relato por
Ernesto A. Castro

 

H

erminio se levanta con una ranchera de alarma. Son las 4:20 de la madrugada. Presiona un botón en su celular (una cosa cuadrada; algo obsoleta) y lo conecta al cargador. Tiene esposa, hijos, hijas, unos cuantos nietos en el mismo cuarto; pero no saluda nadie y se va al baño. Ellos siguen dormidos. A veces quisiera que siempre estuvieran así.

El agua no borra arrugas, ni canas o ensueños; pero le quita la pereza. No se siente en extremo vigoroso aunque tiene la certeza de que aguantará otra rutina de basura. Regresa a su cuarto con el agua goteando de las sienes y una toalla gris rodeando su entrepierna.

Su esposa ya está levantada. Arregla la cama mientras le pregunta si quiere llevar comida al trabajo o se va a comprar algo en la calle. Herminio lo considera y le recuerda que en la calle sólo se puede comprar un pan simple y un fresco; que eso no llena. Ella asiente. Pero, le dice, sólo tenemos arroz hoy. Herminio no le responde, le da la espalda, se quita la toalla, se queda desnudo en la penumbra, y ese es suficiente gesto para comprender que hay días en que es mejor no comer.

Se viste con su uniforme. Su uniforme es anaranjado. Se le dieron hace unos tantos años y no se lo han cambiado. Él mismo lo ha remendado muchas veces, ha solicitado uno nuevo, ha intentado por todos los medios comprarse otro, lo ha pateado. No consigue nada. En cambio se memoriza todas las manchas, los ruedos descosidos, el olor a pestilencia que no se va aunque use detergentes que pocas veces tiene. El uniforme ya le queda algo estrecho, tiene la bandera municipal en lado izquierdo, la bandera nacional sobre ella, y el nombre de Herminio Martínez bajo todo eso, al final.

Se peina, se arregla un poco la barba con una afeitadora vieja y se da cuenta que ya casi son las 5. Hora de irse.

Antes de salir de la casa le deja tres córdobas sobre la almohada a Toñito. Es su hijo menor y duerme en la misma cama con dos hermanos mayores. A Toñito le gusta comprar Jalapeños en la escuela, de esas tortillas chilosas y tostadas. Lo repite todo el tiempo. Podría decirse que son su comida favorita; lo más rico que podría comer. Herminio le deja el dinero de forma que quede más cerca de Toñito, y le contenta saber que hoy sí ha podido cumplir un deseo de al menos uno de sus hijos.

Eran los tres córdobas del fresco de las doce. No importa, se dice al abrir el portón y patear al perro desnutrido hacia un lado, de todos modos a las doce lo que me da son ganas de tirarme al suelo y dormir. Cuando se trabaja como yo trabajo, sigue pensando al sortear piedras y baches de su barrio, no hay tiempo ni para mí mismo.

Llega a la parada de buses. Está fría. Aún no amanece y él ni siquiera se bebió un cafecito. Deja de pensar en ello y saluda a otros viejos que van hacia sus trabajos también. Entre ellos está Doña Dorotea que vende quesillos en el mismo parque que él trabaja. Ella ya lleva su mesita ambulante, las tortillas calientes y una bonita camisa de globos violetas. Esa camisa Herminio se la vio ayer, antier, y mucho antes de todos esos días; sin embargo siempre la ha visto limpia, y, por qué no, como casi nueva. Herminio la saluda con la mano y ya viene el bus de las 5:15.

Dentro del bus compite por sentarse al lado de la ventana, es bonito ver cómo todo se mueve en borrones a través del vidrio pañoso, se acomoda, y conecta los auriculares en su celular. Es barato, es verdad, pero al menos tiene para oír la radio. Herminio sintoniza una radio de rancheras, sonríe un poco con las notas de Pedrito Fernández, en su mente es él el que monta caballos, entona en jaripeos y enamora jañitas  bellas; y así se van los cuarenta minutos de viaje.

Trabaja en el Parque Francisco Morazán. En mitad del parque está un busto de ese hombre, y el de otros héroes y mártires más que aumentan con los años. Herminio no sabe tanto de ellos, pero sí sabe de los borrachos, locos, huelepegas y pordioseros que apenas se están despertando a esta hora. Duermen en las bancas. Algunos incluso hacen sus necesidades en el pasto, o sobre las flores de avispa que a Herminio a veces le corresponde regar. En varias ocasiones él les ha dicho que busquen baños públicos a los cuales ir, pero ellos lo ignoran o le hacen caras amargas. No los culpa. Sabe que de tanto ser ignorado uno también aprende a ignorar a los demás. Saluda a algunos que ha conocido con los años («Buenos días Don Herminio, ¿listo para el pegue?») y se va para la caseta donde está guardado su arsenal de trabajo.

La caseta está escondida debajo de una glorieta del parque. Desde arriba de la glorieta se tiene una vista estupenda de la catedral, de los cerros y sus cruces gigantes en la cima, de los edificios que crecen en la distancia. Los jóvenes pasan mucho tiempo ahí y se toman fotos, o simplemente conversan tomados de las manos. Parece que ninguno ve que justo abajo hay una puerta que esconde los fieles amigos de Herminio.

Herminio la abre y ahí están: su carretón, su escoba y su pala. Una triada de falsa asepsia.

El recorrido es sencillo: ir alrededor del parque, después ir por los senderos alternos, luego los jardines, y por último vaciar todos los recipientes de basura. Hay que hacer esto repetidas veces. Tantas veces que Herminio nunca se ha tomado la molestia de contarlas.

Comienza. Tira dentro de su carretón botellas de Coca-Cola, bolsas de golosinas (sí: también de ésas que le gustan a Toñito), hojas de cuadernos manchadas de sustancias que Hrminio nunca se entretiene en conocer, un par de calcetines rotos, un condón al parecer usado la noche anterior (trata de ensuciar su escoba y su pala lo menos posible), pero sobre todo tira polvo. Hay mucho polvo en los sitios concurridos. Seguro sale de las bocas y manos de las personas, se dice Herminio.

Continúa con el siguiente sector. No se apura. No se engaña. Nunca va a terminar.

Este es otro día en que Herminio se encuentra un hombre en el cauce de aguas residuales. Va vestido de corbata a rayas azules, zapatillas negras, faja de cuero también negra y una panza prominente que acentúa su camisa blanca. Hay un portafolios mojado al lado del cadáver. Sin abrirlo, Herminio sabe que hay papeles de la alcaldía dentro. Había visto a ese hombre en varias reuniones del gabinete y CPC. Se miraba como un hombre muy confiado, pero intransigente. No abría su boca más para denegar o callar a los demás. Ahora también la tiene abierta, aunque en esta reunión sólo le sirve para recibir agua gris y lodo.

Herminio pone su escoba y su pala a un lado. No le servirán para sacar el cadáver de ahí. Acerca más su carretón y hala al hombre de los pies con todas sus fuerzas. Se cansa mucho. Al final lo tira dentro del carretón. Exhala. Lo bueno es que es uno de los pocos bultos pesados que puede encontrar en el día. También es bueno que en su carretón hay mucho espacio para él y no se le llenará así de fácil.

Herminio sigue con su recorrido. Me pregunto, se dice pensando en su esposa, si ya habrá conseguido algo para la cena.

 

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Ernesto A. Castro. Es un joven autor nicaragüense, Ernesto A. Castro estudiante de Administración de Empresas.

Contactar con el autor: each1617 [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Dzed / Pixabay [CCO dominio público]

 

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