relato por
Angélica Labrada

 

O

diaba el departamento, el edificio, mi calle, a mis vecinos y a todo lo que estuviera a la redonda. No era mi mejor momento económico, no podía pagar más, alquilé un departamento en el vecindario menos horrible para el precario presupuesto que por un mal negocio quedó en mis bolsillos. Me sentía frustrado.

Nada extrañaba más que las mujeres perfumadas que paseaban a sus perros en ajustada ropa deportiva por las tranquilas calles de mi antiguo vecindario, el mismo que ya no podía pagar.

Me mudé hace tres meses a un edificio de cuatro niveles, con improvisados balcones angostos que apenas tenían lugar para una persona, justo frente a un mercado, de esos que ofrecen carnicería. La gente pasaba a todas horas y a pesar de estar en el tercer piso, el ruido era insoportable. Todos gritaban, como el hombre que recorría la calle todas las mañana ofreciendo frutas y verduras según la temporada ¿Qué diablos serán las verdolagas? A buena hora se me vino la pobreza encima, parece que me cayó una maldición.

Dentro del edificio también me aquejaba su folklore; los tacones de la vecina martillaban sin cesar en todo momento, las paredes filtraban las conversaciones, zapateos, jalones y gemidos. El gato del otro vecino… ese jodía a todas horas.

Los niños eran lo peor del lugar. Jugaban fútbol y los gritos no me dejaban dormir, descansar o pensar, el balón siempre daba con un coche y disparaban alarmas cada tres minutos.

Afuera del mercado había una caseta telefónica, pensé que ya no se usaban, aunque vi que con frecuencia se hacía fila para usar el aparato, y lo peor de eso es que siempre algún usuario creía no ser escuchado, porque sus gritos por hacerse escuchar también llegaban a mis oídos.

Una de esas noches de mi vida frustrada, peleé con el insomnio por varias horas, serían tal vez las doce de la noche cuando me levanté a tomar un poco de agua, ¿cómo es que me había ido tan mal que ni siquiera lograba conciliar el sueño?

Asomé apenas medio cuerpo por el pequeño balcón y vi a una mujer en la caseta de teléfono, me dio curiosidad que a esas horas, sola, en la oscuridad de la calle y sin aparente urgencia o temor, conversara con quién sabe quien, con aparente tranquilidad y hasta aventando una que otra carcajada.

No quise ser descubierto, así que me metí para no ser visto, aunque no aparté mis ojos de la caseta.

A los pocos minutos, un auto se estacionó justo a un lado, apagó las luces y bajó un hombre, lo distinguí por la silueta que se reconoce entre la luz de la luna y las luces de los alrededores, incluyendo el pequeño foco de 30 watts que para ahorrar electricidad se enciende en la entrada del edificio.

El hombre se paró atrás de la mujer, esperando, haciendo fila, y ella, no parecía apurarse, se escuchaban sus risas y hasta parecía contagiarlas. Me dieron ganas de reír, pensé que el hombre en la fila debía sentir lo mismo.

Pasaron cinco minutos más, una eternidad cuando te urge hacer una llamada, o cuando estás esperando algo que no sabes cuándo va a llegar.

El hombre había avanzado unos centímetros, estaba más cerca de la mujer, seguramente escuchando toda la conversación, y ella parecía no darse cuenta. Aunque a decir verdad, a esa hora, con tal cercanía, no darse cuenta era no querer darse cuenta, porque si invaden mi espacio de esa manera, seguro que suelto un grito o un golpe.

El hombre dio un pasito más, tal vez dos, su cremallera ya rozaba las faldas de la mujer que no soltaba el teléfono, y de pronto, parecían estar bailando con el resguardo de la caseta y las pobres luces de todos lados.

No podía creer lo que estaba viendo. ¡No era posible! Sí, sí lo era. Ya no parecían estar bailando, él puso sus manos en la cadera de ella, acercándola más a sí mismo, bailando, y ella se dejaba sin problema, ayudando a las manos de él, moviendo sus caderas en la dirección que él quería.

De la incredulidad creció mi expectativa, tal vez la lujuria me invadió y no quise perderme la escena.

Él metió la mano por debajo de la falda de ella, y ella por fin había soltado el teléfono para cuando ayudó a que el hombre hurgara más adentro de lo que mis ojos podían ver. Maldije las luces del vecindario.

Sus movimientos tenían cierta cadencia al principio, primero disfrutaron el roce, el cuerpo a cuerpo, y luego, se ayudaban urgidos, por lo menos eso imaginé cuando ella al voltearse a él rompió el ritmo y sus movimientos se desbordaron para tocar y dejarse tocar por todos lados. Se levantó la falda y él la cargó hasta su auto que se volvió loco de pronto, moviéndose con ellos sin moverse de lugar.

La mujer bajó un rato después, se alisó la falda y se fue caminando. Él, arrancó el auto, tal vez olvidó hacer su llamada.

Mi vecindario anterior jamás me dio una historia de estas, por eso decidí quedarme unos meses más a pesar de todo lo que me disgustaba.

Desde el balcón y con la luz apagada me asomo todas las noches justo a la caseta telefónica a ver si hay otra mujer hablando por teléfono, quizá baje en ese momento a hacer alguna llamada.

 

párrafo relato La caseta telefónica

Angélica Labrada. Sin mayor experiencia que el gusto por escribir.
Web: http://angelicalabrada.com/ | Twitter: @AngieTij

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiarn.º 92 | mayo-junio de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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