relato por
Belén Montero Giménez

 

A

brí los ojos ilusionada con el olor de un perfume antropoide que parecía ser el de la enfermera.

Cuando lo pude tener por primera vez entre mis brazos sólo quería apretarlo fuerte para que no se escapase, era mío, era mi pequeño. Al sentir sus manitas agitadas en el aire como intentando alcanzar mi cara, mis ojos brillaban como brillan los ojos de cualquier pirata que encuentra un tesoro de oros bizantinos. Sus ojos penetrantes eran tan azules que se asemejaban a un cielo esmaltado, su piel era suave y las curvas de sus labios eran prácticamente perfectas. Tenía tanto sueño que sus pestañas incoloras chocaban en un incesante parpadeo.

Era un día de lluvia de esos que sólo puede haber en un otoño untuoso; odiaba aquellos días, al abrir la ventana apreté a mi pequeño contra el pecho y pude percibir un olor marronoso. Aquel olor me trajo muchos recuerdos a la mente, de cuando era pequeña y me calzaba mis botas rojas de plástico y me lanzaba a saltar charcos. Más tarde, mi abuela aparecía en el jardín con sus zapatillas azules sorteando los charcos y con una bandeja de flores pintada a mano. La bandeja siempre estaba por encima de mi cabeza, pero podía percibir el olor de aquel chocolate caliente que mi abuela preparaba con tanto empeño. Reposaba la bandeja en un banco de piedra del jardín, y a continuación, cada uno cogía su taza. En la bandeja había una cajita de cristal, con pequeños dibujos que se entrelazaban unos con otros y parecía que jugaban alrededor de la caja. Mi abuela solía decir que aquella cajita era mágica, y sí que lo era, porque desde fuera podíamos ver cómo un montón de pedazos de chocolate se agolpaban dentro. Los había de todas las formas, pero siempre preferíamos coger los más grandes. Entonces, mi abuela, cuando nos habíamos comido los trozos que ella consideraba pertinentes para que no tuviésemos una indigestión, cerraba la cajita mágica y nos decía: ¡A volar! En ese momento, como si de una estampida se tratase, salíamos todos corriendo por el jardín. El escondite, el pilla pilla, el corro de la patata eran los juegos que reinaban en el jardín. Jugábamos toda la tarde, y sólo se interrumpía el juego si alguno se caía y se hacía alguna herida. Entonces, todos acudíamos a socorrerle y nos daba para otro juego, los médicos. Unos agarraban al paciente por las piernas y las manos y simulaban el ruido de la ambulancia, mientras que mi prima y yo esperábamos en el banco de piedra a que llegase el herido. Aquello me situaba otra vez en aquella habitación de hospital, pero esta vez el juego era diferente, yo era la paciente y había traído al mundo a un bebé.

Mientras que rodeo a mi bebé con la toquilla azul bordada a mano por mi madre, recuerdo aquella cajita de cristal. Miro por la ventana y veo unos niños jugando en la entrada del hospital, hacen corros y dan vueltas como si de una noria se tratase. Las enfermeras se sientan en las escaleras, y se encienden un cigarrillo mientras charlan animadamente. Una abuelita con un bastón dorado lleva un ramo de margaritas blancas preciosas, envuelto en un papel de seda rosa. Levanto la cabeza y veo cómo las nubes forman unos dibujos en el cielo que no logro descifrar. Y vuelvo a fijar la vista en mi pequeño. Aquel mundo que le daba la bienvenida me invitaba a pensar en las cosas que le quedan por descubrir. La entrada en el colegio, los enfados, las risas con los amigos, las primeras lágrimas del desamor, los suspensos, las alegrías, el fracaso. Mil y un verbos rondan por mi cabeza cuando pienso en mi pequeño. Aturdida me tumbo en la cama, después de dejar a mi bebé en la cuna, y miro al techo.

De repente, la puerta se abre, y aparecen un montón de caras conocidas: mamá, la prima Lola, mi marido y el tío Fernando. En unos minutos, mi cuarto se llena de flores de todo tipo que desprenden un aroma que se entremezcla con aquel olor insípido a hospital. En el altavoz anuncian una urgencia en cardiología. No me puedo imaginar el sufrimiento que puede estar viviendo esa persona, a caballo entre la vida y la muerte. La antítesis de los hospitales, una persona nace y otra fallece en un mismo instante. Por un momento, dejo que mi mente vuele y como si fuese una novela imaginé la historia de aquella persona de urgencias. La prima Lola me interrumpe rápidamente, hablando sin parar de lo guapo que está el niño y de cómo se parece a mí. Mamá tiene al bebé en los brazos, y no deja de mirarlo. Aquello me hacia imaginar en cómo mamá me acunaría cuando yo era un bebé, dándome calor y haciéndome sentir que era el bebé más afortunado del mundo. El tío Fernando y mi marido charlan tranquilamente sobre fútbol, mientras que sueltan alguna que otra carcajada.

Al cabo de un rato me despierto. La habitación está vacía, desde mi cama puedo oír la profunda respiración de mi bebé, está dormido en su cunita. Mi marido descansa en el sillón blanco de la habitación, el periódico encima de su barriga. Miro a mi alrededor, y algo llama mi atención. En la mesilla hay un pequeño paquete envuelto con un papel de cuadros azules y amarillos. Lo miro de reojo, y no sé quién ha podido traerlo. Imagino que serán unos patucos, un chupete, o cualquier cosa para el bebé. Al lado veo un sobre con mi nombre, la caligrafía es sin duda la de mamá. Esas letras serpenteantes que parece que bailan en el papel. Abro el sobre y saco la carta escrita en papel maché, en letras grandes leo Querida Inés, y a continuación: Aún no te he hecho ningún regalo por el nacimiento de tu hijo, aunque supongo que ese regalo de la vida no puede equipararse a otro. Espero que sea la mitad de buen hijo que lo has sido tú. Te dejo este pequeño detalle, sé que a ella le hubiese encantado que la tuvieras. Con amor, tu mamá. Sin poder si quiera articular una palabra, sujeto la carta con las manos temblorosas, las lágrimas caen por mis mejillas y encuentran su fin en el precipicio de mi barbilla, llegando hasta el encaje de mi camisón. No podía moverme, ni imaginar qué sería aquello que mamá está a punto de regalarme y mucho menos que alguien quería que tuviese. Me apresuro a coger el paquete y a abrirlo, cuando de repente entra la enfermera. Con cara de pocos amigos, se acerca a mi cama y me trae una bandeja gris con la comida. Cuando me dispongo a ver qué había en la bandeja, el estómago se me hace un nudo pensando en qué sería aquel paquete. Así que decido postergar la hora de la cena un poco más. La enfermera cierra la puerta mientras que esboza una pequeña sonrisa. Y allí estábamos otra vez aquel misterioso paquete y yo, empiezo a desempaquetarlo lentamente, quito el papel de un lado y luego de otro. Una vez que el primer papel estaba fuera, aparece un papel de burbujas, repito la fase anterior otra vez. Y allí estaba mi regalo, sin duda el mejor del mundo, elegido perfectamente para mí. Era la pequeña cajita de cristal de mi abuela, la abro y la cierro unas cuantas veces intentando imaginar aquellos pedazos de chocolate, aquellas tardes en casa de mi abuela cuando la única preocupación era el juego y la diversión. Deposito mi cajita de cristal en la mesilla y cojo al bebé despacio para no despertarle. Hace pequeños ruidos con la boca, mientras que le canto una pequeña nana. Lo mantengo en mis brazos cuidadosa y delicadamente, y pienso en la suerte que tengo de poder ser mamá. Mi vida ahora tiene una razón más para seguir, mi corazón para querer, mis manos para acariciar y mi alma para sentir.

Allí en mi cama del hospital, con mi bebé en mis brazos, miro la cajita mágica de cristal. Y se me viene un pensamiento a la cabeza, ojalá pudiera meter a mi bebé en aquella cajita de cristal y que desde dentro pudiese ver el mundo sin sufrir, sin llorar, sin tener miedo a nada. Encerrarlo en la cajita y que desde allí encontrase la llave para ser feliz. Cierro los ojos, y pienso en aquello, en el fondo eso no es vivir, tendré que dejar que se tropiece una y otra vez para que así pueda aprender a levantarse. Aprieto a mi bebé fuerte contra mi pecho y en silencio oigo su corazón: Serás feliz mi amor, te lo prometo.

 

margencero arabesco relato La cajita de cristal

 
BELÉN MONTERO GIMÉNEZ. Tiene 23 años y acaba de licenciarse en
Traducción e Interpretación en la Universidad Pontificia de Comillas.
Una de sus pasiones es escribir y lo hace en su blog
El mundo desde mi cajita:
(elmundodesdemicajita.blogspot.com/)

 
 
 Ilustración relato: Bombones – Pezón, By Tamorlan (Own work)
[CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)],
via Wikimedia Commons.

 

 
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