artículo por
Ireneu Castillo

 

Hacker, mouse, celebrity, marketing, mail… el castellano, en los últimos años, conforme que el tiempo y las tecnologías han ido avanzando a una velocidad mucho más rápida que el idioma, ha ido añadiendo todo un compendio de nuevos términos préstamo del inglés que, la mayoría de veces no tienen traducción directa. Aunque es un proceso que ha pasado en todas las lenguas y todos los tiempos esto ha dolido (y duele) a los puristas por lo que, desde los estamentos oficiales, se intenta imponer el uso de versiones más o menos artificiosas, las cuales, la mayoría de veces no tienen ningún éxito. Sin embargo, el problema se agrava cuando el préstamo se refiere a productos o marcas comerciales registradas, por lo que el uso de algunas palabras está estrictamente prohibido so pena de meterse en camisa de once varas. Tal fue el caso del champán, que se tuvo que cambiar por «cava» por los productores catalanes, o el coñac, que tuvo que utilizar el nombre de «brandy» por los bodegueros jerezanos… aunque, todo sea el decirlo, éste último no fue el elegido oficialmente, porque el que se escogió fue, simplemente, el despiporre.

La industria del coñac, en Andalucía, no es una cosa de nueva creación. Durante los últimos doscientos o trescientos años, los productores vinícolas del sur de España tradicionalmente han destilado licores espirituosos de alta graduación procedentes de la cría en barricas de los vinos producidos en la tierra, obteniendo un producto muy similar al que los franceses de la población de Cognac (en la región viticultora de Poitou-Charentes) pusieron de moda internacionalmente y que es con el que han hecho fortuna en medio mundo.

Sin embargo, el producto andaluz no desmerecía el francés, por lo que durante el siglo XIX se empezó a exportar a Holanda e Inglaterra, sobre todo de mano de bodegueros ingleses que, atraídos por el vino de Jerez, intentaban hacer negocio con sus productos derivados —el coñac elaborado con vino de Jerez, era uno de ellos— más allá de las fronteras españolas.

El coñac jerezano, pese a su calidad, recibía el genérico nombre de «brandy», nombre con el que era apodado por los ingleses y que procedía de la palabra holandesa brandewijn (‘vino quemado’). A finales del siglo XIX, Domecq, Osborne y otros bodegueros comienzan la producción, embotellado y comercialización desde España del excepcional «brandy de Jerez»… solo que el personal se había acostumbrado a llamarlo «coñac» y no había forma de dejar atrás el sambenito del producto francés, a pesar de ser un producto con personalidad propia.

En la primera mitad del siglo XX, en tanto que las exportaciones y las ventas aumentaban, los responsables del Consejo Regulador del Jerez decidieron que ya estaba bien de que el producto tuviera un nombre que no usaba nadie (brandy) y que fuera conocido por un nombre que no podían utilizar (coñac). Querían encontrar un nombre que, a imagen de los productores catalanes de champán, que habían conseguido hacer fortuna con su «cava», también les denominara por sí solo a su licor. En 1950, decidieron convocar un concurso público para dar, por fin, con tan ansiado nombre.

El concurso fue un auténtico éxito de participación, con más de 30.000 nombres que se disputaban el suculento premio de 10.000 pesetas con que estaba gratificado el ganador. Sin embargo, aquí quedó todo el éxito obtenido, porque la galería de nombres aportados más bien parecía una de los horrores léxicos.

Nombres tan esperpénticos como Pepe, Ballena, Extremo derecha, Vinardiente, Banderillero, Pirosin o Cherquemado, se mezclaban sin solución de continuidad con otros histriónicamente impronunciables como Coñajer, Joñac, Jerezsolvín, Astiñac, Ceretñac, Jernac, Xeriñac, Jercó, Brandixer, Jerlicor, Xibrany, Jerendy, Jerein, Brendano, Jerezvid… en fin… una colección de nombres que rizaría los pelos al mismísimo Quevedo.

Sea como fuere que entre tal miríada de propuestas se tenía que escoger una —ya que una de las condiciones del concurso es que no quedara desierto— el jurado, entre los que se encontraba el escritor José María Pemán, el día 3 de julio de 1950 tuvo que emitir finalmente su fallo. Fallo que, todo sea el decirlo, y visto el revuelo formado después, fue un auténtico fallo: el nombre agraciado con el premio, que tenía que hacer olvidar «brandy» y que tenía que dejar a la altura del betún a «coñac» fue… Jeriñac. Bueno… finalmente fue «jerinac» porque los académicos aconsejaron al Consejo Regulador convertir la «ñ» en «n» porque en el extranjero no tenían esa letra. Todo un detalle.

La risotada colectiva al conocerse el veredicto fue de órdago. La noticia corrió como un reguero de pólvora, provocando el descojone de Dios y su padre y sacando chistes con el nombrecito de marras: «Por favor… un Jeriñac; sí, al fondo a la derecha», se decía. Evidentemente, la industria del brandy, tan escéptica como el resto de la población, vio enseguida que aquello tenía menos futuro que una tienda de jamones en La Meca, por lo que hizo mutis por el foro. Siempre hubo alguien que vio las posibilidades del nombre para pedir un «jeringazo»… aunque a la mayoría le pareciera una «jericoña».

Al final, los más contentos fueron las 6 personas que coincidieron con el nombrecito, las cuales se repartieron como buenos hermanos las 10.000 pesetas del premio. Por su parte, el «Jeriñac» cayó en el baúl del eterno olvido popular —que continuó llamándolo «coñac»— y desde los bodegueros se dio por bueno el nombre que ya se utilizaba, y que es el que se utiliza aún en la actualidad: «Brandy de Jerez», demostrando, como tantas otras veces, que por mucho que la oficialidad diga una cosa, el pueblo siempre acaba teniendo la última palabra.

Nunca mejor dicho.

 

 

greca artículo El jeriñac

 

Ireneu Castillo

Ireneu Castillo (Barcelona, 1968). Escritor desde su época de instituto, ha encontrado en el relato corto una forma de expresión personal a partir del cual explicar, de una forma divertida y amena, historias curiosas que mezclan las incongruencias de la sociedad, la crítica social y la divulgación histórica.
Estudiante «interruptus» de geología, geografía e historia y ciencias ambientales —carreras que los avatares de la vida se han obstinado en no dejarle acabar— es
 un comprometido defensor de la Cultura y el Patrimonio Histórico, participando en primera linea de la vida social y asociativa de L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona).
Articulista, blogger, historiador vocacional y «un hombre del Renacimiento del S. XXI» como lo describió un buen amigo, le encanta investigar y divulgar las historias raras y poco conocidas que nos rodean, colaborando periódicamente para diversas publicaciones y editoriales. Ha publicado dos libros, Relatos para una Mente Abierta (Paralelo Sur Ediciones, 2010) y La Cara B de la Historia (Editorial Ven y te lo cuento, 2014), y desde febrero de 2005 expone las curiosidades que llegan a sus neuronas en los artículos publicados en su blog personal,
Memento Mori! (http://ireneu.blogspot.com.es/).


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Ilustración artículo: Cognac served in a brandy snifter By Evan Swigart from Chicago, USA (Cognac) [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.

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