artículo por
Salomé Guadalupe Ingelmo

 

Ahora que nos disponemos a celebrar un año más el aniversario del nacimiento  de  Bram  Stoker  —el 8 de noviembre—, ve la luz uno de mis relatos pertenecientes al género de terror, en concreto uno inspirado en la vida del autor y en su novela Drácula, su obra más conocida y el libro de terror que más influencia ha ejercido de todos los tiempos. Sin duda, además, el que más veces se ha adaptado al cine y el que más ha inspirado a otros narradores y guionistas.

Es curioso porque este relato, Ius Sanguinis, que ahora aparece publicado en una antología Steampunk de la editorial Saco de Huesos, dentro de su colección Calabazas en el Trastero, tuvo un «hermano menor», God save the queen: capriccio steampunk, que fue publicado en la revista miNatura, en un monográfico también dedicado al género Steampunk,  hace  algún  tiempo  —número  116,  enero-febrero 2012, p. 40-41—.

Sucede que a veces los narradores sucumbimos a la fascinación que sobre nosotros ejercen determinados personajes, argumentos o situaciones, a los que volvemos en varias de nuestras obras, quizá aproximándonos desde ángulos distintos. Esta suerte de obsesiones probablemente sean más propias de los poetas, pero los prosistas no estamos totalmente exentos. Varios de mis relatos tienen por protagonista o personaje esencial a Cristo o a Judas, por ejemplo. Mary Shelley también está presente en varios de mis textos. En general he vuelto más de una vez a personalidades carismáticas, de gran temperamento y con vidas fascinantes aunque a menudo trágicas.

El caso de Stoker es particular porque aparece tanto en mi microficción como en mi prosa más extensa. Algo similar me ha sucedido con la figura de Poe, protagonista de alguno de mis micros pero también de alguno de mis relatos.

No es exactamente que de un micro un autor, a fuerza de escribir y engrosar el texto, acabe produciendo algo más largo. No debemos ver la microficción como un embrión porque desvirtuaríamos su verdadera naturaleza y la estaríamos infravalorando; sería una interpretación torpe y despectiva. El proceso creativo se revela bastante más complejo. El micro, si acaso, podría identificarse a veces —y solo a veces— con una semilla capaz de sembrar en ti nuevas inquietudes que exigen respuesta en otro texto más largo, pero otro texto distinto en cualquier caso. Es como si necesitases volver a escribir sobre un asunto, abordándolo desde otro prisma, porque sientes que aún no has dicho todo cuanto tenías que decir al respecto. Cada una de esas historias es y nace como algo independiente y con vida propia, aunque puedan compartir personajes, situaciones o incluso mensajes. De hecho resulta innegable que el núcleo argumental de God save the queen está también presente en Ius Sanguinis. Ambos, a todas luces, establecen una clara identificación entre los vampiros y la clase socialmente privilegiada: la que en plena Revolución Industrial vive y medra a costa de la clase obrera, los no convertidos o infectados por ese morbo que se prolongará en el tiempo hasta alcanzar nuestros días, explicando así una persistente y perniciosa desigualdad social cuyos amargos frutos masticamos aún hoy.

Ambos, God save the queen y Ius Sanguinis, se concibieron en parte como homenajes a El año de Drácula, de Kim Newman. Una ucronía que algunos consideran también dentro del género Steampunk. Si bien, a pesar de su estética victoriana, personalmente dudo de que en ella podamos encontrar los rasgos esenciales del género. En cualquier caso tanto Ius Sanguinis como God save the queen parten de premisas que mucho tienen que ver con dicha novela, por lo que quizá quienes la hayan leído se vean facilitados para adentrarse en estos textos míos. Igual que a su vez resultará, sin duda, difícil apreciar a fondo El año de Drácula si antes no se ha leído el propio Drácula de Stoker. En este sentido, considero también Ius Sanguinis como un justo homenaje al género, del que Drácula sigue siendo ejemplo cumbre. Recordemos que el brillante Oscar Wilde la definió como la mejor obra de terror de todos los tiempos, considerándola además «la novela más hermosa jamás escrita».

Son relatos, ambos, independientemente de su extensión, que también reflexionan intensamente sobre las responsabilidades sociales del escritor. Y en tanto tal, como muchos de mis textos, se pueden considerar, además, metaficción. No solo por eso sino también porque el protagonista de las historias es el propio Stoker, lo que nos permite asistir a su relación con otros escritores coetáneos, como Wilde, y atisbar en los círculos de la Golden Down, al calor de la cual, fascinados por lo esotérico, se reunieron tantos intelectuales. De hecho en Ius Sanguinis Stoker finalmente encuentra el valor de enfrentarse a Drácula, el sanguinario y cruel Vlad Tepes, que superando océanos de tiempo parece encontrarse como pez en el agua en la industrial era victoriana e incluso en una actualidad marcada por reformas laborales cada vez más del gusto del despótico vaivoda. Lógicamente, en otro nivel de lectura del texto, ese enfrentamiento entre el autor y su protagonista dice mucho sobre el complejo proceso creativo y sobre la dificultad que el escritor a menudo encuentra a la hora de separar con total claridad su obra de su vida. Las fronteras suelen ser muy permeables.

Como se observará, el relato se puede considerar también de género histórico. Ya que, a pesar de tratarse de narrativa fantástica, como siempre hago, he procurado mantenerme fiel a determinados detalles reales. Por ejemplo, referentes a fechas y sucesos concretos relacionados con la vida del autor y con los acontecimientos de su época, así como concernientes a aspectos aparentemente intrascendentes de la vida cotidiana victoriana: por ejemplo, en referencia a las latas de conservas comercializadas en el periodo, que tendrán una cierta importancia en mi historia. Quizá se pueda considerar deformación profesional, pero resulto casi obsesiva en el proceso de documentación previo o paralelo a la redacción de mis obras de narrativa. Soy muy escrupulosa. Se me puede aplicar la frase «se non è vero, è ben trovato”. Que un texto resulte creíble permite que el lector se sumerja más intensamente en él, y para ello se revela muy útil que lo que se le cuenta sea si no verídico, sí verosímil. Por eso una detallada documentación facilita mucho la relación entre autor y lector.

Tanto God save the queen como Ius Sanguinis entrañan una evidente crítica social. Entroncando mi relato con el argumento del vampirismo, era muy difícil no caer en la tentación de sacar punta a la polisemia del término «vampiro», o lo que es lo mismo de establecer la ecuación vampiro = explotador = aristócrata. En este sentido, ambos textos rinden homenaje a los orígenes del género y a los fundamentos del mismo. Recordemos que La máquina del tiempo, de H. G. Wells, padre de la ciencia ficción, aborda el problema de la lucha de clases: en concreto, de las consecuencias que ésta podría tener en el futuro de la humanidad. La máquina del tiempo proyecta, en una visión fantástica, los conflictos sociales de finales de la época victoriana hasta el año 802.701, al que viaja su protagonista. Así el viajero comprende que los Morlock, seres vagamente humanos que viven bajo tierra y se alimentan de la carne de los Eloi, representan la evolución de los trabajadores sometidos en el pasado a la clase privilegiada. Mientras los Eloi, que viven despreocupados haraganeando en la superficie, han de ser los descendientes de la clase acomodada. Quienes fueron brutalmente explotados, metafóricamente consumidos en el pasado, devoran en el futuro, esta vez de forma literal, a sus antiguos opresores. En conclusión, la deshumanización de la raza conduce a su definitiva destrucción.

Wells,  que  estudió  durante  un  curso  con  T. H. Huxley —biólogo evolutivo y abuelo de Aldous Huxley, autor de la distópica Un mundo feliz— en el Royal College of Science de Londres, participó en los movimientos socialistas londinenses a través de su asistencia a la Sociedad de Debate, a los debates abiertos de la Sociedad Fabiana y a los encuentros nocturnos en la Kelmscott House de William Morris. En una de esas reuniones de la Sociedad de Debate, en concreto del 15 de octubre de 1886, presentó un documento titulado Socialismo Democrático. Y es que Wells definía el socialismo como «una causa común de los hombres con el propósito de la felicidad mutua» —«Normal School of Science and Royal School of Mines Debating Society» 23—. Por eso el autor se reconocía abiertamente «a favor de un acuerdo social más equitativo, lo que implica un gran aumento en el nivel de vida de la mayoría y una pequeña disminución para las clases superiores» —«Normal School of Science and Royal School of Mines Debating Society 24» [1].

El Steampunk y la ciencia ficción en general nacen, por tanto, como género crítico e incluso agitador y revolucionario. Y lo hace en el momento en que las máquinas amenazan con suplantar al ser humano y la codicia pretende aniquilar los derechos más básicos del trabajador. Siempre he sostenido que la ciencia ficción es uno de los géneros que más se presta, que de hecho más se ha prestado en el pasado, a señalar y censurar las deficiencias e injusticias, ya sean de índole político, social o económico, de los sistemas en los que florece, probablemente porque escudándose tras el disfraz de la fantasía, sus autores se han sentido más libres que otros de opinar. A veces incluso de forma bastante virulenta. A ellos les debemos gratitud porque a menudo han dado claras voces de alarma ante lo que ellos interpretaban como un progresivo deterioro moral del individuo, un riesgo que amenazaba con conducir al desastre de la especie. Pienso, por ejemplo, en Philip K. Dick porque no pocas veces estos problemas entroncan con la ingerencia del sistema en la conciencia del individuo: a menudo de ahí deriva que el individuo no pueda estar seguro de mantener un absoluto control sobre su comportamiento y su mente; de que sus recuerdos sean totalmente suyos y no una forma de manipulación. Cierto es que probablemente esa obsesión de Dick tuvo que ver con sus propios trastornos mentales, pero de seguro entraña también, cuanto menos parcialmente, una profunda preocupación por el rumbo que iba tomando la sociedad contemporánea. Sí, sin duda los escritores de ciencia ficción se han planteado a menudo preguntas trascendentes. Como, por otro lado, también una buena parte de los autores de terror: imposible no recordar, llegados a este punto, la desgarradora reflexión sobre la naturaleza humana y su búsqueda de justificación a un Padre o Dios que permite el mal y el dolor presente el Frankenstein de Mary Shelley. Que, por cierto, tantos puntos tiene en común con la búsqueda que vertebra Blade Runner —adaptación cinematográfica de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?—. Las inquietudes del escritor son comunes al resto del género humano; lo único que nos diferencia es que los escritores tenemos la capacidad de verbalizarlas, con mayor o menos plasticidad, bajo cánones artísticos. Por eso, porque plantean dudas y temores que nos afectan a todos, el terror y la ciencia ficción suelen gozar de éxito entre el público. Subyace en ellos algo profundamente democrático que en absoluto ha de ser confundido con la ausencia de calidad. Afortunadamente ha habido y sigue habiendo grandes escritores de ciencia ficción y terror, excelentes profesionales. Personas, además, muy comprometidas con la literatura y con sus semejantes, con la sociedad en la que viven y que pretende mejorar.

Volviendo al texto que ahora ve la luz, hasta su título, Ius Sanguinis, encierra un claro mensaje relacionado con la justicia social. Ius Sanguinis (‘derecho de sangre’) es un término jurídico que alude al derecho de adquirir una nacionalidad por el mero hecho de la filiación, es decir de la consanguinidad. En mi relato, obviamente, lo que la sangre concede no es un gentilicio en un pasaporte sino determinados privilegios. Se denuncia, entre otras cosas, un inmovilismo social que, sorprendentemente, ahora descubrimos bastante más de moda de lo que creíamos; en absoluto relegado a la época victoriana u otros periodos precedentes. Como indicaba antes, a menudo el terror y la ciencia ficción inventan mucho menos de lo que parece. A veces se limitan a recrear mediante figuras y alegorías. Basta abrir los periódicos para confirmarlo. Un escritor de estos géneros no siempre prosee una desbordante imaginación: en efecto la realidad supera la ficción. Cómo competir con quienes gobiernan nuestros destinos. Es la realidad, y no los monstruos fruto de la literatura, lo que da verdadero miedo. Porque corren tiempos en los que pareciera que conservar un corazón humano hubiera de marcar un destino de sumisión y convertirlo, automáticamente, en una víctima de un sistema feroz. Para emplear una frase de El año de Drácula de Kim Newman, hay quienes, desde sus tronos feudales, parecen seguir diciendo: «Los que permanezcan cálidos, naturalmente, nos servirán».

 

NOTA:
[1] John S Partington, H. G. Wells: A Political Life, Utopian Studies Vol. 19 – Issue 3 (2008), pp. 517-560. Que se puede consultar en: www.academia.edu/400350/ H._G._Wells_A_Political_Life. En concreto, p. 2.

Imágenes:
– (Encabezado) Bram Stoker (óleo sobre lienzo), por Alejandro Cabeza ©.
– (En el cuerpo del artículo): Portada de la antología Steampunk de la editorial Saco de Huesos, colección Calabazas en el Trastero, en la que se incluye el relato Ius Sanguinis, de la autora de este artículo  | Portada de la revista miNatura n. 116, especial Steampunk, citado en este artículo (dicho número de miNatura se puede descargar libremente en:
· www.servercronos.net/bloglgc/media/blogs/
minatura/pdf/RevistaDigitalmiNatura116.pdf).

 

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Salomé Guadalupe IngelmoGUADALUPE INGELMO, SALOMÉ(Madrid, España, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras (2005). Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desarrolla desde 2006 actividades docentes como profesor honorífico en dicha Universidad impartiendo cursos sobre lenguas y culturas del Oriente Próximo. Durante los diez años vividos en Italia, desarrolló actividades como traductora y docente. En 2012 Ediciones COMOARTES publicó digitalmente su libro de cuentos La imperfección del círculo, una antología personal de cuentos premiados más dos inéditos, y otro libro titulado La narrativa es introspección y revelación con sus respuestas a las preguntas de Francisco Garzón Céspedes, que la ha incluido en su Indagación sobre la narrativa junto a personalidades como María Teresa Andruetto, Fernando Sorrentino (Argentina), Froilán Escobar (Cuba/Costa Rica) y Armando José Sequera (Venezuela). Entre sus ensayos más recientes: Libros como libros vivos y Borges, un tahúr en la corte del rey Assurbanipal (en proceso de edición). Ha recibido diversos premios literarios nacionales e internacionales. Es ganadora absoluta del Concurso Internacional de Microtextos y del Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica Garzón Céspedes organizados en 2010 por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE); y ha obtenido otros premios, internacionales y extraordinarios, de microficción, así como numerosos reconocimientos, especialmente en narrativa, entre los que destacan sus galardones en el certamen Paso del Estrecho, de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada. Varios de sus relatos han sido incluidos en diversas antologías, en especial de narrativa y de dramaturgia. Cabe destacar la publicación digital de su cuento Sueñan los niños aldeanos con libélulas metálicas (con traducción al italiano de la autora, en Ediciones COMOARTES, 2010). El mismo relato ha sido recogido por José Víctor Martínez Gil en la Antología de cuentos iberoamericanos en vuelo [Recurso electrónico. Libro-e], que puede leerse en la Biblioteca Digital del Instituto Cervantes de España. En la misma Biblioteca Digital tiene también su relato El niño y la tortuga, en Literatura iberoamericana para niñas y niños. Brevísimos pasos de gigantesEl niño y la tortuga fue de nuevo antologado en Quince cuentos brevísimos para niños y niñas. Su texto Es el invierno migración del alma apareció en Las grullas como recurso turístico en Extremadura, publicado por la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura en 2011. Fue ampliamente antologada, con un total de 13 textos, en Pupilas de unicornio (2012). Siete de sus textos dramatúrgicos fueron antologados también en Picoscópico (2012). Su monólogo Alicia se mira en el espejo ha sido objeto de publicación digital, acompañado por su entrevista El monólogo recrea una intimidad sin parangón, en la que la autora responde a Francisco Garzón Céspedes sobre cuestiones relacionadas con la dramaturgia. También ha publicado digitalmente Medea encadenada y otros textos dramatúrgicos hiperbreves, que reúne quince monólogos y soliloquios, la mayoría premiados en concursos internacionales. Es autora de dos antologías inéditas de poesía en italiano, todavía en revisión, y de poemas en castellano aún inéditos. Ha escrito dos novelas inéditas y otros cuentos y microcuentos aún no publicados. Suyo es el prologo a la edición de El Retrato de Dorian Gray de la Editorial Nemira y el de la antología del VIII Concurso Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012. Desde esta década es jurado permanente del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet, de la Asociación de Países Amigos de Helsinki (Finlandia) —respaldada por el Ministerio de Educación y Cultura de Finlandia y el Ministerio de Empleo y Seguridad Social de España—, y lo ha sido del VIII Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012 de la Universidad San Buenaventura de Cali (Colombia). Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico.
Una idea más precisa sobre su trayectoria se puede obtener consultando su
 web https://sites.google.com/ site/salomeguadalupeingelmo/
 

 

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Revista Almiarnº 76 | septiembre-octubre de 2014
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