relato por
Almudena Díaz Requena

 

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esde que conocimos a Ahmed han cambiado muchas cosas en nuestra casa. Bueno, si se puede llamar a nuestro hogar «casa». Vivimos en un centro de acogida, pero, ¡ojo!, no es una cárcel de huérfanos como la gente cree, es un piso normal, como el de mis amigos del colegio, con la diferencia de quienes cuidan de nosotros no son nuestros padres. Elvira, Ana y Esteban, mis educadores llevan tres años cargando conmigo y con mis hermanos. ¡Esperad que os los presente!

Elvira es la más joven. Tiene el pelo rizado y es muy cariñosa. Normalmente está de buen humor y es la que nos despierta cada día y nos lleva al colegio. Para desayunar siempre nos da tostadas, no dulces ni galletas porque nos explicó que si desayunamos dulces estaríamos más cansados durante la mañana y tendremos menos ganas de aprender. Ninguno de nosotros ha entendido todavía el porqué eso ocurre, pero como la queremos no rechistamos. De todas formas, ella se cuida bien antes de irse del centro de dejarnos bollycaos y dulces de chocolates en el armario de la cocina para merendar. Será que el azúcar cansa sólo por la mañana.

Con Ana llevamos desde el principio. Es delgada y nunca para de hacer cosas ni de hablar. Es la que está con nosotros por la tarde. A las 5 en punto nos pone a hacer los deberes y ella misma se pone a hacer los suyos con nosotros. Dice que está estudiando oposiciones para ser maestra. Cuando dice esto, mi hermana Loli se echa a llorar, entonces Ana la abraza y le dice que no se preocupe, que queda mucho para que apruebe el examen para ser maestra, que cuando ella tenga que irse Loli ya será muy mayor, más de 18 años por lo menos. Loli ahora tiene 7. Aunque eso la consuela, más de una vez la he visto mirando la carpeta que estudia Ana con odio y miedo. ¡Así son las niñas de lloronas!, al menos mi hermana.

Y queda Esteban. Aparece a las 9 de la noche para hacernos la cena y acostarnos a las 11. Siempre lleva un ordenador portátil y a veces nos deja jugar con él. También los fines de semana que le toca quedarse en casa con el ordenador nos pone películas. Dice que tiene más de 1000 películas ahí dentro. Creo que mi película favorita es Transformers. ¡Me encantan los coches que se convierten en monstruos! Esta navidad me traerán más monstruos los Reyes si me porto bien y yo creo que sí lo estoy cumpliendo, aún no me ha quedado nada.

 

Coincidiendo con empezar las clases en septiembre (yo ya empezaba 5.º de primaria) mi hermano Javi cumplió 18 años y le llegó la hora de irse. Los educadores nos dijeron que Javi viviría ahora en Sevilla y que iría a una escuela taller para aprender fontanería. Aunque nuestro hermano ya no viviría con nosotros, él nos visitaría muchas veces cuando quisiera, no le echaríamos de menos. De nada le sirvió esto a Loli que lloró como loca durante tres días, a pesar de que Javi llamaba por teléfono y todo. Es que Loli es muy sensible.

En cambio, a Fernando, a Ramón y a mí no nos dio un soponcio aunque si lloramos el día que cogió sus maletas y se fue de Mairena. Cuando yo cumpla 18 años también me iré a vivir a Sevilla y estudiaré mecánico de coches.

A los días de irse Javi, Esteban nos explicó que en cada piso tenía que haber 4 niños por lo menos y como uno se había ido, otro ocuparía su lugar. La verdad, ninguno de nosotros pensó nunca que hubiese más niños que nosotros y la idea de que alguien extraño viniese nos puso nerviosos a todos.

Y más por lo que nos contó luego Elvira, porque el niño que vendría era de un país llamado Marruecos y  hablaría un poco raro.

Elvira cogió el globomundi que le regalaron a Ramón por su comunión y nos señaló con el dedo donde está Marruecos.

—Se llama Ahmed. Tenéis que ser muy buenos con él —nos dijo, seria— es un niño que ha sufrido mucho y está muy lejos de su casa.

Mis hermanos y yo somos de Huelva y vivimos en Mairena. Nuestra madre viene a vernos cada 15 días. Me pregunté dónde estaría la madre del niño nuevo y si vendría a visitarlo desde África.

 

Ahmed apareció un sábado, muy negro, con los ojos abiertos y escuchimirrizao. No traía maleta, sino sólo una mochila, como la que llevamos al colegio y en donde todo parecía recién comprado. Ana abrió el paquete nuevo del cepillo de dientes y lo puso en nuestro baño. Ahmed era ya de nuestra extraña familia.

Le tocó dormir en mi cuarto. Siempre había estado orgulloso de dormir con Javi y ahora que se había ido, Ahmed dormiría en su cama. Dejó su mochila medio vacía en el cuarto y se puso a abrazarnos y a darnos besos a todos. Tenía 8 años y era muy cariñoso aunque apenas se le entendía.

Muchas veces tratamos de que nos explicara cómo había cruzado el mar y venido a España y dónde estaban sus padres pero siempre que lo intentábamos nos miraba como atontao. Creo que no entendía.

—Seguro que vino nadando —dijo Fernando.

—Pero… ¿Cómo va a venir nadando? Es imposible —dije yo.

—Pos si. ¿No nadas tu en Cádiz? Pos igual.

—Si estás mucho tiempo en el agua te mueres, te arrugas del to —dijo Loli aunque parecía que no nos estaba escuchando.

Decidí preguntárselo a los educadores. Ana me explicó que Ahmed había venido con su familia en un circo, pero como eso estaba prohibido y Ahmed no iba al colegio ni nada, lo trajeron a vivir aquí con nosotros. Esto me dejó pensando y pensando.

No dejaba de imaginarme a Ahmed en el circo, con los payasos, los elefantes y sus padres. ¡Quién sabe qué truco haría él! Puede que fuese trapecista o domador de leones. No me lo imagino de domador de leones, es demasiado chico, seguramente sería domador de perros, de gatos ¡o de ratas!, ¡cuánto me gustaría poder preguntárselo!

Desde el principio Ahmed hacía cosas raras, pero lo más raro de todo fue lo que descubrimos una mañana de sábado.

Todos los días, Elvira nos hacía hacer la cama antes del colegio. Ahmed aún no sabía hacer la suya así que yo se la hacía hasta que aprendiese. Una vez, metiendo la manta por dentro de la cama se me ocurrió mirar debajo… ¡y vaya lo que me encontré! Tres botellitas de agua, de esas que Ana llevaba en el coche, para que en verano no nos muramos de sed. Hacía días que Ana nos preguntaba que qué hacíamos con las botellitas de agua. Nadie sabía porqué desaparecían de la nevera y luego teníamos que comprar otra. ¡Ahora ya sabía que pasaba con las botellitas de agua!

Ese finde estaba Elvira con nosotros. Le enseñé las botellas y le dije que Ahmed las tenía escondidas debajo de la cama.

—Qué pena —dijo Elvira, ¡y yo que pensé que se enfadaría!—. Pobre Ahmed.

—¿Por qué guarda botellas de agua debajo de su cama?

—Porque seguramente en su país, en donde él vivía, haría mucho calor y tendrían muy poca agua, el pobre quería tener las botellas de reserva.

—Pero  aquí  tenemos  nevera,  podemos  guardar el agua allí —dije yo sin entender.

—Sí —contestó Elvira—, pero a él le gusta tener el agua cerca, para él el agua es como un tesoro ¿no te has dado cuenta?

¡Y vaya que para Ahmed el agua era un tesoro! Todos nos asombramos cuando sorprendimos a Ahmed en el cuarto de baño, abriendo y cerrando el grifo, mirando el agua pasmao, como si fuese magia o así.

Nunca tenía botellas suficientes. Al principio, se conformaba con las pequeñas que teníamos en la nevera, pero pronto se llevó la grande ¡incluso averiguó que en la plazoleta de la calle había una basura lleno de botellas vacías! Las llenaba de agua sin limpiarlas por dentro, ¡qué asco! Los educadores le prohibieron coger más botellas cuando descubrieron bajo su cama 4 botellitas pequeñas y 3 grandes. Una de ellas con el agua verde (a Ahmed no se le ocurría cambiar el agua, así que se pudría) y las otras dos grandes llenas de barro por fuera, además de que eran de Coca-Cola.

Fue Ana quien le dijo muy seria que solo podía tener una botella bajo su cama y que tendría que cambiar el agua de la botella todos los días al despertarse. Ahmed nunca lo hacía. ¡Tirar el agua! ¡Para él eso sería una locura! Algo así como para nosotros tirar billetes de 10 euros por el retrete, así que la cambiaba yo sin que él lo viese.

Ahmed es el niño que más disfruta del agua del mundo. Ana lo apuntó a la piscina con Loli donde le enseñaron a nadar. Los martes y los jueves llegaba a casa con el pelo mojado y con cara de haber pasado la tarde en Isla Mágica, no con niños pequeños con tablas de corcho dando vueltas en una piscina. Parecía tan alegre que a mi hermano Fernando le dio un poco de envidia y al final se apuntó él también a la piscina.

Una vez fuimos a una tienda muy grande a comprar cortinas nuevas, cuando Ahmed se quedó mirando unas pequeñas fuentes de agua. ¡Eran preciosas! El agua caía de un jarrito a otro y me gustaba el sonido que hacía al caer.

—Te la traerán los Reyes Magos —le dijo Ana. Se me olvidó preguntarle a Ahmed si en Marruecos hay Reyes Magos, para mí que no entendió.

Otro día le llevamos a la playa y aunque se hizo de noche no quería irse. Lloró casi tanto como la vez que Elvira le quitó sus botellas de agua.

—Tenéis que aprender de él —dijo Ana—, siempre os lo digo, os lo dicen también Elvira y Esteban, os lo dicen en el colegio y vosotros ni caso, ¡el agua es un tesoro y tenemos que cuidarla mucho, hay que quererla tanto como la quiere Ahmed! —y acarició la cabeza de Ahmed que nos miraba sonriente, feliz de habernos enseñado algo al resto de los niños del Centro.

Y es verdad que desde que le conocimos mis hermanos y yo cuidamos más el agua. Cuando me ducho me imagino que el agua es oro líquido y por eso intento no tardar mucho duchándome, cuando me lavo los dientes mientras cierro el grifo, no utilizo el retrete de papelera… todas esas cosas que me enseñaron en el colegio pero que la verdad no cumplía. Es más fácil darse cuenta de lo que vale algo cuando ves a otra persona disfrutando tanto de eso, como mi amigo Ahmed.

 

Cuando Ahmed ya sabía mejor español y nadaba en la piscina grande sin manguitos, Ana nos reunió a Fernando, Ramón, Loli y a mí en el salón.

—Tengo que deciros algo —estaba seria y triste— Ahmed tiene que dejarnos. Ya puede estar con su madre, así que tiene que vivir cerca de ella. Se va a Almería.

—¿Y ya no vuelve? —preguntó Ramón, que aunque no quería decirlo, le tenía cariño a Ahmed.

—No creo. Pero quiero que sepáis que lo habéis cuidado muy bien, todos los educadores estamos muy contentos de cómo le habéis tratado y sabemos que lo queréis mucho, pero tiene que estar con su madre, como vosotros estáis con la vuestra algunos fines de semana.

No hace falta decir que todos lloramos mucho. Loli le hizo un dibujo a Ahmed, en donde salía él rodeado de agua, como nadando.

Fernando tuvo una gran idea ¡hacerle un Messenger a Ahmed!

—Así, aunque estés lejos podrás hablar con nosotros —le dije mientras le creaba la cuenta en el ordenador de Esteban.

Ahmed nos dijo que sí hablaría con nosotros y también lloró mucho. Yo le dejé apuntada la dirección de su Messenger y el nuestro en un papel que metí en la maleta que Elvira le había comprado, junto a su botella de agua.

Esteban se lo llevó en el coche y esa noche, para animarnos, llamó a Telepizza y comimos pizza barbacoa para cenar.

—En unos días vendrá otra niña al Centro para sustituir a Ahmed —dijo Esteban mientras comíamos la pizza—. Se llama Jennifer y tiene 10 años, seguro que os caerá muy bien. Si Ahmed os enseñó a valorar el agua… ¡quién sabe lo que puede enseñaros ella!

 

Muchos meses han pasado desde que se fue Ahmed. Fernando sigue yendo a la piscina y más todavía porque una profesora de su instituto le ha dicho que nadar te pone super fuerte. Creo que se está haciendo un presumido. Hace unos días fue navidad. Los Reyes trajeron la fuentecita de Ahmed, y Ana la enciende todas las tardes mientras hacemos los deberes. Dice que el agua que utiliza la fuente siempre es la misma por lo que el agua no se derrocha.

Cuando Esteban está de buenas y nos deja utilizar su ordenador algunas noches, siempre me conecto al Messenger y espero ver la cuenta de Ahmed aparecer, pero todavía no le he visto conectarse aunque sé que algún día lo hará.

¡Una buena noticia! Miré en el mapa dónde está Almería. ¡Es una provincia rodeada de agua! Ramón, que ya está en el instituto así que ya sabe mucho, me ha dicho que Almería es muy grande y que quién sabe dónde está Ahmed, que puede estar en un pueblo perdido dónde no haya playa ni piscina ni nada.

No sé dónde estará Ahmed, ¡pero espero de todo corazón que en el sitio en donde esté no le falte la botella de agua debajo de su cama!

 

separador párrafo cuento El agua de Ahmed

Almudena Díaz Requena. Tiene 23 años, es trabajadora social y vive en Sevilla. Estudió tres años de Escritura Creativa en Arteaula (en Sevilla) y ha participado en la publicación de dos libros de relatos, Te diré y te contaré  y Al Margen de la página.
El relato El agua de Ahmed, aquí publicado, fue finalista en el concurso de relatos sobre El Agua, de Emasesa.
@ Contactar con la autora: almu88_8 [at] hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

 

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Revista Almiar – n.º 64 / mayo-junio de 2012MARGEN CERO™ – Aviso legal

 

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