relato por
Ana R. Sáez Ibáñez

 

Hace un par de semanas que ya no siento lo mismo cuando te abrazo. Rodeo tu espalda con ansia, hundo mi cara en tu cuello y me quedo ahí, a la espera de que las emociones surjan. En lugar de eso, el frío me invade, la rigidez de tu chaqueta de cuero me impide sentir tu cuerpo y los primeros segundos en que espero a que me devuelvas el abrazo se tornan inmisericordes. Me pregunto si estás ahí, si nadie ha vestido un frigorífico con las ropas de mi marido. Tú, mientras tanto, alimentas mis temores y te quedas todo quieto.

Nuestras conversaciones son ahora monólogos. Ya nunca interpelas con gracia mis historias, ni gruñes con desdén cuando te cuento algo inverosímil, que presientes nunca ha pasado. Antes te encantaba hacer eso y yo te lo consentía. Te lo consentía porque sabía que llegaría el día en que recompondrías la persona que soy a través de todas esas historias, abrirías mucho los ojos y, por fin entonces, todo cobraría sentido. Ya demasiado tiempo he pasado queriendo pensar que hay una razón para tu silencio. Que digieres las cosas que te cuento, las atesoras en tu cerebro y las analizas en tus ratos meditabundos. Y que todo eso requiere una atención que no admite descanso, que sólo confraterniza con el silencio. Pero no me puedo seguir engañando. Te has vuelto impermeable a mí. A mi afán por acercarme a ti.

Sé que la gente nota tu desapego. Veo en sus ojos la pena y el horror por lo que nos está pasando. Les veo mirarnos sentados en el parque, mientras mi charlatanería trata inútilmente de tejer un abrigo a ese momento, y tu mirada se halla perdida, en algún sitio, ni siquiera alejándose de lo que te cuento, sino permanentemente lejos. Recuerdo esa tarde en que te zarandeé con todas mis fuerzas y pude ver cómo la anciana del banco de enfrente se llevaba la mano a la boca, despavorida. Ni siquiera con eso reaccionaste. Ya no te importa lo que piense nadie.

He conocido a alguien en el trabajo. Su nombre es Manuel y quiere que pida el divorcio. Tú sabes que yo nunca he querido hacerte daño e imaginarás que he intentado sobreponerme hasta donde mis fuerzas me han dejado. Sin embargo, su candor me atrapa como la luz de una lámpara a una mariposa. Es bajito y hace ruidos cuando mastica, pero la calidez de su sonrisa, cuando llego a la oficina cada mañana, me ayuda a olvidar tu letargo.

Me he cansado de tus pies fríos. Me he cansado de cargar contigo como un obelisco sobre mi espalda. Tú, que siempre has sido lo más valioso que poseía, me pesas ahora como un pedrusco tallado que ni quiero ni necesito, que es gris y que ya no significa nada. Y sé que tú también sientes estas cosas. Veo cómo día a día palideces. Percibo incluso cómo hueles de otra forma. Quizás estamos ambos al borde del mismo abismo. Y tal vez nos asomamos a él, cada uno, desde un borde distinto.

Necesito hacer paz con tu ausencia antes de que tu presencia inerte mate todo lo bueno que creamos durante nuestro pasado juntos. Necesito dejarte ir a ti y a tu preciosa nariz de niño descarado, por la que de vez en cuando asoma algún gusano. Necesito dejar de aterrorizar al vecindario. Ve en paz, mi difunto esposo.

 

 

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Ana Rosa SáezAna Rosa Sáez Ibáñez: «Soy estudiante predoctoral en la Universidad de Uppsala (Suecia), donde investigo bases moleculares del cáncer. Tengo una relación de amor-odio con la escritura que sólo encontrará paz el día que publique mi primer libro».

Contactar con la autora: anarosa.saez [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía (detalle) por Asunción Aparicio ©
(de su exposición fotográfica Retratos y extremidades, en Almiar).

 

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Revista Almiar – n.º 79 / marzo-abril de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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