comenzando a recorrerle el rostro—. Nunca quise hacerte daño. No conscientemente. De verdad. ¿Podemos resolver esto pacíficamente, sin violencia?

El Ego reflexionó por espacio de unos breves pero interminables segundos. Después de su meditación, se acercó a un estante, donde cogió una libreta, de la que arrancó una hoja. Le arrebató a José un bolígrafo colgado del bolsillo de su camisa y garabateó algo en el papel, que, cuándo finalizó, se lo entregó solemnemente.

—Es la única manera.

José leyó el documento:

«Yo, José, Fernández, me declaro culpable de daños y perjurios contra el Sr. Ego de Dña. Rodríguez, y, por ende, me comprometo a asumir la custodia de su hija, la Lágrima. La violación de éste contrato supondrá una indemnización de ocho mil euros por calumnias, además de tener que pagar una pensión de por vida a la Sra. Rodríguez y a Lágrima».

—¿Que yo he de hacerme cargo de la Lágrima? ¡Pero esto es excesivo! —protestó José, más blanco que el papel.

—En absoluto —opinó el Ego—. Que usted asuma la custodia de la Lágrima es una forma de asumir y redimirse de su culpa, expiará sus faltas, y mi honor quedará rehecho. Eso, o duelo. Y no es por nada, pero no le recomiendo iniciar una batalla contra un Ego.

José miró a Antonia, con expresión bovina. Ésta se encogió de hombros.

—Lo que siembras, recoges.

—A juzgar por su silencio, veo que está usted de acuerdo con el contrato. Una firma, por favor —dijo suavemente el Ego.

José firmó, temblando el bolígrafo violentamente sobre el papel, que entregó manchado de su sudor al Ego.

Éste, después de ojearlo, lo dobló cuidadosamente en cuatro partes y se lo dio a Antonia, a quien tomó como testigo del contrato.

—Bien, José. Encantado de solucionar nuestras diferencias de esta forma tan agradable y civilizada. Le dejo con su hija., y por su bien espero que no le falte de nada. Estamos en contacto. Vamos —le ordenó a Antonia.

Y ambos desaparecieron, perdiéndose en un atardecer rojizo, bajo el arrullo del mar, dejando a José Fernández con la Lágrima colgada de su cuello.

 

 

imagen separador relatos La lágrima de Antonia Rodríguez

 

Carmen Herranz Berzosa. Es Licenciada en Periodismo y cuenta con experiencia en medios como redactora en la sección cultural. Aficionada al cine y a la literatura ha escrito en torno a las mismas así como numerosos relatos. Vive en Granada (España).

Contactar con la autora: karmen_herber [at] hotmail.com

  Ilustración relato: Pintura por Fernando Villena © (Ver muestra en Almiar de este autor)

 

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Revista Almiarn.º 71 / noviembre-diciembre de 2013
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