relato por
Anna Torregrosa

 

E

n un telegrama me ha llegado la noticia de su muerte. Desde que volví al barrio no había sabido nada de él. Hoy, sin embargo, sé que está muerto. No sé cuánto tiempo ha pasado, supongo que el suficiente que dejara de ser una joven y me convirtiera en lo que soy. Volví al barrio cuando tuve que irme de la casa en la que vivíamos. La misma gente, las mismas calles. El mismo olor a moho de los recovecos, el olor agrio de la pobreza y el alcohol, el adoquinado sembrado de heces de paloma. Su canto melancólico y el hedor. La indiferencia ante la vida: había perdido a un hombre que amaba. Desde que volví trabajo de camarera en un bar. La vida se ha convertido en algo pesado. Aunque sé que no es decoroso el pronunciamiento de una mujer a este respecto, me embarga la lujuria cada vez que veo al cocinero embadurnado de sangre, cortando el hígado para la cena. Entonces vuelvo a estar con él. El hombre que ha muerto hace unos días y que amé cuando era muy joven en una ciudad del sur. Naturalmente, el cocinero no sabe nada de la impresión que provoca su trabajo en mis entrañas. No por decoro, sino por prudencia. Perdí el decoro hace mucho tiempo, y con el decoro a Fidel. Ese era su nombre. Fidel Moreiras. Venia de Galicia y tenía los ojos claros y ese acento. Entre soñoliento y burlón. Era cojo, deformado como un monstruo pero amable y muy culto.

Hoy al saber que ha muerto he sabido del mismo modo que la intimidad que creamos fue amor y no el fruto de una innata vocación de misionera y una curiosidad morbosa como he querido creer hasta ahora. Y precisamente, porque aquello fue amor he sabido en ese preciso instante por qué el mundo, la vida y los seres humanos me parecen algo absurdo y grotesco.

Me quedé a su lado porque quería saber, me gustaba su voz, su timbre y lo que decía, quería saber ¿Cómo empezó todo? Una tarde anduvimos hasta su casa. Yo lo cogía del brazo porque se tambaleaba de un lado a otro. Hacía calor. Temía que se cayese. Me besó y yo respondí. Así de fácil. «Puede que el destino no sea más que el cruce de relojes en una biblioteca». Escribió en un cuaderno poco después. No sé en qué momentos nos vimos desnudos en el suelo ni cuando empezó a hablar. Estas fueron sus palabras:

—Habrás visto que cojeo un poco… —titubeaba, el labio inferior vuelto hacia delante. Con el tiempo advertí que este era el modo en el que manifestaba el miedo.

Asentí con la cabeza. No pude hacer nada más, un fuerte olor a mierda impregnaba la habitación. Era él, estaba segura. Era él. Al asentir con la cabeza no lo hice reparar en aquel detalle, de modo que prosiguió con su relato.

—Tuve una enfermedad a los diecisiete años y quedé impedido de las piernas… —otra vez el labio, hizo una pausa a la expectativa. Quiso ver mi reacción— y de otras cosas —concluyó al fin.

Esperaba alguna respuesta, pero a cambio recibió un silencio vano y hueco. El olor a mierda era demasiado fuerte para que pudiese decir lo que las desafortunadas circunstancias requerían o adivinar lo que esperaba. Con disimulo miraba sin romper el silencio, quería ver sus calzoncillos, quería saber cuál era el tamaño del palomino. Prosiguió:

—La historia no es tan trágica como parece y yo auguro un final feliz.

«Auguro, ¡qué bonita palabra! Cómo se nota que es un intelectual», pensé. Ante tanto optimismo tan solo pude aportar más silencio. Silencio otra vez. Silencio y olor y algún ruido de la calle.

Frente a todo lo previsible, volví a ver a aquel infeliz. Hablábamos mientras paseábamos, lo cogía del brazo. A veces tomábamos algo en algún bar. Siempre eludía los pormenores de su pasado o, más que eludirlos, los suministraba en cuentagotas envolviendo su vida de un hálito de misterio, dolor y esperanza. Cuando íbamos al cine teníamos largas conversaciones acerca de la película. Era un contertulio sagaz y apasionado. Me fascinó. Me fascinó hasta el punto en que llegué a poner todas las probabilidades de mi felicidad en el pazo que teníamos en nuestras ensoñaciones de enamorados. Nos desnudábamos. Contemplaba mi cuerpo. Me chupaba los pezones hasta la saciedad, hasta que el placer del estímulo se tornaba dolor y se convertía en otra clase de placer que después conocí muy bien. Y yo le dejaba hacer. A menudo entre palabras y caricias chupaba su miembro exánime que sabía a pelos y orín.

Cuando me fui de aquella casa, no recuerdo un día a la par más hermoso y feo, el sol reverberaba sobre la cama, la persiana filtraba sus rayos que se reflejaban en las sabanas sucias formando dibujos de sombras y luces y el ajetreo de la calle parecía una burla. Y nada más. «¡El día que de verdad me vaya tu no lo sabrás, no lo sabrás, no lo sabrás!».

Y no lo supo. Sin mirar atrás y sin anuncios dejé aquella casa del demonio y hasta hoy no he sabido de él. De eso ya hace mucho tiempo. Fue después de aquello. Después de aquello ya nada fue lo mismo.

Él se compró los cuadernos la primera noche que dormimos en la casa que alquilamos. Y nos emborrachamos. Estábamos después de aquella pequeña fiesta privada felizmente casados y ahora veo que lo hemos estado hasta hoy. Sin ninguna duda acerté en mis divagaciones. Cuando llegaba a casa me desnudaba junto a Fidel. Me gustaba el color de su voz, la calidez de sus ojos azules, las palabras que su quebrado timbre profería. Leíamos a Bataille, a Goethe, a Faulkner, los poemas de Baudelaire, parafraseábamos a Nabokov, a Baudrillard. El deseo opera con ambigüedad; en el amor vida y muerte convergen. Torrentes, palabras, ríos, pensamientos. Me metía los dedos en el sexo y después los chupaba con delectación y sonoros lengüetazos. Yo languidecía. Mientras practicábamos el sexo la historia de la vida de aquel hombre se iba desplegando en forma de relato fantástico. Me contaba cómo su enfermedad, una extraña enfermedad, tal vez maldición de las brujas, lo dejó impotente, incontinente, inválido, jodido. Me contó que la única manera que le quedaba de tener orgasmos era a través del dolor, porque, a veces, el dolor es una forma de placer. Sólo tomamos opio tres o cuatro veces, pero solíamos hablar de él. Según el gallego el opio dilataba el tiempo y hacia que los instantes fuesen infinitos. Momentos infinitos de amor en un infinito instante de placer. Su aliento en mi oído. También me contó cómo se enamoró en una perdida aldea de Lugo de la que después fue su novia Juana, siendo apenas un niño, y de cómo ella aguantó por amor al antiguo Fidel, ese que ya nunca volvería, todo tipo de vejaciones.

Una noche que estaba preocupada quiso que saliésemos a la ventana y contemplamos el cielo de junio hasta que el sueño nos venció. Amanecimos en el sofá. Al abrir los ojos y encontrarme junto a él en una mañana fresca de verano me sentí feliz y tranquila. Me contaba cómo iba a los barrios bajos de Barcelona para dejarse sodomizar por maricones viejos y cómo corrió de la ceca a la meca en busca de consuelo hasta que ese alocado peregrinar lo llevo a mi lado. Y de cómo esa enfermedad que lo transfiguró le dejó el corazón intacto e intactas las ganas de amar y ser amado. Me contó cómo se resignó a cumplir la condena del eunuco y cómo, justo cuando se resignaba, aparecía yo, encendida y real. Y de cómo el amor que le profesaba le devolvió la esperanza en el mundo, en los seres humanos. Si hacia buen tiempo íbamos a dar comida a las palomas. Y mientras vivía con él y me contaba todo aquello, necesitaba de algún modo saciar mis aguas, reventar. Sin darme cuenta ya estaba enredada. Hicimos muchas cosas horribles.

Una vez le metí un cayado de grandes dimensiones calzado con un preservativo por el ano. Al terminar, entre sudor, sangre y excrementos, le pregunte qué era lo más salvaje que le había hecho una mujer. Cuando pudo reponerse, comprendí que estaba demasiado cerca del peligro. Pero no sentí miedo. No sentí nada. Le tiraba cera en la cara, en el pecho, en los testículos muertos. Tuvo miedo de perder el ojo derecho, pero afirmó haber visto chispas en la oscuridad. Otra quise marcarle mis iniciales en la nalga izquierda cortándole la carne con su cuchilla de afeitar tal y como se hace con el ganado. La siguiente calenté monedas hasta el rojo vivo con un mechero y se las tiré sin pestañear en la espalda. Las cicatrices de las quemaduras aún eran visibles el día que me marché. Cuando lo liberé, mientras le limpiaba el sudor con un pañuelo, frotándole las sienes como se hace con un niño, nada más hermoso y feo a la par, me dijo que no hacía falta que me enseñara nada, que era mi esclavo, que ya lo sabía todo. Los recuerdos, los pormenores más vanos de su pasado y el mío adquirían una importancia desproporcionada para nosotros. Nada más bello y feo a la par. El color del traje de las enfermeras que lo trataron, el color de las paredes del hospital, el color del cielo, verde, el día que Juana irremediablemente dejó de amarlo. El color de la soledad, el azul de sus ojos.

La violencia se instaló en nuestra cotidianidad de este modo. Hoy al saber que ha muerto lo primero que he recordado ha sido la primera vez que me pegó. Solía jugar a retarle sin ser consciente de la magnitud del efecto que producían mis palabras sobre él. Ignoraba dónde estaba el límite. Hoy he sabido que no lo hubo. Con la voz dulce y desafiante le decía que podía hacerme lo que quisiera porque no me asustaba. Después, le pasaba el dedo por la sien o jugaba con su cabello. Esa noche lo hizo. Me ató las manos y las piernas con unos calcetines y dio alrededor de mi cabeza varias vueltas de cinta adhesiva. Me miraba irónico y decía «no voy a tener piedad» con los ojos llenos de odio y lascivia. Me obsequió con varias bofetadas de mano llana entre llantos y súplicas de clemencia. Cuando se cansó de aquel juego, buscó con sus dedos mi sexo, y al comprobar que estaba húmedo, se puso muy contento. Recobró la expresión serena de sus ojos helados. Me dijo que no podía creer que de verdad lo comprendiese. Que no podía creer que de verdad estuviese excitada después de semejante sacudida. Y que no podía entender por qué lo quería tanto.

Una mañana me preguntó por una fantasía mientras desayunábamos. Su vida no era tan larga y la literatura se agotaba. Necesitábamos savia nueva con la que suplir la carencia. Se lo dije. Antes de irme, miré el cuaderno que compró la tarde que alquilamos la casa. Fue allí donde leí lo del cruce de relojes. Hablaba de nosotros y hablaba de aquella noche. También hablaba de mí y de la vida y el mundo en general. Decía que me veía cambiar, que tan pronto me veía como una mujer, dueña y señora de su vida que, como un muchacho, caprichoso e inexperto y, que tal vez, eso no se debiera a nada relacionado con mi naturaleza sino a devenires suyos y propios tal vez homosexuales, tal vez pederastas. Tal vez él me viera como nadie me ha visto jamás. Tal vez él sea la persona que mejor me conoce en el mundo. Tal vez con su muerte yo también he desaparecido porque soy el último amor de su vida y él es el último de la mía. Y sólo estaba viva en su recuerdo. La suya ha sido también mi muerte. Fuera de él no soy nadie, una mujer como tantas, el público de la televisión, el ronroneo de las hojas, el barro en el zapato. Se lo dije. Quería hacer el amor con un hombre mientras él miraba. Quería gozar como una perra ante sus ojos de hielo y partirle el alma para que el dolor y el placer se fundieran más allá de nuestros cuerpos, en el amor que nos unía. Así la comunión seria total y, le dije entonces «yo no concibo nada más hermoso y feo a la par». Lo observaba mientras el deseo no saciado, que antes no existía porque no se atrevía a ser pensado, adquiría la forma de un discurso patético. Tembloroso, su labio inferior se extendió hacia delante, como el día del cruce de relojes, como el día que temió perder un ojo, como tantas veces había podido ver durante aquellos terribles años.

Antes de irme leí en su cuaderno la narración de aquella noche y de muchas otras. Yo para él era un regalo del cielo. Fui leyendo sus letras y comprendiendo que nuestra historia de amor no tenía ningún sentido. Si, señoras y señores. Damas y caballeros. Honorable público: A veces la gente tira su vida al retrete sin tener ningún motivo para ello, como si ignorase que una vez hecho algo no hay retroceso. Como si ignorase que al dejar el mundo de los vivos ya no nos queda nada. Recuerdo que en ese momento miraba el juego de luces y sombras que venía de la ventana y se posaba en la cama, formando un extraño mosaico y, recuerdo que entonces pensé que realmente tampoco podíamos ser nosotros los que lo elegimos. Recuerdo que tuve miedo y pensé, también, que sólo éramos cucarachas, negras y mezquinas, que nos movíamos al capricho del azar y que jugábamos a ser humanos. Y recuerdo que me sentí a la deriva como una corteza de fruta tirada en la inmensidad del mar. Recordé la niña que fui yendo al colegio, a la adolescente que se rizaba el pelo, lo feliz que fui la primera vez que me llevaron al cine, el vago recuerdo de un niño al que amé en silencio cuando ni siquiera podía imaginar que mi reloj se cruzara con el de ningún gallego, el olor limpio de los domingos, dos golondrinas sobrevolando el cielo un día que me sentía dichosa y quise mirar por la ventana. Advertí cuánto tiempo había pasado y cómo era de definitivo e irreversible todo aquello.

Lo hicimos. Naturalmente. Una tarde de otoño cuando el sol cubría los edificios de una luz naranja. Naranja y verde. Verde como el día que Juana dejó de amarlo. Naranja como ya nunca ha vuelto a estar el cielo. Fue en nuestra casa. «Tal es la continencia: ni un orgasmo, ni una lagrima», leí aquel día en su cuaderno y así supe por qué no lloró. Ahora recuerdo que entonces no estaba tan inquieta como al recordarlo después y que cuando me fui creía que podría olvidarlo todo. No ha sido así. Ya no ha habido otro amante ni otro amor ni otra tarde de otoño ni nada que se le parezca.

Él también estaba tranquilo, fumaba con la mirada limpia y azul mis pitillos rubios. Me acariciaba la nuca. De vez en cuando salía de su garganta un lamento ahogado, casi imperceptible. Era entonces cuando volvía a fumar y tiraba el humo muy lentamente en tupidas volutas azuladas que se desvanecían al instante. No reparé en ello, pero era la primera vez que veía fumar a Fidel. El día que me fui, vi que en su cuaderno él profetizó certero cómo serían los momentos después de aquello y, sin embargo, lo hizo. Las palabras del cuaderno eran el lamento de un hombre que ha perdido todo en la vida o que tal vez nunca tuvo nada. Realmente el pene sí era importante y el amor una mentira. La perfidia se apoderaba de él y maldecía al mundo, a las brujas, a su enfermedad y a mí que lo convertimos en un hombre deforme y desgraciado e inútil para todo y para amar. Usaba aquella palabra «auguro» y sus augurios se cumplieron como los de un oráculo.

Llegó el fulano. Un tipo ni guapo ni feo ni viejo ni joven. De él no recuerdo ni el nombre ni el color de sus ojos ni el sonido de su voz. De Fidel recuerdo hasta el olor. Tomamos droga. De lo siguiente sólo recuerdo la sensación de caer al vacío a gran velocidad, las entrañas que se rompen al abrirse, los gemidos de placer, la realidad de mi vida y la realidad de ese instante. Todo había muerto después de aquel florecer de sensaciones contradictorias. Como Fausto, cambie un estallido efímero por una vida; sin duda ni Fausto ni yo tuvimos vista para el negocio. No sé qué hizo cuando se quedó solo. Tal vez se fuera al pazo de nuestras ensoñaciones. Tal vez se quedara en aquella casa del demonio, tal vez cambiara de ciudad. Tal vez esperase impasible con los ojos azules y limpios el día que nunca conocería. No sé cuándo llegó a Galicia. Ignoro qué hizo cuando supo que me había marchado de verdad. No sé cuánto tiempo ha pasado. Sólo cuando veo la sangre en las manos del cocinero, en su delantal, cuando veo las lágrimas de sudor resbalarse por su frente en tímidos destellos de colores y me imagino el fétido olor de su aliento siento a Fidel tan cerca como el día de cruce de relojes y compruebo que cuando divagaba lo que hacía era recitar nuestro futuro, pues nunca nos separamos. Hoy sé con la misma certeza arrolladora que proporciona el advenimiento de la muerte, cuando cierre por fin los ojos en una mañana, que no podré conocer ningún vestigio de nosotros sobre el mundo, porque nadie recuerda a las personas que han hecho de su vida algo despreciable.

 

 

imagen La mujer sentimental

 

Anna TorregrosaAnna Torregrosa nació en Muro de Alcoy (Alicante). Durante su infancia demostró interés por la literatura, participando en varios concursos locales. El año 2002 ganó su último premio literario en el I Certamen de Investigación Popular de Algarinejo (Granada). A partir de entonces se retiró de estos circuitos, sin por ello dejar de escribir. En 2011 obtuvo el título de máster en Lenguas y Literaturas Modernas en la Universitat Ramón Llull (Palma de Mallorca). Ha dedicado la mayor parte de su vida a la docencia y la investigación, viviendo en diferentes países de Europa, América y Asia. En sus escritos se encuentran varios cruces discursivos y huellas culturales.

📩 Contactar con la autora: franzkafka542 [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por BarbaraBonanno / Pixabay [CCO dominio público]

 

TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

El coleccionista de relojes, por María Aixa Sanz. En Margen Cero, Biblioteca de relatos (2010)
Yolanda, por Yurimia Boscán. En Margen Cero, Biblioteca de relatos (2009)
La sonrisa de Selene, por Óscar Bartolomé Poy. En Margen Cero, Biblioteca de Relatos  (2010)


Revista Almiarn.º 88 / septiembre-octubre de 2016
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