artículo por
Sergio Mira Jordán

 

E

s todo un placer, ¿saben? Salir de clase, cargadas las dos manos (en una, la maleta con los libros de texto, las lecturas, los apuntes, las fichas de las clases; en la otra, la tableta, libros de apoyo o lecturas personales que traslado de aquí a allá), al hombro la mochila en bandolera y siempre corriendo para no llegar tarde a la siguiente aula. Es un placer, les decía: salir de clase después de estar una hora hablando de Kafka, Dante o Garcilaso, corrigiendo ejercicios de vocabulario o análisis sintáctico de oraciones, explicando los diferentes tipos de diálogo que pueden darse en las narraciones y que, de pronto, sin que lo esperes, te llegue una brisa fresca y salada y la nariz se llene de ese aroma a mar que tanto me gusta. Porque la playa es diferente, porque la playa nos la imaginamos llena de sombrillas y veraneantes con tuppers de ensaladilla rusa, tostándose al sol de julio como si les fuera la vida en ello, pero el mar…

El mar es un cuadro de naturaleza muerta: inerte y vacío, repleto de una soledad infinita; únicamente se aprecia el vaivén de las olas, el tacto de la suave arena en nuestros dedos. A lo lejos, el cielo se empeña en oscurecer y los tonos azules van enrojeciendo, alargando las sombras, erizando el vello. Las aguas destellan como cristales y, al fondo, tan lejos y profundo como sepamos ver desde nuestros párpados bajados, se escucha rumor de barcos, batir de alas de gaviota, nostalgia de canciones de otra época. En ese momento, cuando empieza a atardecer, cuando ya no queda nadie sobre la arena y podrías hacer que los latidos de tu corazón siguieran la plácida música rítmica de las olas, en ese momento estás tú y el mar, y con cada ola que viene o va, van y vienen los pensamientos y cada minuto es eterno.

Cuando salgo de clase y el viento me trae el olor del mar cercano, me paro dos segundos, respiro profundamente y sonrío para mis adentros. Porque me encanta el mar y me encanta poder trabajar en un colegio que está a apenas quinientos metros del mar. Me recarga las energías, me da fuerzas para seguir.

Y he comprobado que sucede lo mismo en cualquier punto de la ciudad de Alicante. Uno está tomando un aperitivo en una terraza, en Luceros, o sale de comer algo en un bar de San Antón, o de comprar ropa en cualquier tienda de Maisonnave y de pronto, así como te vienen las ideas (las buenas y las malas), te envuelve la fragancia salada del mar cercano. En ocasiones es un olor buscado, asumido, algo de lo que tenemos constancia cuando cambia el aire, pero casi siempre nos sorprende. Estamos almorzando en cualquier punto de la ciudad y, de repente, entre bocado y bocado, nos llega ese aroma, ese olor, ese regusto salado de la brisa fresca del mar alicantino. Y, no sé ustedes, pero yo solo puedo respirar, inspirar profundamente, sonreír y dar gracias. ¿A quién? ¿A qué? Supongo que, como cantaba Violeta Parra, a la vida.

Tengo en casa el premiado cómic de Pablo Auladell, La Torre Blanca. En el prólogo, el protagonista, siendo pequeño, se cruza con una niña y queda unos instantes ensimismado con el aroma que desprenden sus cabellos. Recuerdo que escribí un pequeño poema y se lo mandé por correo electrónico a Auladell. Decía: «Como en un cómic/ de Pablo Auladell,/ yo también/ me he enamorado/ del olor a mar/ de unos cabellos al viento».

Porque ese olor es inconfundible. Está ahí. Perdura a través de los años, impasible al tiempo o la distancia. E incluso está ahí, en mi Novelda natal, aunque sea en el recuerdo, inscrito en la memoria del olfato cada vez que doy un paso, recorriendo la ciudad, pensando en mis proyectos, acordándome del mar que veré al día siguiente, que oleré después de cada clase, ese mar que siempre estuvo, está y estará presente en la sangre alicantina que nos corre por las venas.

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Sergio Mira Jordán
Sergio Mira Jordán es profesor y músico.
sergiomirajordan.com

Ilustración del artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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