relato por
Francisco Fernando Jara

 

S

e suele contar, en alguna que otra noche sin fútbol, que hay por ahí entre las calles del barrio de Prosperidad una esquina con un componente especialmente curioso. Dicen los que han vivido toda la vida en estas latitudes que es la esquina del olvido. Las personas que pasan por allí sufren el terrible castigo de verse abandonados por su memoria. A simple vista, se puede ver que es una esquina oscura, con las dos calles que la forman en pendiente y donde funciona una librería y papelería de las de antes. El dueño, un señor más bien anciano, lleva una relación muy severa acerca de los olvidos de las personas que pasan por allí. Estos olvidos él los califica en diferentes categorías: insignificantes, terribles y los fatales. Evidentemente, de todos estos, los que mayor peligrosidad tienen son los fatales aunque el anciano siempre insiste en que nunca se sabe en qué puede derivar el más mínimo tropiezo.

Muchos de los parroquianos del bar San José lo confirman; es una esquina en la cual todos aquellos que han tenido una decepción pasan por allí a deshacerla y quienes disfrutan de una alegría la evitan.

Cuenta José Antonio Molina que fue allí donde dejó de quejarse por la rodilla que le estaba dando problemas; al pasar por la esquina se olvidó del dolor que le producía al caminar. También se olvidó de ir a buscar a su nieto al colegio, de comprar la lejía, de pasar por el tinte y de sacar al perro. Lo curioso de este caso es que su olvido fue transitorio y selectivo, dado que no se había olvidado ni de pasar por el bar a tomarse el aperitivo ni por la agencia de loterías a jugar su boleto semanal de la primitiva. También allí es donde Emilio San José olvidó a aquella mujer que lo había abandonado, dejándole una dolorosa herida sentimental y una deuda con la compañía de teléfonos.

Pero sobre todo, se cuenta en voz baja, cuando él no está, la triste historia de Julio García Rodríguez, quien, viviendo justo al lado de la esquina del olvido, evita bajo toda circunstancia pasar por allí. Según cuenta la leyenda, Julio fue objeto de uno de los amores más renombrados en el barrio, un amor dulce y sereno que se transparentaba en su mirada. La mujer de la cual estaba enamorado era una chica encantadora y pasional, respetuosa y dedicada y, cuando la ocasión lo requería, también firme y decidida. Pasó que, tras algunos años de mutuo cariño, Lucía, que así se llamaba, se olvidó de aquello que la hacia estar junto a Julio. Se olvidó de cómo se quería, se olvidó de lo que sentía con sus caricias, sus risas, sus paseos hasta la calle Príncipe de Vergara. Se olvidó de esa sensación que recorría todo su cuerpo al esperarlo. Fue sin querer, aseguró Julio, estoy seguro de que no se dio cuenta por donde caminaba. Eso fue lo único que dijo al respecto cuando se lo preguntaron. Todos sabían que Lucía, sin querer, había pasado por la esquina del olvidó y allí fue donde perdió el sentimiento de los recuerdos más queridos.

Y aunque el más damnificado de los dos haya sido Julio, es él quien se niega a pasar por allí, sale de su casa y da una vuelta entera a la manzana para alcanzar el autobús, prefiere andar dos calles de más antes de llegar a la panadería, sólo por miedo a pasar por esa nefasta esquina. Nunca se lo dijo a nadie pero todos lo comprenden; prefiere continuar su lucha con ese dolor antes que olvidar los momentos más dulces que en su vida ha tenido.

Algunos de los compañeros de Julio que lo han visto vagar entre las mesas con el ánimo más bien bajo, se propusieron, en su momento, buscar una solución para la pena que estaba minando su ánimo y el del resto de participantes a las juntas de la cofradía. Para ello, en una ocasión, le propusieron al mismísimo Nazario que interviniera en el asunto, que por medio de algunos de sus engaños hiciera a Julio pasar por aquella esquina y olvidarla. Nazario, con una sentida mueca de tristeza, les confesó que él nada podía hacer, que los recuerdos amargos que va dejando la vida son demonios internos que nosotros mismos formamos y de los que debemos ser responsables. Sin embargo, les aseguró que el olvido tarde o temprano llegaría, que nuestra capacidad de recuerdo es muy limitada y que poco a poco vamos dejando de lado esos pensamientos para incorporar nuevos momentos que transcurren en nuestra vida pero, mientras tanto, lo dolores que queremos seguir atesorando son como espinas clavadas que van rasgando nuestro ánimo.

Muchos pobladores de otros barrios que escuchan leyendas como éstas en alguna ocasión sienten curiosidad por llegar hasta esta parte del barrio, solamente por experimentar de alguna manera esa sensación de vaciar su memoria de los recuerdos más amargos, de sacarse de encima ese dolor de los momentos que les están haciendo daño y es aquí donde el dilema ante el cual se encuentran es mucho mayor. Pasar por la librería a dejarle la totalidad de nuestros recuerdos al anciano catalogador del olvido, sean felices o trágicos, o seguir viviendo con la memoria intacta, justificando sus pesares, basándonos en las sonrisas de los buenos momentos, por pocos que hayan sido.

Muchos, en el bar San José, coinciden en que la memoria es un don pero que el olvido muchas veces es necesario. Todo esto nos lleva a pensar que el uso de estas dos facultades es necesario en nuestro paso por la vida. Recordar lo que nos ha hecho felices y olvidar los males que no son bienvenidos.

 

divisor La esquina del olvido

Francisco Fernando Jara López. Nacido en Buenos Aires capital federal de argentina en 1977. Cursando en la Universidad de Buenos Aires estudios de Historia, se traslada a España en el año 2003, donde reanuda sus estudios de Historia e Historia del Arte, complementando estos estudios con cursos adicionales en escuela de escritores y diversas tareas creativas.
Es autor de Pasiones, olvidos y contradicciones en el barrio de Prosperidad, un libro de relatos (al que pertenece el publicado en esta página) que comenta el día a día de un barrio de la ciudad de Madrid. En cada uno de estos relatos se viven situaciones que van de lo real a lo mágico de lo increíble a lo cotidiano. En su mayoría, los relatos están ambientados en el Bar San José, local de existencia imaginaria, donde se reúne un grupo de personas que continuamente están debatiendo por temas de profundo contenido metafísico y ético. En cada uno de los relatos se narran historias que se desarrollan en la inmediaciones del barrio de Prosperidad; en cada una de estas historias encontramos diferentes escenarios que nos ubican en una situación familiar, la cual concluye con una metáfora de la vida común. Entre todos los personajes destaca la aparición de Nazario, que ejerce de hilo conductor y que une la mayoría de los relatos y sucesos, así como también a todos los personajes que se nombran en los relatos.

📩 Contactar con el autor: maxieuro [at] hotmail.com

 

📸 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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