relato por

Marcelo Arancibia F.

 

E

l hombre camina lento sobre el crecido pastizal que, con suaves crujidos, se inclina bajo sus pasos a medida que éste avanza. Carga en sus ojos una mirada inquisidora que cambia de color por el efecto de la luz solar. Lleva sus manos tomadas a la espalda; levemente encorvado, su melena leonina acompaña un rostro de facciones duras, gruesas cejas alzadas y labios cerrados que denotan cierto sufrimiento. Es agosto, época estival donde los rayos del sol calientan algo más y la vegetación florece con mucha fuerza. El hombre se ha alejado de la aldea, donde destaca la alta torre de la iglesia que muestra la quietud de las campanas. Es media tarde y mientras pasea va sumergido en sus pensamientos, ido del mundo exterior. Su médico le ha recomendado pasar una temporada en el campo; tal vez esto le ayude en sus dolencias que no son pocas. La peor de todas es su creciente sordera que él se ha encargado de encubrir públicamente.

«Qué lejos recuerdo ese primer concierto que di a mis seis años. Aquella vez sentí que el ruido de los aplausos me aturdía y mi corazón se aceleraba por la emoción. Y cuando a los trece le ofrecí al príncipe elector mis tres sonatinas, recuerdo que le dije, altanero: “Desde los cuatro años mi ocupación primera ha sido la música. No sé si Dios me encontró para llenar mi alma de armonías, o yo lo encontré a Él, para llenar la suya de tanta belleza musical”».

Hoy en esta quietud me siento protegido; no tengo que ocultar nada a nadie. No tengo que fingir distracción cuando me hablan y no logro escuchar más que murmullos. Me consideran un misántropo y no saben la causa de este terrible mal que me aqueja que me obliga a aislarme de todos. ¡Oh, mi Dios, ten compasión de esta pobre alma. Ayúdame».

Una ligera brisa agita sus cabellos mientras prosigue su paseo con su soliloquio a cuestas, siempre con sus manos tomadas a la espalda. El hombre, a sus treinta y dos años siente que ya  no vale la pena seguir viviendo, aún cuando una leve esperanza lo mantiene: Que aquellos seis meses que lleva en el campo pueden hacer el milagro de recuperar sus deteriorados oídos.

Decide volver a la aldea de Heiligenstadt, donde reside, en las afueras de Viena. En el camino se topa con un grupo de ovejas cuyo pastor, detrás del piño va tocando su flauta. El hombre siente que su corazón se agita: no escucha el sonido del instrumento; luego piensa que el viento a su favor se lleva la melodía lejos de él.

Cerca ya de la aldea observa a una muchacha que, sentada al borde de una noria, parece cantar una canción a una pequeña que le acompaña. La mujer está cantando pero el hombre sólo la ve gesticular. Esta vez su corazón se acelera y la angustia se apodera de su alma. «Pero, no. Ella sólo le está hablando en voz baja a la pequeña», piensa.

Al entrar a la aldea fija su vista en la torre de la iglesia. Allá arriba, las campanas oscilan una y otra vez llamando a la misa de la tarde. Pero él no las oye. Definitivamente no las oye. Esta vez siente que algo, muy dentro de él, se quiebra definitivamente. Ya no es sólo su mente, es también su alma que  reconoce que está sordo.

Y mientras la dureza de su rostro se acentúa y el rictus de su boca se prolonga, llegan a su recuerdo, sólo a su recuerdo, las hermosas notas y los aplausos de su primer concierto.

Ludwig Van  Beethoven, el Grande, solloza. En silencio.

 

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Marcelo Arancibia Febres, tiene 60 años en la actualidad y es Técnico en construcción. Cuenta con algunas publicaciones en su país y un trabajo incluido en una Antología de Cuentos, por editorial Pez de Plata, en España.

@ Contactar con el autor: marancibiaf345 [at] yahoo.com

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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    Revista Almiar – n.º 58 / mayo-junio de 2011MARGEN CERO™Aviso legal

 

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