relato por

Claudio Rizo

 

T

e veo tan risueña en la plaza de Correos que quisiera detener el momento. Tu sonrisa se columpia entre los árboles, saltando de rama en rama, como haciéndose amiga de los pajaritos que han fabricado en las alturas sus particulares hoteles, y desde los que otean el discurrir de la vida algo más abajo, mientras dejan descender, en ordenada caída, a modo de un preludio de una obra magna, sus melodías vespertinas.

Es sábado, y como tantos otros, hemos decidido pasar el día en Alicante, la ciudad que un día me abrió el corazón: globos que sueltas y que anuncian en cada uno de sus ascensos un viaje irrepetible. Despierta la tarde alicantina en una nueva invitación que gustoso acepto. El verano lleva días tocando las aldabas de casa, insistentemente: «Oye, que estoy aquí». El calor se filtra entre los muros de esos edificios tan llenos de historia que forman un coro alrededor de la plaza; hormigón antiguo de la ciudad y testigo de cambios; y entre cuyas esquinas surgen, ya muy pocas veces, mujeres de virtud generosa que entregan sus cuerpos a extraños a cambio de unas pesetas; o de los que elevan sus manos en busca de una limosna, envueltos entre harapos en los que se presiente el sino brutalmente desigual del destino.

El edificio de Correos fue recientemente remodelado, con un colorete, así como chillón, que no ha terminado de llenarme. Hoy luce una imagen algo más edulcorada; diría que sacada de un plano frío, demasiado estudiado por técnicos, políticos y gente de papeles; a cincel moderno y virtuoso, con cierto deje lejano a patio canario, como dejado caer, así, de golpe, sobre su antigua ubicación, despreocupado de la conservación de sus raíces…, de su lenguaje antiguo. Muchas cosas de lo moderno, me lo parecen. Pienso que será culpa mía, esta percepción quizá estrábica que me deja las mudanzas. Todos tenemos una viscosa tendencia interior a no querer separarnos de las señales del pasado. Y no es por hacer buena la frase de «Cualquier tiempo pasado fue mejor», en la que para nada creo, pero a uno, como que le pareciera que las hojas del calendario, recorrieran, visualizando los cambios, los cien metros lisos en nueve segundos. Y asusta.

Casi es verano…, incipiente, adolescente; aún no ha estallado del todo, mayo sólo sus colmillos insinúa, sin mostrarlos del todo; pero los árboles de la plaza de Correos ya nos protegen, se ofrecen, anfitriones de nuestra visita, extendiendo sus brazos, centenarios, regados de historia, robustos, con raíces como toros y con copas de señoritas refinadas… Garantes en la ciudad del visitante enamorado que distraídamente camina un sábado por la tarde, sin urgencias. La cúpula azul, el inmenso toldo que cubre la ciudad, es perfecto, pero ciega los ojos, los aturde, obligándoles a ocultarse tras la oscuridad de unas lentes. Caminamos…, y sorprendidos, damos con él. No me di cuenta. Sólo eché la foto. Y no los vi… hasta pasada una semana.

Dibujos de artistas, autodidactas, con ese estilo naif nacido al calor de la artesanía, de lo hecho a mano, con el sentimiento por herramienta. Yo sólo puse la cámara. De veras. El sol, tras aquel majestuoso palacio de madera, hizo el resto, colándose entre los  intersticios de sus alambres, columpiándose… y posando nidos de corazones sobre sus ramas.  Hasta tres hallé. Como si el amor, oiga, también anduviera de por medio, y quisiera, en aquella tarde, su gramito de protagonismo…

 

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Claudio Rizo

Claudio Rizo Aldeguer es un autor alicantino.

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Ilustración del relato: Fotografía por Claudio Rizo ©

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar – n.º 64 / mayo-junio 2012MARGEN CERO™Aviso legal

 

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