relato por
Carlos Aymí

 

 

Dolores y Ángel se conocieron en una discoteca, adonde los respectivos amigos les condujimos para arrancarles de la desolación de antiguas relaciones enquistadas. A ninguno de los dos les gustaba aquel hervidero de ruido e impostura, pero estaban dispuestos a reconocer que era un lugar útil para poder desfogar la libido.

La torpeza indiscutible que Ángel demostró en la pista de baile llamó la atención de Dolores, y cuando él decidió darse un respiro a base de una copa bien cargada, ella fue tras sus pasos. La estridente música calaba cada rincón de la discoteca, pero Ángel se hizo escuchar para pedir un vodka en la barra. Mucho más le costó comprender que aquella chica se le presentara y le sonriera. Se enteraron de sus nombres y de poco más. Enseguida desistieron de gritarse y Dolores, pidió un whisky para hacer un brindis por el feliz encuentro. Él fue entonces quien tuvo la ocurrencia al decir: «¡Por el silencio!». Y brindaron.

Para sellar aquel pacto en mitad de tanto enemigo bullicioso, se besaron un tanto incrédulos de que se acabaran de conocer. Sintieron cómo les recorría una comunión íntima que les transformaba en viejos compañeros, aunque sus pasos no se hubieran cruzado hasta ese momento. Se marcharon inmediatamente, sin avisarnos y bajo una conmoción por la que sentían la prescindibilidad de las palabras para comunicarse.

Tras escapar de la sofocante discoteca, cayeron en el bullicio de la zona de copas, pero anduvieron hasta que al fin hallaron la calma. El silencio de la noche se sumó a su silencio, y optaron por consagrare a él.

Su relación se consolidó con los meses como vienen a hacerlo casi todas, a base de guiños, de complicidades y de ternura, pero resultaba evidente de cara a los demás que no eran como el resto, ya que entre ellos reinaba siempre el silencio, siendo la palabra la moneda de cambio que usaban con amigos, familia y trabajo.

A menudo durante el primer año los amigos de ambos, ahora en el mismo grupo, nos maravillamos de ver situaciones, digamos que comunicativas —ir a un restaurante, elegir una película en el cine, solventar la decisión de un regalo…—, que venían a resolver sin dificultades a base de miradas y sonrisas llenas de mensajes encriptados para el resto, y que unas veces eran dignas de admirar, y otras no dejaban de desesperarnos. Y es que en ocasiones veníamos a sentir verdadera incomprensión por ellos, momento en el que les lanzábamos a la cara largos sermones sobre la necesidad de hablarse, pero no había forma de hacerles ver aquello, y aunque nos contestaran con paciencia, ellos siguieron felices, sin palabras y comunicándose a su manera.

Sin embargo al inicio de su segundo año aparecieron las primeras grietas de su relación en forma de monosílabos. También vinimos a darnos cuenta de que el brillo de sus miradas cuando se cruzaban, se redujo, y en definitiva, notamos cómo el halo mágico que parecía envolverles cuando estaban juntos se había roto hasta convertirles en una pareja… normal. Debo confesar que sentimos alivio y cierta alegría, y es que la amistad no es incompatible de la envidia.

Para el inicio del verano ya se echaban reproches sin tapujos en forma de frases hechas y clichés del tipo: «siempre igual»; «haz lo que quieras»; o, «todos los hombres/mujeres sois iguales», que a los que conocíamos su relación nos dejaba, sinceramente, sin palabras.

Finalmente terminaron por cruzarse elaborados y razonables discursos que acabaron con la relación. Días antes de la ruptura cualquiera que no les hubiera conocido anteriormente, pensaría que daba gusto oírles hablar, de tan bien que se decían las cosas, aunque fuera en forma de discusiones por cualquier tema.

A día de hoy Dolores y Ángel se hablan cuando se cruzan, y debo decir que me angustia pensar que no lo hagan pues a causa de las vueltas que da todo, ahora estoy saliendo con ella, aunque bien sé que no es feliz, puesto que por mucho que haga o que incluso nos digamos, sé que Dolores vuelve su recuerdo incansablemente a ese tiempo que pasó con Ángel, en el que les sobraban las conversaciones, en el que una mirada era la elocuencia, en el que el silencio fue el sentido de un amor que se consumió por la palabra.

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Carlos Aymí

Carlos Aymí. Licenciado en Filosofía por la UCM 2001-2005. Máster de Comunicación escrita y creativa (IVCH). Perteneció al club madrileño de escritura el Club de la Serpiente. Ha publicado relatos en las revistas literarias Narrativas (números 24 y 25), Almiar (número 63) y en Entropía (número 7, aún por publicar). La mayor parte de sus escritos y reflexiones se pueden seguir en su blog Pandemonium.

 

 Ilustración del relato: Discotheque in Berlin,
foto By Julica da Costa [public domain]; vía Wikimedia Commons.

Lee otro relato de este autor (en Almiar): El mar de los otros

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Revista Almiarn.º 66 / noviembre-diciembre 2012MARGEN CERO™

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