relato por
Adriana Tuffo

 

«y aunque la línea está cortada señalando el fin
yo sólo digo adiós hasta que nos veamos de nuevo».

Bob Dylan

 

N

o es cierto que te fuiste, estás. Cuando te vi la primera vez, salías del bar de Tito, en la esquina, ibas con dos de tus amigas. No tenías más de dieciocho años, delgada, casi demasiado. El pelo negro, lacio y fino con una cola de caballo. Siempre con tus libros. Con los apuntes o los textos de edición barata que conseguías en el kiosco de diarios y revistas. Leías literatura. Eso me dio aliento. Podía ver levemente qué leías. Era una colección de Centro Editor de América Latina. No sabía tu nombre. Eras para mí, la piba.

No te fuiste, te llevaron. La segunda vez, te tropezaste justo frente a mi ventana de minusválido que mira el mundo desde una cama o llega hasta donde puede con una silla de ruedas. Vos tenías las piernas largas y te movías como una bailarina, despreocupada. Eras linda. Así te tengo adherida a mis recuerdos.

Hay una línea frágil entre la realidad y lo engañoso de los recuerdos. No sé cuándo te hablé por última vez, pero sí recuerdo la primera. Volvía del gimnasio, había decidido levantarme de la cama de inválido y fortalecer mis brazos para andar en dos ruedas fuera de mi casa. Casi te me caés encima cuando, al salir del bar, me regalaste una sonrisa y un «perdoná, soy una tonta, ¿estás bien?». Iluminaste mi vida. Como conocía tus horarios, seguimos encontrándonos con una pretendida casualidad, sólo nos saludábamos. Hasta que me decidí y te invité a tomar un café. Desde aquel día, fui construyendo una ilusoria realidad. Los jueves fueron maravillosos porque te esperaba y nos encontrábamos en el bar, donde Tito tenía reservada la mesa del rincón, que me permitía estar con la silla sin entorpecer el paso a los clientes. No pensaba en nada más que en tus cabellos negros y en tus ojos. Eras todo en mi vida. Cuando llegaba a mi casa, la fatiga me obligaba a ir a la cama, aunque en aquel tiempo conocí la felicidad. Me diste alas.

El momento más feliz fue cuando dijiste «vamos a caminar» y me miraste esperando mi enojo, te sentiste cruel, pero yo me reí de la cara de susto que tenías. Y nos fuimos hasta el parque. Me ayudabas a cruzar las calles, sostenías la silla para bajar de las veredas sin rampas, me avisabas de las baldosas rotas y te sorprendías por el deterioro de las veredas, las bajadas abruptas, la estrechez del paso, los timbres y porteros eléctricos demasiado altos. Tenías la risa fácil, te reías porque sí. Cantábamos las canciones de Almendra y me escuchabas divertida desafinando «muchacha ojos de papel». Pero estallabas indignada cuando hablábamos de la realidad que yo no alcanzaba a ver como vos, cuando discutíamos con tus amigos acerca del peronismo o de la vida y del trabajo en las villas.

Recuerdo que habían matado en una manifestación a un estudiante de medicina en Corrientes. Cuando se manifestaron aquí por aquella represión, los estudiantes también fueron reprimidos por la policía que asesinó a otro estudiante de 22 años. Siguió más violencia y más represión ante las manifestaciones populares de repudio. Era el Rosariazo y nosotros dos estábamos allí, entre las barricadas levantadas con mesas, sillas, cartones, cajones y todo lo que nos arrojaban los vecinos para encender y la policía que arrojaba gases. Nos separamos en la confusión, tuve miedo por vos y también por mí. Me llevaron unos tipos amables, porque pensaron que yo estaba involuntariamente en medio de la batalla. Me vieron y me llevaron al hospital. Mi padre fue a buscarme a las dos horas. A la piba no la volví a ver por unos días. Algo había cambiado en ella. Lo supe al verla. La ocupación militar de la ciudad hizo que todo se fuera transformando. Se espaciaron nuestros encuentros.

Pasamos dos meses sin vernos. Cuando la encontré en la calle, estaba con su novio. Nos contamos en pocos minutos cómo andábamos y qué hacíamos por esos días, como por compromiso. Se me vino el mundo abajo. Todo bien, ella no se iba a fijar en mí. Nunca lo esperé por mi escasa salud, no puedo ser torpe, me dije siempre. Por eso fui muy cuidadoso para no perderla, para no escucharle decir estás loco, si somos amigos, si te quiero como a un hermano. No, jamás iba a ponerme en ese lugar. Lisiado, sí, no estúpido. Quise ser el que ella quería, a pesar de que nos separaban tantas cosas. Qué es lo que lo mueve a uno a ser alguien, a ser esta persona y no otra; qué nos anima, cuánto somos o no somos por la mirada del otro. Ella tenía puesta la mirada en el flaco que la llevaba de la mano. Antes, nosotros hablábamos de Borges y de Cortázar, polémicas tipo River – Boca, no poníamos en tela de juicio el talento, éramos respetuosos de los maestros, pero sus miradas políticas tan opuestas abrían debates interminables a los que se nos sumaban sus amigos de filosofía y letras. El tema de la realidad y lo fantástico nos acercaba, era un punto a mi favor. Cuánto hay de irreal en lo que creemos real, aún hoy me pregunto. Ella, me digo, como lo fantástico iluminaba por un instante lo que existía dentro y fuera de mí, creó con su presencia una incertidumbre acerca de la realidad. Pude percibir lo ilusorio de la realidad. Lo ilusorio también de mi amor por ella.

En los años siguientes, sólo nos encontramos casualmente un par de veces. La extraño. Extraño a esa amiga del bar, su compañía, transitar las veredas, que por su alegría eran más leves.

Una tarde regresó. Esa tarde, casi a las 7, ya estaba oscureciendo, me acuerdo porque en otoño comienzan a acortarse los días y el barrio se detiene más temprano; había poca luz en la calle, el bar de Tito tenía pocos clientes, desde la cama podía ver todo el lugar. Llegó desabrigada, sin campera, con un diario y un paquete, sola. Se encontró con alguien, le entregó el diario enrollado, hablaron fuera del bar, discutían creo, el tipo la tomó del brazo casi obligándola a algo, pero la soltó y se fue caminando con apuro. Ella miró hacia mi casa, levantó la mano por las dudas, me había dicho, cada vez que pase voy a saludar por si estás allí como un rey entre almohadones y sedas y me ves a mí, tu única súbdita que te adora. Entonces, discutíamos si correspondía súbdita o súbdito, gerente o gerenta, nos reíamos mucho porque llegábamos a lo absurdo del lenguaje por caminos insospechados. Saludó sin saber que estaba mirándola y se perdió al doblar la esquina. No volvimos a hablar.

Aquella noche, murieron varias personas en un enfrentamiento. Todos muy jóvenes. La policía hizo allanamientos y detenciones. Llegaron hasta mi casa, la buscaban a la piba, Nora Donelli. Mis padres negaron conocerla, que yo tuviera algo que ver con ella, afirmaban que hacía seis meses que no salía de mi habitación. Mi hijo es un lisiado, no un subversivo, por favor. Se fueron, creo que convencidos. Muchos estudiantes fueron detenidos en esos procedimientos policiales y militares. La línea señalaba el final, piba.

No supe nada de Nora Donelli hasta que Tito me lo dijo. Había superado una afección respiratoria y estaba aprovechando los días buenos para salir con mi silla. El bar siempre está más tranquilo después de la hora almuerzo. Tito me lo dijo, ¿vos sabés lo de la piba, no? Se los chuparon a todos, se los llevaron, soltaron a dos o tres de los que venían al bar, pero a los demás, no. De ella, nada, ni rastros. Levantaste la mano derecha con una sonrisa, te acomodaste el cabello detrás de la oreja y te fuiste para siempre. Sin embargo, yo sólo te dije hasta pronto, piba.

línea separadora cuento Adiós

Adriana Tuffo. Escribe cuentos y poemas desde siempre, aunque no ha publicado aún. Vive en Argentina y se ha dedicado a la enseñanza de la lengua y la literatura.

Web de la autora: La insoportable levedad
(http://adrianatuffo.blogspot.com.es/)

 

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

biblioteca cuento Adriana Tuffo

Más relatos en Margen Cero

Revista Almiarn.º 83 / noviembre-diciembre de 2015
MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 79 ♦ Reciente: 1)