relato por
José Garzón Moreta

 

 

«Y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando,
la cual era muy hermosa».
Segundo libro de Samuel. 11:2
«Odiar, amar, pensar, sentir, ver: todo ello no es sino percibir».
David Hume. Tratado de la naturaleza humana

 

E

l primero siempre lo perforaba como una aguja que, aunque débil y diminuta, hacía que todos sus sentidos solo pudiesen centrarse en aquel pinchazo, en ese sonido que brotaba del suelo de su habitación. Entonces, con una tensión que le martilleaba el pecho hasta dejarle sin respiración, esperaba paciente al siguiente gemido. Estos se aplazaban como las introducciones de las sinfonías posrománticas, en las que delicadas notas se desperdigaban en los misteriosos y dilatados silencios que precedían las melodías, y que muchas veces parecían soltadas al azar. Poco a poco, los solitarios gemidos se unían mediante suspiros y gorjeos, conformando la levadura del acto. Aquello, o por lo menos así él lo imaginaba, correspondía a los momentos previos al acto en sí, cuando del cuerpo de la mujer brotaban unos chirridos parecidos a los de las ruedas de los trenes, que al moverlas y engrasarlas solo anteceden el estruendo del viaje. Después a esos pequeños maullidos les acompañaba un absoluto mutismo. Debía tratarse, seguramente, del momento de la felación. Otras veces acontecía directamente la acción principal, y en aquel momento se desabrochaba la bragueta aunque desde el primer sonido ya estuviese empalmado. Los suspiros que conformaban la argamasa entre los pequeños grititos se convertían entonces en gemidos, y sobre estos empezaban a sobresalir las primeras articulaciones fonéticas, ya claramente delimitadas, y que solían basarse en la repetición de una o dos vocales. Nunca llegó a oír palabra alguna; ni adverbios de cantidad, ni partículas afirmativas, ni siquiera menciones religiosas, tan dadas en estos avatares.

Aunque desde su habitación se escuchase perfectamente a la pareja, resultaba muy difícil seguir la cópula ya que la mujer no llevaba un ritmo continuado. La peculiar sinfonía solía quebrarse mediante silencios que después estallaban en un lamento, suspiros y hálitos para respirar, alguna risa suelta o jadeos escabrosos, por lo que en la soledad de su habitación le costaba mucho adecuar su ritmo al que provenía del suelo. Cuando estallaba algún grito él comenzaba con más fuerza pensando que se encadenarían otros iguales, pero lo que acontecía después era un desierto de respiraciones mucho menos atractivo a su lujuria. Además, los gemidos tampoco solían seguir una progresión, y cada vez que cambiaban de postura, (o así lo creía, pues no podía verles), parecía como si empezasen de nuevo, igual que capítulos o pequeñas variaciones. Sin embargo a él, dotado de un mayor sentido de la continuidad, se le amontonaba toda su libido, y con aquellas paradas le creaban verdaderos agravios cuando ya se aventuraba hacia el final, pues debía detenerse en el momento culminante para no acabar en un insulso silencio. Aunque el hombre no bufase (cosa que por supuesto agradecía), odiaba no saber cuándo la pareja terminaría, y acabar así cuando aún faltaba el verdadero momento culminante y arrepentirse de su poca paciencia; o que un único y burlón gemido sentenciase el acto para que luego él tuviese que servirse de los ecos que aún resonaban en sus oídos. Las pocas veces en las que lograba sincronizarse con el apartamento de abajo era cuando la cama golpeaba la pared, pues aquel acompañamiento rítmico que se extendía hasta los muros de su habitación marcaba el compás erótico. Sin embargo en las últimas fechas (y seguro que a instancias de ella), debía haber cambiado la decoración para poner una estantería o una mesilla frente al cabecero, que impedía los arrebatos de tan peculiar batuta. Tras aquel festival de jadeos que hacía que la lascivia le golpease el corazón como un yunque, el cual se precipitaba sobre él como una lluvia de jugo de limón que estremecía sus lánguidas carnes, las cenizas de esos gemidos renacían en la boca del hombre pero ahora sin ninguna jovialidad. El semen, entonces, resbalaba por sus dedos hasta caer al suelo, como si sorprendido ante el vacío al que había brotado, buscase entonces aquel prometido lugar que las llamadas de la mujer auguraban.

No hay nada peor que convertirse en santo con veintiséis años. Todos aquellos que monopolizaban las hagiografías solían abrazar la vida monástica tras haber disfrutado lujuriosamente de la anterior. Los santos son solo personas que no saben mezclar el éxtasis y el recogimiento, y primero agotan un tipo de vida y luego exprimen la otra. Cuando a David le ofrecieron la oportunidad de trabajar desde casa una gran alegría le invadió, debido en parte a su galbana y en parte a su misantropía, pero pronto descubrió que la vida de anacoreta lo asfixiaba. Como músico, su labor consistía en grabar pequeñas piezas para informativos, anuncios, radios… las cuales solía realizar mediante sintetizadores en la soledad de su salón. Esto le hacía pasar largas jornadas encerrado en su casa, y a los pocos meses de empezar, ya sintió la pegajosa monotonía. Casi todos sus amigos se habían apartado de él, y cuando solo pudo hablar consigo mismo comprendió el motivo. De esta forma su vida se convirtió en una especie de cárcel que había construido mediante la soledad, pero que sin embargo a él le gustaba llamar libertad. El único problema que encontraba a aquel exilio era el tema del sexo, el único por el cual dejaría que, en ciertas ocasiones, le pusiesen unos grilletes a sus muñecas que sin ellos se encontraban desbocadas. Había salido con alguna mujer, pero siempre de forma muy esporádica, y para colmo aquella reclusión le privaba totalmente del cuerpo femenino del cual aún creía tener muchas cosas por descubrir. A veces envidiaba a los animales cuyos deseos carnales se reducían a una temporada de celo para luego desaparecer. Estaba seguro de que, sin aquella temporada de cortejo desmesuradamente extendida que se conocía como vida, casi todos los problemas de los hombres se verían solucionados. Sin embargo David, en el ecuador de los veinte años, quizás no olía el celo como los animales, pero sí estaba a punto de escucharlo.

Un bloque de vecinos no es un batallón, por lo que no compartía aquella necesidad de camarería que se extiende en las comunidades al igual que en los regimientos militares. Allí no tenían que salvarse la vida entre ellos, por tanto nunca había entablado relación con ninguno, más allá de los saludos ocasionales; y estos siempre con la cabeza gacha, como si imprimir las facciones de esos rostros implicase una obligación hacia sus existencias que, aunque transcurriesen junto a sus paredes, se le antojaban muy lejanas. Como además solía componer su música con los auriculares puestos, le aislaba absolutamente de los ruidos del vecindario. Un día que se tumbó en la cama de su habitación a descansar fue cuando escuchó por primera vez aquellos gemidos, los cuales hicieron que su atención y pensamiento se centrasen en la evocación de los rasgos del vecino de abajo; en ese momento se arrepintió, como otras tantas veces, de su absoluto desinterés por esos seres llamados los otros. No era capaz de recordar nada de él, y hubiese pensado que allí no vivía nadie de nos ser por el lamento del parqué cuando arrastraba alguna silla y algún ritmo sordo proveniente de la televisión o la música, que escuchaba muy ocasionalmente. Por eso le sorprendió tan ruidosa novia para tan silencioso hombre. Pero entonces los jadeos y gemidos que se sucedieron en las siguientes semanas le ayudaron a descubrir que aquella palabra que él había traducido por libertad, bajo aquel nuevo y recién descubierto lenguaje, aquella piedra Rosetta, no significaba sino soledad.

Tardó tres días en empezar a masturbarse acompañado de aquella música, ya que no lo consideraba ético. Para él significaba un latrocinio de la intimidad de una pareja, del momento más privado de una mujer. Sin embargo, en cuanto terminaban se iba al baño con el eco aún fresco, llegando a hacerse daño debido al frenesí del onanismo antes de que los ruidos se diluyeran en el silencio de su memoria. ¿Pero no era aquello lo mismo al fin y al cabo? ¿La única diferencia no radicaba en la vivacidad entre el momento real y el recordado? ¿No parecía aquello una simple ironía de Hume? ¿Y no decía además la física actual que todo tiempo es relativo? Con más miedo a ofender a una serie de grandes filósofos y premios Nóbel antes que a una simple pareja, decidió acallar a su conciencia; pero no hizo falta, ya que los gemidos sonaban más fuerte que sus pensamientos. Así, cada vez que el primer ruido atravesaba el suelo de su habitación, él ya se encontraba preparado a participar de aquel amor sin rostros ni palabras, aquel amor que parecía creado expresamente para los misántropos.

¿Cómo sería ella? Se lo preguntaba muchas veces. De hecho, se lo preguntaba todo el tiempo excepto cuando estaban en el acto. ¿Sería alta y rubia? ¿De ojos negros o azules? ¿Pizpireta o elegante? ¿Y si era fea? ¿Y si se masturbaba con los gemidos de un adefesio? Si por lo menos hubiera visto al hombre alguna vez sabría a qué tipo de mujer podía aspirar. Todo quedaba entonces a su imaginación; todo menos el poder adquisitivo de ella, pues la economía de cualquiera que se acostase con un vecino de aquel piso no debía depender de las fluctuaciones de la bolsa. Pero, como se ha dicho, estas cuestiones solo lo acosaban en los intervalos de silencio, ya que durante el ritual lo único que le importaba eran los jadeos. No se formaba una imagen de ella, ni pensaba en qué posición se encontrarían, ni mucho menos en la carne, en la piel o en nada físico; ni siquiera en la imaginación colocaba su enclenque cuerpo en el lugar que ocupaba el del vecino para recibir los besos, sudores y caricias de la mujer. No. Solo ansiaba sus voces quebradas, aquellos sonidos primarios y salvajes como una nana lujuriosa con la que mecer a su miembro.

Al poco tiempo el polvo había creado un fino velo sobre las teclas de sus instrumentos. La música había sido expulsada: sus pies habían olvidado el ritmo, sus oídos no comprendían la armonía y ninguna melodía arañaba ya su alma. Cualquier sonido, por muy bajito que lo pusiese, podría ocultar las sinfonías del piso inferior y sería una horrible pérdida. Podía pensarse entonces que en su casa comenzó a reinar el silencio, pero caeríamos en la mentira, ya que David, cuando empezó a afinar el oído, descubrió que lo que llamamos quietud no es sino una serie infinita de pequeños ruidos, crujidos y zumbidos demasiado insignificantes para que les prestemos atención, pero que sin embargo existen en grandes y humildes masas, inapercibidos, empalidecidos por las grandes sonoridades, que mueren sin dejar eco. Aunque ya tuviese un oído de músico, poco a poco comenzó a desarrollar el de un ave, y no existía chasquido, por diminuto que fuese, que escapara a su percepción. Pero mientras más se afinaba sus orejas, más se difuminaba su mente, y el silbido del viento al colarse por las ventanas, el lejano ladrido de un perro, o incluso el zumbido de su propia respiración, le hacían aflojar la hebilla de su cinturón. Sin embargo luego se decepcionaba cuando, tras unos minutos de absoluta quietud, descubría de dónde procedía realmente la fuente del sonido. De sus numerosos discos, solo uno de rock excesivamente ruidoso sonaba de vez en cuando en el piso, el cual tenía siempre preparado para cuando terminaba antes que la mujer; y es que no soportaba aguantar el clímax de ella cuando él ya se encontraba en la coda.

Le venía de vez en cuando a la memoria la historia de Lady Godiva, aquella noble inglesa que fue paseada desnuda a caballo por las calles de Londres para ser humillada ante la vista de todos. La dama, sin embargo, pidió a sus conciudadanos que por favor apartasen la mirada, y estos, con un sentido moral ya perdido en estos tiempos de voyeurs, apartaron sus pupilas del hermoso cuerpo de la joven para no vestirla con sus miradas. Sin embargo hubo uno, Peeping Tom, que movido por la lujuria se asomó a la ventana para contemplar a la desabrigada rea. Después la historia variaba entre los que decían que el descarado cotilla se quedó ciego y los que aseguraban que se convirtió en madera. A David lo de la ceguera le preocupaba menos, pues no podía contemplar a su particular Godiva, pero lo de la madera ya la daba más escalofríos, porque corría el riesgo de reducírsela a astillas. Se sentía, en cierta manera, como aquel infame fisgón, queriendo robar la belleza de la joven en este caso por las orejas en vez de por los ojos. Sin embargo, para aliviar su culpa, resolvía que a la dama inglesa la obligaron a desnudarse como castigo, pero que la de abajo gritaba con todo su libre albedrío. Pobre Tom, se decía. Quizás solo se acercó a la ventana porque quería disfrutar de la luz del día.

También le encrespaba que otros pudiesen estar disfrutando exactamente igual que él. Mientras que no sentía ninguna envidia hacia su vecino, si la tenía hacia aquellos que podían aprovechar esos momentos para satisfacer sus propias voluptuosidades. Pero quizás, más que el onanismo en sí, lo que realmente le molestaba es que lo hiciesen sin aquel sentimiento de culpa que le prendía a él cada vez, que lo tomasen como un divertimento más. Le enfurecía aquella imaginada liviandad que atribuía a unos vecinos que no conocía. Pero, ¿acaso los de abajo, los verdaderos implicados, no se lo tomarían con la misma ligereza? ¿No significarían un simple polvo, en vez del intermedio amoroso de una obra épica donde los amantes representan todas las dulzuras de la vida humana? ¿Acaso no había trascendencia alguna en aquello? David imaginaba a todos los vecinos en la habitación sentados en torno a la cama de los amantes, contemplando a la pareja con sus miembros en la mano mientras se reían de él, que también se afanaba en la misma labor pero apartado en un rincón oscuro. También veía en su cabeza el rostro sin facciones de la mujer, cuyos gemidos se transformaban en las risas con las que se mofaba igualmente de su trascendencia. Y pensaba también que esta, a lo mejor, daba tales gritos solo para satisfacer la futilidad de esas simples gentes.

Con el paso del tiempo se repetían más las visitas, y aunque lo hiciesen en menos ocasiones durante la jornada, no pasaban tres días sin que David los escuchase. Al principio la relación no debía significar nada serio; sin embargo él ya los consideraba novios (por lo menos desde un plano acústico). No podía saberlo con seguridad pues no escuchaba nada de su vida rutinaria; ni conversaciones, ni la televisión, ni siquiera fiestas… Vivían en el completo mutismo excepto en la culminación física de su relación. ¿Gemía ella acaso en otra onda distinta para que fuese lo único que lograba atravesar las paredes? Debían de llevar poco tiempo juntos y aún vivían separados, lo que hacía que al comienzo de la relación solo se viesen los fines de semana. Pero ya cada vez más habitualmente se reunían los días de diario, y no solo por la noche, pues muchos días, durante la comida, no veían el telediario. Sin embargo a David aquel triunfo del himeneo le provocaba una gran angustia, por una parte debido a que no sabía si soportaría aquella rutina diaria, sin ningún día de descanso; y por el otro lado, el cual le atribulaba aún más, que la rutina, en vez de multiplicar, dividiese. Sabía de muchas parejas en las que la convivencia había representado la lima con la que embotar el sexo. ¿Cómo iba a sobrevivir entonces, sin escucharla?

Más de una vez pensó en descubrir a la chica. Primero trazó un deslavazado plan que consistía en esconderse en el hueco del descansillo para observarla cuando se marchase, pero al serle imposible conocer los horarios a los que salía o entraba, pensó que a los inquilinos les resultaría extraño ver a un hombre durante horas sentado en los peldaños. De hecho un par de veces escuchó la puerta del vecino abrirse, pero, tras salir a toda velocidad de su piso, descubrió que su amada ya se había ido. Una de las veces incluso se lanzó en bata para seguirla, pero acabó en la calle como un loco con albornoz. También había pensado en bajar y llamar a la puerta, ya fuese con la excusa de necesitar algo, o de preguntar sobre un ruido inexistente que hacían sus cañerías, o cualquier otro pretexto que se le ocurriese. Seguramente el hombre lo invitaría a pasar como todo buen vecino y a lo mejor incluso se hacían amigos. Así conocería a su novia, y, con un poco de suerte, podría robársela. Ya se había resuelto a cumplir con aquel plan en el que lo único que podía salir mal era si el tipo le cerraba la puerta en las narices (lo cual tampoco cambiaría demasiado su situación actual). Incluso a lo mejor le abría ella, la solución más fácil a toda la amalgama de requiebros que había formado en su cabeza. Sin embargo algo le impedía aquel simple trayecto desde su casa hasta la de abajo. No podía definirlo exactamente, pero lo que sí sabía es que cada vez que pensaba en el dilema, sus ojos y sus oídos entraban en guerra.

A los cinco meses a David lo habían despedido. Le resultaba imposible concentrarse en su trabajo, y pasaba horas y horas sentado averiguando si aquello que había sonado lo produjo la pareja o sin embargo provenía de algún mueble al moverse o de un coche al pasar por la calle. Había comenzado a vivir única y exclusivamente para aquellos momentos de robada intimidad, y mientras antes aprovechaba para trabajar esos largos intervalos también conocidos como días, en los últimos tiempos le resultaba imposible concentrarse. Según empezó a faltar a las entregas, sus jefes se quejaron progresivamente hasta que al final lo despidieron. Lo que más le enfadó no fue en absoluto un cese totalmente justo, sino el hecho de tener que salir de casa para la entrevista del despido; pues, cuando volvió de la reunión, solo le dio tiempo a escuchar el último jadeo. Se lo había perdido. El resto del día no escuchó nada más, y eso que tenía ya preparado el cheque del finiquito para masturbarse sobre él. Tan desesperado enfado no era sino una muestra más de la obsesión por no perderse una sola de las cópulas. Cada vez que salía a la calle temía que aprovechasen aquel momento para hacerlo, cuando no hubiese oídos que pudieran escucharles. Por tanto había reducido sus salidas al aprovisionamiento de comida que obtenía en el supermercado más cercano, donde compraba a tal velocidad que la mayoría de los productos se le resbalaban de las manos dejando el suelo como si una turba hubiese corrido por los pasillos.

Una mañana, tras llevar tres días encerrado en casa, le dio un ataque de claustrofobia que del mareo lo dejó casi sin conocimiento. Sin embargo, más que la salud, lo que le preocupó es que durante su inconsciencia a los de abajo les hubiese dado por hacerlo. No podía permitirlo. Resolvió entonces que debía empezar a salir de casa; pero para evitar perderse ninguno de los festejos, se le ocurrió la gran idea de comprar una grabadora. Al principal cometido del nuevo artilugio se le añadía una ventaja: la de poder grabarles también cuando se encontraba en casa y, en los momentos de espera, volver a deleitarse con su reproducción. Sin embargo, aunque lo probó un par de veces, no sentía lo mismo. El amor se ha creado para el presente y por eso duele tanto cuando se recuerda. Aquella voz metalizada que surgía de la grabadora, con el acompañamiento del ruido, no se parecía en absoluto a la real, a la instantánea. Con la máquina podía repetirlo hasta aprendérselo de memoria igual que con una canción (que de hecho ya había hecho), pero sin embargo allí no encontraba la carne; la carne que sí vibraba en las otras ocasiones, aunque solo en su imaginación. El momento definitivo que le llevó a abandonar aquellas prácticas fonográficas ocurrió un día que el sonido de la grabadora, pegada a la oreja, ocultó el acto real que acontecía abajo. Había reemplazado una nueva cópula por una anterior. Debido a los reproches que siguieron, resolvió que desde aquel momento solo la usaría para quedarse tranquilo en sus salidas.

Cuando fue a vender los discos e instrumentos, los dependientes de las tiendas de segunda mano pasaron el dedo por ellos para comprobar la capa de polvo. Si los hubiese limpiado antes seguro que le hubiesen pagado más. David había ahorrado cierto dinero pero, a pesar de que sus gastos se reducían a la escasa comida que consumía, cada vez se le hacía más difícil afrontar los pagos del alquiler. Se informó sobre cuánto tiempo podía ocupar el piso sin pagar, pero sabía que los plazos de la ley no se ajustaban a los de la paciencia del casero. Entonces un torrente de pensamientos le inundó la cabeza: ¿y si se veía obligado a marcharse? ¿Qué pasaría si le echaban a patadas de la casa? ¿Y si no conseguía dinero de alguna forma que le permitiese trabajar en el mutismo de su casa? Y algo mucho peor, algo sobre lo que él no tenía ningún control: ¿Y si el vecino se mudaba? Para calmar tales pensamientos, y dado que aquella noche la pareja no parecían estar en la casa, decidió ir a dar un paseo para despejarse. Estas deambulas que realizaba resultaban muy impersonales, pues con la cabeza agachada como era habitual en él, nunca miraba el rostro de nadie; por eso decidió entrar en un bar para ver si las personas seguían usando caras o ya habían inventado algo mejor para ocultar lo que sentían. Nada más sentarse en la barra, una joven morena y pícara que, o bien buscaba librarse de sus amigas, o bien había cortado recientemente con el novio, se sentó a su lado. Desde que había comenzado su reclusión no había vuelto a contemplar a una mujer detenidamente, por lo que aquella primera impresión le devolvió toda la sensualidad de un cuerpo tallado en la carne, donde no tenía que buscar él mismo las formas entre suspiros y jadeos. Cuando la muchacha le preguntó qué hacía para vivir dijo el primer trabajo que se lo ocurrió que no pudiese realizarse desde casa, lo cual debió de agradar a la muchacha de alguna manera pues a las dos horas los dos salían juntos del bar. El único problema fue el fuerte auto reproche por invitarla a la copa. Aquello le dejaba con menos dinero para pagar su apartamento. Se había bebido una parte de los jadeos.

Cuando la chica entró en su piso esbozó una expresión de cierto temor, la misma que se dibuja al entrar en un caserón abandonado en cuyo vacío y soledad habitan ya solo la oscuridad y el polvo. El apartamento de David, después de tanto tiempo sin un sonido, había tejido largas telarañas del silencio, las cuales se descolgaban por las paredes y rincones. Tras la turbación inicial, a la chica se le despertó esa travesura e imprudencia de los alocados amantes cuando acuden a sitios prohibidos para disfrutar de su juventud. Al precipitarse en su interior, el repiqueteo de sus tacones despertó al apartamento de su letargo. David, mientras le quitaba la ropa, sentía ciertos remordimientos cuya fuente y motivo no acertaba a definir. Llevaba bastante tiempo diciéndose que necesitaba una mujer para combatir su soledad, y aunque aquella parecía entregarse a los hombres sin mucho miramiento (pues solo la conocía desde hacía dos horas y ya estaba en su cama) no se vio en posición de juzgar. Quizás fuese la que necesitaba.

Según comenzaron, notó que la muchacha no hacía sonido alguno. Cerraba los ojos y los labios con la misma fuerza, contrayendo y arrugando su algo regordete rostro. La respiración era lo único que rompía el silencio, que sin embargo quedaba empalidecida debido al traqueteo de la cama. Antes de que a David le diese tiempo a pensar sobre la manera más elegante de abrirle la boca, del suelo comenzaron a surgir los jadeos de la otra mujer, que se adecuaban a los movimientos de la suya como las melodías de los pianos en los tiempos de las películas de cine mudo. Aunque debería sentir un gran orgullo ya que por fin había encontrado una mujer con la que empezar a hacerle la competencia al vecino, solo se lamentaba de aquella oportunidad desperdiciada. Intentó pensar en la que tenía debajo de su cuerpo como en la que tenía debajo de su piso, pero le resultó imposible. Su intumescencia ahora se debía a los ruidos y no a su reciente amiga, pero los órganos donde la introducía no se correspondían a su mano, por lo que no lograba sentir ninguna satisfacción. Lleno de furia comenzó a empujar con más fuerza, pero la chica, en vez de asustarse, debió entender que se había visto involucrada en una competición con el vecino y, lejos de sentirse ofendida, desencajó la boca para soltar un tremendo alarido. La habitación retumbó. Aquellos chillidos que profería no se parecían en nada a los elegantes, gráciles y melódicos jadeos de la chica de abajo. David tapó la boca a la mujer con su mano como si quisiera asfixiarla, pero ni así lograba acallarla. Esta seguía considerándolo una competición no ya contra el vecino, sino contra todo el bloque, los cuales claramente debía estar escuchándolos. El polvo del silencio, que se había acumulado después de tantos meses en la casa, se levantó por tamaños berridos hasta ahogar casi a David.

El chico entonces, de un empujón, se salió de su invitada y comenzó a masturbarse compulsivamente, aunque sus dedos resbalasen por el lubricante que aún lo humedecía. Anonadada, la chica se colocó de rodillas en el colchón para observar al enclenque personaje sentado en el borde de la cama, encorvado sobre su miembro erecto. David paró de repente y, al igual que un animal buscando el rastro perdido de su presa, comenzó a menear la cabeza con pequeñas sacudidas y los ojos fijos en el techo, como si allí se hubiesen colgado los gemidos que ya no oía. Su amante debía haber espantado con sus gritos a la vecina hasta hacerla detenerse. No solo es que le hubiese arruinado aquella vez, sino que a partir de ahora, sabiendo sus vecinos que él desde su habitación podía escucharlo, quizás tomasen más precaución y optasen por el silencio. Aquella estúpida lo había arruinado todo. Aún con el miembro en la mano y el eco de los gritos resonando en la habitación, se giró hacia la chica para castigarla por el crimen que acababa de cometer. Esta, ya con la ropa interior puesta y el traje por las rodillas, atravesaba el umbral de la puerta para huir de aquel loco. Sorprendido por la velocidad a la que se había vestido la mujer, se apresuró tras ella no sabía ya si para castigarla, para disculparse o para buscar una forma de finalizar ahora que el espectáculo de abajo no le molestaba. Sin embargo la chica, tras escupirle una serie de soflamas sobre su cordura, escapó del piso dando un portazo al que le siguió un eco formado por los murmullos de los vecinos. Cuando el asunto se calmó un poco, de rodillas en el suelo de su habitación David esperaba desnudo algún mísero suspiro, un simple jadeo, pero todo era silencio; un silencio sobre el que eyaculó. ¿Qué le había echo aquella mujer? ¿Qué tenía su voz? ¿Por qué la necesitaba tanto? ¿Qué era aquél nuevo sentimiento desconocido en él? ¿Qué era lo que sentía?

 

Después de aquel incidente aconteció una semana de quietud en el piso de abajo, pero también de una nueva clase de ruidos furtivos en el resto de apartamentos. Se escuchaban las mirillas descorrerse, los pasos al lado de las puertas cada vez que salía, leves murmullos por las noches… David se había convertido en el entretenimiento del bloque, y todos sus habitantes deseaban escuchar de nuevo los pasos de unos tacones para ver si se repetía la escena de la otra noche. Él, acostumbrado a los insignificantes y usuales sonidos que habitaban el aire, se sorprendió al descubrir cómo cada vez que algún vecino notaba que entraba en su casa, se formaba un silencio expectante, de una total pureza. Descubrió así que la mayor diferencia entre la cotidianidad y lo extraordinario radica en el ruido. Seguramente habría habido por parte de los vecinos un intercambio de información con la pareja de abajo, pero dudaba mucho de que ambos dos hubiesen especificado nada sobre los gemidos por una simple razón de vergüenza. Quizás eso había dado cabida a todas las teorías que ahora intentaban corroborar empíricamente con las mirillas de las puertas por microscopios. Sin embargo, lo que más miedo le daba a David no era la vergüenza, sino que hubiesen descubierto aquellos ocultos secretos que sentía, aquellas oscuras pasiones, pues tenía constancia de que la gente posee una extraña habilidad para averiguar los más insólitos y brumosos deseos, incluso aunque no conociesen a su portador.

A la semana, David tenía las plantas de los pies llenos de astillas, las cuales le producían heridas, callos, e incluso alguna pústula. Había levantado la tarima de su habitación para que el sonido llegase mejor, pero después no había recogido los listones de madera ni el estropicio que había organizado, por lo que las esquirlas se clavaban en sus pies descalzos. Quizás la mujer, más aplacada y precavida, había decidido reservar su voz solamente para la habitación, y era ese el motivo por el cual no los escuchaba. No los había vuelto a oír desde el fatídico día. Quizás ahora iban a cumplir sus voluptuosidades a casa de ella, o pudiese ser que a algún hotel. La desesperación llevó a David a arrancar el parqué de cuajo, pero al encontrar el cemento resolvió que solo podría hacer un hueco a golpe de martillo; cada golpe sería como añadir un clavo al ataúd de su deseo, en el cual ya había depositado las orejas. No podía correr el riesgo de volver a llamar la atención de todos los vecinos con los martilleos. Además, no sabía nada de arquitectura, y pensaba que si abría un hueco podía llegar a derrumbarse todo el suelo. Se imaginaba un bloque de hormigón precipitándose hacia la habitación de abajo, con él en la cúspide aún con el martillo y el cincel en la mano, mientras en aquella cama que tantas veces había imaginado la pareja moría aplastada por el escombro. Y ella, como venganza por el asesinato, no soltaría siquiera una mísera exhalación.

Sumido ya en la desesperación, en aquel silencioso desierto que llamaba casa, un día un pequeño suspiro brotó de aquella tierra de astillas y cemento como si de una flor se tratase. Sintió de nuevo el pinchazo de la aguja que lo hizo empalmarse en cuestión de dos segundos. Después silencio. Quizás un golpe de viento al colarse por las ventanas, como era habitual. Intentando calmar la estampida que atravesaba su pecho, se estiró de nuevo en su habitación con la cabeza erguida como si de esa manera pudiese escuchar mejor. Nada. Silencio. Miró de nuevo la hebilla de su cinturón, que seguía timbrando su lujuria insatisfecha. Sin embargo, al dar un paso para salir de la habitación el ruido se repitió. Calló otra vez, pensando que podría haber sido su pie al mover algo. Pero no. Provenía de abajo. El escepticismo se vio refutado finalmente por un nuevo gemido. Sí. Era ellos. Lo estaban haciendo. Y a pleno pulmón. Cayó de rodillas como quién agradece una dádiva divina, pero en vez de alzar sus manos al cielo en gratitud las llevó (claro está) a su entrepierna. Aquella vez tenía que controlar el tiempo exacto del acto, terminar cronométricamente con ellos, ni antes ni después. Tenía miedo de otro impasse, y, como quién se enfrenta a una larga travesía, quería conservar el mejor recuerdo posible. Todo marchaba a la perfección: los suspiros, la parada para la felación, los gemidos… además debían de estar entregándose al máximo, pues la pared vibraba; y eso solo podía significar que incluso la cama empujaba la estantería que la separaba del muro. Aquella vez podría quedar registrada en los libros como la cópula paradigmática, pues representaba todas las normas, puntos, tiempos y jadeos de las anteriores. Los golpes rítmicos, además, permitían a David seguirles en perfecta sincronía. Y ya no sentía la soledad. Se había marchado. Se sentía unido a ellos, como si formasen una sola sustancia, como si el coito de ellos y su masturbación formasen un solo acto amatorio. No había culpa por su parte, ni rencor por la de ellos. Aquella significaba la culminación de todo ese tiempo. Ya no existía suelo entre ellos. Aquel silencio que había construido no era sino el tálamo para ambos. Ella existía para él. Ella gemía para él. Ella lo amaba.

Con su masculinidad enrojecida y el semen asomando ya en su punta, justo cuando el sonido había llegado a su cumbre y se disponía a finalizar, de repente algo lo estropeó todo. Una palabra. ¿Cómo podían haber usado una palabra? ¿Qué pecado acababan de cometer? Habían destruido la abstracción de aquel lenguaje, la conceptualización de esos suspiros, jadeos y gemidos con más significado que cualquier fonema articulado. David se detuvo, pero entonces otra palabra lo golpeó como si lo hubiesen escupido. El mismo vocablo. Al analizarlo más detenidamente dilucidó que se trataba de un insulto. De repente otra palabra nueva, aunque de la misma familia. Pero lo que más la enfureció es que no pertenecía a una voz femenina, sino a la de él. La primera vez que escuchaba al vecino y era un insulto. Es más: un insulto hacia ella. No solo se sintió ofendido por la herida en el orgullo de la mujer, sino porque por primera vez comprendió que esta no le pertenecía a él, sino al hombre de abajo, al hombre al que se había estado follando durante meses y el cual ahora la insultaba. De repente le atacó otro dilema: ¿bajar a vengar el honor de la dama o esperar por si se reconciliaban para culminar su onanismo? Sin resolver el dilema, otros insultos germinaron del suelo, pero esta vez con un timbre agudo y delicado. Ahora la que gritaba era la mujer. Se habían enzarzado en una discusión. Nunca los había escuchado pelearse. Nunca se habían dicho una palabra más alta que otra. ¿Y si sucedía lo que empezaba a temer? ¿Y si estaban rompiendo? No, aquello era imposible. No quería creerlo. Deseaba extirpar esa idea de su mente. ¿Y si rompían? No la volvería a escuchar. Entonces los insultos acabaron y unos nuevos gemidos sonaron otra vez, pero con un tinte diferente. Ahora la mujer lloraba. Se escuchaban sus hipidos y jadeos, igual de sonoros y elegantes que los del amor. Lloraba. Habían roto. David pensó que el llanto suena como los gemidos y finalizó. Imaginó las lágrimas resbalándole a la mujer por las mejillas mientras a él el semen le goteaba por los dedos.

A la ruptura le siguió una fuerte depresión, que, como las termitas y Dios, vivía en dos casas al mismo tiempo. David escuchaba a su vecino gimotear por las noches, y aunque había colocado de nuevo los listones de madera en el suelo para acallarlo, los llantos se colaban entre los huecos. Por primera vez escuchó su voz, sobre todo cuando llamaba a su ex-amante rogándole que volviese. Sin embargo, por algún motivo que no llegaba a entender, le resultaba imposible guardarla en su memoria; y así, cada vez que lo oía de nuevo, se le antojaba escuchar a una persona totalmente distinta, hasta que finalmente se daba cuenta de que se trataba del vecino. Además, después de tanto tiempo en soledad seguía distinguiendo los fonemas, paradas y sintaxis de las palabras, pero no su contenido. Ya solo entendía aquel lenguaje abstracto del que le habían privado, y que debido a los llantos del vecino entendía que no iba a volver. La culpa que le causaba la ruindad por escuchar a una pareja en sus momentos más íntimos desapareció ante aquella tragedia personal, pues el que peca solo siente que falta al tener presente el objeto de sus faltas; el pecado no es sino un espejo, o como en este caso, cualquier cosa que cause eco. Sin embargo, quizás por mímesis sentimental, comenzó a sentirse como su vecino, o como él creía que debía sentirse este, ya que jamás había estado con alguien tanto tiempo como para notar su perdida. No era en absoluto empatía, ni siquiera identificación; no, lo habían dejado. A él. A David. Ella había roto con él, aunque lo hubiese hecho con los dos. ¿O solo había roto con su vecino? Sin embargo, por alguna razón que no lograba entender, sabía que él tenía la culpa. Quizás aquella tonta que llevó a casa dio inicio a la discusión. Le había abandonado porque la había engañado por la otra. Porque había querido gozar de la voz de otra mujer. Era su culpa. Absolutamente que lo era. Tenía que serlo.

Imaginaba cómo el vecino se sentaría en la cama por las noches con una baraja de fotos y las iría pasando una tras otra, igual que el jugador de póquer todas las noches coge la baraja para reunir de nuevo las cartas de esa mano que perdió. Sin embargo, continuando con su cruzada contra la visión, David solo podía lamentar sus errores de una forma acústica: la grabadora. Allí era donde guardaba él su baraja. Intentó volver a masturbarse con ella, pero resultaba como besar una foto. Aunque no lograba empalmarse se quedaba hasta altas horas de la noche con el aparato pegado a la oreja, lamentándose de esa manía del hombre por registrar todo lo que les sucede para poder afligirse más vivamente de sus derrotas. Los discursos de presidentes, los arcos del triunfo, los retratos de los grandes hombres, las esquelas… todo derrotas. Seguro que las pinturas rupestres representaban los putos ciervos que se les escapaban a los cromañones. En un arranque contra la vanidad humana por su necesidad de dejar una huella en el mundo, David reventó la grabadora contra el suelo. Las voces que guardaba las arrastró el viento, igual que los diminutos fragmentos de las fotografías troceadas que un día volaron por la ventana del vecino; el confeti para el desfile de una persona que no volvía.

Como quien ha aprendido una lengua de gran complejidad, no quería perder aquel lenguaje abstracto que llevaba tanto tiempo estudiando y que temía perder si no escuchaba. Por tanto gastó el dinero que le quedaba en irse a habitaciones de hoteles, esperando retomar sus estudios en las insomnes noches de sus moradores. Por supuesto, los alojamientos que elegía guardaban cierta categoría: no de cinco estrellas, pues una noche en uno de esos hubiese acabado con todos sus ahorros para la lujuria, pero tampoco un cubículo donde solo acudirían esperpentos borrachos o yonkis esqueléticas. Las voces, como los cuerpos, poseen también su clase y su belleza. Varios días solo le tocó al lado de ejecutivos que predecían las bolsas del día siguiente, gente de paso a los cuales solo se les escuchaba pasar las páginas de los libros, u homosexuales, que con gran ironía se burlaban de él mediante sus masculinos bufidos. Al principio soportaba los muertos anhelos con estoicismo, pero con el tiempo se inventó una serie de excusas que lo permitían cambiar de habitación: insectos por el suelo, tuberías demasiado ruidosas, sábanas sucias… Si no tenía suerte tampoco con la siguiente, como solía suceder, añadía otra nueva excusa más elaborada, ligada usualmente con la anterior, y que acababa convirtiéndose en un enorme compendio de fobias, manías y caprichos que enfurecían a los botones.

Las parejas de los hoteles resultaban mucho más profesionales, ya fuese porque no sentían la misma vergüenza que en sus casa, o bien porque uno de los dos fuese realmente profesional. El caso es que tanto los ritmos como los tiempos respetaban sus justas medidas, cada cambio se marcaba puntualmente, la sonoridad permitía captar todos los detalles y la progresión posibilitaba prever el clímax con antelación. Sin embargo, David no veía culminado su deseo. Se sentía extraño entre esas paredes que no conocía, en aquel silencio roto por los pasos de la gente y las puertas de los ascensores, donde todo resultaba impersonal. Pero quizás su insatisfacción no venía dada por el espacio, sino por las personas. No se notaba en las voces femeninas ningún rasgo de solemnidad, sino como si se tratase de un simple divertimento. No poseían aquel algo de la otra, que no acertaba a definir. Solo sentía alivio, pero no culpa; y sabía que sin ella todas las cosas del mundo no eran sino un divertimento frívolo.

Pronto se le acabó el dinero, pero mediante mentiras y triquiñuelas lograba alojarse dos o tres días más en los hoteles. Estallaba en cólera cada vez que no le aceptaban la tarjeta, mentando la memoria de los banqueros y asegurando que al día siguiente quedaría todo arreglado. Sin embargo aquella actitud de patricio no casaba con su imagen, por lo que los responsables solían desconfiar de él; recelo que se confirmaba cuando a la mañana siguiente descubrían la habitación vacía. Con el tiempo, y para intentar aprovechar sus mentiras el máximo tiempo posible, ya no se marchaba, sino que esperaba a que lo echaran. A los dos meses de aquel peregrinaje por habitaciones infieles no quedaba hotel en la ciudad que no le hubiese incluido entre su lista de morosos. El fin lo puso un día que los botones, seguramente avisados por alguna otra posada, entraron en su habitación según se masturbaba al ritmo de la algarabía de una pareja. No dispuesto a marcharse sin terminar, tuvieron que sacarlo a rastras por el pasillo. Los amantes, aún con el albornoz a medio poner, abrieron la puerta para descubrir la razón de tal alboroto. David se decepcionó al comprobar que la voz no correspondía sino a una cincuentona fofa y obesa, pero el grito agudo que soltó al verle le hizo firmar en la moqueta el fin de aquella parte ignominiosa de su vida. El puñetazo del marido sirvió como epílogo.

Ya en su casa, mientras se curaba el moratón del ojo que le había reducido la visión a la mitad, pensaba en el tiempo que le quedaba hasta que el casero lo echase. No tenía casi dinero para comida, por lo que dejaba transcurrir las horas tirado en su cama, viendo cómo el silencio seguía tejiendo sus telarañas solo rotas por las regurgitaciones de su estómago. Abajo ya no se escuchaba nada: ni gemidos ni lloros. Sin embargo, la quietud no se había limpiado, como en esas casas abandonadas sin reformar, y en las que el polvo solo es una sábana con la que proteger la atmósfera con la esperanza de que los anteriores inquilinos vuelvan. Pensó que el vecino se había marchado, ya que no lo escuchó en todo ese tiempo de padecimiento. Sin embargo, un día un fuerte golpe se lo refutó. Después silencio de nuevo. En esas semanas pensaba mucho en Beethoven. El genio de Bonn, a pesar de sus sordera, siguió creando magníficas composiciones, porque sentía la música dentro, la escuchaba en su cabeza, la creaba en su corazón. Existía. Su música existía dentro de él, con toda su sonoridad, con toda su materialidad. No hacía falta anotarla, ni imaginarla, ni recordarla. Existía realmente. Existía cuando él quería que existiese. Sin embargo David, con una ironía digna de Hume, al intentar dar vida a los gemidos en su cabeza solo se le aparecían unos leves sonidos, en los cuales un vano recuerdo se mezclaba con una horrible memoria. El amor se le antojaba mucho más fácil para un sordo.

Después de dos días sin comer bajó a la tienda para gastar su último billete en alimentar su estómago. Aquel día el casero iría a pedirle todos los meses atrasados y si no cobraba lo echaría de la casa. Además, seguramente al comprobar el estado en el que había dejado el suelo de la habitación, la deuda se multiplicase. Sin embargo, según subía al apartamento, escuchó un gran alboroto a lo largo de las escaleras por las que no dejaban de subir y bajar toda clase de vecinos. Se asustó al ver a los policías, y pensó que tal vez algún hotelero lo había demandado e iban a por él. Sin embargo, cuando varios de ellos pasaron a su lado sin prestarle atención alguna, desechó aquella posibilidad. Según llegaba al rellano del piso de abajo, descubrió a una masa de gente agolpándose en torno a la casa del vecino, la cual tenía la puerta abierta de par en par como unas fauces por las que no paraban de entrar y salir policías. Se unió a la masa de curiosos que no cesaban de preguntarse sobre lo ocurrido mientras comparaban biografías sobre el inquilino. Sin embargo David no parecía escuchar ninguno de aquellos comentarios, por lo que la figura del vecino seguía nublada en su memoria. Cuando llegaron los forenses la mitad del misterio se esfumó de golpe, y varias ancianas soltaron unas lágrimas que al caer por sus arrugas asemejaban a los cauces de los ríos que retomaban las aguas tras el verano. En cuanto entraron los médicos y, mientras la conmoción aún sacudía a los curiosos, David se escurrió para colarse en el piso. Necesitaba verla. Necesitaba ver esa habitación que tantas veces había imaginado.

Si se lo hubiesen preguntado después, le hubiese sido imposible dar una descripción del resto del apartamento. Como un caballo con ojeras se encaminó por los pasillos hacia donde debía encontrarse la habitación, en la que parecía haber acontecido el fatal acto ya que todos los ruidos provenían de allí. Lleno de sangre debido al corte en la muñeca, el brazo que surgía de la puerta al pasillo se le asemejaba a David una lengua con la que la habitación se burlaba de él. Cuando solo le quedaban dos pasos para llegar a ella, un policía lo detuvo casi de un empujón. Tras preguntarle de malas maneras de quién se trataba, el chico no acertó a responder. Solo podía mirar aquel brazo enrojecido que se tendía como una alfombra roja para dar entrada al cubículo. Observó entonces a un matrimonio al otro lado del pasillo, con la mujer llorando en el hombro del esposo. Este último dejó a la esposa bajo la vigilancia de un agente y se dirigió hacia el intruso, haciéndole todo tipo de preguntas mezcladas unas con otras hasta que ninguna tuvo inicio o final. El policía que había parado a David pidió al hombre (casi con total seguridad el padre), que fuese con su mujer. Entonces al recién llegado se le vino a la memoria el golpe que había escuchado hacía dos o tres días. Ya entendía de lo que se trataba. Había escuchado morir a un hombre.

En cuanto tomó conciencia de un acontecimiento tan trascendental, dijo al policía que era uno de los vecinos y que había escuchado un fuerte sonido hacía pocas jornadas. (Quizás así le dejarían pasar a la habitación que aquel cuerpo no hacía más que obstaculizar). El agente, dividiéndose entre el padre y él, aclaró que otros vecinos ya se lo habían comentado, y que cuando necesitasen información se la pedirían. Después le preguntaron si tenía alguna relación con la víctima. Entonces pensó en tirarse de un salto hacia el cadáver, llorando como si hubiese perdido a un ser querido, y así, con sus lágrimas por velo, descubrir si en la cama había quedado la marca de las rodillas de la mujer como se desgasta el suelo bajo los altares. Sin embargo, no logró articular palabra alguna. Se quedó allí, totalmente paralizado. Mientras, el padre no paraba de preguntarle entre lágrimas: «¿Es amigo de mi…? ¿Es amigo de mi…?». Decía el nombre de su hijo con total claridad, pero a David le resultaba imposible distinguirlo, como si le hubiesen prohibido conocer ningún rasgo de la vida de su vecino: ni su rostro, ni su nombre, ni su voz… Quizás aquello le había impedido lanzarse hacia el cadáver. Una fuerza invisible le negaba saber nada de él. O quizás había sido su último vestigio de moral lo que se lo había impedido. No, aquello no, porque según se marchaba, tras que el padre tuviese que ser sostenido por el policía en brazos, no tuvo reparo en coger unos billetes arrugados que reposaban en la estantería de la entrada así como una llave que aún colgaba de la cerradura de entrada.

A lo largo del día, el nombre del hijo brotaba del suelo de su habitación, ya fuese con el acento del padre que ya conocía o uno femenino que debía pertenecer a la madre. Sin embargo, esas letras y sílabas con las que habían bautizado al hombre que reposaba a dos metros bajo él no lograban permanecer en su memoria. Todo el día las conversaciones, murmullos, pasos, lloros, ambulancias y coches, se encargaron de destruir el silencio de su casa. Justo cuando se iba a colocar algodones en los oídos, unos golpes sonaron en la puerta. Se acercó a abrir y tras ella apareció el casero, claramente sorprendido por todo el barullo. Tras echar un vistazo a su inquilino, le preguntó el motivo de su palidez. El chico, que hasta entonces no había tenido conciencia del lamentable estado en el que se debía encontrar debido a su malnutrición, su ojo morado y el shock en que lo había dejado el suicidio, comprendió que podía sacar provecho de él, y, sin pensarlo dos veces, se echó a llorar ante su casero. Tras relatarle la gran amistad que lo unía al fallecido, cómo este se había echado una novia que le había estafado todo su dinero, cómo él, para ayudarle le había dado todo su dinero (motivo por el cual no había podido pagar los plazos atrasados), y añadir que tras una fuerte discusión el vecino le había golpeado en el ojo, se dispuso por fin a darle los arrugados billetes. El casero, comprendiendo la culpa que debía sentir David después de la futilidad de sus buenas acciones, de que lo último que hubiese hecho había sido pelearse con su amigo, así como de la muerte de este último, no solo no aceptó el dinero, sino que le convidó todos los pagos hasta que se repusiese. Después, quizás para animarle, apoyarle, o solo cotillear, le contó que otro de sus inquilinos que vivía también en el bloque le había hablado acerca de los berridos de la mujer durante el acto. Sentenció que toda mujer que grita en la cama no puede ser buena, y lo decía por experiencia. Según él, aún tenía las marcas de la regla con la que la madre superiora les golpeaba en el internado, cuando les acusaba de escucharla mientras ayudaba a algún joven novicio a sobrellevar la castidad. Berreaba solo para que la escuchasen, aseguraba el hombre, pero como el pecado y los golpes ya los tenían, por lo menos disfrutaban de la misa. Cuando el casero se fue, David entró en su habitación y caminó por los renqueantes listones del suelo, pensando que debajo de sus pies se tendía el cadáver del vecino. Se sentía como el soldado que camina sobre el cuerpo que acaba de matar y del que jamás llegó a saber su nombre.

Misteriosamente, a partir de ese día todo mejoró sustancialmente. A los dos días del incidente volvió el silencio, y cuando parecía que iba a instalarse de nuevo el teléfono de David sonó. Lo querían otra vez en su antiguo empleo. Aceptó pero con una sola condición: no trabajar en casa. Todos los días, debía desplazarse hasta la otra punta de la ciudad para ir a un estudio de grabación, y así se sumergía en los irritantes golpes y chirridos del metro, los pitidos de los atascos, los ensayos de los músicos en el trabajo o los grillos cuando volvía a casa por las noches. Las jornadas eran ocupadas por aquellas idas y venidas, así que no tenía tiempo para quedarse sentado en casa. Esa etapa de su vida parecía haber acabado. Recuperó además muchos de los discos e instrumentos que había vendido, por lo que el tiempo que pasaba en su piso lo ocupaba en ocultar tanto los ruidos de los vecinos como aquella otra masa de diminutos y humildes sonidos con su música. Tras pagar al casero todos sus atrasos, poner una nueva tarima en la habitación y recomenzar su dieta, recuperó alguna de sus viejas amistades. Así, cuando salía los fines de semana con ellos, volvía deleitarse con la vista del cuerpo femenino, con toda su materialidad. (La cual, sin embargo, no le dejaban tocar, aunque no le importase demasiado). De vez en cuando contemplaba la llave que robó del apartamento; pero sin embargo, aunque este estuviese vacío, ya no sentía esa necesidad de espiar la habitación.

Su alma expulsó la culpa y dejó entrar de nuevo a la moral. Había olvidado ya casi todo lo concerniente al suicidio, así como las estancias en el hotel, su reclusión entre franciscana y libertina, e incluso (aunque no tanto como las otras), su voz. Ésta aún quedaba como un zumbido en su oído, igual que el que dejan las bombas a los soldados, los golpes a los boxeadores y las moscas a los niños, cuando juegan de pequeños a metérselas en los oídos. Sin embargo, poco a poco comenzaba a perder sus tonos, sus quebrados y sus suspiros, que se diluían en la memoria como un fresco se descascarilla en las paredes. Iba retomando el gusto por las palabras mientras se olvidaba de aquel lenguaje que tanto tiempo había estudiado. Éste había pasado a formar parte de aquellas lenguas muertas, de esos idiomas desaparecidos que ya nunca volverán a resonar en la tierra y que, aunque solo cumpliese una ínfima parte en la sinfonía del universo, siempre habría algún oyente que los echaría de menos. Y sin embargo, David pensaba que seguramente en esos mismos momentos, en algún otro lecho, en alguna otra habitación, con otro hombre distinto, la mujer que había arruinado una vida y casi acaba con otra estaría gimiendo para todos los vecinos. Pero él ya no la podía escuchar, y por lo tanto, ¿seguían existiendo sus jadeos? Otra ironía de Hume.

Un día volvía de la compra con dos bolsas repletas de comida para preparar unos copiosos y saludables platos (pues estaba aprendiendo a cocinar). Al llegar al rellano de su anterior vecino, se sorprendió al ver a una mujer frente a la puerta del fatídico apartamento. Esta se volvió en medio de la oscuridad del pasillo y miró a David, al cual parecía que se le había encarnado el pasado. De repente perdió todo apetito, empalideció como si hubiese estado recluido en un convento durante años, sus oídos se tornaron de nuevo en los de una lechuza y deseó que toda la música, ruidos, fonemas, idiomas, chirridos, golpes, y sonidos no hubiesen existido jamás. Allí estaba. Debía ser ella. Como quien le guarda un objeto preciado a alguien, seguramente la mujer volvió para que le devolviese los gemidos que había dejado a su cuidado. Pero, ¿cómo podía decirle que los había perdido? Peor, que los había olvidado. Antes de que ella pudiese abrir la boca, David se aventuró a decir:

—El antiguo inquilino…

—Lo sé —respondió ella.

Sí, definitivamente era su voz. Sin embargo, al articularla en palabras resultaba como la diferencia entre desparramar un color sobre un lienzo o pintar con él un espacio delimitado por líneas; era un rugido que tras su salida de la garganta no había encontrado colmillos. Cuando la mujer avanzó unos pasos David pudo, tras casi un año desde que la escuchó por primera vez, ver por fin su cuerpo; un rostro delicado pero no extremadamente llamativo, un cuerpo esbelto aunque no despampanante y ese respeto que no pertenece al orgullo de las clases altas ni a la arrogancia de los humildes. Una mujer normal. A David le decepcionó, pero su decepción no le sorprendió. Aquel fue el motivo por el que nunca bajó a llamar a la puerta del vecino, ya que sabía que darle cuerpo a una voz idealizada es como darle gobierno a una utopía, pues nunca resultaría igual que se había imaginado. La voz, el dinero y la felicidad son cosas que jamás nos encajan con las personas que las poseen.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

—David

Silencio. Pero, ¿era el mismo silencio para los dos?

—¿Y tú? —preguntó David.

—Bet.

David se asombró ante tan curioso y corto bautismo.

—Viene de Bernadette, pero como es muy largo todos me llaman Bet —aclaró la mujer—. Es que has puesto una cara muy extraña al decirlo.

—Oh, no, pensé que podía ser un diminutivo de otro nombre.

—¿De qué otro nombre puede venir Bet?

—Oh, nada… una tontería.

Silencio de nuevo. De repente David notó cómo se empezaba a entumecer al escuchar la respiración de la mujer. Intentando calmarse pensó que el haberla visto, el conocer su rostro, su cuerpo, solo sentenciaba la obsesión que había sentido, y que aquel hipocorístico no significaba sino el epitafio con el que la enterraba. Entonces eliminó de un plumazo el miedo a que todo comenzase de nuevo, y resolvió que se masturbaría, sí, pero pensando solo en su cuerpo. Una sola vez. Bueno, hasta que su imagen se borrase, igual que sus gemidos. Se despidió elevando la palma de la mano con la que apuñalaría su recuerdo y justo cuando empezaba a subir las escaleras aquella voz lo detuvo de nuevo:

—Espera. ¿Eras amigo de…?

 

El bar estaba repleto de gente. El ruido de las jarras al chocar, las llamadas a los camareros, las risas, los gritos, la vida… entre tanto sonido a David le resultaba muy difícil diferenciar la voz de Bet, que acostumbrada a ser protagonista en la soledad de su piso, allí debía buscar los recovecos que dejaba aquel coro etílico. El enclenque muchacho observaba esos finos labios moverse mientras pensaba en la ironía que suponía haber ido a parar al mismo bar donde encontró a la responsable de su infidelidad. Cuando le dijo a Bet que habían sido grandes amigos él y su vecino, (incapaz de pronunciar su nombre lo llamaba así como apelativo cariñoso), esta aseguró sentirse extrañada ya que no le había hablado nunca de él. David aseguró entonces que desde hacía algún tiempo habían perdido parte de su relación, pues acostumbraba a trabajar fuera de casa y no le dejaba demasiado tiempo para verse. Esto pareció convencerla, pues aseguró que arriba nunca había escuchado un solo ruido, excepto una vez que se asustó ante un gran estrépito. (Seguramente cuando arrancó la tarima). Primero el hombre le contó que se dedicaba a la música y ella aseguró que había deseado ser cantante, pero que le resultaba imposible retener la afinación exacta en su memoria, y sus notas siempre oscilaban al entonarlas. Desde los diez años no había vuelto a hacerlo (para bien de sus vecinos, dijo sin ironía). Al poco tiempo de la conversación, ella se desvió hacia la historia de su ex novio: cómo se conocieron, cuándo empezaron a salir, los problemas que surgieron, el acoso cuando lo dejaron, el no saber nada de la depresión siguiente, el padre llamándola para decirle que había muerto… Aquellos datos caían sobre David solo con la voz, como lluvia sin agua. Repelía todo lo concerniente a la vida y obra de su vecino. Intentó desviar la conversación hacia el tema sexual con toda la delicadeza, pero no había forma posible de hacerlo así que se limitaba a lanzar pequeñas indirectas que no lograban hendirse en el resto de la confesión. Y tampoco le resultaba caballeroso hablar sobre cómo habían decorado la habitación en medio de aquel aluvión de rencores y pecados.

Por supuesto, la mujer había acudido para ver si podía extirpar aquella culpa que debía haberle creado el suicidio del hombre al que hasta hacía unos meses había estado follándose a todo pulmón. Ahora intentaba confesarse al chico al que creía amigo del deceso, el cual sin embargo, desde que este había muerto, ya no sentía ninguna culpa. Él, que le había robado la intimidad de su voz, comprobaba cómo ahora le entregaba voluntariamente la de sus sentimientos. Incapaz de escuchar la historia, empezó a pensar que en verdad no había logrado olvidarla, que todo había sido un autoengaño. Solo existía una forma de terminar todo aquello: acostarse con ella. En su mente comenzó a dibujarse entonces un mapa de las triquiñuelas y artimañas que usaría para conseguirlo, ya ensayadas en las habitaciones de hotel. Todo había empezado a la perfección, pues sin planteárselo siquiera ya estaba consolando a la afectada chica y entrando en sus secretos más oscuros. Después de ganar su confianza la llamaría a los dos o tres días para saber si se había recuperado, y quedarían otra vez de forma más tranquila para entrar en todos los pormenores, en todas las espinas clavadas que ya no necesitaban un médico, sino un jardinero. Después la invitaría a su casa, a aquella mansión dedicada al silencio. Poco a poco la iría manipulando, jugando con todos sus miedos y culpas, hasta convertirla en un simple juguete. Un día, harta de vivir sola sin nadie que la apoyase, la dejaría vivir en su casa, no, mejor aún, dormir en su habitación, en esa habitación que quedaba justo encima de la del hombre que se suicidó por ella. Y después, para enloquecerla aún más, pondría sus gemidos con la grabadora. Mierda, había destruido la grabadora. Daba igual, algo inventaría. Y ella empezaría a volverse loca, pero no podría abandonar la atracción que le supondría el piso de abajo, y que la llevaría a soportar todos aquellos fantasmas que la acosaban. Y él estaría allí, como su fuerte y apuesto salvador que urde todos los retorcidos entresijos en silencio, en el silencio de su piso. Y ella no podría con la culpa de haber matado a un hombre. Y sería entonces cuando, el día que escuchase un golpe en le piso de abajo, seco y fuerte, como el de un cuerpo que cae, ella correría a sus brazos. Y en medio de tan alucinada pesadilla él la abrazaría, y la besaría, y le haría el amor con la cara hundida entre sus cabellos, lo único que cubriría sus oídos de aquellos gemidos, de aquellos jadeos que le habían arrebatado un año de su vida. Y entonces le contaría la verdad. Le relataría paso por paso cómo la había engañado solo para tenerla allí, entre sus brazos. Y en cuanto ella entre lágrimas le preguntase el motivo, él diría: «Porque me abandonaste. Porque yo te amaba y me abandonaste».

No. Aquello no eran sino locuras. ¿Quién era él para conquistar a aquella mujer? ¿Un ser enclenque, con esa dulce y elegante voz? Fue entonces cuando, por primera vez, sintió celos de su vecino, de ese hombre de cuyo cuerpo solo había visto su brazo, y de cuya vida solo sabía que había desembocado en el delta que se habría abierto en el aquel. Un hombre que, sin embargo, había logrado conquistar el cuerpo de esa mujer hasta hacerlo sonar. La confesión y las cervezas se habían acabado. David se disponía ya a marcharse resolviendo no ver a Bet nunca más, pero entonces otra voz, más aguda y vulgar, atravesó el bar de una punta a la otra, para, en un estallido que hizo girar a todos los parroquianos hacia la pareja, gritar: «¡Ese es el imbécil que solo puede correrse escuchando gemir a la novia de su vecino!». Otra vez, otra vez más el silencio. David se giró hacia la mentada, que lo miraba sin proferir un solo sonido.

Dando gracias a la policía por no haber cambiado la cerradura, tras abrir con la llave que había robado cuando entró en el apartamento, la pareja entró besándose y restregándose en un furioso arrebato. En su danza y vueltas chocaban contra paredes, estanterías, cuadros y puertas. David no entendía muy bien cómo habían llegado a aquello, pero sabía que había momentos de tal complejidad emocional, con tantos factores enmarañados, que resultaba imposible escoger una opción racional. Al final, solo somos monos intentando entender unos sentimientos que no nos pertenecen, y que cuando se vuelven muy complicados el animal tan solo regresa. Quizás algún día aparezca otra raza que sepa diferenciar cuál es la solución ética a tan difíciles pruebas, pero hasta entonces él se dedicaba a meter la mano bajo aquellas bragas, aunque solo fuese por si se escondía allí. David intentaba apartar sus labios de los de ella, lamer su cuello hasta hacerla gemir. Sin embargo, cada vez que lo intentaba, la mujer le agarraba los mofletes y volvía a juntar los labios con los suyos, ahogando los jadeos entre la saliva. Cuando David le agarró de la muñeca para llevarla a la habitación, esta se debió de sorprender al pensar por qué su amante conocía el lugar donde se situaba. Sin embargo, el chico le dio un tirón que acabó con todo recelo.

Cuando entraron tuvieron que saltar por la mancha negra que se había dibujado en la madera donde el cuerpo cayó. Según se lanzaron sobre el colchón, lo primero que hizo David fue intentar recorrer toda la habitación con la vista, pero la mujer le puso las manos por ojeras y solo pudo ver la estantería en el cabecero de la cama. La maldita estantería que hacía que no golpease la pared. Se arrancaron literalmente la ropa y ella le agarró el miembro para comenzar a masturbarlo. Le iba a hacer el amor por fin. En la habitación del vecino. Todo había tomado forma, todo había tomado carne: las paredes, la cama, la estantería, la pared… ella. Y aunque ya lo hubiese hecho miles de veces, con el vecino y con otros, aquella sería la primera vez con él, y la sangre del suelo se convertiría en la sangre del pucelaje de ella. Y entonces acabaría con el silencio, y con su soledad, y viviría como los de abajo. Y ella lo amaría. Y todos los días la haría el amor hasta que gritase, y jadease, y gimiese, y clamase, y suspirase, y resoplase, y bufase, y resollase, e incluso que rezase, para que todos los vecinos, en la soledad de sus cuartos, pudiesen masturbarse ante aquella sinfonía. Y David le abrió la entrepierna a la vez que él abría sus oídos para escucharlo, para escuchar aquel lamento de la humanidad resumido en la boca de la mujer.

Nada. No había sentido nada. La deslizó de nuevo hacia afuera y volvió a empujar, ahora más fuerte. Nada de nuevo. Otra vez. Nada. Otra. Otra. Una vez más. Con más fuerza. Nada. Aquello era lo que deseaba desde hacía tanto tiempo, pero ahora que lo había logrado no sentía nada. Más fuerte. Nada. ¿Qué ocurría? ¿Acaso no eran los mismos gemidos? ¿No jadeaba como tantas otras veces? ¿Por qué entonces no sentía absolutamente nada? Comenzó a hacerle el amor con cadencia, mientras ella se adaptaba a su ritmo. Sin embargo no había manera. No sentía la aguja, ni los golpes en el pecho, ni la lujuria… y muchos menos felicidad. ¿Por qué? ¿Por qué la vida le hacía aquello? Tres minutos estuvo empujando sin resultado alguno, tocando solamente carne. Bet, al darse cuenta de la dificultad que tenía su nuevo amante comenzó a gemir más alto, hasta casi gritar. Pero a cada nuevo jadeo David unía mentalmente los «nadas» que repetía en su cabeza hasta crear un contrapunto. Todo resultaba tan físico, tan real: el sudor, los pechos, la saliva, la estantería… Excepto el ruido, que había perdido de repente toda su fuerza, todo su encanto, toda su realidad. Se desvanecía en sus oídos antes de herirlos. Nada. Se separó de ella de repente y empezó a masturbarse. Fue entonces cuando comprendió el motivo: la habitación, la mujer, aquello. Podía verlo todo. Sí, aquel era el problema. Lo veía todo. Todas las otras veces eso no existía, pero no tenía necesidad de imaginárselo. En su habitación los gemidos aparecían desnudos de toda vida, de toda realidad. Eran la pureza, la pureza de un instante. Y la culpa. El instante y la culpa, las dos únicas posesiones del hombre. Allí sentado en la cama del vecino, mirando la mancha de sangre como el último borrón de una vida sobre el cual pretendía lanzar su semen, el final y el principio, y no sentía culpa alguna. Sin embargo allí arriba sí la sentía, la culpa de espiar la máxima felicidad de una mujer, de escuchar su orgasmo. El instante y la culpa. Aquello le hacía eyacular: el instante y la culpa. Cuando se volvió hacia Bet, que resoplaba aún exhausta por el arrebato, parecía como si ella comprendiese todo aquella amalgama de sentimientos. ¿Y qué es el amor, sino comprensión?

Sin temor a que los vecinos lo viesen subir las escaleras desnudo, con la masculinidad aún alzada, llegó a su piso. Y si lo hubiesen descubierto en aquellas condiciones poco le hubiese importado; al final, cosas más extrañas han ocurrido en el espacio que separa dos apartamentos. Cuando llegó a la habitación los gemidos ya brotaban del suelo. Se hincó sobre aquella alfombra de jadeos y comenzó a masturbarse. La mujer seguía la partitura a la perfección, como siempre lo había hecho, incluso más alto para que no perdiese un detalle, cosa que agradeció en extremo. Allí sí, entre las telarañas de silencio, entre su soledad de misántropo, entre su culpa. Incluso su impalpable amante movía la cama para que los golpes reptaran por la pared. Y los gemidos. Miles de ellos. Los imagina caer sobre ella, correr por su pelo, por su cuerpo, desnuda en la abstracción con la que formaba la idea de la mujer. Brotaba de su boca una cascada de ellos que caía sobre sus atributos femeninos, y que formaba un pequeño lago a los pies de David. Sí, aquello era; una cascada de jadeos en medio de aquel desierto de silencio. Y ella se bañaba en ellos, desnuda en la intimidad. Y él escondido en su cuarto la espiaba, espiaba ese agua para los oídos. Y todo comenzó a aumentar, a aumentar, más, y más, y más, y más, y más, y espera, espera, y más, y espera, y más, y… El eco del último gemido quedó unos instantes flotando para después desvanecerse en el silencio, en el olvido. Habían terminado ambos a la perfección. Entonces David pensó en Hume, y en sus ironías. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas para caer en el suelo, al lado de las blancas lágrimas de su masculinidad, estrelladas contra aquel obstáculo de cemento y madera que les impedía entrar en aquel hueco que se tendía abajo, ahora solitario y vacío.

 

separación texto relato Betsabé y las ironías de Hume

José Garzón Moreta. Vive en Ávila. Es Grado en Comunicación audiovisual, Universidad Carlos III (2009-2013) y cuenta con el Título Profesional de Música, especialidad de Oboe, por el Conservatorio Tomás Luis de Victoria (1999-2009). Su carrera profesional está ligada al mundo del guión cinematográfico, en el cual ha trabajado en la elaboración de dos largos así como en otros proyectos como cortometrajes y documentales, además de trabajar como becario en la agencia EFE de noticias y estar ligado también al mundo de la música tanto clásica como de jazz.

 

Contactar con el autor: josegar1991 [at] hotmail.com

📸 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 80 | mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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