poemas inéditos por
Alsino Ramírez Cañar

 

¿Habré despertado ya?
Presumo que mis venas siguen allí,
que aquel reflejo sobre la cucharita
del café es mío,
creo que estoy atrapado
en un nido prehistórico de órganos y silencio,
hay guijarros blancos y rojos
que serpentean a mi paso.

¿Seguro he despertado?
Sospecho de mí y de esta inmunidad al fuego,
me gustan la soledad y
la hierba húmeda de la tristeza.

 

El nido

No, aquello que hay afuera es del diablo.
Se lo he escuchado al pastorcito, al curita,
al comediante de la caja de fantasías,
al vecino impaciente por la talla del guante.

No abandones tu pieza, tu silente infierno solitario,
esas paredes de hambre y calor
te han dado tregua peregrinamente.
Son horas de furia,
de amansar toros imaginarios que sostienen libros
y ceniceros que rebozan,
hay piedras de cólera afuera de la cueva y
bramidos de nubes liberándose,
no abandones la afonía de muebles y ventanas que Dios también se
ha refugiado entre los lagartos inmunes,
el pan que lloran los estómagos melancólicos antes y después
de los tabiques llegará,
ya aparecerá todo lo ausente porque ahora la vida
se embarazó de pájaros violentos y
nos sobró como artefactos en agonía,
insisto, Dios se refugió entre los perros salvajes,
está escrito en la mancha de humedad y en la hierba que
ahora crece sin miedo.

No salgas de la caverna, no,
las sombras no cuestionan tu permanencia, tan solo visitan
tu horizonte detrás de las sillas,
la caverna es ahora refugio materno y canta
entre los recuerdos de monstruos infantiles,
canta a un día muerto donde fuimos felices e inmortales,
donde amamos sin entender el amor y nos parecía
infinita la profundidad de unos ojos que hoy son polvo.
Ya vendrá la madrugada a insinuar
todos los poemas rechazados y todas las canciones
que visten de gris,
llegará a sugerir todos los colores que nos abandonaron
en cada hora de piel mojada.

Ya llegarás un día a la historia de tu cuerpo frío
y la bondad perdida en los burdeles de tu alma,
callaremos entonces y dejaremos espacio
para que renazca una tierra
que llora agotada y partida.

Afuera, aquellas calles de tumultos y arrogancia transmutaron en
litorales del miedo,
esas calles nos observan con el rostro absurdo,
nos lloran por grupos de días disímiles y ven caer
la vida en el espacio del inmediato aliento,
el extraño olor de un cuerno quemado inunda
el registro de cenizas perdidas mientras un transeúnte
exhausto busca un cuerpo que amó.

No salgas de la cueva,
afuera hay muertos que quisieron morir y
relojes abandonados en esquinas que han mentido,
así lo dijeron,
así le abrieron las puertas al desierto de risas
y almas, y fiebres nocturnas que habitan nuestras cabezas,

¿quién sacrificará un corazón que aletargue estos días?
¿Quién nos dará el brebaje que nos exonere de la última caída?
¿Quién abrigará la orfandad de vuestra inocencia y los territorios
baldíos de mis demonios?
Nosotros, los sacrificados y victimarios.
¡Quememos el alma ahora!
Degüella tu libertad esta mañana que volveremos
a las plazas a recoger longevas esperanzas,
y seremos del mismo aire y de la misma tierra que hierve hermanos.

No salgas de la pieza ahora, ya llegarán los días de gracia
y los ríos volverán a ser ríos,
los mares serán mares otra vez,
las cordilleras serán cordilleras nuevamente,
y todos mirarán el descanso del hombre
y el lejano nido que albergó nuestra paranoia,
no salgas ahora, no de la caverna…

 

A veces me gustan los Cristos

A César Vallejo… poeta inmortal

Ocurre que algunos días me gustan los Cristos,
los Cristos de débil carne ameritan amarse,
los humanos hijos de alguien
con su olor a jardines ásperos,
me gustan los que están moldeados de locura,
los que aran en campos muertos y
en razones para irse,
el Cristo de huerto y madrugada india,
el Cristo de sal y panela,
el Cristo del mar, del río, de la calle,
del hambre y la sed y la vena rota
de un grifo de cosas simples,
el Cristo de sangre y sebo que iluminaba salones
y dormía con sus huesos de ceniza.

Me gustan los Cristos de pan y agua,
de harina y dientes enmohecidos,
aquellos que envejecen a media luz
entre enseres opacos y melancólicos,
aquellos que llevan cirios cándidos
como soles que aparecen de pronto entre
las noches del páramo,
como candelitas que mueren y renacen
entre la frontera del alma que aguarda agazapada.

Cómo me gustan estos Cristos
que lloran mi sangre,
que trabajan con mis manos simultáneamente
un arado, una pala o un lápiz,
que esperan a los míos en la entrada de la muerte
y les enjuagan la frente y les mascullan el propósito,
esos Cristos que escupen las botas
del que porta un fusil,
que caminan las marchas infinitas
de los obreros a las fábricas
y de las fábricas a los panteones.

Esos Cristos que deambulan pasos
interminables entre los empedrados
de la costumbre y la resignación,
entre la carga inútil de fútiles fantasías
de ascenso y alquimias de Dios,
esos Cristos que vuelan entre hospitales y funerarias,
entre hogares encajados por puñales de desdicha,
esos que se escurren por entre las grietas
de los agonizantes y parten pálidos de llanto,
esos que expulsan la canalla
y derraman falanges y corazones
y órganos de cal entre la ira y el miedo.

Oh, estos Cristos,
de estos Cristos quedan pocos,
son como la esperanza inútil en una tarde de oficina,
son Cristos que mueren extraños y solos
en cualquier vecindario de junto.

 

El reflejo

Me intriga ese reflejo
tan disímil a lo que fui,
opaco, desgastado,
raído hasta la sentencia de no existir,
pregunto por mí a cualquiera,
al transeúnte, al señor del abasto,
al pájaro que observa el camino,
al polvo que levantan mis pasos.

Es un dilema este cuerpo,
se convirtió en un repertorio
de andamios de calcio y pellejos mal humorados,
¿quién me ayuda a descifrar esta figurita
que me han devuelto?

Ya no sé si soy,
parezco un retazo que absorbe
fiebres ajenas,
un balbuceo de mis canteras
de voz adormecida.

Las ausencias me llevaron
a contabilizar mis heridas,
un gorrión de pocas mañanas
llevaba en su pico mis carencias.

 

Solitario

Basta de malas lenguas,
voy a escribir de esta circunstancia ridícula,
de este soslayar de pinzas que me alcanzan
y me cuelgan como cualquier trapo,
me exponen al escarnio público,
me exhiben, me intentan permutar
cual mercancía.

Sobrevivo en cabinas en desuso,
en alojamientos de tercera,
les anticipo chinches y malos sueños,
confieso, perduro zurcido a la esperanza
de una muerte digna.

Qué más desean de mí, si hasta
la sangre la ofrezco por mendrugos,
lo mío es la soledad,
me encanta defecar en las madrugadas
y presumirme único,
me imagino que mis costumbres son comunes,
como cualquier poeta
que se despoja de ternuras decapitándose.

 

La nada

Esta ausencia infinita después de ti,
esta idea que vaga solitaria
y resuelta a deshacerse.

 


 

Alsino Ramírez Cañar. Ingeniero en computación, poeta ecuatoriano de la ciudad de Guayaquil, nacido en 1965, artista plástico dedicado a la acuarela. Gestor cultural miembro del RUAC (Registro único de artistas y gestores culturales), Presidente de Asociación Cultural Aurora y miembro de la Organización Mundial de Trovadores (delegado por Ecuador), tiene un poemario inédito El Hombre fragmentado registrado en el SENADI – Ecuador y otro en construcción. Ha colaborado en encuentros literarios varios sobre poesía y discusiones sobre la figura de la poeta Aurora Estrada.

Contactar con el autor: alsinoramirez[at]gmail[dot]com

📷 Ilustración poemas: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar (Margen Cero)  n.º 114  enero-febrero de 2021

 

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