relato por
Edwin Alvarado García

 

M

a… Ma… Ma… Ma… Su primera palabra era una bocanada fresca en el rostro maduro que lo contemplaba. Lo tenía frente a sí, como en un sueño calmo y transparente, de esos que transitan como un capítulo más de vida. Era pequeño, a pesar de que los médicos ya lo habían bautizado como torito por sus 4 kilos y medio que pesaba al nacer, y por sus mofletes carnosos que ya delataban su hermoso rostro. Grande y hermoso, pero silencioso, pues el ma… ma fue lo único que sus pequeños labios esbozaron durante buen tiempo.

Caminaba sonriente, paladeando el mundo que, abigarrado, se dibujaba ante sí, y fascinado en la geometría adulta que sus ojos admiraban. Era el nuevo mundo, la luz joven que al correrse la celosía imaginaria, lo apartó de la amigable oscuridad. Las caricias, las sonrisas, el gesto amable, se hicieron frecuentes para él, y en el derrotero lógico de su vida, la certeza ajena de que un futuro hermoso lo esperaba era tácita, y en algunos casos, sonoramente celebrada.

Amado era su nombre, porque ninguno otro podría ser; porque no bastaba con decirle que se le quería mucho, como a nadie, y porque sólo el amor que él despertaba podía cambiar la vida vivida hasta entonces. Amado porque propendía a la reiteración, pues después de decir el nombre y provocar que el rostro hermoso volteara con avidez, venía el consabido… «te amo mucho». Amado era, en conclusión, la sinécdoque que resumía a esa personita única que despertaba el torrente del amor, y que venido de las entrañas de su madre, albergaba en su pequeño cuerpo algo más que la retribución humana.

Y Amado creció en un abrir y cerrar de ojos, entre espasmos silenciosos que la ajetreada vida endilgaba a sus padres; su presencia, sólo su presencia, aquietaba el vértigo de la vida moderna, y bastaba con mirar su rostro para amancebar los reproches de los años transcurridos. Era él, él mismo, la felicidad de los años transcurridos… Lástima que no decía nada, aún no decía nada, y a sus tres años, si no causaba preocupación, hacía de la interrogación un signo recurrente.

Sólo eso, peguntas que una respuesta corta y rápida o alguna sonrisa o la extraña certeza de lo diferente, lo singular, sosegaban y archivaban en el diálogo olvidado. Porque si bien Amado no derrochaba ese vendaval dicharachero de palabras mutiladas y de consonantes enjutas, sus gestos, su voz afilada y bien direccionada, y sus manos contundentes hacían que sus padres le entendieran. Ante el asombro de parientes visitantes, la comunicación entre papá e hijo, entre mamá e hijo, era clara y cumplía con sus propósitos. Amado se hacía entender.

Pero Amado hacía más que eso, pues a sus manos extendidas, a su cuerpecito lanzado hacia un objetivo claro, a su mandato gutural, en la búsqueda de lo que demandaba, empezó a transmitir signos extraños, hablados y garabateados, que de la pasividad lo llevaban al frenesí perentorio, al alegre temblor de su cuerpecito; una catatonia inofensiva y alegre que terminaba con sonidos extraños pero que en la confusión se perfilaban con cierta coherencia… como una voz ajena al envoltorio somático que lo transmitía al entorno. De la boca de Amado surgía lo que definieron como un lenguaje desconocido, pero a papá y a mamá les quedó claro que alguien más, desde lo más abstruso, profería el mensaje.

Y el mensaje se repitió a partir de ese instante. Se hizo habitual. Pero, a pesar de la extrañeza grabada como un sello en los rostros de los padres de Amado, los únicos ante quienes profería su verborrea, jamás despertó preocupación. Ellos descubrieron sin el menor esfuerzo que la voz que dimanaba entre los rosáceos labios de Amado, una especie de alocución explicativa, era la razón de su existencia. Su pasado ignoto transmutado hasta el presente. La esencia que todos tenemos y que no podemos explicar, pero que en Amado, ser maravilloso y único, se lanzaba naturalmente al mundo, como torrente diáfano que hace bruñir las almas y despercude las interrogantes hasta convertirlas en silentes exclamaciones de certeza. Amado contaba a sus padres quién era y de dónde venía.

Ellos miraban anonadados. La secuencia interminable de sonidos guturales, que en el derrotero hacia el exterior alcanzaban inexplicablemente el grado de lenguaje, afincado en los gestos de Amado, en la sonrisa quieta, en los ojos enormes y brillantes, en los hombros impetuosos que ondulaban armoniosamente; en las manitos contundentes que enfatizaban la perorata tierna… Amado hablaba, explicaba. Y al voltear su cabeza y mirarlos fijamente asentía colmado de felicidad. Papá y mamá, naturalmente, hacían lo mismo… Sin saber cómo, comprendían el mensaje.

Sucedía cada vez que Amado se dirigía a ellos. Mientras auscultaba un juguete y hacía de sus pequeñas manos sus herramientas para dilucidar lo desconocido, hablaba con soltura y sin pausa. Contaba, parecía contar su historia; su llegada, una vida lejana, de otro tiempo, en el que bruñían sus recuerdos. Papá y mamá, con los ojos impávidos, el rostro pétreo y una bruma de silencio en la que sólo la vocecita del niño flotaba ecoica, escuchaban, sólo escuchaban. Al término de la narración volvían al ajetreo de sus vidas, como si nada nuevo hubiese en sus corazones. Era volver al intersticio mundano de obligaciones y placeres; al resuello de dos personas maduras asaltadas con frecuencia por la voz y el rostro que amaban. Pero de aquello, nada. Nada hasta una nueva declaración.

Y la vida continuaba así. Con la felicidad doméstica y las circunstancias que atañen a cualquier familia. Y con la introspección reveladora que en cuestión de minutos se perdía en lo más arcano de los papás, guardado en algún vericueto de la conciencia hasta el momento justo, planeado por algún etéreo demiurgo, quizás el mismo Amado. Mientras, las sonrisas y el encanto terrenal atiborraban sus vidas y formaban el calidoscopio perfecto. Sin huellas de otra vida, de escenarios extraños, sin la luz mortecina de mundos lejanos y ojos acuosos que anuncian la partida.

Hasta que un día, sentados en la mesa, disfrutando de la comida como cualquier mortal, el padre deslizó la mirada hacia la ventana, y perdiéndose en el cielo gris que los cubría comentó: «Otro día bajo este manto incoloro, sin luz, sin claridad». Y Amado, casi de sobresalto, como si algo hubiese aguijoneado su tierna y rosácea piel, espetando sus redondos y acanelados ojos en papá, habló, vociferó; ninguna alocución, por más febril que hubiese sido el campo de batalla y los guerreros, estremeció tanto: «Deberías agradecer que sea así, templado, calmo y silencioso. Sin el frío que rompe la piel, sin el calor que la tuesta hasta formar llagas… como en Marte. Solíamos pasar mucho tiempo bajo techo, cubiertos, para no morir congelados o abrasados».

Y papá, y mamá, esta vez, escucharon todo, percibieron todo, entendieron absolutamente todo. Aún perdidos en una silente sima, y con la mirada enclavada en la nada, en un círculo imaginario de líneas concéntricas, como en un introito a la hipnosis, sus mentes procesaron el mensaje hasta afincarlo en cada resquicio neuronal. Después de tantas revelaciones soterradas en cuestión de minutos, las palabras de Amado se quedaban en sus mentes, retumbando como la más sonora de las confesiones… Y así fue, hasta que sus ojos, salidos de ese universo de líneas concéntricas, percibieron nuevamente el ocre de las paredes, y el gris del cielo encapotado enmarcado en la ventana.

Papá, mamá, los amo mucho»… Amado no estaba frente a ellos, sentado. Llegaba por el pasillo con uno de sus juguetes en la mano… «Los amo muchísimo». Su voz, la vocecita ausente, relucía en el apartamento, como si siempre hubiese dimanado con claridad desde su garganta; y las palabras, tan diáfanas, flotaban, ligeras y perfumadas, como mariposas abigarradas salidas con estoicismo del capullo. Y al acercarse, Amado sonrió pletórico, y su sonrisa fue inequívocamente terrenal. Mientras, un halo verduzco, veteado, de formas claras, con el rostro alargado y los ojos enormes, y la misma sonrisa, se alejaba de él.

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Edwin Alvarado García. Es un autor residente en Lima (Perú).

Contactar con el autor: cremaduque[at]hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por jarmoluk / Pixabay [CCO dominio público]

 

biblioteca relato Edwin Alvarado García

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infinita La infinita aproximación, por Nadia Contreras. En Revista Almiar,  n.º 38, Biblioteca de relatos 4 (2008)
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Revista Almiarn.º 85 / marzo-abril de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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