relato por
Juan J. Sánchez González

 

N

o podía regresar a casa, a ese refugio inútil donde me oculté durante años pensando estar a salvo, donde me construí una vida normal, la vida sencilla y estable de un profesor de instituto que trata de enseñar Historia lo mejor que puede a un montón de adolescentes indiferentes, la vida anodina y templada de un marido honesto que sabe contener y traducir sus sentimientos a gestos tranquilos y previsibles, la vida responsable y sobria de un honrado ciudadano que asume sus deberes cívicos y que participa activamente de la vida pública de la comunidad a la que pertenece. Aquella noche, en un tabernucho, junto a unos cuantos borrachos que buscaban amparo contra el frío y la soledad, ante el rostro pasmado de Alberto, un antiguo compañero de colegio, me dediqué, entre vasos de whisky, a pisotear con saña a ese distinguido personaje. Cansado de los enfáticos elogios que aquel tipo me dedicaba por «todo lo que había conseguido», no dudé en confesarle abiertamente toda la miseria que ocultaba mi radiante apariencia. Ese tipo bajo y rechoncho, abotargado por la bebida, cuyos grandes ojos de becerro estaban inyectados en sangre, me pareció el público adecuado ante el que ejecutar mi ansiada inmolación. Para ese inocente fracasado, su mayor gloria en esta vida había consistido en pasar por las aulas del reputado colegio jesuita de Villaumbría, en donde ambos coincidimos un par de cursos, lo que no dejaba de recordar continuamente durante su conversación. Estaba convencido de que aquella breve experiencia escolar había dotado a su pobre existencia de un halo de distinción, que él achacaba a «los valores que allí aprendes», capaz de revestirle de una dignidad inmune al turbio ambiente en que lentamente se consumía. Mi apasionada confesión acerca de las íntimas miserias de mi vida dejó en su hinchado rostro una mueca de perplejidad, como si mis autorizadas palabras decretasen el fin de las ingenuas ilusiones en que fundaba el escaso valor que otorgaba a su existencia.

Pero lo cierto es que durante años me esforcé por creer que esa vida ordenada y segura, capaz de procurarme un tranquilo bienestar, bastaría para calmar la inquietud sentida por primera vez con apenas veinte años, cuando el futuro comenzó a adquirir el aspecto de un angustioso enigma. Recuerdo la íntima zozobra de aquella época, el temor de aquel jovencito responsable a errar el camino, a perder un tiempo que la mayoría de sus amigos de la universidad no dudaban en derrochar de cualquier modo, huyendo de compromisos y responsabilidades. Aquella inseguridad respecto al porvenir me impulsaba a seguir los caminos trillados, cuyo éxito garantizaban tantos profesores satisfechos de sí mismos, y cuyas respetables existencias se me ofrecían como modelos dignos de emulación.

Y, sin embargo, una vez conseguida esa seguridad que nos enseñan a confundir con la felicidad, enseguida comencé a sentirme insatisfecho. Al principio disimulaba. En aquella época todavía guardaba suficiente fe en las venerables instituciones del matrimonio y la familia como para esforzarme por contenerme dentro de sus angostos límites. Me había casado con Marisa, mi novia de la universidad, al poco de conseguir mi primera plaza. Me siguió fielmente a cada nuevo destino a que era trasladado. Reconozco que el periódico recomenzar de nuevo cada mes de septiembre, esa brusca ruptura con los pequeños hábitos que adquiría en cada localidad a lo largo de cada curso, esa necesidad de afrontar nuevas circunstancias y nuevas relaciones, siempre difíciles para un tímido como yo, contribuyó a mantenerme unido a Marisa. Su desparpajo y su fácil simpatía me resultaban útiles, me ayudaban a integrarme entre mis nuevos colegas, a ser aceptado, a que me fuera perdonada mi excesiva juventud, que al principio solía resultarles sospechosa.

Fue al recalar finalmente en Villaumbría cuando todo comenzó a desmoronarse, cuando mi existencia empezó a acusar los efectos de una rápida e imparable corrosión cuyas causas se me escapaban del todo. Era como si el miedo al porvenir de mi temprana juventud, una vez calmado por la vía de los remedios tradicionales, hubiera dado paso a una inquietud, a un extraño y persistente malestar al que no sabía cómo hacer frente, porque tampoco lograba reconocerlo en el estrecho círculo de mis amigos y familiares. Todos ellos estaban de acuerdo en que había logrado resolver con admirable facilidad la más difícil de las pruebas a las que se enfrenta un joven, labrarse un sólido futuro. Entonces, ¿qué me pasaba? ¿Por qué no conseguía ser feliz?

Poco a poco, de ese disperso malestar, fue surgiendo un deseo borroso, que al principio adquiría la forma de un capricho pasajero pero que, con el tiempo, fue ganando la contundencia y la fuerza de una pasión. Supongo que, en aquella complaciente celda en que voluntariamente había confinado mi vida, aspiraciones y esperanzas, mi memoria rebuscaba entre las sombras de mi pasado los rostros, las palabras y las experiencias que, quizás, hubieran podido hacer que mi vida discurriese por derroteros bien diferentes. El caso es que, lo que en principio fuera un inocente juego de prisionero aburrido, fue proporcionándome algo parecido a una razón de existir, al menos algo capaz de reanimar mi alma hastiada. Entre las sombras que vagaban por mi memoria, fue ganando en consistencia la figura singular de Clara. Lo curioso es que siempre me inspiró antipatía… o, más bien, me empeñé en que me fuera antipática. Tenía un carácter fuerte y decidido que le permitía afrontar los variados obstáculos en los que solía encallar una voluntad apática y temerosa como la mía. Causó un gran escándalo cuando, en aquella lejana época en que nuestra forma de pensar acusaba los efectos de la opresiva atmósfera de moralidad católica en que crecimos, perdió la virginidad con apenas catorce años. Esa libertad, esa fuerza en sus actos, ese afán por desafiar los prejuicios que a tímidos cretinos como yo nos servían de excusa para seguir languideciendo en el pasmoso universo de mutilados deseos que fue aquella juventud, me la hacían odiosa, quizás porque su sola existencia bastaba para descubrir las mentiras con que disfrazaba los miedos que me inspiraban mis propios deseos, porque su sola existencia bastaba para demostrarme que tras mi apariencia de joven responsable que sabía lo que quería solo había un pobre cretino muerto de miedo. Clara, con su cobriza melena ondulada, su cara estrecha y pecosa, su azul mirada intensa, sus delgados labios, en los que parecía fijada una tenue expresión de paradójica tristeza, por el modo en que sus comisuras se doblaban hacia la barbilla, representaba en aquella época el oscuro ídolo capaz de avivar nuestras voluntades indecisas, perdidas en el marasmo de las angustiosas inquietudes juveniles.

¿Por qué resurgía entonces? ¿Por qué su fantasma era invocado cuando todo aquello que representaba había quedado sepultado bajo el túmulo poco añorado de mi perdida juventud? Lo cierto es que aquel extravagante fantasma se paseaba por mi mente en mis continuas noches de insomnio, en los blandos ocios de mis horas de trabajo, en los cada vez más buscados momentos de soledad, cuando en compañía de mi perro me perdía por los aburridos campos que rodean Villaumbría. Más que un enigma, esa sombra custodiaba una respuesta o, más bien, una afirmación proclamada con el orgullo y la fuerza de la juventud, incomprensible en su momento, pero cuya verdad guarda fuerza suficiente como para mantenerse viva durante años, hasta que comprendes que, de haberla escuchado en su momento, otro hubiera sido tu destino, quizás más incierto, menos seguro, menos respetable… pero, quizás también, más pleno y feliz.

Aquella noche nos habíamos reunido con tres parejas de amigos para cenar en un restaurante. Todos tenían vidas similares a las nuestras, estables vidas de profesores o funcionarios de la administración pública, vidas seguras, sin excesivas preocupaciones, vidas que la llegada de los niños habían dotado de un aire más encantador si cabe. Nuestras conversaciones no lograban ir más allá de los problemas y alegrías cotidianas que llenaban nuestros días. En su conjunto, observándolo a cierta distancia, libre de las pequeñas pasiones que lograban inspirar, aquellas conversaciones daban una penosa impresión de nuestras vidas. Me veía avanzando a través de los años por una maraña de infinitas trivialidades que consumían fuerza, paciencia y esperanza. Y todo para no dejar de ser nunca el personaje por el que una vez optamos cuando teníamos tanto miedo y al que vinculamos una serie de principios incuestionables, principios en los que creíamos con una fe capaz de acallar todas las dudas, la clase de principios que convierten a un hombre en un siervo dócil e infeliz: seriedad, responsabilidad, esfuerzo, abnegación…

Me sentía mal. Permanecía más callado de lo que era habitual en mí, bebí también más vino del acostumbrado. Mis amigos pensaban que estaba disgustado por algo. Advertía sus miradas atentas a mi rostro y al de mi mujer, no más alegre que yo, pero por motivos diferentes. Al concluir el postre las mujeres se levantaron para ir al servicio. Los hombres se agruparon en un extremo de la mesa para ver no sé qué vídeo que los hacía partirse de risa, mientras sus caras mofletudas, encendidas por la bebida, se tornaban rojas. Yo permanecí sentado en mi sitio, justo en el extremo opuesto, sin prestarles atención. Las mujeres tardaban en volver, intuía lo que estaba sucediendo en el servicio, se aproximaba la catástrofe y yo la esperaba desafiante, con el turbio valor que me proporcionaba una botella entera de vino y una resolución desesperada pero inflexible. Las vi tras la puerta cristalera del comedor, agrupadas en torno a Marisa, que intentaba contener un llanto al que había dado rienda suelta en el servicio. Cuando se decidieron a volver me puse tenso. Los rostros de las mujeres me advirtieron que no me iba a escapar. Las precedía Luisa, una rubia regordeta, que hizo un gesto a los hombres para que reprimiesen su risa y adoptasen la seriedad que las circunstancias requerían. Había llegado el momento de reprender al borrego indócil cuya actitud amargaba la fiesta del rebaño. Fue Laura, la más íntima de Marisa, la encargada de reprocharme que no tenía derecho a seguir con esa actitud, que si estaba enfadado con el mundo, mi mujer no tenía la culpa. Marisa, con el rostro congestionado, reprimía el llanto acodada sobre la mesa, sin mirarme. Les había contado que yo apenas hablaba en casa, que siempre estaba de mal humor, que parecía como si hubiera dejado de quererla. A continuación tocaba a los hombres ejecutar su papel, comparsas sin convicción. Alfredo, el marido de Luisa, se alzó como portavoz del género masculino y me soltó que también estaba muy distante con ellos, que no parecía el mismo, lo que ratificaron los demás a base de contundentes sacudidas de cabeza y algún que otro gruñido. Aquel matrimonio de funcionarios, a base de ternura, comprensión y cariño, había llegado a tal extremo de dulzura que incluso sus gordos rostros rubios tenían la misma expresión de bollos dulces y tiernos recubiertos de miel. Las réplicas de unos y otros siguieron durante un buen rato, siempre en el mismo tono de reproche y con el mismo contenido acusador, hasta que se me hizo imposible aguantar la bronca en silencio.

—Claro que soy el mismo, ese es el problema —empecé a hablar con calma, tratando de contenerme, aunque sentía burbujear en mi interior una furia creciente, inflamada por el alcohol—, siempre somos los mismos por miedo a cambiar, preferimos morir de asco siendo siempre los mismos antes que arriesgarnos a cambiar —me puse en pie, los encaré fijamente, sentía mis mejillas ardiendo y un agudo picor en los ojos—. Ya que os empeñáis os diré qué me pasa, estoy harto de ser lo que soy, eso es, harto y aburrido, me estoy muriendo de asco, y el tiempo pasa, con menos posibilidades cada vez de poder cambiar, más cerca de la edad en que la sensación de que has desperdiciado tu vida se convierte en una convicción capaz de hacer que te odies a ti mismo. No quiero eso, no quiero llegar a los setenta años arrepintiéndome de no haber vivido, de no haber tenido el valor de apostar mi vida por la felicidad. Hace tiempo, mucho tiempo, tuve la oportunidad… y por miedo no lo hice… pero todavía puedo hacerlo, aún puedo cambiarlo todo…

Para sorpresa de todos, eché a caminar hacia la salida. Tardaron en reaccionar, después, desde sus asientos, intentaron retenerme con toda clase de razones mientras mi mujer, arropada por sus amigas, se deshacía en llanto sobre la mesa. Solo Alfredo se levantó, como si pretendiera retenerme, pero, al ver que nadie más le seguía, se detuvo en mitad del salón, vacilando. Alguien dijo que me vendría bien airearme un poco. Me dejaron ir, supongo que para personas comedidas como ellas intentar retenerme por la fuerza en mitad de un restaurante hubiera resultado bochornoso.

Comencé a caminar por la calle, sin saber realmente qué hacer ni a dónde ir. Aquella huida no había sido planificada. Era un impulso brotado de la explosiva mezcla de alcohol y hastío.

Me había adentrado por un humilde barrio de casas bajas, calles oscuras en las que el silencio solo era rasgado por el murmullo de las televisiones que escapaban a través de las ventanas. Caía una fina lluvia que el gélido viento, encajonado en las calles, me arrojaba a la cara como diminutos alfileres. Enseguida comencé a temblar de frío, lo que me obligó a buscar refugio en el sucio tugurio en que me encontré con Alberto, donde debí permanecer al menos un par de horas bebiendo y maldiciendo mi vida.

Borracho como estaba, debí pensar en visitar el Evasión, el antro en el que, durante mi juventud, celebraban sus tentadores aquelarres las sombras capaces de desviar mi recto camino de virtud, y sobre las que Clara, con su suprema libertad, dominaba como el oscuro ídolo que era. Aunque mis recuerdos son confusos, me acuerdo que, tras empujar sus pesadas puertas, penetré en un local ancho y oscuro, sumido en una densa luz azul, lleno de sombras susurrantes dispersas en torno a las mesas o apretujadas junto a la barra, en el fondo. Recuerdo incluso que un intenso hedor, mezcla de tabaco, hachís y alcohol, impregnaba su tibia y cargada atmósfera, y que de vez en cuando una risa chillona e histérica se alzaba por encima del murmullo general. No sé qué pensé entonces, estaba demasiado borracho y lo que allí sucedió hizo que olvidara todo lo demás. Sé que estuve deambulando entre las mesas, intentando reconocer rostros familiares entre aquellas sombras que me observaban con fatigada curiosidad, sé que hablé con viejos conocidos, sé que su conversación, cuyos detalles he olvidado, me infundió una profunda tristeza, sé que todos tenían alguna pena que contar, un fracaso que lamentar, que todos se sentían derrotados en un mundo en el que no lograban encajar, sé que llegué a sentirme como una de aquellas sombras vencidas y que me dispuse a unirme al lúgubre coro de aquel fatigado infierno, y sé que, al fondo, en una mesa cercana a la barra, advertí la negra mirada de un rostro enflaquecido, aureolado por una flácida melena cobriza, en el que reconocí una boca estrecha, con expresión doliente, y cuyos ojos ensombrecía el hueco profundo de sus hundidas cuencas, un rostro consumido por quién sabe qué penas y qué sustancias, y sé que no me atreví a llegar hasta ella, hasta Clara, porque en su expresión reconocí el destino a que conducía mi desesperado anhelo de libertad y felicidad fuera de los cauces establecidos, y allí me quedé, recostado en una mesa, ante un vaso rebosante de whisky, postrado ante el oscuro ídolo vencido, envuelto por el lastimero murmullo en que bailaban las derrotadas sombras de mis recuerdos.

 

línea separadora relato Juan José Sánchez González

Juan José Sánchez González. Autor extremeño, natural de Villafranca de los Barros (Badajoz). Es presidente de la Asociación de Amigos del Museo Histórico de Villafranca de los Barros, desde la que se publica la revista digital El Hinojal (ISSN 2341-3093).
Ha publicado los siguientes relatos: El trastero, en la Revista Almiar, en junio de 2014, con el cual ganó un accésit en el III Concurso Literario Juan Martínez Ruiz; ¡Voy a escribir una novela sobre el Cid!, en la Revista Candor; El reflejo, en la Revista Almiar, n.º 79, marzo-abril de 2015; El estómago de Leviatán, en la Revista Narraciones n.º 38; Domus austriaca conteret caput tuum, relato seleccionado para formar parte de la antología resultante del XVIII Certamen El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura en 2015; Observación participante, relato seleccionado en el I Concurso de relatos RSC para ser publicado en los próximos números de la revista Relatos sin contrato; La libreta, en la Revista Ariadna RC, n.º 68. En la 1.ª Antología de relato corto publicada en mayo de 2015 por Serial Ediciones tiene publicado el relato corto Una tonta esperanza. Además, tiene publicados varios microrrelatos en diversas antologías Diversidad Literaria, Letras como Espada y Letras con Arte.

 

Contactar con el autor: ret50jon [at] hotmail.com

 

Ilustración relato: Crying Statue, By Vassil derivative work: carulmare
(Sépulcre_Arc-en-Barrois _111008_12.jpg) [CC BY 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)],
via Wikimedia Commons.

 

archivo relatos Juan José Sánchez González

Más relatos en Margen Cero

TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

minuto-silencio Un minuto de silencio, por Lamberto García del Cid. En Biblioteca de Almiar (2004)
destino Destino, por Roxana Heise Venthur. En Biblioteca de Almiar (2004)
informes Los informes, por Norberto Luis Romero. En Biblioteca de Almiar (2005)


Revista Almiarn.º 83 | noviembre-diciembre de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 239 ♦ Reciente: 1)