relato por

 Fernando Cañadas Mora

 

 

¡Unidad acorazada número 13! ¿Me recibe alguien?

El Robot de combate permanecía oculto en la espesura vegetal que cubría el portal del edificio, en ruinas y abandonado al igual que toda la manzana, tras el coche enraizado de maleza y las cortinas de plantas verdosas que caían de los balcones. Aferraba el cuchillo, pues el fusil de asalto lo había extraviado en la emboscada. Sus sensores registraban exactamente dónde permanecía tirado en el suelo, pero aún era demasiado pronto para recogerlo, recibía datos confusos y debía valorar la situación antes de tomar cualquier decisión.

Al apartar las raíces con sigilo, escuchó la explosión de otro carro de combate. Pronto atisbaba la columna de humo tras las colosales plantas que coronaban los edificios de enfrente, y también la bandada espantada de aves alienígenas anidadas en los tallos. Muchos años atrás extinguieron a las autóctonas, asimismo cualquier ser humano o animal que encontraran al paso, ya que las repelentes criaturas voladoras, semejantes a descomunales sanguijuelas con patas, plumas y alas de considerable tamaño, mostraron un apetito voraz por cualquier forma de vida terrestre.

—¡Aquí número 13! ¿Hay alguien? —volvía a repetir.

—Juan, me han alcanzado, necesito ayuda…

—María, dame tu posición —contestaba, cuando las interferencias interrumpieron la emisión.

—El vehículo tiene muchos daños y la baliza no funciona. ¡Dios mío, me persiguen y cada vez están más cerca! —gritaba, cortándose la comunicación.

Juan se levantaba la visera del casco conectado al sistema nervioso del Robot de Infantería, Camaleón. Sentado en las entrañas de la máquina, accedía a los controles manuales al desaparecer los holográficos y presionaba el botón de emergencia. Las planchas metálicas del habitáculo se desacoplaron sucesivamente hasta abrirse el omoplato acorazado y articulándose la silla con el cuadro instrumental y monitores, le dejaba al descubierto, mientras el exoesqueleto se agachaba y apoyaba una rodilla en la acera verdosa. Juan saltó.

Abriendo un compartimiento del cinturón del Robot, cogía una bengala. Se asomó con cautela para ver que la calle estuviera despejada, pero al respirar el aire fresco y sentir el leve escozor de ojos por la luminosidad del día, se daba cuenta del tiempo que llevaba encerrado en la máquina de guerra. Por un instante, permaneció embelesado en las plantas trepadoras y vegetación extraterrestre que cubrían todo, y las gigantescas mariposas de colores infinitos revoloteando alrededor de enormes flores. Entonces alzó el tubo y al tirar de la anilla el cohete salía disparado al cielo, sin embargo cuando éste caía brillante, un ruido característico le hizo estremecer y subir apresuradamente la espalda del infante robotizado para tomar asiento.

—¡Perros de caza! —exclamó, a la par que la coraza con el número 13 se cerraba y el Robot erguía—. Sin duda, del Nido que custodia nuestro objetivo —susurraba—. ¿Qué esperabas, has tenido que desactivar el camuflaje para poder salir, y descubierto tu posición?

Pronto la calle fue tomada por criaturas de morfología arácnida, adelantadas a otra de mayor tamaño que las dirigía desde la retaguardia.

—¡Malditos bichos! Lanzó rapidísimos puñetazos y el acero de los nudillos impactaba de lleno en las primeras criaturas que mostrando las fauces se abalanzaron sobre él, estrellándolas reventadas contra la pared o suelo. Seguidamente esquivaba los ataques de las siguientes a la par que su cuchillo seccionaba los abultados abdómenes de tonalidades rojizas. Realizaba quiebros y piruetas imposibles en poco espacio, evadiendo la fina tela lanzada por los arácnidos en cada salto, porque podían cercarle si dejaba de moverse. Al aproximarse el Arácnido Soldado, todos los bichos yacían alrededor en un charco de fluidos pringosos.

—Aquí Juan. ¿Me recibes?

Aquel era un adversario temible. Su fuerza sobrenatural y coraza orgánica resultaban extraordinarias, y sin su arma de fuego tenía pocas posibilidades de sobrevivir al enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

—Me he refugiado en el hueco de los contenedores soterrados…

—¿Viste la bengala, me podrías orientar? —comunicaba. Echó mano al poso mohoso de la puerta del portal número 7, pero en el amago de abrirla para salir huyendo al interior, un sentimiento de rabia cruzó su mente, disipando cualquier miedo. Lo lógico hubiera sido escapar, pero estaba en su barrio, sí, el mismo dónde vivieron sus padres y tantas veces fue de visita, y ahora por circunstancias de la misión militar estaba allí. No quería huir. Sentía la necesidad de honrar a los fantasmas del pasado, aunque le costara la vida.

—Estoy cerca de la Fuente de las Escaleras —escuchaba por el audio, cuando corría hacia la corpulenta criatura de punzante coraza.

El Robot a la carrera daba un pequeño salto y girando lanzaba una patada. Su talón metálico solo encontraba aire. Al apoyar el pie, un golpe lo barría, y perdido el equilibrio pudo ver cómo el Arácnido Soldado le asestaba un fortísimo contragolpe que lo lanzaba contra un ventanal del edificio de enfrente.

—¡Maldito bicho! —exclamaba bocabajo, empotrado en el servicio del pequeño bar, junto a escombros y restos de la barra destrozada. Por un breve instante recordó a la gentil dueña y los cafés que se tomaba, cinco años atrás.

El Arácnido súbitamente apareció delante de él y lo levantó sobre sí para estrellarlo contra la pared. Demolida, el Robot aparecía en local contiguo y se golpeaba contra el suelo de parquet de madera. Puesto en pie, aferraba una barra metálica en cada mano. Sí, aquel gimnasio de barrio también lo conocía. En su día estuvo apuntado, aunque lo cierto es que al cabo del mes iba pocos días a entrenar, cuando libraba y no coincidía con su mujer. Los espejos de las paredes, máquinas y pesas tiradas por el suelo, incluso la recepción con la expendedora de alimentos o bebidas, o la vitrina aún con productos energéticos, permanecían parcialmente cubiertos de la flora alienígena, delatando la rapidez del abandono del lugar cuando la nube de Esporas muy tóxicas llegó al Municipio de Fuenlabrada.

—Análisis de daños —ordenaba. Juan por medio del visor del casco veía con los ojos del Robot, cómo si él mismo estuviera allí de pie frente a su oponente humanoide. El chequeo de la figura robótica validaba todos los sistemas operativos, a excepción del escudo electromagnético que protegía a la máquina. En realidad los golpes no habían tocado de forma directa su armadura, se amortiguaron en el flujo que circulaba sobre ésta cómo una segunda piel. Sin embargo la dureza de los impactos repercutió en el Generador, al límite de su capacidad.

El Robot de nuevo tomaba la iniciativa en el combate. Amagando con una barra, lanzaba la otra contra el pequeño cráneo de pronunciada mandíbula y múltiples ojos oscuros, poblado de grandes púas cristalinas que caían por la espalda. Sin embargo, el metal se doblaba en el antebrazo interpuesto. A velocidad sobrenatural, el Arácnido alzaba la otra extremidad y su coraza orgánica también retorcía la barra a un palmo de su cabeza.

—¿Juan, sigues ahí? —preguntaba María, con tono angustiado.

—¡Dios! —gritaba Juan, observando el brazo del Robot seccionado de cuajo a la altura del hombro y tirado en el suelo, y cómo el Soldado relamía las garras botadas de sus dedos huesudos. ¡Los sensores ni siquiera han captado el movimiento de ataque!

El Robot soltaba la barra retorcida y extendía la mano hacia el alienígena. Éste se acercó despacio hasta situar su horrible rostro ante la palma de la mano que acumulaba energía en una esfera luminosa.

—Vamos, amigo, todo a una baza —exclamaba Juan, sorprendido por la actitud desafiante. ¡Derivando el Flujo del Generador!

La esfera de choque deformaba el tiempo y espacio alrededor, distorsionando la imagen. Al súbito impulso, sucedía un fortísimo estruendo, y el humanoide Arácnido aguantaba la posición mientras el edificio se desintegraba tras de sí. La honda lo empujaba lentamente a medida que las punzantes hombreras se despedazaban; de repente, salió disparado con los escombros, justo al desaparecer la energía y quedar los dedos del Robot al rojo vivo y humeantes.

—Protocolo de emergencia —solicitaba—. ¡Genial, no tengo escudo! ¿María, me recibes?

—Juan, no se van. Están hambrientos y no me atrevo a salir del vehículo. Puede que hayan llamado la atención de los Convertidos.

—No te muevas, voy enseguida —afirmaba, cuando alrededor caían cascotes y pedazos del edificio en pie, entretanto el resto de la manzana convertida en escombrera se amontonaba al fondo de la explanada arrasada por la Honda de Choque.

Hubo una explosión que lanzaba por los aires los restos de los edificios demolidos y de la polvareda surgía el Arácnido Soldado, caminando hacia él.

Entonces, sin vacilar, el Robot corrió al portal número 7. Debido a su estatura, subía agachado las estrechas escaleras sin hueco del ascensor. Al pasar la primera planta encontraba la puerta del único piso tirada y su fugaz mirada captaba la imagen del recibidor tomado por la vegetación. Había un mueble con figuras mohosas, bajo el cuadro cuyo marco de madera estaba podrido y el lienzo enraizado a la lámpara colgante. Prosiguió al captar los sonidos cercanos de las gigantescas arañas extraterrestres. Sus dedos metálicos atravesaron la puerta entreabierta del segundo piso, arrancándola de cuajo se dio la media vuelta y empujó a los arácnidos que le pisaban los talones, amontonándolos en el rellano de las escaleras. De grandes zancadas alcanzaba el último piso… tan familiar… Sin darse cuenta perdía los preciados segundos aventajados al parar en el sitio y contemplar el recibidor de la casa de sus padres, años antes que se estrellaran los meteoritos en el Mar Cantábrico y contaminaran todo el planeta Tierra. Localizó en el techo el tragaluz por el cual antaño accedía a la buhardilla y tejado de uralita, cuando la antena de la comunidad daba problemas. Propinando un salto atravesaba la techumbre y caía sobre las plantas trepadoras, próximo al nido de una pareja de «sanguijuelas» con las alas extendidas que después de mostrar las fauces alzaron el vuelo para dejar al descubierto el lecho de esqueletos humanos.

El Robot echó mano de la cartuchera y cogió una granada de Implosión Solar. Tras quitar la anilla con la boca, la tiraba al hueco que había dejado en el tejado.

—¡Tres…! —contaba Juan, mientras el Robot flexionaba las piernas hasta apoyar su única mano en el verdor—. ¡Dos…! —saltaba con todas sus fuerzas y alcanzaba mucha altura, a la par que el estallido generaba una pequeña estrella incandescente. Cuando llegó al punto más alto del impulso, giraba sobre sí con las piernas juntas y el brazo pegado al cuerpo—. ¡Uno…! —por un breve instante permaneció suspendido en el aire, a un palmo de las turbulencias caloríficas, observando tanto a la materia y el Arácnido Soldado que había saltado tras él con las garras extendidas, como las demás criaturas, deshaciéndose rápidamente—. ¡Cero…! Y la radiación desapareció.

Al momento, el Robot caía de pie dentro del cráter de lava solidificada.

—¡Juan, están aquí! ¡Los escucho encima! —gritaba María.

El Robot levantó una pierna. Abriéndose la coraza del gemelo, se articularon ruedas en línea sobre la planta del pie. A continuación alzaba la otra pierna sucediendo lo mismo, e impulsado por la fuerza motriz saltaba en  mitad de la calle. Patinó a toda velocidad el asfalto para tomar la siguiente a la izquierda, tras pasar una paralela, salía a la avenida de las Naciones. Doblaba la esquina rozando el suelo con la mano y cogía su fúsil extraviado. Se acercó disparando al aire para ahuyentar al nutrido grupo de Convertidos que golpeaban con sus lanzas o hachas de piedras al carro de combate atorado en los contenedores soterrados, mientras otra multitud devoraba a las fieras alienígenas que habían cazado cuando merodeaban al carro blindado.

—¡Malditos! —gritaba, parado en el sitio y con el arma alzada contra los Convertidos, mientras la lluvia de flechas rebotaban contra el campo fuerza que le envolvía.

—Juan, por favor, no dispares —comunicaba María. ¡Son humanos cómo nosotros!

—¿Humanos? Solo veo bestias.

—¿Recuerdas cómo durante cuarenta días con cuarenta noches llovieron esporas, y tuviste la fortuna de encontrar resguardo y alimento hasta que cesó? Gran parte de humanidad no tuvo la misma suerte y fue infectada. Las semillas alienígenas se alimentaron de sus cuerpos, germinando vegetación que afectó el sistema nervioso y neuronal, aunque los más prestigiosos científicos coinciden en que algunos conservan una ínfima parte de recuerdos humanos.

—No está demostrado —replicaba—. Y bien sabes que si salieras ahora mismo, te comerían viva.

—¿Y si uno de ellos fuera tú mujer, o tú hijo? —el Robot bajó el arma, a la vez que se quedaba en cuclillas. Juan observó al Convertido femenino que con su hacha de piedra golpeaba ferozmente el escudo de energía que protegía la cara robótica, mientras los demás subidos encima o rodeándole también atacaban por todas partes.

—Fui un cobarde —contestaba. El Robot extendió la mano intentando acariciar el rostro del Convertido, pero éste retrocedió mostrando los dientes, al mismo tiempo que alzaba su arma primitiva en actitud amenazadora. Aquel día, cuando la tormenta oscureció el cielo, estaba de visita en casa de mi madre con el niño, pues mi esposa trabajaba. Había bajado a comprar pan, en uno de los chinos del barrio —proseguía—. Al escuchar los gritos en la calle, desde el umbral de la tienda de alimentación pude observar cómo la lluvia de esporas infectaba a los transeúntes. Entró la mujer asiática con el niño en brazos, gritaba, mientras las raíces se extendían por todas las venas del cuerpo. A los pocos segundos sustituía el vello y cuero cabelludo por brotes vegetales, y cuando sus ojos se velaron, soltó al bebé convertido en maleza alienígena. Entonces se despojó de sus ropas, mostrando la nueva naturaleza de su desnudez y atacó al estupefacto marido, que tras recibir mordiscos en el cuello, ensangrentado, la golpeaba con una barra metálica cogida del mostrador. Huyó de la tienda perseguido por su familia y me quedé solo, aterrorizado. Cerré la puerta y la atranqué utilizando la barra.

—Lo siento mucho —interrumpía María.

—¡No lo sientas! ¡Fui un cobarde! Me olvidé de los seres queridos. Fue el hambre lo que me hizo salir, después de consumir todas las existencias de la tienda, y encontrar la gigantesca fauna y flora extraterrestre en cada palmo de tierra. El Robot se puso en pie, sacudiendo a los Convertidos que llevaba encima. Se dirigió hacia el miembro más corpulento de la tribu, y golpeándole, le lanzaba a la frondosa jungla verde que ocupaba el parque y jardines cercanos. Al momento, los demás miembros corrían despavoridos a la espesura.

—Juan, el radar alerta de la proximidad de Soldados Arácnidos. No tenemos mucho tiempo antes que lleguen.

—Tienes razón —contestaba. El Robot agarró el cañón del carro blindado, tirando con todo el peso del cuerpo y ayudado por la poca tracción oruga del vehículo, conseguía sacarlo del hueco.

—No funcionan los mandos, tendrás que hacerlo de forma manual —exclamaba María, asomada por la escotilla abierta de la torreta. A continuación salía y de pie junto a la ametralladora ligera, se quitaba el casco agitándose los cabellos al aire.

El Robot echó mano de una conexión corporal y extendiendo el cable lo conectaba al tanque. Se articulaba la ametralladora pesada, el cañón principal y el secundario para dejar al descubierto ambas recámaras, entonces el Infante Robotizado cogía un proyectil con cabeza nuclear de la cartuchera y lo introducía en la primera, seguidamente de otro recipiente aferraba munición termonuclear para el ánima de menor calibre.

—¡Dios mío! ¿Qué haces? —el Robot con su única mano sujetó a la mujer del torso, mientras doblaba la rodilla en el suelo y expulsaba del cuerpo la silla del piloto.

—A raíz de caer los Meteoritos, la faz de la tierra cambió en apenas un año, y también todos los seres vivos que lo habitan —gritaba Juan, con la visera del casco levantada, al mismo tiempo que programaba el ordenador balístico, y los cañones volvían a su ser—. Las colosales rocas hundieron sus raíces en el lecho marino y brotaron hacia la superficie las gigantescas plantas polinizadoras con formas de chimeneas, que, como bien sabes, durante cuarenta días y noches expulsaron esporas. Otras rocas transportaban organismos alienígenos que revivieron al contacto con los océanos, y poblaron la exuberante fauna del archipiélago extraterrestre.

—¡Loco! ¡Cobarde! Matarás a muchos humanos inocentes.

—¿Humanos? La vegetación los ha consumido, al igual que a mi mujer e hijo, como a cada palmo de nuestra tierra.

—Los científicos pronto darán con una vacuna.

—Pero María… —reía, y por un momento apartaba la vista de los monitores—. Somos lo poco que queda de la OTAN, y la emboscada de los malditos insectos a nuestra Base. Móvil. Porta. Carros, nos han diezmado. Hace tiempo que hemos perdido todo contacto con los demás ejércitos internacionales. Retazos de la humanidad no Convertida, frente a la nueva Raza dominante ¡Estoy harto de vivir así! —exclamó, al mirar de nuevo el cuadro instrumental—. ¿Y los científicos? ¿Recuerdas cómo el médico se infectó en una incursión en el Parque del Retiro, y él mismo se voló la tapa de los sesos aquel mismo día?

El carro de combate efectuaba un primer disparo. Alzaba los cañones hasta quedar verticales, y disparaba el segundo proyectil.

Juan pausadamente se quitó el casco, y con las manos alborotó el cabello. Después desabrochaba los cinturones de seguridad al asiento, y desconectaba las conexiones implantadas en las sienes, al Robot de Infantería, Camaleón. Saltó al suelo, y caminó hasta situarse junto a la mujer que le maldecía a viva voz, luchaba por liberarse de los enormes dedos metálicos que la presionaban, mientras los brillantes proyectiles describían parábolas en el cielo hacia los respectivos objetivos, uno de ellos, la Planta «Chimenea» que infectaba la zona sur de Madrid y sembraba de vida espacial.

—María… —Juan apretó un pulsador en la muñeca del Robot, que abrió los dedos, liberando a la mujer.

—¡Cerdo! —contestó con una sonora bofetada—. ¡No quiero morir! —volvía a golpear su cara repetidas veces, manchándose las manos de sangre de la nariz—. ¡Yo no he perdido la esperanza! ¡Mi familia también está ahí fuera!

—María… tu familia… —mascullaba, protegiéndose la cara—, los encontraron…

—¿Qué dices? —detuvo la mano en el aire, y sus ojos se colmaron de felicidad.

—¿Te acuerdas cuando coincidimos con la unidad Aerotransportada Francesa, en la única pista libre de vegetación del aeropuerto de Barajas? Un francotirador gabacho a cambio de invitarle a café, me pasó información de todos los civiles humanos encontrados en sus diferentes misiones.

—¿Están vivos? —preguntaba, agarrando la pechera del uniforme.

—María, encontraron a tu marido e hijos dentro de un Nido de Arácnidos que protegía la gigantesca Flor «Chimenea» en la isla de Lanzarote.

—Pero…

—Me dijo que la muerte por veneno fue instantánea, antes que las criaturas extraterrestres los envolvieran en capullos de seda.

—¡No puede ser! ¡No!

—Tuvieron la suerte de buena parte de la humanidad, al comienzo de la invasión.

—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora?

—Yo… no quería verte sufrir…

María soltó la pechera del uniforme y dio varios pasos atrás moviendo la cabeza a los lados, murmurando, con los ojos inundados de lágrimas que bajaban por sus mejillas. Entonces, al alzar la mirada, encontraba a Juan girado hacia las centenas de colosales arañas de abultados abdomen con tonalidades rojizas, adelantadas a los Soldados Arácnidos y Consortes o guardia personal de la Reina del Nido, bestias aún más temidas que las anteriores por su constitución y corazas orgánicas. Y por primera vez también vio temblar a su compañero, encogido en el sitio…

—¡Soldado! —gritaba  María,  pero  Juan  no  la escuchaba—. ¡Soldado! —volvía a gritar, esta vez alto y claro.

Juan se volvió para encontrarla realizando el saludo militar, y al mirarla a los ojos, desapareció el miedo. A medida que se erguía sacando pecho, alzaba la mano hasta situarla a la altura de la frente y devolver el saludo.

—¡Soldado! —gritaba Juan—. ¡Ha sido un honor compartir estos años contigo! —a continuación bajaba la mano, y la abrazaba, fuerte, muy fuerte.

Los proyectiles impactaban y la luz cegaba a María. Entonces, por un instante, los recuerdos cruzaron su mente a velocidades vertiginosas, para darse cuenta que siempre había estado cerca de ella, desde que el convoy militar les recogió el mismo día.

 

 

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Contactar con el autor: correcaminosfer[at]hotmail.es

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 66 / noviembre-diciembre de 2012MARGEN CERO™
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